Sentado en el sofá del salón, contemplo cómo al otro lado del Segre el viento juega con las hojas secas del otoño y silba como si intentara llamar mi atención, y pienso en ti. Recuerdo tus sosegadas palabras acariciando mis oídos, tus delicadas y livianas manos abrazándome por la espalda, tus castaños ojos acompañando mis pasos. Hace tiempo, ya bastante tiempo, que te fuiste. Entendí aquel día de noviembre que mis gestos eran parte de tus gestos, que mis alegrías eran tus alegrías, mis triunfos eran tus triunfos, mis penas eran tus penas y mis lágrimas las tuyas. Aún teniendo la muerte presente desde niño, nunca había imaginado la tuya, ni cómo nos dejarías. Fue muy triste verte abandonar las cosas y la vida que tanto quisiste, hasta que en silencio partiste camino del cementerio.
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| La Mañana 22.11.2023 |
Sigo en el salón, mirando cómo las hojas bailan ante mí impulsadas por el aire otoñal. Un otoño que extrae del enigma biológico de mi memoria tu recuerdo que siempre está en mí. Rememoro el tiempo y despierto, imagino y sueño….Todo comenzó una liviana mañana de un viernes de primeros de octubre, hace muchos años, en el Madrid de la postguerra. Había en aquel lugar una semioscura penumbra y, casi de pronto, vi una luz y oí ruidos y noté unos dedos tocándome. Y te sentí. Hacía diez segundos que había llegado y ya sabía que estabas ahí. Me llevaron a una habitación llena de otras criaturas como yo y, luego, te vi a ti en esa misma habitación. Y un tiempo más tarde, en otra diferente, esta vez pintada con colores claros. Obviamente, no retengo en mi memoria aquel entonces, solamente recuerdo el calor de tu pecho y algún que otro inocente llanto de aquel bebé que en aquel tiempo era yo. Fui creciendo y no había cumplido cuatro años, cuando un día, volviendo del mercado de San Miguel con Dña. Tomasa, nuestra vecina del primero, te vi llorar haciendo unas maletas. Un tiempo después, estábamos en un lugar caótico, ruidoso, lleno de olores penetrantes y de unas gentes vestidas de un modo extraño y a las que no entendía nada cuando hablaban. Poco a poco, me fui acostumbrando a aquel nuevo paisaje y a Fátima, la asistenta que con tanto cariño, cogido de su mano, me llevaba a comprar al zoco chico. Pasó el tiempo y sin tener yo la intención de hacerlo, un buen día, me llevaste hasta el Colegio Francés. Había otros muchos niños con sus madres, unos pocos llorando. La Srta. Margot, alta y gruesa, con una sonrisa dulce y amable, nos puso en fila y nos llevó hasta la clase. Me senté en dónde me indicaron y empecé a jugar con mis pies que apenas conseguían llegar a tocar el suelo. Había transcurrido un buen rato cuando sentí como un leve golpe en mi hombro derecho y miré hacia el lado para ver quién era el que me había tocado. Vi a un niño con el pelo rizado y rubio, muy bien peinado, que me sonreía y hablaba. No recuerdo lo que me dijo, solamente me di cuenta de que comenzó a balancear los pies imitándome. Pasaban los días y las clases se hacían amenas. Leíamos sílabas y palabras sencillas y luego las escribíamos, aprendíamos los números, pintábamos, nos contaban cuentos, nos hacían adivinanzas, cantábamos canciones en una lengua rara y nueva y, sobre todo, jugábamos en el patio caminando hacia atrás, haciendo equilibrios con los ojos cerrados o al juego de las sillas, al pañuelo y al escondite. Me hice amigo de los compañeros de clase y especialmente de Cuqui, el niño rubio que estaba a mi lado y que me imitaba balanceando los pies. Los primeros días, esperaba impaciente las salidas del colegio, encontrarte para regresar a casa e ir a merendar y posteriormente refugiarme con mi hermano en nuestra habitación que convertíamos en nuestro particular reino. Fue un tiempo feliz el cumplido en aquel parvulario del colegio.
Pasaron unos pocos años. Hice la prueba selectiva del Ingreso. Cambié de ciudad y de colegio. Comencé el bachillerato y la alegre y despreocupada diversión se fue viendo ocultada por los estudios, los exámenes, las primeras peleas con amigos por cosas que ahora uno ve intrascendentes. Entré en la adolescencia y los días se convirtieron en montañas rusas emocionales a las que me tenía que agarrar para no caer en el vacío. Sentí las primeras mariposas en el estómago, los abrazos, algún furtivo beso, las conversaciones de dos horas por teléfono, nuevos amigos, los guateques, las fiestas, las riñas, los enfados, mi corazón roto. Y así, como otros muchos, fui creciendo...
Pienso en ti, en aquellos días de mi infancia y adolescencia, sus mágicos momentos. Me llaman. Despierto de mi ensueño. Se desvanece el recuerdo; pero, el pasado nunca será pretérito. Me levanto del sofá y veo cómo las primeras gotas de lluvia empiezan a caer de un empedrado cielo, lentamente y en silencio primero y después peleándose por llegar a tocar el suelo...




