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miércoles, 22 de abril de 2026

St. Jordi: escribir en voz baja

 

Desde niño siempre había querido escribir, que no es lo mismo que ser escritor. Escribo unas veces desde el presente recuerdo y, en otras ocasiones, desde el recuerdo presente. Y sin embargo, hay días en los que esa inclinación íntima parece encontrar su eco en el mundo. El día 23 de abril es uno de ellos. Y es que ese día, en el que las calles se llenan de libros como si fueran panes recién hechos y las manos se buscan entre páginas y rosas, uno tiene la tentación de creer que escribir es un acto público. Que pertenece a la celebración, al bullicio, al intercambio. Pero no es verdad. Escribir, en realidad, sucede en voz baja. Lejos del ruido, incluso cuando las calles se llenan de libros y de rosas. Sucede, por ejemplo, en la soledad de un cuarto donde el reloj avanza sin testigos, o en una mesa de un escritorio cualquiera donde el café se enfría mientras una frase se resiste. En el fondo, escribir es reescribir hasta que el párrafo deja de avergonzarte. Hasta que, por un instante breve y casi milagroso, lo que has querido decir se parece un poco a lo que has escrito. Y aun así, nunca del todo es perfecto.

 

Entonces, ¿cómo y qué es escribir? La pregunta tiene algo de trampa. Es como preguntarle a quien ha estado en el fondo del mar cómo es la oscuridad o a quien ha regresado de muy lejos cómo suena el silencio. Porque escribir no se explica, se atraviesa. Y quienes escribimos en un diario —si es que podemos llamarnos así sin rubor— lo hacemos quizá porque antes fuimos lectores, espías discretos de vidas ajenas, y un día decidimos exponernos, cruzar la frontera, convertirnos en lo observado.

 

Personalmente, no escribo para nadie en concreto. Ni siquiera para quien ahora lee estas líneas. Escribo para mí, como quien habla solo en una habitación vacía y, sin embargo, siente que alguien escucha. Escribo por una mezcla de obstinación y de placer, por ese impulso antiguo que me empuja a ordenar el mundo cuando el mundo no tiene orden. A estas alturas de la vida —cuando uno ya no espera casi nada y ha aprendido a convivir con la intemperie— escribir se parece más, al menos para mí, a una forma de resistencia que a una pasión u oficio.

 

Recuerdo —y en ese recuerdo hay una lejana ciudad entera latiendo— el día en que escribí mi primer artículo. Era joven, cursaba aquel recordado bachillerato superior, y el miedo ocupaba más espacio que las palabras. Tenía una semana para entregarlo, pero lo terminé en el último momento, cuando la mañana ya era un ruido inevitable. Entré en clase con el texto temblando entre las manos. Mi profesor lo leyó en silencio. Aquel silencio fue, quizás, la primera lección de escritura que recibí. Luego corrigió un par de frases y dijo simplemente: “bien”. No hubo aplausos, ni entusiasmo, ni ceremonia. Solo esa palabra seca que, con los años, he aprendido a valorar más que cualquier elogio. Al cabo de dos días salió publicado en el diario El Faro de Ceuta.

 

Desde entonces, escribir ha sido siempre lo mismo y siempre distinto para mí. Empieza con una idea —una escena vista al pasar, una frase oída en un autobús, una noticia leída sin demasiada atención— y termina en otro lugar. Porque escribir es descubrir. Uno cree que va hacia un sitio y acaba llegando a otro. Y es que las palabras tienen su propia voluntad, y a veces se desvían, como si supieran algo que nosotros ignoramos. De hecho, hay días en que escribir es como tocar un instrumento. No uno clásico, sino algo más cercano al jazz: una melodía interior que se improvisa mientras avanza. Persigo a los personajes como si no fueran míos, como si también yo los leyera por primera vez. Y en ese seguimiento hay una curiosidad que me salva, una especie de juego que me mantiene a flote. Otras veces, en cambio, escribir es enfrentarme a una ausencia. La palabra que no aparece, que se intuye como un miembro fantasma, que sabemos que existe pero se esconde. Entonces el lenguaje se vuelve un territorio incierto, lleno de huecos y de silencios. Y uno insiste, borra, corrige, vuelve a empezar. Porque escribir es, sobre todo, insistir.

