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miércoles, 23 de septiembre de 2026

La imaginación que hemos perdido

 

Desde que el hombre aprendió a preguntarse por qué existía el mundo, comenzó también a inventar respuestas. No sabía de dónde venía el trueno, pero imaginó dioses que habitaban el cielo. No comprendía por qué el Sol desaparecía cada noche, pero creó historias sobre su viaje por las entrañas de la oscuridad. No sabía qué había después de la muerte, pero imaginó paraísos, infiernos, ríos que separaban dos mundos y dioses que pesaban las almas. No tenía las respuestas. Pero tenía algo que hoy parece habérsenos extraviado por el camino: imaginación.

 

El Homo sapiens ha sido, antes que nada, un animal capaz de inventar aquello que no podía conocer. Durante miles de años, cuando una pregunta se alzaba ante él como un muro, no retrocedía necesariamente ante su ignorancia. Saltaba el muro con la imaginación. Y así nacieron los mitos, las religiones, las leyendas, los dioses y aquellas maravillosas historias con las que nuestros antepasados intentaron convertir el misterio en algo habitable. No eran respuestas científicas. Naturalmente que no. Pero eran respuestas. Y aquí comienza nuestra paradoja.

 

La ciencia nos ha permitido conocer cosas que aquellos hombres ni siquiera podían imaginar. Hemos descubierto que la Tierra no es el centro del universo, que las estrellas son otros soles, que existen galaxias a miles de millones de años luz, que la materia está hecha de partículas, que el tiempo puede dilatarse y que nosotros mismos somos el resultado de una historia evolutiva que comenzó mucho antes de que existiera nuestra especie. Hemos ensanchado el territorio de lo conocido hasta límites que nuestros antepasados jamás hubieran podido concebir. Pero también hemos hecho algo extraño: hemos dejado cada vez menos espacio para inventar respuestas. Y, así, ante determinadas preguntas, nuestra respuesta actual es: No lo sabemos. Y añadimos, prudentemente: Todavía no tenemos una respuesta. Es una respuesta intelectualmente impecable. Y, sin embargo, hay algo profundamente humano que parece haberse perdido en ella. Porque nuestros antepasados tampoco lo sabían. La diferencia es que ellos se atrevían a imaginarlo.

 

Nosotros hemos aprendido a distinguir admirablemente entre lo que sabemos y lo que no sabemos. Pero hemos olvidado que, entre ambas cosas, existe un territorio inmenso llamado imaginación. ¿Qué había antes del universo? No lo sabemos. ¿Por qué existe algo en lugar de nada? No lo sabemos. ¿Tiene el universo un sentido? No lo sabemos. ¿Es nuestra conciencia algo que desaparecerá completamente cuando muera nuestro cerebro? No lo sabemos. ¿Estamos solos en el universo? No lo sabemos. Y desde el punto de vista científico, esa es, efectivamente, la respuesta correcta. Pero ¿por qué debería impedirnos imaginar? La ciencia hace bien en no convertir una hipótesis en una certeza. Nosotros, como seres humanos, podemos permitirnos una segunda respuesta: no lo sabemos, pero podemos imaginarlo. No propongo regresar a los tiempos en que el trueno era la voz de un dios o una enfermedad era el castigo de una divinidad. No se trata de sustituir la ciencia por la superstición. Se trata de preguntarnos si, al conquistar el conocimiento, hemos terminado desterrando la imaginación. Porque una cosa es afirmar que una historia es verdadera y otra muy distinta imaginar que podría serlo. Imaginar no significa engañarse. Imaginar es explorar.

 

Durante milenios, el hombre creó relatos para explicar lo inexplicable. Hoy poseemos una herramienta extraordinaria para descubrir qué es verdad y qué no lo es: el método científico. Pero hemos cometido el error de pensar que aquello que la ciencia todavía no puede responder debe quedar, simplemente, en blanco. Y no. Entre la certeza y la mentira existe un espacio maravilloso: la posibilidad. Y tal vez sea ahí donde debería vivir la imaginación. La ciencia es el barco que nos permite navegar por el océano de lo desconocido. Pero la imaginación es quien dibuja, antes de zarpar, las tierras que podríamos encontrar más allá del horizonte.

