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jueves, 30 de julio de 2026

El día en que descubrimos que íbamos a morir

 

Hay una escena que nunca hemos presenciado y, sin embargo, pertenece a la historia más importante de la humanidad. No sabemos cuándo ocurrió. Ignoramos el lugar, el nombre y el rostro de quienes la protagonizaron. Pero debió de suceder hace decenas de miles de años. En este sentido, imagino a un pequeño grupo de seres humanos alrededor del cuerpo inmóvil de uno de los suyos. Hasta entonces habían visto morir animales. Habían contemplado cómo las estaciones secaban los árboles y cómo la noche engullía la luz del día. Pero aquella vez ocurrió algo distinto. Por primera vez comprendieron que el que yacía en el suelo no era únicamente otro. Eran ellos. No asistían sólo a una muerte. Estaban contemplando la suya.

 

Creo que ése fue el instante más decisivo de nuestra historia. Tal vez, mucho más que el descubrimiento del fuego, de la rueda o de la agricultura. Porque aquel día nació el miedo. Pero también nació la inteligencia. Hasta entonces el ser humano luchaba por sobrevivir. Y desde aquel momento comenzó, además, a preguntarse para qué sobrevivía. A mi modo de ver, toda la historia de la civilización puede leerse como una inmensa respuesta a aquella escena. La filosofía intentó comprenderla. La religión quiso consolarla. El arte se empeñó en vencerla. Y la ciencia decidió investigarla. Cada una eligió un camino diferente, pero todas partían de la misma herida. La conciencia de la muerte.

 

Tal vez por eso nunca he entendido a quienes consideran la muerte un asunto exclusivamente biológico. Morir no es sólo dejar de respirar. Morir es el acontecimiento que otorga significado a la vida. Imaginemos, por un momento, que fuéramos inmortales. ¿Qué valor tendría entonces una tarde cualquiera? ¿Nos emocionaría un abrazo sabiendo que disponemos de una eternidad para repetirlo? ¿Lloraríamos una despedida si pudiéramos reencontrarnos dentro de diez mil años? ¿Existiría siquiera la palabra “urgencia”? Sospecho que no.

 

La muerte es la que pone precio al tiempo. Es ella quien convierte un beso en irrepetible, una infancia en inolvidable y un atardecer en un regalo. No es nuestra enemiga. Es la silenciosa artesana que da forma al valor de las cosas. Sé que esta idea puede resultar incómoda. A mí mismo me cuesta aceptarla. Como todos, he despedido personas a las que habría querido retener un poco más. He sentido el vacío que deja una silla que ya nadie ocupará y he comprobado que existen silencios capaces de hacer más ruido que cualquier palabra. Pero los años me han enseñado que el dolor y el amor hablan el mismo idioma. Sólo sufrimos por aquello que ha merecido la pena. Acaso por eso ninguna civilización ha podido resignarse a pensar que todo termina en una tumba. Los egipcios imaginaron una vida más allá del Nilo. Los griegos poblaron el Hades. El cristianismo habló de resurrección. El islam abrió las puertas del Paraíso. Las grandes religiones orientales imaginaron el incesante ciclo de las reencarnaciones. Distintos caminos. Una misma esperanza. No creo que esas creencias nacieran únicamente del miedo a desaparecer o de la ingenuidad. Creo que nacieron, sobre todo, de la imposibilidad de aceptar que el amor pudiera extinguirse para siempre. Porque el ser humano acepta con más facilidad su propia muerte que la desaparición definitiva de quienes ama. Tal vez ésa sea la verdadera raíz de todas las religiones. No el miedo. Sino la resistencia a creer que el amor pueda ser derrotado por el tiempo.

 

La filosofía siguió otro sendero. Los estoicos aconsejaban no temer a la muerte porque forma parte de la naturaleza. Epicuro afirmaba que jamás coincidiríamos con ella. Montaigne escribió que filosofar era aprender a morir. Heidegger dio un paso más: dijo que no vivimos a pesar de la muerte, sino hacia ella. Siempre me impresionó esa idea. No caminamos por una carretera cualquiera. Caminamos por una carretera cuyo final conocemos desde el primer paso. Y, sin embargo, seguimos plantando árboles cuya sombra no disfrutaremos. Seguimos escribiendo libros que leerán otros. Seguimos teniendo hijos. Seguimos construyendo catedrales. Seguimos enamorándonos. ¿No es extraordinario?

