rosa.piro@telefonica.net

domingo, 17 de mayo de 2026

La paradoja de Fermi: el milagro de estar aquí

 

Desde que los primeros seres humanos levantamos la vista hacia el cielo para contemplar las estrellas, siempre nos han asaltado las mismas preguntas: ¿Estamos solos en este universo? ¿O hay alguien más ahí fuera? El surgimiento de la vida, y más aún de vida inteligente, ¿es fruto de una gigantesca casualidad o se debe a una concatenación necesaria de acontecimientos? Y es que en este vasto escenario cósmico, vivimos en un universo enorme, a veces descrito como infinito, antiguo y en gran parte silencioso. De hecho, cuando miramos al cielo nocturno vemos miles de millones de estrellas, y sabemos que muchas de ellas tienen planetas. A primera vista podría parecer que la vida, e incluso la vida inteligente, debería ser algo común. Sin embargo, al analizar el problema con más cuidado, desde la perspectiva de la física y de la probabilidad, surge una posibilidad inquietante: que la vida inteligente sea extremadamente rara en el cosmos.

 

En este contexto, para entender por qué podría ser así, hay que considerar la larga cadena de acontecimientos necesarios para que surja una civilización como la nuestra. No basta con que exista un planeta. Ese planeta debe reunir una serie de condiciones adecuadas que se han ido configurando a lo largo de miles de millones de años. Debe existir agua líquida, una química apropiada, una atmósfera estable y una estrella relativamente tranquila y cercana. Es más, incluso si se cumplen todas esas condiciones, el siguiente paso no es necesariamente el origen de la vida, ya que este evento puede ser extraordinariamente improbable. De hecho, no sabemos exactamente cómo ocurrió en la Tierra, pero sí sabemos que implicó una serie de procesos químicos muy complejos.

 

Aun así, el camino apenas había comenzado. Además, una vez que aparece la vida, el proceso hacia la inteligencia sigue siendo largo y está lleno de obstáculos. Durante casi toda la historia de la Tierra, los únicos seres vivos que existían eran unicelulares. La aparición de formas de vida complejas tardó miles de millones de años y estuvo marcada por numerosos contratiempos y dificultades. Después surgieron los organismos multicelulares, los sistemas nerviosos, los cerebros y, finalmente, una inteligencia capaz de reflexionar sobre el universo. No obstante, cada uno de estos pasos puede ser improbable. Como señalan los científicos, cuando se multiplican muchas probabilidades pequeñas, el resultado final puede ser una probabilidad extremadamente baja.

 

Esto nos lleva a una idea importante relacionada con la llamada Paradoja de Fermi: si el universo es tan grande y tan antiguo, ¿por qué no vemos evidencia de otras civilizaciones? Una posible respuesta es simplemente que son muy raras. Esta paradoja fue resumida en 1950 por el físico italiano-estadounidense Enrico Fermi con una pregunta tan sencilla como inquietante: ¿Dónde están todos? En este sentido, puede que la aparición de la inteligencia no sea un resultado inevitable de la evolución, sino un fenómeno que ocurre muy pocas veces en la historia del cosmos. También debemos considerar la fragilidad de las civilizaciones tecnológicas. Incluso si surgen, pueden no durar mucho tiempo. Una civilización podría autodestruirse o desaparecer por causas naturales, o ser aniquilada por otra, como hemos visto en varias películas futuristas de ciencia ficción, antes de llegar a colonizar otros planetas. En ese caso, el universo podría estar lleno de mundos con vida simple, pero casi ninguno con civilizaciones tecnológicamente avanzadas.

 

Desde esta perspectiva, la existencia de seres conscientes capaces de reflexionar sobre el universo podría ser algo extraordinariamente raro. Si eso es cierto, entonces nuestra existencia adquiere un significado especial. Esto no indica que seamos el centro del universo, pero sí podría sugerir que la conciencia es un fenómeno muy inusual en el cosmos. Cada mente consciente sería entonces una especie de pequeño milagro estadístico: un lugar donde el universo se vuelve capaz de observarse a sí mismo. Y, en consecuencia, si somos raros, entonces somos valiosos. Si somos improbables, entonces nuestra existencia importa. Y surge entonces una pregunta inevitable: ¿a quién o a qué?