 

No es que hayamos dejado de imaginar: llevamos demasiado tiempo utilizando la imaginación para fabricar objetos y demasiado poco para fabricar respuestas. Y tal vez por eso resulta llamativo que las grandes religiones que todavía siguen proporcionando respuestas trascendentales a millones de seres humanos nacieran hace muchos siglos. El cristianismo lleva dos mil años hablando de salvación; el islam, casi mil cuatrocientos; el budismo de Siddhartha Gautama asoma ya desde hace dos mil quinientos, el judaísmo cerca de tres mil años y el hinduismo se pierde todavía más atrás, en un tiempo que supera los tres milenios. Después han aparecido nuevos movimientos religiosos, sí, pero rara vez han alcanzado la capacidad de construir una gran explicación universal comparable a aquellas antiguas narraciones. Y mientras tanto, la ciencia no deja de formular nuevas preguntas. Cada respuesta abre otra puerta. Cada puerta conduce a otra habitación. Y al fondo de cada habitación vuelve a aparecer una pregunta.

 

Lo verdaderamente extraordinario no es que no tengamos respuestas para todas ellas. Lo extraordinario es que, después de haber sido durante decenas de miles de años una especie que inventaba historias para enfrentarse al misterio, ahora parezcamos conformarnos con levantar los hombros y decir: No lo sabemos. Necesitamos recuperar aquella antigua facultad que hizo posible que un primate mirara hacia las estrellas y se preguntara qué eran. Porque la imaginación no nació para competir con la verdad. Nació para ir a buscarla. Y quizá, mientras la ciencia continúa avanzando hacia las respuestas, alguien debería seguir haciendo lo que nuestros antepasados hicieron durante miles de años: mirar hacia la oscuridad y atreverse a imaginar qué puede haber al otro lado.

viernes, 11 de septiembre de 2026

Españoles a medias: la sombra que el Supremo ha proyectado sobre el voto

 

Hay decisiones judiciales que se leen con la razón y hay decisiones que se leen, además, con una punzada en el estómago. El auto adoptado el pasado 10 de septiembre por la Sección Cuarta de la Sala de lo Contencioso-Administrativo del Tribunal Supremo, suspendiendo cautelarmente los efectos electorales en el Censo Electoral de Residentes Ausentes de quienes obtuvieron la nacionalidad española al amparo de la Ley de Memoria Democrática, la que todos llamamos "Ley de Nietos", pertenece a esta segunda categoría. Se puede, y se debe, discrepar de un alto tribunal sin dejar de respetarlo; precisamente por eso escribo: porque el respeto a la institución no puede confundirse jamás con el silencio ante lo que, a mi juicio, es un despropósito jurídico de fondo.

 

Conviene decir, antes de nada, que no soy jurista, ni lo he sido nunca, y lo reafirmo como ya he hecho en otras ocasiones. Las referencias al ordenamiento jurídico que iré desgranando no nacen de una toga ni unas puñetas que no tengo, sino de las voces de juristas prestigiosos que he escuchado en emisoras de radio, leído en la prensa escrita y visto debatir en televisión. Hablo, pues, como ciudadano que piensa en voz alta, amparado en la libertad de expresión que la Constitución me reconoce, no como quien pretende sustituir al Tribunal.