 

Dicen que el miedo del escritor es el folio en blanco. Desde mi punto de vista, no es cierto. El verdadero miedo es el folio ya escrito. La página vacía aún guarda la promesa de lo que podríamos llegar a ser. La escrita, en cambio, nos devuelve lo que somos: nuestras limitaciones, nuestras torpezas, nuestras repeticiones. Releer es un ejercicio de humildad, a veces también de vergüenza. Y sin embargo, seguimos. Seguimos porque en el interior de cada texto hay un ritmo, un tiempo secreto que nos arrastra. Como en una partitura, las palabras marcan un compás, pero dejan un margen de libertad donde sucede lo esencial. Lo que está escrito no es más que un conjunto de signos que juntan letras. La verdadera historia ocurre en la mente de quien lee, en ese diálogo silencioso que convierte el texto en experiencia. Por eso escribir no consiste en decirlo todo, sino en sugerir lo suficiente. En dejar espacios para que el lector los habite. En confiar en que, al otro lado, alguien completará lo que nosotros apenas hemos insinuado.

 

A veces pienso que escribo para recordar. No los grandes acontecimientos, sino los detalles: algún hecho de mi infancia o juventud, una calle de una ciudad de Europa por la que caminaba sin rumbo, la luz de una tarde cualquiera, el eco de una conversación casi olvidada con mis padres o amigos. Esos fragmentos que el tiempo amenaza con borrar y que la escritura rescata, aunque sea de forma imperfecta. Porque también en eso fracasa uno: nunca se consigue contar las cosas exactamente como fueron. Pero lo intento. Y vuelvo a intentarlo. Y es que, quizá ese sea el único deber: escribir. Tal vez por ello, en este día de Sant Jordi, repleto de libros y rosas, cuando todo parece celebrar la literatura como un acto compartido, conviene no olvidar que su origen es íntimo. Que cada texto nace de una conversación privada, de una necesidad que no siempre tiene nombre. Y que, al final, escribir es una forma de estar en el mundo sin resignarse del todo a él. Escribo, en definitiva, porque me gusta. Porque me permite vivir otras vidas sin abandonar la mía. Porque, mientras escribo, el tiempo se ordena y la incertidumbre se vuelve, por un instante, soportable. Y también —por qué no decirlo— porque, en ocasiones, al terminar un párrafo, ya no siento vergüenza.

 

martes, 14 de abril de 2026

14 de abril, Día de la República.

 

Hoy escribo con la sensación de que el tiempo se pliega suavemente sobre sí mismo, como si esta mañana trajera consigo un rumor antiguo que aún no ha terminado de decir su nombre. Hay días en los que la historia no queda atrás, sino que se sienta a nuestro lado, discreta, y nos habla en voz baja. Este 14 de Abril, conmemoración de la II República española, es uno de ellos.

 

Segre 14.04.2026

Recuerdo —o quizá imagino— aquellas conversaciones con amigos en las que la palabra escuela no era solo un edificio, sino una promesa; donde enseñar significaba abrir ventanas y no repetir consignas. Tal vez por eso, quienes alguna vez fuimos docentes guardamos este día como quien protege una chispa: no por nostalgia, sino por lealtad a una idea de mundo más limpio, más justo, más compartido. Y es que hoy, más que nunca, tal vez por la locura que atraviesa al mundo, hay algo en este amanecer que invita a creer de nuevo en la dignidad sin estridencias, en la libertad que no necesita proclamarse porque se reconoce en los gestos sencillos: una voz que no se calla, una mano que no excluye, una conciencia que no se rinde. Como si aquel impulso de renovación —tan frágil y tan audaz— siguiera buscando su lugar en nosotros, reclamando continuidad en lo cotidiano. Brindo, pues, en silencio, como tantas veces, por quienes sostuvieron ese sueño con una fe serena, sin más bandera que la convicción de que la vida podía ser más luminosa si se hacía entre todos. Y al hacerlo, siento que no celebramos un pasado, sino una forma de mirar el presente: con coraje tranquilo, con memoria viva, con una esperanza que, lejos de agotarse, aprende a renacer.

 

Hoy, sin necesidad de decirlo en voz alta, sé que algo de aquella primavera sigue respirando aquí. Y basta con saberlo, con sentirlo. Y con el deseo de que la luz de este nuevo amanecer despierte el eco de aquel abril que soñó con ser primavera eterna; hoy brindamos por la memoria de los que guardaron la libertad en el alma, para que su anhelo de justicia y fraternidad siga floreciendo, valiente y tricolor, en cada rincón de nuestro presente. ¡Feliz 14 de abril!"

