Hay palabras que nacen cargadas de destino. Corrupción es una de ellas. Viene de corrumpere: romper por completo, deshacer, pudrir. Ese origen etimológico no solo ilumina su significado, sino también su historia. Pues allí donde ha habido poder, recursos y seres humanos, la corrupción ha estado acechando. Es, quizás, el fenómeno moral más antiguo que conocemos, anterior incluso al primer relato, a la primera ley, al primer templo. Ya en Sumeria, hace más de cuatro mil años, los reyes debían dictar códigos para contener a jueces que vendían sentencias al mejor postor. En Egipto, está documentado que funcionarios como Pasu aceptaban sobornos bajo el amparo de la penumbra palaciega. Grecia y Roma elevaron la corrupción a categoría política, un cáncer capaz de derribar repúblicas y pervertir democracias.
Es decir, nada nuevo bajo el sol. No obstante, el hecho de que sea un fenómeno humano, demasiado humano, y tan antiguo, no significa que debamos aceptarlo resignadamente. Pues, si bien, la corrupción es inherente al ser humano no la justifica; simplemente la coloca en su sitio. Y no brota de la maldad abstracta, sino de tres pulsiones eternas de nuestra especie: la tentación del poder, la sed de beneficio y la capacidad de justificar lo injustificable. La combinación es explosiva: alguien ofrece, alguien acepta, y ambos, al hacerlo, abren una grieta por la que se escapa el bien común.
Dicho esto, aparece aquí, a mi modo de ver, una pregunta incómoda: ¿por qué se demoniza siempre al corrupto y casi nunca al corruptor? Tal vez porque, como el corrupto tiene rostro, cargo, firma y responsabilidad pública, es fácil señalarlo. El corruptor, en cambio, se pasea por los bordes: es un empresario, un intermediario, un benefactor interesado. Su delito es menos visible, su culpa más difusa. Culturalmente hemos castigado al que traiciona la integridad institucional, pero hemos suavizado al que, desde la sombra, tienta, presiona o compra. Sin embargo, creo yo que, si la corrupción es un acuerdo, no hay uno más culpable que el otro. No hay corrupto sin corruptor; no hay caída sin mano tendida.
En este contexto, al observar el mapa contemporáneo, me surge otra cuestión: ¿se corrompen más las sociedades occidentales desarrolladas que las orientales o las de menor desarrollo económico? Creo que no existe una respuesta única, pero sí tendencias claras. En muchos países asiáticos, especialmente los influidos por el confucianismo, la corrupción se percibe como una ruptura no solo legal sino cultural y familiar. Es un deshonor que afecta al individuo, al clan y a la memoria. En Occidente, en cambio, la ética pública ha evolucionado hacia la responsabilidad individual y la burocracia racional: la corrupción se concibe como un delito técnico, no como una deshonra vital. No es extraño, por tanto, que en algunas culturas orientales la sanción social sea más fuerte que la legal.
¿Y qué ocurre con los países muy desarrollados frente a los que no lo son? Pues, paradójicamente, la sofisticación tecnológica y económica crea nuevas formas de corrupción, más discretas, más técnicas, más difíciles de rastrear. No se entrega ya una bolsa de monedas: se otorga un contrato, se modifica una cláusula, se ajusta una licitación, se firma un informe, se financia un partido. En este sentido, cito, a título de ejemplo, algunos de los casos más sonoros y cercanos: “Caso ERE de Andalucía”, que afecto al PSOE, uno de los mayores casos por su volumen económico; “Caso Bankia”, fraude financiero y mala gestión bancaria que afectó, entre otros, a Rodrigo Rato y tuvo como consecuencia un multimillonario rescate público; “Caso Nóos”, un proceso muy simbólico por el impacto institucional y cuya consecuencia fue la condena y prisión para Urdangarin y Torres; “Caso Gürtel”, en cuya sentencia se mencionó la “caja B del Partido Popular”, lo que precipitó la moción de censura que llevó a la caída del gobierno de Rajoy en 2018. Sobre este punto, es pertinente indicar que todas ellas, que directamente nos han afectado e inquietan, son corrupciones elegantes, frías, ejecutivas. Mientras que en los países menos desarrollados sucede lo contrario: la corrupción es más evidente, más burda, más cercana al soborno directo. Pero eso no significa que sea mayor: solo que es menos sofisticada. La diferencia no es moral, sino técnica. A este respecto, cabe decir que la verdadera conclusión no es cómoda; ya que cuanto más compleja es una sociedad, más compleja se vuelve su corrupción.