 

El Supremo no ha dicho que esas personas no sean españolas. No ha anulado ni una sola nacionalización. Lo que ha hecho, y ahí está la grieta, es reconocer la nacionalidad con una mano y, con la otra, arrebatar uno de sus atributos esenciales mientras dure la duda. Es como decirle a un hombre "usted es propietario de esta casa" y, acto seguido, cambiarle la cerradura "por precaución": la propiedad sigue siendo suya sobre el papel, pero la llave ya no le sirve. La Sala apoya su decisión, en primer lugar, en el incremento del CERA en 408.262 personas entre 2023 y julio de 2026, que califica de extraordinario. En segundo lugar, en la duda acerca de si la instrucción ministerial, al presumir el exilio de quienes salieron de España entre 1936 y 1955 sin exigir acreditación individual, se ajustó a lo dispuesto por la ley. Y, sobre todo, en el temor invocado bajo la fórmula clásica del periculum in mora (peligro en la demora), ante el riesgo de que un voto después declarado irregular ya no pueda deshacerse ni repararse el perjuicio causado. Son argumentos de apariencia técnica y hasta razonable. Pero la apariencia no siempre resiste el examen de fondo.

 

La Constitución, sin metáforas, en el artículo 13.2 vincula la titularidad de los derechos del artículo 23 a la condición de español. El artículo 23.1 reconoce a los ciudadanos el sufragio universal. Y el artículo 68.5 no se limita a reconocer ese derecho a los españoles residentes fuera de España: obliga al Estado a facilitarlo. No a tolerarlo. Sino a facilitarlo. Como han señalado estos días distintos constitucionalistas, el propio Tribunal Constitucional, en la STC 153/2014, declaró que el sufragio activo forma parte del contenido esencial del artículo 23.1: no una prerrogativa administrativa prescindible, sino el núcleo de la ciudadanía democrática. Aquí tropieza la resolución con su propia lógica interna: una cosa, perfectamente legítima, es fiscalizar si la instrucción que presumió el exilio de determinados ascendientes se ajustó a la ley. Y otra, bien distinta, es trasladar esa duda, sin resolver, directamente sobre el derecho fundamental de personas que ya son, hoy, jurídicamente españolas. Si la Administración erró al conceder, el camino natural es revisar el acto de concesión, no congelar sus consecuencias en el ciudadano que confió de buena fe en la palabra del Estado. Suspender el voto sin haber suspendido la nacionalidad es, permítanme la imagen, condenar al reo antes de concluir el juicio, aunque se le prometa que, si resulta inocente, se le devolverá la libertad ya perdida. Un acto provisional para el Tribunal e irreversible para el ciudadano que ve pasar unas elecciones que no vuelven. El artículo 14 no admite distinciones arbitrarias entre españoles, y sin embargo la medida dibuja tres categorías donde la ley solo reconoce una: el español de origen, que vota sin preguntas; el nacionalizado por la Ley de Nietos que reside en España, ajeno en la práctica a la suspensión; y el nacionalizado por la misma ley que reside en Buenos Aires o en México, al que se exige ahora volver a demostrar lo que el propio Estado ya certificó. Mismo reconocimiento de españolidad, distinto derecho de voto según el código postal.

 

Se me dirá que existe un argumento respetable en el otro platillo: el temor a votos que después no puedan deshacerse. No lo voy a caricaturizar. Pero ¿y el perjuicio inverso? Una elección perdida no se repite jamás para el que fue apartado de ella. El perjuicio irreparable corre en las dos direcciones, y no está claro que la balanza deba inclinarse por defecto del lado de la exclusión. Significativamente, la Fiscalía y la Abogacía del Estado se opusieron a la suspensión, defendiendo que la nacionalidad unida a la inscripción en el CERA comporta, sin más, el derecho de sufragio; y la magistrada Alicia Millán ha dejado constancia de su discrepancia en un voto particular que cuestiona que una cautelar pueda traducirse en la privación colectiva de un derecho fundamental antes de que exista sentencia sobre el fondo. No pretendo presentar mi posición como una verdad evidente: es una cuestión abierta y seriamente discutida dentro del propio Poder Judicial. Nada de esto implica negar al Tribunal Supremo el legítimo ejercicio de su función revisora, ni acusarle de mala fe. Pero el mandato constitucional no es neutro: no dice que el Estado podrá permitir el voto de los españoles en el exterior si las circunstancias lo aconsejan; dice que lo facilitará. Una medida que invierte la carga y exige a miles de personas volver a acreditar, papel en mano, una condición que el propio Estado ya certificó, no facilita: dificulta. Y cuando la duda recae sobre un derecho fundamental, la jurisprudencia constitucional aconseja resolverla a favor de la participación, no de la exclusión. Ser español no debería tener matices ni letra pequeña. O se es, con todas las consecuencias, o no se es, y entonces es la nacionalidad, no el voto, lo que debe discutirse en los tribunales. Miles de españoles del exterior esperan, con la nacionalidad en el bolsillo y la papeleta fuera de su alcance, a que la justicia recuerde, más pronto que tarde, que el sufragio se tiene o no se tiene.