 

 


miércoles, 25 de marzo de 2026

La terca ley de la primavera frente al Segre.

 

La primavera siempre me ha parecido un prodigio fascinante, íntimo. He vivido ya ochenta, y aún hoy me asombra comprobar que ninguna se repite: todas son la misma y, sin embargo, todas tan distintas; como si la naturaleza, paciente, se empeñara en reinventar su misterio ante mis ojos ya cansados. Este año, como otros años, ha llegado sin avisar, ligera y súbita, y a mí me ha alcanzado como una risa que se me escapa entre los labios antes de recordar por qué estaba triste.

 



He salido al balcón de mi casa y he dejado que la mirada se deslizara por el Segre, que esta primavera baja ancho, generoso, casi con un pulso propio. Me he entretenido un rato observando a los patos, atareados, buscando un lugar donde comenzar la vida y, al poco tiempo, la mirada se me ha ido ligeramente más lejos, hasta donde descansan los Campos Elíseos, como si el ritmo de la vida allí se hubiera vuelto más lento. Casi de improviso, he sentido en el aire una vibración leve, una luz color limón que no sabría explicar del todo y que, sin embargo, me atraviesa. Y entonces, sin apenas darme cuenta, he regresado a mi infancia en Marruecos: a las azoteas llenas de sol, a los naranjos en flor de la fértil vega del Lucus, a aquel espacio de tiempo detenido en el que la vida no pedía nada, porque todo estaba ya ocurriendo y bastaba con mirarlo.

 

Siempre he acabado sucumbiendo a la primavera. Ésta, la de este año, ha llegado entre los últimos restos del invierno y antes de que el verano empiece a insinuarse, y me ha dejado en una especie de territorio intermedio, tibio, donde el ánimo vacila y el cuerpo, que todavía se duele con algunas secuelas al haber sido intervenido, lo sigue sin demasiada resistencia. Han sido unos primeros días de primavera, en los que he sentido que convenía no forzar nada, sino dejar que el tiempo respirara por sí solo. Pero la memoria, obstinada, me ha empujado a recordar que incluso en los momentos más inciertos, la belleza aparece de pronto, sin anunciarse, casi de incógnito. Así la viví en Amberes y La Haya, cuando ya había cumplido largamente los treinta, y más tarde en Zúrich y Lausana, al pasar de los cuarenta. No eran primaveras muy distintas de ésta, y sin embargo lo eran todo. En esas ciudades sentí —y ahora con nitidez lo recuerdo— que la primavera no sucedía solo fuera, sino también dentro de mí, como una irrupción inesperada que lo iba llenando todo poco a poco: las calles, los canales, el puerto, las plazas, el lago y también algo más hondo, más difícil de nombrar; la propia consciencia. Un tiempo, unos años, unos días, unos instantes, a veces breves, pero tan intensos, que todavía hoy me dejan sin aliento.

 

Segre 8.04.2026

Hay algunos días, otros momentos, en los que uno querría no vivir —no por deseo de morir, que eso queda lejos—, sino por el cansancio de registrar cada estímulo, de enfrentarse a este mundo loco y desordenado que tenemos y que no siempre acierto a comprender. Y, sin embargo, mientras repaso estos recuerdos que se me han ido entrelazando —el río, las azoteas, el inconfundible azahar de los naranjos de mi infancia y las ciudades que me habitaron—, caigo en la cuenta de que la primavera, incluso ahora, sigue imponiendo su ley. Y llega también, incluso, bajo la cruel lluvia de bombas y misiles que asolan otras no tan lejanas tierras, ajena y persistente, como si nada pudiera detenerla. Y mientras allí mueren seres inocentes, aquí, mientras tanto, entre almendros y frutales en flor, la vida vuelve a pintar el aire con una obstinación serena que me desconcierta. Y tal vez por eso, en estos días más difíciles, es cuando me descubro susurrando plegarias casi iracundas, como aquel ruego de Robert Frost que, con sencillez filosófica y profundidad sentimental, decía—“Señor, hazme caso a mí”—. Y, comprendo, no sin cierta resistencia, que cuando todo parece a punto de quebrarse, la primavera abre una rendija en la desesperación y me obliga, una vez más, a mirar al cielo.