 

La física no nos dice que nuestra vida tenga un propósito cósmico predeterminado. Pero sí nos muestra algo fascinante: que el simple hecho de que estemos aquí, pensando sobre estas cuestiones, puede ser uno de los fenómenos más extraordinarios del vasto universo. Tal vez, después de todo, nuestra tarea no sea encontrar un significado ya escrito en las estrellas, sino descubrirlo a través de nuestra propia capacidad de comprenderlas. En ese sentido, cada vez que una mente humana contempla el cielo y se pregunta por su origen, el universo parece adquirir una forma de conciencia de sí mismo. A la luz de esto, hace casi dos mil años, el filósofo romano Séneca expresó una intuición semejante con una frase que aún hoy conserva toda su fuerza: “El universo sería una cosa muy pobre si no tuviera seres capaces de contemplarlo”. Quizá sea precisamente eso lo que somos: una minúscula parte del cosmos que ha aprendido, por un instante, a mirarse a sí misma. Y tal vez por eso el universo guarde silencio, porque esperaba una voz capaz de preguntarle si estamos solos o si somos el azar que aprendió a pensar. En todo caso, sabemos algo aún más difícil: que estamos aquí.

 

 

viernes, 1 de mayo de 2026

1º de Mayo: los que sostienen el mundo con sus manos

 

Hoy ha amanecido con esa solemnidad discreta que tienen las fechas obreras: un aire de pancarta doblada, de café temprano y de zapatos gastados que aún recuerdan la fábrica, la oficina, el andamio o la cola del paro. El calendario, que suele ser un funcionario frío y meticuloso, se permite de vez en cuando un gesto humano, y nos entrega este día como quien deja una flor sobre la mesa de quienes levantaron el mundo cobrando siempre menos de lo que valían.

 

No puedo evitar mirar atrás y volver a 1978. Aquel año en que España ensayaba la democracia con la misma torpeza ilusionada con la que un muchacho aprende a bailar. Todo estaba por estrenarse: las palabras, las plazas, los derechos, incluso el modo de disentir. Y volvió el 1º de mayo, que había pasado demasiados años guardado en un cajón polvoriento, como esas fotografías familiares que un régimen esconde porque en ellas sonríe la verdad.

Recuerdo aquella mañana —o quizá la invento ahora, que también la memoria tiene derecho a maquillarse— en la que salimos a la calle en Valladolid con una mezcla de prudencia y entusiasmo. Había banderas nuevas, consignas algo desafinadas y rostros que no sabían todavía si debían gritar, cantar o mirar hacia atrás por costumbre. Algunos caminaban erguidos por primera vez; otros seguían encorvados por el hábito e inercia de décadas enteras. La libertad, descubrí entonces, tarda más en enderezar la espalda que en proclamarse en los periódicos.

Los viejos obreros llevaban en los ojos una seriedad antigua. No celebraban solo una fiesta: asistían al regreso de algo suyo. Los más jóvenes, en cambio, parecíamos convencidos de que el futuro cabía entero en aquella mañana soleada y en cuatro consignas bien rimadas en la Plaza de la Universidad. ¡Qué edad más arrogante tenía y tiene todavía la esperanza! En la esquina de la calle Librería sonó una canción ronca, y alguien alzó el puño con la solemnidad de quien levanta una herramienta sagrada. Yo miraba todo aquello intentando comprender que la Historia no siempre entra a caballo; a veces llega andando, entre bocadillos envueltos en papel de estraza y conversaciones sobre los primeros convenios colectivos.

Han pasado casi 50 años, y el Día del Trabajo se ha ido llenando de matices: reivindicación, nostalgia, estadísticas, discursos previsibles y alguna barbacoa oportunista. También de ironías. Porque seguimos celebrando el trabajo mientras escasea; honrándolo mientras lo precarizamos; alabando al trabajador mientras se le pide que sonría cobrando menos y agradezca más. Y es que este  1⁰ de Mayo, desde entonces hasta hoy, ha amanecido con ese delicioso sarcasmo de celebrar el Día del Trabajo dejándolo descansar. Tal vez por ello o a pesar de ello, espero que haya sido un buen día para que las manos no produzcan, pero que el alma, libre de horarios, trabaje en lo que de verdad importa—vivir sin prisa, como si el tiempo también se hubiera tomado la jornada libre.

Pero no quiero ser injusto con este día. Ya que aún conserva una dignidad testaruda. Nos recuerda que hubo manos callosas que conquistaron descansos, jornadas humanas, salarios menos indecentes y el derecho elemental a protestar sin pedir permiso. Y nos recuerda, sobre todo, que nada se regaló, que todo se arrancó con esfuerzo, huelgas, miedo y terquedad. Y mientras escribo estas líneas, pienso en mis amigos con los que compartí aquella mañana de 1978 en tierras castellanas y en todos los que, como nosotros, salieron a la calle a festejarlo y ya no están. En los que creyeron y creímos que el porvenir sería más justo si se empujaba entre muchos. Quizá nos equivocamos y se equivocaron otros muchos en algunas cuentas; pero, todos, acertamos en lo esencial: ningún país merece llamarse moderno si desprecia a quienes lo sostienen.