 

Hay algo profundamente heroico en esa obstinación. Somos la única especie que sabe que perderá la partida y, aun así, juega con entusiasmo. Quizá ahí resida nuestra verdadera grandeza. No en haber vencido a la naturaleza. Sino en haber sido capaces de crear belleza mientras sabíamos que todo era provisional. A veces pienso que una catedral, una sinfonía o un poema no son otra cosa que pequeñas rebeliones contra el olvido. Maneras de decirle al tiempo: "No podrás llevártelo todo." Y, sin embargo, cuanto más reflexiono sobre ello, más sospecho que ni la muerte ni la inmortalidad constituyen el verdadero misterio. Porque ambas siguen perteneciendo al tiempo.

 

La gran pregunta continúa esperándonos un escalón más arriba. ¿Qué es el tiempo? ¿Es una realidad objetiva? ¿O es simplemente la forma en que nuestra conciencia percibe el cambio? Porque si el tiempo no fuera más que una propiedad del universo... ¿Qué ocurriría si un día el propio universo dejara de existir? ¿Desaparecería también el tiempo? ¿O descubriríamos, demasiado tarde, que la eternidad nunca fue un tiempo infinito, sino la ausencia absoluta de tiempo? No lo sé. Pero empiezo a sospechar que, para acercarnos a la eternidad, primero tendremos que atrevernos a dudar de aquello que creemos conocer mejor. El tiempo. Porque quizá no sea el reloj quien mide nuestra vida. Quizá sea nuestra vida la que, durante un brevísimo instante, le permite al tiempo saber que existe.

miércoles, 22 de julio de 2026

Cuando el tiempo se hizo una pregunta

 

Hay un instante del día que siempre me ha parecido distinto a todos los demás. No es el amanecer, cuando la luz despierta lentamente las cosas, ni tampoco el mediodía, cuando el sol parece adueñarse del mundo. Es ese momento incierto en que la tarde comienza a desvanecerse y el cielo, antes de entregarse a la noche, permanece unos minutos suspendido entre la claridad y la oscuridad. Todo sigue ahí, pero ya nada es exactamente igual. Los contornos se difuminan, los sonidos se vuelven más lejanos y hasta el tiempo parece caminar más despacio. Quizá sólo sea una ilusión. O quizá sea el único momento del día en que el universo nos concede el privilegio de percibir que todo está cambiando.

 

Confieso que me gusta permanecer unos minutos contemplando ese tránsito. No espero encontrar ninguna revelación. A mi edad uno aprende que las grandes respuestas rara vez llegan envueltas en estruendo. Suelen hacerlo en voz baja, casi como un susurro. Y, sin embargo, siempre acabo haciéndome la misma pregunta. ¿Por qué existe el tiempo? No me refiero a los relojes, ni a los calendarios, ni a esos números con los que intentamos domesticar los días. Hablo de esa corriente invisible que nos arrastra desde el primer llanto hasta el último aliento sin concedernos jamás la posibilidad de regresar. Vivimos dentro del tiempo como el pez vive dentro del agua. Nos envuelve de tal manera que hemos dejado de percibirlo. Sólo advertimos su presencia cuando nos roba algo: la infancia, los padres, los amigos, la juventud, la salud... o un rostro querido cuya ausencia continúa ocupando el mismo lugar que antes ocupaba su presencia. Es entonces cuando comprendo que el tiempo no transcurre, sino que somos nosotros quienes transcurrimos. Tal vez por eso la humanidad inventó una palabra extraordinaria: eternidad.

 

Y la creó no para describir algo que conocía, sino precisamente para nombrar aquello que jamás ha conseguido comprender. Hay palabras que nacieron para señalar objetos: árbol, río, montaña, estrella... Pero hay otras que no señalan nada visible. Son palabras que apuntan hacia un misterio. Eternidad es una de ellas. Su origen latino, aeternitas, parece ofrecer una definición sencilla: aquello que no tiene principio ni fin. Sin embargo, basta detenerse unos segundos a pensarla para advertir que esa explicación no resuelve nada. Al contrario. Lo complica todo. Porque nosotros sólo sabemos pensar en términos de principio y de final. De hecho, todo cuanto conocemos empieza. Todo cuanto amamos termina. Nuestra inteligencia está construida sobre la sucesión de los acontecimientos. Incluso la imaginación necesita un antes y un después para inventar una historia. ¿Cómo puede entonces una mente limitada por el tiempo comprender aquello que, por definición, está más allá del tiempo? Quizá por eso he llegado a sospechar que ninguna definición de la eternidad resulta satisfactoria. No porque sea incorrecta, sino porque pretende explicar con palabras una realidad que acaso no pertenece al lenguaje.