Dicho en otras palabras. Es una lección que no aprendemos. Hemos luchado contra la corrupción durante milenios y seguimos perdiendo batallas. ¿Por qué? Quizá porque seguimos enfocando mal el problema: señalamos al corrupto como si fuera un ladrón aislado, pero ignoramos el ecosistema que lo permite. No analizamos los incentivos, las estructuras, las culturas empresariales, la tolerancia social, la impunidad, los silencios cómplices. Y es que la corrupción persiste porque siempre hay dos manos que se buscan… y una sociedad que mira hacia otro lado mientras no le afecte directamente. Pero el precio, al final, lo pagamos todos: en oportunidades perdidas, en instituciones debilitadas, en confianza erosionada. La corrupción es un ácido lento que no mata de inmediato, pero deshace la cohesión que sostiene una comunidad.
Tal vez sea hora de buscar un final posible. De cambiar la mirada dejando de pensar en el corrupto como un monstruo excepcional y comenzar a verlo como el producto más nítido de una sociedad que tolera demasiado, denuncia poco y se indigna solo a medias. Y de recordar que tan culpable es quien rompe la ley como quien le ofrece el martillo para hacerlo. La corrupción es humana, sí. Pero también lo es combatirla. Y ahí está el único antídoto ejemplarizante: reconocer que no hay redención posible mientras uno de los dos siga escondiéndose en la sombra. Porque la corrupción no es una lacra que aparece de repente: es la grieta que surge cuando la conciencia se rinde y el interés personal se sienta en el trono del bien común. Y esa rendición —hoy igual que hace cuatro mil años— siempre empieza en el silencio de los que miran hacia otro lado.
Muy bueno, quedo en espera de la segunda parte.
ResponderEliminarRosa Acebal
Juan Antonio,
ResponderEliminarMe parece in análisis pormenorizado de la instaurada corrupción en todos los ámbitos de la sociedad tanto occidental como oriental. Muy difícil de combatir i que goza de una gran impunidad. Quizá todos contribuimos a ella con nuestro silencio.
Un abrazo
Pilar Barrabés
Qué bien describes la situación y el problema. Me ha gustado mucho.
ResponderEliminarAntonio Puig
Hola Juan Antonio, gracias por compartirlo, la corrupción es una auténtica lacra que resta recursos productivos al conjunto en beneficio para unos pocos. Es una ineficiencia del sistema. Hablas de valores, seguro que serían de ayuda pero decirte que en China hay muchísima corrupción en la economía privada. Y parece que en la pública también hay algo de corrupción, pero Xi la erradica con mano durisima. En Suiza más que valores creo que hay una educación que crea una presión social sobre quien se salta las reglas. Además de un gran castañazo para quien se las salta, mano dura vamos; un semáforo en rojo hace años creo que ya eran mil francos. Antes en una sociedad mucho más religiosa también había muchos valores, pero paréceme que servían para que se portase bien el pueblo, los de arriba corrupción tanta como quieras. Así que a pesar que tiendo a pensar que los valores tendrían que ayudar, la práctica me muestra que lo que funciona es la mano dura.
ResponderEliminarPor otro lado hablas de corruptores. No concuerdo en el término. Los dos participantes en la transacción lo que son es corruptos y participan libremente y egoístamente de ella. El empresario corrupto que paga comisiones es esto, un corrupto, y tendría que salir en todos los periódicos en portada. No entiendo porqué no se hace en España. A parte de perjudicar a la sociedad, el empresario corrupto perjudica a las otras empresas que tienen valores y códigos de conducta, ya que gana una ventaja competitiva.