 

Así que cuando el día empieza a declinar y la luz se retira despacio, deseo que todos hayáis pasado un feliz 1º de mayo, con la dignidad encendida de quienes sostienen el mundo con sus manos; que descansen los cansados, que cobren los olvidados y que tiemblen, aunque solo sea un poco, quienes confunden el beneficio con la virtud. Y, si aún queda sitio para la esperanza, que no falte, al menos, un ramo de muguet, esa antigua promesa de buena suerte con la que Francia saluda el primero de mayo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 23 de abril de 2026

St. Jordi: escribir en voz baja

 

Desde niño siempre había querido escribir, que no es lo mismo que ser escritor. Escribo unas veces desde el presente recuerdo y, en otras ocasiones, desde el recuerdo presente. Y sin embargo, hay días en los que esa inclinación íntima parece encontrar su eco en el mundo. El día 23 de abril es uno de ellos. Y es que ese día, en el que las calles se llenan de libros como si fueran panes recién hechos y las manos se buscan entre páginas y rosas, uno tiene la tentación de creer que escribir es un acto público. Que pertenece a la celebración, al bullicio, al intercambio. Pero no es verdad. Escribir, en realidad, sucede en voz baja. Lejos del ruido, incluso cuando las calles se llenan de libros y de rosas. Sucede, por ejemplo, en la soledad de un cuarto donde el reloj avanza sin testigos, o en una mesa de un escritorio cualquiera donde el café se enfría mientras una frase se resiste. En el fondo, escribir es reescribir hasta que el párrafo deja de avergonzarte. Hasta que, por un instante breve y casi milagroso, lo que has querido decir se parece un poco a lo que has escrito. Y aun así, nunca del todo es perfecto.

 

La Mañana 23.04.2026

Entonces, ¿cómo y qué es escribir? La pregunta tiene algo de trampa. Es como preguntarle a quien ha estado en el fondo del mar cómo es la oscuridad o a quien ha regresado de muy lejos cómo suena el silencio. Porque escribir no se explica, se atraviesa. Y quienes escribimos en un diario —si es que podemos llamarnos así sin rubor— lo hacemos quizá porque antes fuimos lectores, espías discretos de vidas ajenas, y un día decidimos exponernos, cruzar la frontera, convertirnos en lo observado.

 

Personalmente, no escribo para nadie en concreto. Ni siquiera para quien ahora lee estas líneas. Escribo para mí, como quien habla solo en una habitación vacía y, sin embargo, siente que alguien escucha. Escribo por una mezcla de obstinación y de placer, por ese impulso antiguo que me empuja a ordenar el mundo cuando el mundo no tiene orden. A estas alturas de la vida —cuando uno ya no espera casi nada y ha aprendido a convivir con la intemperie— escribir se parece más, al menos para mí, a una forma de resistencia que a una pasión u oficio.

 

Recuerdo —y en ese recuerdo hay una lejana ciudad entera latiendo— el día en que escribí mi primer artículo. Era joven, cursaba aquel recordado bachillerato superior, y el miedo ocupaba más espacio que las palabras. Tenía una semana para entregarlo, pero lo terminé en el último momento, cuando la mañana ya era un ruido inevitable. Entré en clase con el texto temblando entre las manos. Mi profesor lo leyó en silencio. Aquel silencio fue, quizás, la primera lección de escritura que recibí. Luego corrigió un par de frases y dijo simplemente: “bien”. No hubo aplausos, ni entusiasmo, ni ceremonia. Solo esa palabra seca que, con los años, he aprendido a valorar más que cualquier elogio. Al cabo de dos días salió publicado en el diario El Faro de Ceuta.

 

Desde entonces, escribir ha sido siempre lo mismo y siempre distinto para mí. Empieza con una idea —una escena vista al pasar, una frase oída en un autobús, una noticia leída sin demasiada atención— y termina en otro lugar. Porque escribir es descubrir. Uno cree que va hacia un sitio y acaba llegando a otro. Y es que las palabras tienen su propia voluntad, y a veces se desvían, como si supieran algo que nosotros ignoramos. De hecho, hay días en que escribir es como tocar un instrumento. No uno clásico, sino algo más cercano al jazz: una melodía interior que se improvisa mientras avanza. Persigo a los personajes como si no fueran míos, como si también yo los leyera por primera vez. Y en ese seguimiento hay una curiosidad que me salva, una especie de juego que me mantiene a flote. Otras veces, en cambio, escribir es enfrentarme a una ausencia. La palabra que no aparece, que se intuye como un miembro fantasma, que sabemos que existe pero se esconde. Entonces el lenguaje se vuelve un territorio incierto, lleno de huecos y de silencios. Y uno insiste, borra, corrige, vuelve a empezar. Porque escribir es, sobre todo, insistir.

