La primavera siempre me ha parecido un prodigio fascinante, íntimo. He vivido ya ochenta, y aún hoy me asombra comprobar que ninguna se repite: todas son la misma y, sin embargo, todas tan distintas; como si la naturaleza, paciente, se empeñara en reinventar su misterio ante mis ojos ya cansados. Este año, como otros años, ha llegado sin avisar, ligera y súbita, y a mí me ha alcanzado como una risa que se me escapa entre los labios antes de recordar por qué estaba triste.
He salido al balcón de mi casa y he dejado que la mirada se deslizara por el Segre, que esta primavera baja ancho, generoso, casi con un pulso propio. Me he entretenido un rato observando a los patos, atareados, buscando un lugar donde comenzar la vida y, al poco tiempo, la mirada se me ha ido ligeramente más lejos, hasta donde descansan los Campos Elíseos, como si el ritmo de la vida allí se hubiera vuelto más lento. Casi de improviso, he sentido en el aire una vibración leve, una luz color limón que no sabría explicar del todo y que, sin embargo, me atraviesa. Y entonces, sin apenas darme cuenta, he regresado a mi infancia en Marruecos: a las azoteas llenas de sol, a los naranjos en flor de la fértil vega del Lucus, a aquel espacio de tiempo detenido en el que la vida no pedía nada, porque todo estaba ya ocurriendo y bastaba con mirarlo.
Siempre he acabado sucumbiendo a la primavera. Ésta, la de este año, ha llegado entre los últimos restos del invierno y antes de que el verano empiece a insinuarse, y me ha dejado en una especie de territorio intermedio, tibio, donde el ánimo vacila y el cuerpo, que todavía se duele con algunas secuelas al haber sido intervenido, lo sigue sin demasiada resistencia. Han sido unos primeros días de primavera, en los que he sentido que convenía no forzar nada, sino dejar que el tiempo respirara por sí solo. Pero la memoria, obstinada, me ha empujado a recordar que incluso en los momentos más inciertos, la belleza aparece de pronto, sin anunciarse, casi de incógnito. Así la viví en Amberes y La Haya, cuando ya había cumplido largamente los treinta, y más tarde en Zúrich y Lausana, al pasar de los cuarenta. No eran primaveras muy distintas de ésta, y sin embargo lo eran todo. En esas ciudades sentí —y ahora con nitidez lo recuerdo— que la primavera no sucedía solo fuera, sino también dentro de mí, como una irrupción inesperada que lo iba llenando todo poco a poco: las calles, los canales, el puerto, las plazas, el lago y también algo más hondo, más difícil de nombrar; la propia consciencia. Un tiempo, unos años, unos días, unos instantes, a veces breves, pero tan intensos, que todavía hoy me dejan sin aliento.
Hay algunos días, otros momentos, en los que uno querría no vivir —no por deseo de morir, que eso queda lejos—, sino por el cansancio de registrar cada estímulo, de enfrentarse a este mundo loco y desordenado que tenemos y que no siempre acierto a comprender. Y, sin embargo, mientras repaso estos recuerdos que se me han ido entrelazando —el río, las azoteas, el inconfundible azahar de los naranjos de mi infancia y las ciudades que me habitaron—, caigo en la cuenta de que la primavera, incluso ahora, sigue imponiendo su ley. Y llega también, incluso, bajo la cruel lluvia de bombas y misiles que asolan otras no tan lejanas tierras, ajena y persistente, como si nada pudiera detenerla. Y mientras allí mueren seres inocentes, aquí, mientras tanto, entre almendros y frutales en flor, la vida vuelve a pintar el aire con una obstinación serena que me desconcierta. Y tal vez por eso, en estos días más difíciles, es cuando me descubro susurrando plegarias casi iracundas, como aquel ruego de Robert Frost que, con sencillez filosófica y profundidad sentimental, decía—“Señor, hazme caso a mí”—. Y, comprendo, no sin cierta resistencia, que cuando todo parece a punto de quebrarse, la primavera abre una rendija en la desesperación y me obliga, una vez más, a mirar al cielo.
Es en esos momentos cuando, casi sin proponérmelo, vuelvo hacia atrás en la memoria y me recuerdo en Marruecos, cuando el sol bajaba lento. Y es que aquella luz cálida me enseñó que la primavera no se apresura; llega despacio, entre juegos de sombras y destellos dorados, y que cada flor abierta es un milagro silencioso. Incluso entonces, siendo niño, entendía que algo se renovaba en el aire y que la vida, por más simple que pareciera, podía sorprendernos con su delicadeza.
Años después, entre Amberes y La Haya, aprendí a percibir la primavera como un estallido más abrupto. Los canales holandeses y el puerto del majestuoso Escalda reflejaban la luz de marzo con un brillo metálico, y los árboles se llenaban de brotes verdes casi de golpe, como si quisieran recordarme que siempre hay un momento para dejar atrás la rigidez del invierno. Y me veo a mí mismo caminando por las calles empedradas, doblando cada esquina, cruzando cada puente, deteniéndome o sentándome en las plazas, recorriendo un escenario donde la primavera parecía querer hablarme, como si insistiera en que los días grises eran más que el preludio de un luminoso acontecer. Y años más tarde, ya en tierras suizas, en Zúrich, junto al lago, y en Lausana, inseparable del Léman, la primavera adquiría otro lenguaje: el agua reflejaba el cielo y me hablaba con el murmullo de las olas, mientras el viento traía aromas de los Alpes y del Jura, extraños y familiares al mismo tiempo.
Y es así, entre recuerdos que no terminan de irse y este presente que se impone con suavidad, como vuelvo a lo inmediato, a lo que ahora mismo me rodea. El murmullo de los pájaros, el crujido de la luz que se estira un poco más cada tarde y el perfume de las flores me recuerdan que la vida persiste. Los caminos se llenan de un brillo nuevo, como si el mundo hubiera sido lavado durante la noche y ahora reluciera con cierto descaro. Y entonces camino más lento, respiro más hondo, como aquel niño que descubría cada rincón de Marruecos, como aquel docente que se dejaba arrastrar por las calles de Amberes, La Haya, Zúrich y Lausana; porque la primavera es, para mí, eso: un regreso, un recuerdo que se hace presente, una promesa de vida que llega sin permiso, con la suavidad de la luz y la firmeza de lo vivido aquí, frente al Segre.