jueves, 3 de septiembre de 2026

Existir no es lo mismo que saber que se existe

 

El pasado día 25 de agosto cenamos en casa con Rafael y Merche, dos buenos amigos de Madrid que desde hace muchos años veranean en Cambrils y que, cada verano, desde hace un cierto tiempo, traen consigo algo mejor que un buen vino: la amistad y la costumbre, cada vez más rara, de conversar en serio. Rafael Muyor es un genial artista polifacético, pintor y escultor, cuyas fantásticas obras pueden contemplarse en internet. Como todo buen escultor, no acepta una forma hasta haberla golpeado varias veces para comprobar que resiste. Y esa citada noche golpeó una idea mía, y de ese golpeteo: afectuoso, tenaz y sin tregua, nació este texto.

 

Hablábamos del universo, de mis últimos artículos sobre el tiempo y la consciencia, y en algún momento, entre el cava y la tarta del postre, la conversación se abismó hacia una pregunta que parece sencilla y no lo es: ¿es lo mismo existir que ser conocido? Y, un peldaño más abajo, ¿es lo mismo ser conocido que saber que se existe? Yo sostenía, y sostengo, que no. Que entre estos tres estados hay abismos, no matices; que existir, ser conocido y saberse existente son tres países distintos, separados por fronteras que la mayoría de las cosas del universo nunca cruzan.

 

Pongamos los ejemplos que puse esa noche, y que Rafael atacó con la fruición de quien afila un cincel: el primer sapiens que tuvo consciencia de sí mismo y el continente americano. Respecto a este último dije: allí estaba, por supuesto, mucho antes de 1492: con sus ríos abriéndose paso como venas de un cuerpo dormido, sus volcanes respirando en silencio, sus civilizaciones enteras erigiendo templos que nadie en Europa soñaba siquiera. Existía, sin duda. Pero no existía “para” Europa. No formaba parte de su mapa, de su consciencia, de su verdad compartida. Colón no creó América al llegar a ella, sería una vanidad absurda pensarlo, pero sí hizo algo casi tan radical: la hizo entrar en el conocimiento europeo. La sacó de la existencia muda y la introdujo en la existencia nombrada. Antes de él, América era un secreto que se guardaba a sí mismo sin saberlo.

 

Y ahí está la primera frontera: la que separa existir de ser conocido. Pero hay una segunda, más honda todavía, y es la que de verdad nos tuvo despiertos hasta largamente pasadas las doce. Porque una piedra puede ser conocida, pesada, medida, fotografiada, catalogada en un museo, sin que la piedra sepa jamás que existe. Ser conocido es un acto que otro ejerce sobre uno. Saber que se existe es un acto que uno ejerce sobre sí mismo. Y ese acto, esa vuelta de la mirada sobre la propia mirada, es quizá el fenómeno más extraño que ha producido el cosmos en sus casi catorce mil millones de años de existencia.