En general tiendo a pensar que en un sistema capitalista la corrupción necesariamente estará siempre presente, ya que el modelo se basa en el egoísmo y el interés personal. Por lo que reglas, vigilancia y medidas punitivas siempre serán necesarias. Lo ya me cuesta más entender, es porqué sistemas capitalistas también son corruptos, algunos altamente corruptos. La Rusia de Stalin, mucho más actual Venezuela.
Gracias de nuevo y un abrazo!
Jaume Claur
Buenos días tío, el artículo muy chulo tienes razón por qué nunca se castiga al corruptor en fin estamos en esta sociedad consumista en la que solo los intereses mueven a las personas tanto al comisionista como el que le da el dinero a los demás.
ResponderEliminarEn fin...
Muchos besos
Nacho Valero
Hola Juan Antonio. Me alegra ver que estás en plena forma. Tu artículo sobre la corrupción me ha gustado mucho. Como siempre tu escritura es precisa y tu exposición clara y concisa, además de bellamente expresada. Por decirte algo, veo que te circunscribes a la corrupción como algo en lo que participan dos. Corruptor y corrupto. Sin embargo también hay- y es quizás la que más abunde- muchas formas de corrupción individual. Por ejemplo el empresario que descapitaliza su empresa, en beneficio propio hasta llevarla a la quiebra. Y tantas otras formas, algunas de ellas incluso tipificadas en el C P. Como la administración desleal, información privilegiada etc. En fin, la corrupción como fenómeno cultural. En cuanto empieza la cultura, aparece la corrupción. No es algo endógeno, sino que surge cuando el homínido evoluciona y empieza a establecer relaciones de poder. Bueno, creo que me estoy enrollando. Por cierto, ahora que está bien visto desenmascarar los bulos, ¿que tal empezar por la Santísima Trinidad?. Finalmente la visita a Cambrils la dejamos para más adelante. Tal vez en Enero o Febrero.
ResponderEliminarUn abrazo para ti y para Rosa
Rafael Muyor
Hola, Juan Antonio, muy buenos días.
ResponderEliminarEnhorabuena, me ha encantado tu título, no solo porque haces una reflexión objetiva, es decir, vas más allá de la opinión, y explicas analíticamente las causas estructurales de la corrupción, y lo haces también de una forma sistémica comparando diferentes tipos de sociedades, tanto culturales como desarrolladas o no. Si, al ver al título (I) ya me he figurado que habría un segundo artículo. Felicidades.
Un abrazo.
Ramón Morell
Gracias Juan Antonio,
ResponderEliminarImpecable análisis de las 2 especies: corrupto y corruptor.
Ambas especies viven en un círculo vicioso: del mismo modo en que ignoramos el ecosistema que permite la corrupción, los corruptos contribuyen a la generación de los ecosistemas de corrupción favoreciendo la diversidad de especies y las interacciones entre ellas.
Y te asiste la razón: nuestro deber es: no tolerar, denunciar y sentirnos profundamente indignados.
Un abrazo,
Miguel Ángel Cerviño
Lo analizas sabiamente. Corrupto, corruptores y tolerancia social. Intentan proteger al denunciante -en muchas actividades- pero no lo suficiente. Casi todos los días aparecen casos. A ver la segunda parte.
ResponderEliminarUn abrazo.
Pepe Pascual
Ha leído con atención el articulo, o la primera parte, que según Juan Antonio, esta ya trabajando en la segunda parte. Me gusta su forma de pensar y de plasmar estos pensamientos en artículos como el que leeréis, si os va el tema que ha elegido esta vez.
ResponderEliminarUn saludo
Miguel Soto.
Impresionante análisis. Me ha gustado especialmente cómo planteas la responsabilidad compartida entre corrupto y corruptor. Es un matiz que casi nunca se aborda y que cambia por completo la perspectiva moral del problema.