 

Porque hay cuestiones que la inteligencia puede resolver. Pero otras sólo puede contemplarlas. Cuando era niño, en aquel Marruecos de mi infancia, imaginaba que el universo tenía un borde. Creía que, viajando lo suficiente, acabaría encontrando una inmensa pared detrás de la cual comenzaría otra realidad. Recuerdo incluso haber pensado qué aspecto tendría esa frontera y quién habría construido semejante muralla. Hoy sonrío al recordar aquella ingenuidad. Y, sin embargo, no estoy seguro de haber avanzado demasiado. Ahora ya no imagino una pared. Fantaseo con lo que la ciencia intenta explicarnos, el espacio curvándose sobre sí mismo, universos paralelos, dimensiones ocultas, espuma cuántica, energía oscura... Pero la pregunta sigue siendo exactamente la misma. ¿Qué hay después? Obviamente no lo sé. Quizá crecer consista únicamente en cambiar el vocabulario de nuestras ignorancias. He leído a filósofos, científicos, teólogos y poetas. Cada uno sostiene una linterna distinta. Todos iluminan un fragmento del camino. Ninguno consigue disipar la noche. Y eso, lejos de decepcionarme, me produce una inesperada serenidad. Porque empiezo a sospechar que el misterio no es un enemigo del conocimiento. Es su condición indispensable. Pues, si todo estuviera explicado, el pensamiento habría dejado de respirar hace mucho tiempo.

 

Hay una frase atribuida a Sócrates que todos conocemos: “Sólo sé que no sé nada”. Con frecuencia se interpreta como una declaración de humildad. Yo creo que es mucho más que eso. Es la puerta de entrada a toda la filosofía. Sólo quien acepta el tamaño de su ignorancia puede comenzar a comprender algo. De ahí que las preguntas importantes nunca envejezcan. Envejecemos nosotros. Ellas permanecen. Son las mismas que acompañaron a los primeros seres humanos cuando miraban el cielo desde la entrada de una cueva. Son las mismas que desvelaron a Platón, a San Agustín, a Pascal, a Kant, a Einstein o a Borges. Cambian los telescopios. Cambian las ecuaciones. Cambian las metáforas. Pero la pregunta continúa esperándonos cada noche, silenciosa, sobre nuestras cabezas. Hay algo profundamente conmovedor en esa obstinación. Porque, si lo pensamos bien, resulta extraordinario que un pequeño planeta perdido en un rincón de una galaxia cualquiera haya dado origen a una especie capaz de preguntarse por el origen del propio universo. Tal vez la inteligencia no sea la culminación de la evolución. Tal vez sea el instante en que el cosmos comenzó a interrogarse a sí mismo. Y si esa intuición fuera cierta, aunque sólo fuera como una hermosa metáfora, habría que admitir una posibilidad que estremece. Puede que la eternidad no empezara cuando nació el universo. Quizá empezó mucho después. El día en que el tiempo... se hizo una pregunta.

 

 

miércoles, 8 de julio de 2026

250 años del gran mito americano

 

Hay países que construyen su historia con piedra. Otros la levantan con palabras. Y algunos, como los Estados Unidos de América, consiguen el prodigio de convertir las palabras en un inmenso decorado donde la realidad apenas logra abrirse paso entre los focos.

 

Digo esto, porque existe en la ciudad de Charlottesville, en el estado de Virginia, una histórica colina llamada Monticello en la que se alza una hermosa mansión rodeada de jardines, columnas y una biblioteca capaz de despertar la admiración de cualquier amante de la cultura. En sus estanterías descansaban los grandes pensadores de la libertad, de la razón y de la dignidad humana. Todo parecía anunciar que aquel lugar había sido el taller donde se forjó una de las más nobles aspiraciones del ser humano: el derecho de todos a ser libres. Sin embargo, al abandonar la biblioteca bastaba recorrer unos pocos metros para descubrir que las páginas de aquellos libros no habían atravesado el umbral de la casa. Más allá de las ventanas comenzaban los campos donde cientos de hombres y mujeres seguían siendo mercancía. La libertad terminaba exactamente donde empezaban los intereses de su propietario.

 

La Mañana 21.07.2026

A este respecto, no deja de resultar significativo que los Estados Unidos hayan celebrado este pasado 4 de julio el 250. aniversario de la Declaración de Independencia y de su libertad. Aquel texto, aprobado en 1776, fijó el nacimiento de una nación y, gracias a la prosa inspirada de Thomas Jefferson, regaló al mundo una de las afirmaciones más luminosas de la historia política: que todos los hombres nacen iguales y están dotados por su Creador de derechos inalienables. Es difícil imaginar una escena de mayor grandeza. Pero quizá exista otra aún más reveladora. Jefferson dejó la pluma con la que acababa de escribir aquellas palabras, salió de la estancia, cruzó el umbral de su casa y volvió a una plantación donde centenares de hombres, mujeres y niños seguían siendo de su propiedad. Le bastó recorrer unos metros para que el ideal universal de la libertad se transformara en la realidad cotidiana de la esclavitud. La distancia entre ambas no era un océano ni un siglo, sino apenas el camino que separaba su escritorio de sus campos. Allí, en esos pocos pasos, quedó al descubierto la primera gran contradicción de la nación que acababa de nacer.

