Domingo, 21 de junio. Con la llegada del verano regresan también los recuerdos. No llaman a la puerta ni anuncian su llegada. Simplemente aparecen, como el olor de la tierra caliente después de una tormenta o como la sombra de una nube que atraviesa lentamente un campo de trigo. Todos guardamos algún verano que el tiempo se ha encargado de pulir hasta convertirlo en refugio, un lugar al que volvemos cuando la memoria necesita descansar. Los míos tienen el color dorado de las llanuras castellanas y el sonido lejano de las cigarras en las tardes inmóviles. Viajan hasta un pequeño pueblo perdido en mitad de la meseta, un lugar que nunca fue exactamente mi pueblo y que, sin embargo, terminó habitando para siempre dentro de mí.
Llegábamos desde el otro lado del Estrecho, de la atlántica localidad de Larache, bañada por el Lukus y el océano. Una bella ciudad de un Marruecos lejano que hoy suena como un eco de otro tiempo. Pero antes de alcanzar aquel rincón de Castilla había que atravesar un pequeño ritual de viajes, estaciones y despedidas. Recuerdo los viejos aviones de hélice de Iberia a los que, no sin cierto temor, me subían en Tetuán. Eran lentos y ruidosos, y parecían avanzar más por voluntad que por velocidad. Cuando sobrevolaban algunos valles de Andalucía o los montes de Toledo, el aparato descendía bruscamente y nuestros estómagos quedaban suspendidos en el aire durante unos segundos eternos. Para mí aquello no era un vuelo: era una aventura.
Madrid era siempre la primera escala. Allí, en la plaza de Neptuno, nos aguardaba un primo carnal de mi madre que trabajaba como responsable de ventas en los almacenes Simeón. Cogíamos un taxi y nos dirigíamos a su casa. Los besos, los abrazos y las comidas familiares formaban parte de una interminable procesión de visitas. Casas distintas, salones distintos, pero las mismas exclamaciones y preguntas repetidas año tras año, como si pertenecieran a una ceremonia obligatoria: ¡Cómo has crecido!, ¡Qué mayor estás!, ¿Estudias mucho?, Toma, come un poco más. Mi hermano y yo asistíamos resignados a aquel desfile de cortesías mientras nuestra madre, educada e imperturbable, cumplía con el deber de saludar a familiares y viejas amistades. Entonces no lo entendíamos. Hoy sé que también ella necesitaba regresar, aunque solo fuera durante unas horas que acababan prolongándose algo más de un día, a una parte de su vida en aquel Madrid que ya no existía.
El verdadero viaje comenzaba después. Un tren nos llevaba desde la estación del Norte hacia el corazón de Castilla. Al cruzar las tierras de Ávila, el paisaje de la ventanilla se volvía abrupto y monumental. El convoy avanzaba entre inmensos berrocales donde las piedras caballeras recortaban el horizonte como colosos de granito detenidos en un equilibrio imposible, como si el propio traqueteo del vagón pudiera hacerlos rodar ladera abajo. Más allá, la roca daba paso a una inmensa geografía de campos amarillos, horizontes interminables y pueblos diminutos que parecían brotar de la misma arcilla. Mucho después, como un guardián de ladrillo y sol, aparecía la silueta rojiza del castillo de la Mota, alzándose sobre la llanura y anunciando el final del trayecto. Era la señal de que el viaje en hierro tocaba a su fin. El tren frenaba su marcha cansada en la estación de Medina del Campo y, al bajar, entre el olor a carbón y el eco de los andenes, terminaba una travesía y comenzaba otra: el regreso a las raíces. Allí nos esperaba el viejo taxi, con el motor al ralentí y el conductor, un hombre corpulento y moreno que conocía mejor que nadie las noticias, los secretos y las enemistades acumuladas durante todo un año en el pueblo.