 

Es en esos momentos cuando, casi sin proponérmelo, vuelvo hacia atrás en la memoria y me recuerdo en Marruecos, cuando el sol bajaba lento. Y es que aquella luz cálida me enseñó que la primavera no se apresura; llega despacio, entre juegos de sombras y destellos dorados, y que cada flor abierta es un milagro silencioso. Incluso entonces, siendo niño, entendía que algo se renovaba en el aire y que la vida, por más simple que pareciera, podía sorprendernos con su delicadeza.

 

Años después, entre Amberes y La Haya, aprendí a percibir la primavera como un estallido más abrupto. Los canales holandeses y el puerto del majestuoso Escalda reflejaban la luz de marzo con un brillo metálico, y los árboles se llenaban de brotes verdes casi de golpe, como si quisieran recordarme que siempre hay un momento para dejar atrás la rigidez del invierno. Y me veo a mí mismo caminando por las calles empedradas, doblando cada esquina, cruzando cada puente, deteniéndome o sentándome en las plazas, recorriendo un escenario donde la primavera parecía querer hablarme, como si insistiera en que los días grises eran más que el preludio de un luminoso acontecer. Y años más tarde, ya en tierras suizas, en Zúrich, junto al lago, y en Lausana, inseparable del Léman, la primavera adquiría otro lenguaje: el agua reflejaba el cielo y me hablaba con el murmullo de las olas, mientras el viento traía aromas de los Alpes y del Jura, extraños y familiares al mismo tiempo.

 

Y es así, entre recuerdos que no terminan de irse y este presente que se impone con suavidad, como vuelvo a lo inmediato, a lo que ahora mismo me rodea. El murmullo de los pájaros, el crujido de la luz que se estira un poco más cada tarde y el perfume de las flores me recuerdan que la vida persiste. Los caminos se llenan de un brillo nuevo, como si el mundo hubiera sido lavado durante la noche y ahora reluciera con cierto descaro. Y entonces camino más lento, respiro más hondo, como aquel niño que descubría cada rincón de Marruecos, como aquel docente que se dejaba arrastrar por las calles de Amberes, La Haya, Zúrich y Lausana; porque la primavera es, para mí, eso: un regreso, un recuerdo que se hace presente, una promesa de vida que llega sin permiso, con la suavidad de la luz y la firmeza de lo vivido aquí, frente al Segre.

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 7 de marzo de 2026

La guerra que puede devorar a Trump

 


En mi artículo anterior analizábamos el trasfondo histórico y geopolítico de un conflicto larvado que trasciende a Irán. Veamos ahora cómo se concreta en los acontecimientos de hoy, empezando por el dramático 28 de febrero de 2026, cuando las explosiones que sacudieron Teherán no solo alcanzaron varios enclaves del programa nuclear iraní, sino que su onda expansiva recorrió miles de kilómetros hasta golpear el frágil cimiento político sobre el que Donald Trump había construido su segunda presidencia. Y es que, en una operación de enorme riesgo, la Fuerza Aérea estadounidense se vio arrastrada por la decisión del zorro político Benjamín Netanyahu, quien —sin consultar previamente a Washington— ordenó lanzar un misil contra el búnker donde se refugiaba el ayatolá Alí Jamenei. El ataque provocó la muerte del Líder Supremo, junto con más de cuarenta altos colaboradores del régimen, que se habían reunido para coordinar las negociaciones que se estaban desarrollando con la Administración de los EE.UU. Ante la gravedad de los acontecimientos, Estados Unidos se vio obligado a coordinarse con Israel para ejecutar el ataque más contundente contra Irán desde la crisis de los rehenes de 1979.
La Mañana 17.3.2026



En un principio, parecía que el objetivo oficial era claro: neutralizar las instalaciones nucleares y el arsenal de misiles balísticos de la República Islámica. Pero los detalles que emergieron en la madrugada tras el ataque previo israelí sugerían una ambición mayor: apuntaban a la decapitación del régimen. En ese escenario, la cuestión que ahora planea sobre los escombros de Teherán no es solo si Irán podrá reconstruirse, sino si Estados Unidos y su presidente podrán soportar las consecuencias de su propio éxito militar. La paradoja es evidente. Trump llegó al poder prometiendo poner fin a las “guerras eternas” y priorizar el interés doméstico bajo el lema “America First”. Sin embargo, el ataque abre la puerta a un conflicto prolongado en Oriente Próximo que amenaza con devorar su legado político y tensionar la economía global. Un hecho que ya está ocurriendo.