 

La historia ofrece, además, episodios de una ironía casi insoportable. Y es que Thomas Jefferson, un hombre capaz de concebir algunos de los textos políticos más admirados de la modernidad, convivió durante décadas con una mujer esclavizada por él mismo. Compartió su intimidad, tuvo hijos con ella y, sin embargo, jamás fue capaz de romper las cadenas jurídicas que él mismo mantenía sobre la madre ni sobre aquellos niños. Eran suficientemente libres para llevar su sangre, pero no para disponer de su propia vida.

 

Pero, además, aquella contradicción no fue un accidente biográfico de Jefferson. Tampoco una excepción, puesto que una parte muy importante de quienes alumbraron aquella nación participaba del mismo sistema. Redactaban proclamas sobre la igualdad mientras administraban plantaciones sostenidas por seres humanos privados de ella. Defendían la libertad como un derecho inalienable, siempre que no afectara a la rentabilidad de sus propiedades. Es la metáfora perfecta de un país que aprendió muy pronto a proclamar principios universales mientras reservaba numerosas excepciones a la hora de aplicarlos. Y es que las naciones, como las personas, suelen preferir los espejos que embellecen a aquellos que reflejan las arrugas. Es entonces cuando comprendemos que muchas veces el decorado era magnífico, los discursos memorables y la iluminación perfecta. Sin embargo, al apagar los focos, solo quedaban unas tablas, unos andamios y una vieja pregunta que sigue esperando respuesta. Y quizá ahí resida una de las mayores habilidades de las grandes potencias: dominar el relato. Ningún imperio sobrevive únicamente por la fuerza; necesita también una historia que contar. Y pocos países han sabido construir un relato tan poderoso como Estados Unidos. Hollywood convirtió sus victorias en epopeyas, sus errores en accidentes, sus intereses en causas universales y sus intervenciones en cruzadas por la libertad. Y Occidente terminó consumiendo aquella narración con la misma naturalidad con la que contempla una superproducción cinematográfica, donde los decorados parecen ciudades auténticas y el cartón piedra adquiere apariencia de mármol. Y este engaño, tal vez esa sea la lección más incómoda de todas. Porque las civilizaciones no se miden por la belleza de sus proclamas, sino por la coherencia entre las palabras que escriben y las vidas que permiten vivir.

 

Y quizá sea ahí donde se derrumba el mayor de los mitos. No bajo el peso de las guerras ni de las crisis, sino bajo la evidencia de su propia incoherencia. Porque ningún pueblo puede erigirse en conciencia moral del mundo cuando los cimientos de su grandeza fueron levantados sobre cadenas y cuando la libertad que proclamaba terminaba exactamente donde comenzaban sus intereses. Hace veinte siglos, Séneca dejó escrito que “lo que las leyes no prohíben, puede prohibirlo la honestidad”. La ley permitió la esclavitud; la honestidad jamás debió consentirla. Entre ambas transcurre la distancia que separa la propaganda de la verdad. Esa honestidad y esa dignidad fueron ajenas al 3º presidente de los Estados Unidos, Thomas Jefferson, y cabe preguntarse si esa misma coherencia moral y ética tiene acomodo en el liderazgo estadounidense actual, representado hoy por el 47.º presidente, Donald Trump. Porque esa distancia, por muchos decorados que levante Hollywood o por mucha épica que fabriquen los vencedores, acaba siendo el tribunal más implacable de la Historia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

martes, 23 de junio de 2026

La extraña apariencia de la justicia

 

Existen sentencias que se presentan como auténticos razonamientos jurídicos, mientras que otras parecen redactadas desde la ironía. La dictada ayer por la Sala Segunda del Tribunal Supremo en la conocida causa de las mascarillas pertenece, para muchos observadores, entre los que me encuentro, a esta segunda categoría. Pues el fallo de tan alto tribunal condena con extraordinaria severidad a quienes ocuparon posiciones de poder público y recibieron las dádivas, mientras reserva un tratamiento significativamente más benigno para quien, según los hechos declarados y probados, habría desempeñado el papel de corruptor. Lo cierto es que José Luis Ábalos ha sido condenado a más de veinticuatro años de prisión; Koldo García, a casi veinte, y Víctor de Aldama, por el contrario, recibe una pena muy inferior cuya ejecución queda suspendida gracias a su colaboración con la Justicia.