Torrecilla de la Orden no era hermosa según los cánones habituales. No tenía montañas espectaculares ni monumentos grandiosos. Era un pueblo austero, hecho de sol, viento y silencio. Pero poseía algo mucho más difícil de encontrar: tiempo. Tiempo para jugar, para explorar, para sentirme libre. Las calles eran nuestro reino. Corríamos detrás de un balón hasta que caía la noche. Jugábamos al bote, al pañuelo, al rescate o a cualquier cosa que pudiera inventarse con imaginación y cuatro amigos. Dormir la siesta era un concepto incomprensible para nosotros. Mientras los mayores buscaban refugio bajo las persianas entornadas, emprendíamos expediciones hacia alguna balsa cercana o caminábamos hasta el río para bañarnos y capturar cangrejos. De aquellos amigos de verano aprendí conocimientos que jamás aparecieron en ningún libro escolar. Aprendí que durante una tormenta era más prudente alejarse de los árboles que refugiarse bajo ellos. Aprendí a reconocer el olor de la tierra antes de que lloviera. Y aprendí también una extravagante costumbre infantil que hoy parece imposible: pasear abejas sujetas por un hilo, como si fueran pequeñas mascotas suspendidas sobre nuestras cabezas. Éramos niños y el mundo entero parecía dispuesto para nuestro asombro.
Pero si existe una imagen que regresa cada verano con una claridad intacta es la llegada a la casa familiar. Todavía puedo verla. La puerta de postigo abierta. Los abrazos. Los besos que parecían multiplicarse. Las preguntas atropelladas sobre el viaje, la salud, los estudios y la familia. Después llegaba el reparto de los regalos traídos de tierras lejanas. Aquellos pequeños paquetes tenían algo de ceremonia y algo de magia. Durante unos minutos todos recuperaban la ilusión de los niños. Los agradecimientos se mezclaban con sonrisas, exclamaciones y nuevos abrazos. Luego aparecía la merienda. Sobre la mesa iban desfilando el jamón, los embutidos, el queso, el pan recién cocido y el agua fresca del botijo. Aún hoy estoy convencido de que ningún banquete posterior ha conseguido igualar el sabor de aquellas meriendas de bienvenida en casa de mi abuela y de mis tíos. Cuando terminábamos, mi tío nos llevaba al corral. Aquello era para mí un universo fascinante. Las gallinas escarbaban sin descanso. Las mulas descansaban en las cuadras. Los conejos asomaban entre las sombras. Mi tío conocía cada rincón y cada animal como si formasen parte de la familia. Recuerdo especialmente el momento de alimentar a las gallinas. Bastaba arrojar un puñado de salvado y pronunciar una llamada que todavía resuena en mi memoria: “Titas, titas, titas...”, para que acudieran corriendo desde los lugares más inesperados. Yo observaba aquel espectáculo con la misma admiración que otros niños reservaban para los trucos de magia. Después venían los huevos recién recogidos, todavía tibios bajo las alas de las gallinas. Sostenerlos entre las manos era una enorme responsabilidad. Caminaba despacio, como quien transporta un tesoro. Y luego estaban los cerdos. Y es que, en aquellos primeros veranos descubrí, con el estupor propio de la infancia, que el mundo rural obedecía a leyes distintas de las que yo conocía. Observé cómo los animales contribuían a limpiar el corral a su manera y me quedé contemplándolos en silencio, incapaz de comprender del todo lo que veía. Mi tío lo consideraba lo más natural del mundo. Yo, en cambio, sentí que acababa de descubrir uno de esos secretos que solo conocen los pueblos. Quizá por eso aquellos veranos permanecen tan vivos en el arcón de mi memoria. Porque no recuerdo únicamente los lugares: recuerdo el asombro. El niño que fui sigue caminando por aquellas calles polvorientas, persiguiendo amigos, explorando corrales y escuchando conversaciones de mayores que apenas entendía. Sigue corriendo bajo el sol inmenso de Castilla mientras el verano parece no tener final. Y cada año, cuando junio trae el día más largo y la noche más corta, vuelve a llamar a la puerta. Entonces ese niño regresa conmigo. Tal vez porque la infancia nunca desaparece del todo. Simplemente se esconde en algún rincón de la memoria, esperando que el verano la despierte. Y es que la infancia, de todas las vidas que hemos vivido, quizá sea la única que permanece intacta.