ResponderEliminarIgnacio Beltrán
Tu reflexión sobre la sofisticación de la corrupción en países desarrollados me parece brillante. A veces creemos que, porque no vemos el “soborno clásico”, la corrupción es menor. Pero lo que explicas desmonta ese mito con claridad.
ResponderEliminarSaludos
Ricardo Montes
Me ha llamado mucho la atención el paralelismo histórico. Que en Sumeria ya existieran leyes contra jueces corruptos demuestra que esto es tan antiguo como la civilización misma. Muy bien contado y muy bien traído al presente.
ResponderEliminarEsteban Llorente
El apartado sobre la diferencia cultural entre Oriente y Occidente es oro. Nunca había pensado que la noción de “deshonor familiar” pudiera ser un freno más potente que las leyes. Da para un debate profundo.
ResponderEliminarJulia Vera
Lo que dices sobre los incentivos y el ecosistema que permite la corrupción es, para mí, la clave de todo. Señalar individuos es cómodo; cambiar estructuras, incomodísimo. Gracias por poner el foco donde realmente duele.
ResponderEliminarSaludos
Alberto Funes
Excelente ejemplo cuando menciona los casos españoles. Creo que mucha gente no entiende que estas formas “técnicas” de corrupción son las que más daño hacen porque parecen legales. Muy didáctico y muy valiente.
ResponderEliminarMar Ríos
La frase final sobre “el silencio de los que miran hacia otro lado” me ha quedado resonando. Tiene algo de sentencia histórica. La corrupción prospera donde reina la indiferencia. Gran cierre.
ResponderEliminarSergio Carranza
Me ha gustado especialmente cómo enlaza la etimología de la palabra con la idea moral que desarrolla después. Ese “romper por completo” siento que resume perfectamente lo que la corrupción le hace a una sociedad.
ResponderEliminarDaniel Zambrano
Estoy totalmente de acuerdo con la idea de que demonizamos al corrupto visible y olvidamos al corruptor “respetable”. Esa doble moral es uno de los grandes males de nuestras democracias modernas.
ResponderEliminarÓscar Albornoz
Su artículo invita a pensar sin caer en el pesimismo fácil. A pesar del diagnóstico duro, deja abierta la posibilidad de combatir la corrupción desde la conciencia colectiva. Ese equilibrio es difícil y usted lo logra muy bien. Enhorabuena
ResponderEliminarLucía Nájera
Tu artículo me ha hecho pensar en cómo la corrupción no es un fenómeno moderno, sino un hilo que atraviesa toda la historia. Me impresiona la comparación con Sumeria y Egipto, porque demuestra que seguimos tropezando con la misma piedra.
ResponderEliminarSaludos
Julián Herrera
Me parece muy acertado que señale al corruptor. Siempre se habla del político o funcionario, pero rara vez del empresario que ofrece el soborno. Esa doble moral es lo que mantiene viva la corrupción.
ResponderEliminarAlba López
Lo que más me impacta es su reflexión sobre la sofisticación de la corrupción en sociedades desarrolladas. Es verdad: ya no es la bolsa de monedas, sino contratos y cláusulas invisibles para la mayoría.
ResponderEliminarAlfonso Martínez
Excelente análisis. La corrupción como ‘ácido lento’ es una metáfora poderosa. No destruye de golpe, pero va debilitando la confianza y las instituciones hasta que todo se derrumba.
ResponderEliminarLuz Torres
Me gusta que haya puesto ejemplos concretos como el caso Gürtel o Bankia. Eso acerca la reflexión a nuestra realidad y nos recuerda que no hablamos de teorías, sino de hechos que nos afectan directamente.
ResponderEliminarSergio Ramírez
Su planteamiento sobre Oriente y Occidente es muy interesante. En Asia la corrupción se percibe como deshonor familiar, mientras aquí se reduce a un delito técnico. Esa diferencia cultural explica mucho.
ResponderEliminarEduardo Sánchez
Lo más valioso de su texto es que no cae en el fatalismo. Reconoce que la corrupción es humana, pero también que combatirla lo es. Esa esperanza es necesaria.