En teoría, la lógica política sugería que Trump debía evitar precisamente esa situación. Su instinto de supervivencia electoral —que siempre ha sido su brújula más fiable— apuntaba hacia la disuasión y el gesto simbólico, no hacia una operación que pudiera desencadenar una guerra regional. En este sentido, informaciones previas citadas por medios internacionales indicaban que sectores de la CIA estadounidense advertían del riesgo de un ataque “decapitador” que, lejos de provocar el colapso del régimen iraní, podría consolidar a los sectores más radicales de la Guardia Revolucionaria y empujar al país hacia una guerra de desgaste. Ante ese escenario, si ese diagnóstico era conocido en Washington, surge inevitablemente la pregunta: ¿por qué se tomó la decisión de acompañar a Israel en su ataque?  Obviamente, una parte de la respuesta se encuentra en Jerusalén. Netanyahu lleva décadas considerando a Irán una amenaza existencial. Desde su perspectiva estratégica, impedir que Teherán consolide su capacidad nuclear no es solo una prioridad, sino una necesidad histórica. Para Israel, el ataque contra Beit-e Rahbari, el complejo del Líder Supremo, era una oportunidad única para conseguir un Irán debilitado por tensiones internas, aprovechando una Casa Blanca dirigida por un presidente proclive a demostrar la fuerza del ejército de los EE.UU.



No obstante, las consecuencias del ataque trascienden lo militar. Irán mantiene capacidad para responder de múltiples formas. Y lo está haciendo con ofensivas a bases estadounidenses en diversos países del entorno, lo que ocasiona fuertes presiones sobre los aliados de Washington en Oriente Medio y, sobre todo, colapsando el tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz, por donde transita cerca de una cuarta parte del petróleo mundial. De este modo, la interrupción ya está provocando nerviosismo en los mercados energéticos, volatilidad financiera y presión inflacionaria, todo un desafío político de primer orden para un presidente que gobierna en un contexto económico delicado.



Al mismo tiempo, se revela otra paradoja estratégica. Para Israel, debilitar a Irán era y es una prioridad histórica; para Estados Unidos, supone prolongar un conflicto en Oriente Próximo, lo cual significa un desgaste político interno, divisiones sociales y enormes costes financieros. Los analistas denominan a esta dinámica “captura de agenda”: cuando un aliado menor logra que la superpotencia adopte decisiones que responden principalmente a intereses regionales de ese aliado. Es decir, dicho con otras palabras —en esta ocasión— modificar el lema “America First" por “Israel First”. Y es que, en ocasiones, las decisiones de la Casa Blanca tienen que ver con algo menos visible pero profundamente arraigado en la política estadounidense: la influencia del lobby proisraelí en Washington. No se trata de una conspiración, sino de una realidad política ampliamente estudiada. Organizaciones como el “American Israel Public Affairs Committee” (AIPAC) han demostrado durante décadas una enorme capacidad para financiar campañas, influir en el debate público y orientar votaciones en el Congreso. En ese contexto, ningún presidente estadounidense toma decisiones en Oriente Próximo sin tener en cuenta el peso político de esa red de apoyos de Israel. A este respecto, sabido es y conviene recordar que, Los Protocolos de las Sabios de Sión, es un documento antisemita, que fue publicado por primera vez en Rusia a principios del siglo XX, y que describen una supuesta conspiración judía mundial para dominar la economía, la política y la cultura. Seguramente sea falso; pero, llegados a este punto, resulta inquietante que cuando determinadas coincidencias geopolíticas se acumulan y ciertos patrones de influencia parecen repetirse, haya quien, casi en un susurro, vuelva a recordarlo. No porque explique la realidad… sino porque las circunstancias, a veces, se empeñan en parecerse demasiado.



En cualquier caso, Trump se encuentra ante un escenario que prometió evitar. En política exterior, victorias militares rápidas suelen esconder consecuencias imprevisibles. Mientras el humo aún no se disipa sobre Teherán y continúan las respuestas iraníes, surge otra pregunta: si la primera operación fue un éxito táctico de Israel, ¿podría convertirse en un desastre estratégico para Donald Trump, que prometió ser el presidente que terminaría con las guerras interminables? Y es que ya nos lo advirtió Cicerón cuando dijo: “Summum ius, summa iniuria” ; es decir, “El mayor derecho puede convertirse en la mayor injusticia”.