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viernes, 1 de mayo de 2026

1º de Mayo: los que sostienen el mundo con sus manos

 

Hoy ha amanecido con esa solemnidad discreta que tienen las fechas obreras: un aire de pancarta doblada, de café temprano y de zapatos gastados que aún recuerdan la fábrica, la oficina, el andamio o la cola del paro. El calendario, que suele ser un funcionario frío y meticuloso, se permite de vez en cuando un gesto humano, y nos entrega este día como quien deja una flor sobre la mesa de quienes levantaron el mundo cobrando siempre menos de lo que valían.

 

No puedo evitar mirar atrás y volver a 1978. Aquel año en que España ensayaba la democracia con la misma torpeza ilusionada con la que un muchacho aprende a bailar. Todo estaba por estrenarse: las palabras, las plazas, los derechos, incluso el modo de disentir. Y volvió el 1º de mayo, que había pasado demasiados años guardado en un cajón polvoriento, como esas fotografías familiares que un régimen esconde porque en ellas sonríe la verdad.

Recuerdo aquella mañana —o quizá la invento ahora, que también la memoria tiene derecho a maquillarse— en la que salimos a la calle en Valladolid con una mezcla de prudencia y entusiasmo. Había banderas nuevas, consignas algo desafinadas y rostros que no sabían todavía si debían gritar, cantar o mirar hacia atrás por costumbre. Algunos caminaban erguidos por primera vez; otros seguían encorvados por el hábito e inercia de décadas enteras. La libertad, descubrí entonces, tarda más en enderezar la espalda que en proclamarse en los periódicos.

Los viejos obreros llevaban en los ojos una seriedad antigua. No celebraban solo una fiesta: asistían al regreso de algo suyo. Los más jóvenes, en cambio, parecíamos convencidos de que el futuro cabía entero en aquella mañana soleada y en cuatro consignas bien rimadas en la Plaza de la Universidad. ¡Qué edad más arrogante tenía y tiene todavía la esperanza! En la esquina de la calle Librería sonó una canción ronca, y alguien alzó el puño con la solemnidad de quien levanta una herramienta sagrada. Yo miraba todo aquello intentando comprender que la Historia no siempre entra a caballo; a veces llega andando, entre bocadillos envueltos en papel de estraza y conversaciones sobre los primeros convenios colectivos.

Han pasado casi 50 años, y el Día del Trabajo se ha ido llenando de matices: reivindicación, nostalgia, estadísticas, discursos previsibles y alguna barbacoa oportunista. También de ironías. Porque seguimos celebrando el trabajo mientras escasea; honrándolo mientras lo precarizamos; alabando al trabajador mientras se le pide que sonría cobrando menos y agradezca más. Y es que este  1⁰ de Mayo, desde entonces hasta hoy, ha amanecido con ese delicioso sarcasmo de celebrar el Día del Trabajo dejándolo descansar. Tal vez por ello o a pesar de ello, espero que haya sido un buen día para que las manos no produzcan, pero que el alma, libre de horarios, trabaje en lo que de verdad importa—vivir sin prisa, como si el tiempo también se hubiera tomado la jornada libre.

Pero no quiero ser injusto con este día. Ya que aún conserva una dignidad testaruda. Nos recuerda que hubo manos callosas que conquistaron descansos, jornadas humanas, salarios menos indecentes y el derecho elemental a protestar sin pedir permiso. Y nos recuerda, sobre todo, que nada se regaló, que todo se arrancó con esfuerzo, huelgas, miedo y terquedad. Y mientras escribo estas líneas, pienso en mis amigos con los que compartí aquella mañana de 1978 en tierras castellanas y en todos los que, como nosotros, salieron a la calle a festejarlo y ya no están. En los que creyeron y creímos que el porvenir sería más justo si se empujaba entre muchos. Quizá nos equivocamos y se equivocaron otros muchos en algunas cuentas; pero, todos, acertamos en lo esencial: ningún país merece llamarse moderno si desprecia a quienes lo sostienen.

 

Así que cuando el día empieza a declinar y la luz se retira despacio, deseo que todos hayáis pasado un feliz 1º de mayo, con la dignidad encendida de quienes sostienen el mundo con sus manos; que descansen los cansados, que cobren los olvidados y que tiemblen, aunque solo sea un poco, quienes confunden el beneficio con la virtud. Y, si aún queda sitio para la esperanza, que no falte, al menos, un ramo de muguet, esa antigua promesa de buena suerte con la que Francia saluda el primero de mayo.