 

Pensemos en ello con la calma que merece: durante miles de millones de años el universo existió, se expandió, fabricó estrellas y las apagó, sin que absolutamente nadie ni nada supiera que aquello estaba ocurriendo. Fue, literalmente, un espectáculo sin público. Una sinfonía interpretada en una sala vacía, cuyas notas resonaban contra paredes que no tenían oídos. El universo era, pero no se sabía. Existía con la misma inconsciencia con que existe una piedra, un átomo, una galaxia entera girando a oscuras. Y entonces, en un rincón minúsculo de ese vasto teatro sordo, algo surgió en nosotros, o lo que nos precedió en el largo tanteo de la evolución, y abrió los ojos hacia dentro. No hacia afuera, que eso ya lo hacían los ojos de cualquier animal desde hacía períodos, épocas, edades, casi eternidades. Y en ese mirar hacia dentro, en un instante, y solo a partir de ese instante, el universo dejó de ser un monólogo y se convirtió, por fin, en una conversación consigo mismo.

 

Ésa es la diferencia que mi amigo Rafael quería negarme y que Merche y Rosa—mi esposa—, más conciliadoras, intentaban suavizar en sus intervenciones y entre sonrisas: que ser y saberse no son la misma moneda con dos caras, sino dos monedas distintas, acuñadas en metales distintos. Se puede existir sin ser conocido, como América antes de Colón. Se puede ser conocido sin saberse existente, como la piedra en el museo, como el árbol que un naturalista cataloga. Pero saberse existente exige haber cruzado ambas fronteras a la vez, desde dentro: ser, ser conocido por uno mismo, y saber que se es el que conoce. Es la única forma de existencia que se mira al espejo y no confunde el espejo con la pared.

 

Y aquí fue donde la amable y amigable discusión, ya comenzada la madrugada, con los platos y las copas vacías, adquirió su verdadero peso. Porque si esto es así, y creo firmemente que lo es, entonces cada uno de nosotros no es solamente un fragmento de materia organizada, uno más entre los incontables objetos que el universo produce y disuelve con la misma indiferencia con que la marea de la playa de l’Ardiaca, hace y deshace los castillos de arena de los niños. Cada uno de nosotros es, además, y esto es lo insólito, el lugar exacto donde el universo, después de trece mil ochocientos millones de años de sordera, empezó a escucharse. No somos el paisaje: somos el instante, brevísimo y prodigioso, en que el paisaje se dio cuenta de que era paisaje.

 

Por eso, cuando llegue el día, y llegará, en que cada uno de nosotros deje de saberse existente, no ocurrirá simplemente que una vida se apague, como se apaga una vela entre tantas. Ocurrirá algo bastante más grave y más solemne: el universo, en ese punto exacto del espacio y del tiempo que éramos nosotros, volverá a quedarse ciego. Seguirá existiendo, seguirá expandiéndose, seguirá fabricando estrellas con la misma paciencia mineral de siempre. Pero, allí donde antes había un testigo, ya no quedará nadie para dar fe de que todo aquello, en efecto, estaba ocurriendo.

 

Ésa es, me temo, la conclusión que Rafael no pudo rebatirme, por mucho que lo intentó, y por mucho que yo mismo hubiera preferido no llegar hasta ella. Y es que, no venimos al mundo únicamente para vivir. Venimos, mientras dura la breve claridad de la consciencia, a hacer de testigos de nuestra propia existencia. Y cuando esa luz se apague, no se apagará solo una vida: se apagará, en ese punto minúsculo y sagrado del universo, la única prueba que teníamos de que verdaderamente estuvimos aquí.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

jueves, 13 de agosto de 2026

Cuando el día se quedó sin palabras

 

Ayer, 12 de agosto de 2026, había en nosotros un cierto nerviosismo, una expectación difícil de explicar. A nuestros años, quizá uno aprende que ya son pocas las cosas capaces de despertar una verdadera emoción de estreno, esa mezcla de curiosidad y de incertidumbre que se parece tanto a la de un niño ante algo que no comprende. Y, sin embargo, allí estábamos, esperando al eclipse como quien espera una revelación.