ResponderEliminarPaqui Ortega
Me parece brillante la idea de que el corrupto no es un monstruo aislado, sino el producto de una sociedad que tolera demasiado. Nos obliga a mirarnos en el espejo.
ResponderEliminarManuela Cabrera
Tu artículo me recordó a una frase: ‘No hay corrupto sin corruptor’. Es una verdad incómoda que casi nunca se menciona y que tú has puesto en el centro.
ResponderEliminarUn abrazo
Tomás Delgado
Gracias por este texto tan claro y contundente. La corrupción no es solo un problema político, es un problema social. Mientras sigamos mirando hacia otro lado, la grieta seguirá creciendo.
ResponderEliminarRicardo Fernández
Hola Juan Antonio,
ResponderEliminarHace días que tenia aparcada la respuesta a este primer artículo que publicaste dedicado a desmenuzar la corrupción, mal sistémico de nuestra sociedad, que como siempre has descrito y enumerado perfectamente, por lo que coincido casi plenamente, y digo casi ya que discrepo en la situación global de la corrupción en los países democráticos occidentales, estando de acuerdo con tu enunciado de que más sofisticada, al disponer de mejores instrumentos económicos y tecnológicos que permitan se desarrolle de un modo más opaco, con lo que és más difícil de detectar. Pero cabe señalar que no en todas partes ocurre con la misma intensidad, ya tiene mucho de componente cultural, porque en la lista de los países menos corruptos figuran en primer término: Dinamarca, Finlandia, Singapur, Nueva Zelanda, Noruega, Suiza, Países Bajos, etc- que son sociedades con una conciencia cívica muy amplia basada en general con la ética luterana o en último caso confuciana como indicas. Mientras que los países más corruptos son sociedades pobres y pertenecientes al tercer mundo, con un bajo grado de desarrollo social y cultural que generalmente son estados fallidos como Haití, Somalia, Sudan del Sur, etc., cuando mayores son las desigualdades, surgen más fácilmente las corruptelas porque sirven para consolidar en el poder a los elementos privilegiados dichas sociedades por ser los detentadores de los escasos bienes disponibles.
Si nos centramos en España esta situada en un punto medio alto de la tabla, aparentemente no estamos tan mal, sin embargo este año hemos descendido 10 puestos en dichas clasificación, por algo será. Ya que los escándalos se producen constantemente afectando a todos los partidos y todos los niveles de los poderes públicos. Hay un factor cultural posiblemente ligado con la evolución histórica y religiosa del país, no podemos olvidar el peso y la aceptación social de la picaresca, fruto del estrangulamiento económico y la falta de redistribución de la riqueza. Normalmente el defraudador se vanagloria de sus hazañas, defraudar a hacienda, facturar en negro (cajas B) son habituales. En los años que estado en la banca, he sido testigo de múltiples corruptelas y otras actuaciones ilícitas, así como despidos y sanciones a empleados deshonestos, sin que ello se pueda generalizar a todo el sistema. Otra figura de nuestra cultura es el cacique prepotente y soberbio con capacidad de coaccionar e influenciar en unas sociedades con altas cotas de desigualdad, donde los favores se compran. Hoy sus herederos son las empresarios corruptores, y parece ser que salvo contadas excepciones muchos medran en la política, con el único fin de beneficiarse en el ejercicio de sus cargos, ya que la avaricia es otro de los grandes males de nuestra sociedad, todo ello ha creado el caldo de cultivo que a gran escala ha llevado a la sucesión de escándalos continuos que van trascendiendo al irse descubriendo múltiples tramas creadas a la sombra con el fin del lucro personal que comentas, y que afectan a todos los partidos, hecho indignante y repulsivo al tratarse de servidores públicos, que se supone que actúan al servicio del bien común, por lo que se espera sean personas integras y honestas. Con lo que sus actos provocan una sensación de asco y rechazo en el conjunto de la sociedad, que afecta a la credibilidad y el buen funcionamiento del sistema.
Es otro aspecto descorazonador de nuestra realidad , ya que parece otra lucha vana y perdida,
Un cordial saludo
Jordi Testar