 

Dicen que el miedo del escritor es el folio en blanco. Desde mi punto de vista, no es cierto. El verdadero miedo es el folio ya escrito. La página vacía aún guarda la promesa de lo que podríamos llegar a ser. La escrita, en cambio, nos devuelve lo que somos: nuestras limitaciones, nuestras torpezas, nuestras repeticiones. Releer es un ejercicio de humildad, a veces también de vergüenza. Y sin embargo, seguimos. Seguimos porque en el interior de cada texto hay un ritmo, un tiempo secreto que nos arrastra. Como en una partitura, las palabras marcan un compás, pero dejan un margen de libertad donde sucede lo esencial. Lo que está escrito no es más que un conjunto de signos que juntan letras. La verdadera historia ocurre en la mente de quien lee, en ese diálogo silencioso que convierte el texto en experiencia. Por eso escribir no consiste en decirlo todo, sino en sugerir lo suficiente. En dejar espacios para que el lector los habite. En confiar en que, al otro lado, alguien completará lo que nosotros apenas hemos insinuado.

 

A veces pienso que escribo para recordar. No los grandes acontecimientos, sino los detalles: algún hecho de mi infancia o juventud, una calle de una ciudad de Europa por la que caminaba sin rumbo, la luz de una tarde cualquiera, el eco de una conversación casi olvidada con mis padres o amigos. Esos fragmentos que el tiempo amenaza con borrar y que la escritura rescata, aunque sea de forma imperfecta. Porque también en eso fracasa uno: nunca se consigue contar las cosas exactamente como fueron. Pero lo intento. Y vuelvo a intentarlo. Y es que, quizá ese sea el único deber: escribir. Tal vez por ello, en este día de Sant Jordi, repleto de libros y rosas, cuando todo parece celebrar la literatura como un acto compartido, conviene no olvidar que su origen es íntimo. Que cada texto nace de una conversación privada, de una necesidad que no siempre tiene nombre. Y que, al final, escribir es una forma de estar en el mundo sin resignarse del todo a él. Escribo, en definitiva, porque me gusta. Porque me permite vivir otras vidas sin abandonar la mía. Porque, mientras escribo, el tiempo se ordena y la incertidumbre se vuelve, por un instante, soportable. Y también —por qué no decirlo— porque, en ocasiones, al terminar un párrafo, ya no siento vergüenza.

 

martes, 14 de abril de 2026

14 de abril, Día de la República.

 

Hoy escribo con la sensación de que el tiempo se pliega suavemente sobre sí mismo, como si esta mañana trajera consigo un rumor antiguo que aún no ha terminado de decir su nombre. Hay días en los que la historia no queda atrás, sino que se sienta a nuestro lado, discreta, y nos habla en voz baja. Este 14 de Abril, conmemoración de la II República española, es uno de ellos.

 

Segre 14.04.2026

Recuerdo —o quizá imagino— aquellas conversaciones con amigos en las que la palabra escuela no era solo un edificio, sino una promesa; donde enseñar significaba abrir ventanas y no repetir consignas. Tal vez por eso, quienes alguna vez fuimos docentes guardamos este día como quien protege una chispa: no por nostalgia, sino por lealtad a una idea de mundo más limpio, más justo, más compartido. Y es que hoy, más que nunca, tal vez por la locura que atraviesa al mundo, hay algo en este amanecer que invita a creer de nuevo en la dignidad sin estridencias, en la libertad que no necesita proclamarse porque se reconoce en los gestos sencillos: una voz que no se calla, una mano que no excluye, una conciencia que no se rinde. Como si aquel impulso de renovación —tan frágil y tan audaz— siguiera buscando su lugar en nosotros, reclamando continuidad en lo cotidiano. Brindo, pues, en silencio, como tantas veces, por quienes sostuvieron ese sueño con una fe serena, sin más bandera que la convicción de que la vida podía ser más luminosa si se hacía entre todos. Y al hacerlo, siento que no celebramos un pasado, sino una forma de mirar el presente: con coraje tranquilo, con memoria viva, con una esperanza que, lejos de agotarse, aprende a renacer.

 

Hoy, sin necesidad de decirlo en voz alta, sé que algo de aquella primavera sigue respirando aquí. Y basta con saberlo, con sentirlo. Y con el deseo de que la luz de este nuevo amanecer despierte el eco de aquel abril que soñó con ser primavera eterna; hoy brindamos por la memoria de los que guardaron la libertad en el alma, para que su anhelo de justicia y fraternidad siga floreciendo, valiente y tricolor, en cada rincón de nuestro presente. ¡Feliz 14 de abril!"