 

Desde una perspectiva estrictamente legal, según expertos juristas, la decisión encuentra amparo en instituciones perfectamente reconocidas por nuestro ordenamiento: la confesión, la colaboración eficaz y la contribución al esclarecimiento de los hechos. En este sentido, nadie discute que el Derecho penal moderno debe incentivar que quienes participan en una organización criminal ayuden a desmontarla. Sin embargo, a mi modo de ver, una cosa es premiar la colaboración y otra muy distinta transmitir la sensación de que quien encendió la hoguera sale del incendio apenas perfumado por el humo.

 

A este respecto, la corrupción es un mercado de dos caras. No existe corrupto sin corruptor, del mismo modo que no existe comprador sin vendedor. Forman las dos piezas que integran una misma tijera. Por eso resulta inevitable que muchos ciudadanos contemplemos con perplejidad una resolución en la que el peso del castigo parece caer casi íntegramente sobre quienes aceptaron el soborno mientras quien lo ofreció encuentra una puerta de salida extraordinariamente amplia. La sentencia evoca un naufragio en el que el capitán y la tripulación son obligados a remar encadenados durante años, mientras el propietario de la embarcación accede a un lugar privilegiado en el bote de rescate por haber indicado posteriormente el origen de la avería.

 

Naturalmente, el Tribunal considera que la colaboración de Aldama ha sido decisiva para el descubrimiento de los delitos y para la obtención de pruebas relevantes. Ese es el fundamento jurídico de la atenuación. Pero la cuestión que inevitablemente surge no es jurídica, sino institucional: ¿hasta qué punto puede rebajarse la respuesta penal sin erosionar la percepción de justicia material? El Derecho no vive únicamente de artículos y códigos. También se alimenta de legitimidad social. Y esa legitimidad se resiente cuando el ciudadano percibe que la balanza pesa con intensidad sobre una mano mientras parece volverse ligera con la otra. Y no menos relevante es la reflexión acerca de la imagen de imparcialidad que deben proyectar los tribunales en los asuntos de máxima trascendencia política. La Justicia no solo debe ser independiente; debe parecerlo. En una sociedad polarizada, cada sentencia que afecta a figuras públicas es examinada con una lupa ideológica que busca confirmar prejuicios previos. De ahí que unos vean en este fallo la prueba de que el Estado de Derecho funciona, mientras otros encontrarán argumentos para sostener que existe un rigor especialmente intenso cuando los acusados pertenecen a determinadas esferas políticas.

 

Quizá por ello el verdadero problema de esta sentencia no resida tanto en sus fundamentos técnicos como en la narrativa que inevitablemente genera. El mensaje que muchos ciudadanos extraerán de ella es sencillo: el corruptor que motivó la corrupción habla, obtiene indulgencia y, además, no ha de reembolsar los 3,7 millones de euros que se embolsó con las mascarillas, mientras que los corruptos que callan reciben todo el peso de la ley.

 

La corrupción no es una obra de teatro con héroes y villanos perfectamente diferenciados. Es una danza oscura en la que todos los participantes conocen la música que están bailando. Cuando el telón cae, la justicia debe distinguir responsabilidades, pero también evitar que la escena final deje la impresión de que quien repartía las monedas sale del escenario con menos cicatrices que quienes las recogían. Porque el Derecho puede permitirse muchas cosas, pero no debería permitirse parecer injusto. Y hay ocasiones en que la apariencia, aunque no invalide jurídicamente una sentencia, termina convirtiéndose en la parte más duradera de su legado.

 

Seguramente, la sentencia es impecable desde el punto de vista jurídico, no lo dudo, y la ley puede explicar la diferencia de trato; pero lo que resulta mucho más difícil es convencer a la sociedad de que esa diferencia satisface plenamente la idea intuitiva de justicia. Y cuando la distancia entre legalidad y percepción se agranda, las sentencias corren el riesgo de ganar en técnica lo que pierden en autoridad moral. Ya nos lo advirtió Cicerón hace más de dos mil años al afirmar; “summum ius, summa iniuria”; esto es, que la aplicación más rigurosa y extrema del Derecho puede desembocar, paradójicamente, en la más profunda sensación de injusticia. No porque la ley haya sido vulnerada, sino porque su resultado termina alejándose de aquello que los ciudadanos esperan de ella.