 

A la hora convenida, casi como si fueran las cinco de la tarde de una corrida de toros, mi mujer, una amiga nuestra y yo nos dirigimos al lugar elegido para contemplarlo: las antiguas vías del tren que un día unieron Tarragona con Tortosa, a su paso por el puente de la riera de Riudecanyes. Llegamos a las 19:15. Había ya bastantes personas esperando el acontecimiento. El lugar también parecía aguardarnos. La conversación era distendida, alegre, salpicada de pequeñas bromas y, sobre todo, de incógnitas. Hablábamos del eclipse, de lo que íbamos a sentir, de si las nubes respetarían nuestra cita con el cielo, de cómo cambiaría la luz cuando la Luna comenzara a deslizarse sobre el Sol. Éramos tres personas hablando de astronomía, pero en realidad hablábamos de algo mucho más antiguo: del asombro que produce el universo.

 

La Mañana 19.08.2026

Y entonces, a las 19:35, con una puntualidad inaudita, comenzó la fiesta solar. Primero casi imperceptible. Una pequeña mordedura en el disco del Sol. Después otra. Y otra. La Luna había comenzado su silencioso viaje sobre nuestra estrella. Nos quedamos mirando. Yo sentía una emoción extraña, difícil de contener y de explicar. Sabía perfectamente qué estaba ocurriendo. Había leído descripciones, escuchado conferencias, conocía las leyes que gobiernan los movimientos de la Tierra y de la Luna. Sabía que aquello no era un prodigio ni un presagio, sino la consecuencia exacta de una mecánica celeste que funciona con una precisión que asombra precisamente porque no necesita de nosotros. Pero saberlo no impedía maravillarse. Al contrario. Mientras el Sol iba perdiendo lentamente su rostro, mi imaginación retrocedió miles de años. Pensé en aquellos primeros sapiens que, en algún lugar de la Tierra, levantaron un día los ojos al cielo y descubrieron que el Sol comenzaba a desaparecer. ¿Qué pensarían? No tenían calendarios astronómicos. No conocían la órbita de la Luna. No sabían que aquello obedecía a una geometría celeste. Solo tenían sus ojos, su miedo y una inteligencia todavía joven tratando de descifrar el mundo. Quizá algunos corrieron a refugiarse. Quizá otros se arrodillaron. Tal vez pensaron que los dioses estaban enfadados, que el fuego del cielo se extinguía, que el mundo conocido estaba llegando a su fin. Y comprendí entonces que nosotros, después de miles de años de conocimiento, seguíamos siendo esencialmente aquellos mismos seres humanos. Porque cuando el cielo cambia de repente, la razón explica, pero el corazón se estremece.

 

La luz comenzó a adquirir una tonalidad extraña. El paisaje perdió familiaridad. El aire parecía contener una espera. Hasta los silencios entre nosotros tenían otra densidad. Yo miraba el horizonte y pensaba en otra oscuridad, muy distinta y, sin embargo, parecida. Recordé aquella primera vez en que la noche me acogió en el desierto del Sáhara español. Allí comprendí, quizá como nunca antes, lo que significa estar verdaderamente solo bajo un cielo inmenso. La noche del desierto no era simplemente ausencia de luz: era una presencia. Una inmensidad que parecía envolverlo todo y recordarte, sin palabras, que tú eras apenas una diminuta criatura perdida bajo millones de estrellas. Ahora volvía a sentir algo parecido. Solo que esta vez la oscuridad venía del Sol.

 

A las 20:29, la Luna terminó de cerrar su círculo. Y durante algo más de un minuto, el día dejó de ser día y simuló morir. La corona solar apareció alrededor de aquel disco negro, como una respiración blanca sobrenatural y suspendida en el cielo. El Sol, que durante toda nuestra existencia ha sido sinónimo de luz, calor y vida, se había convertido por unos instantes en una sombra rodeada de fuego. Y entonces ocurrió algo maravilloso: después de haber visto las Perlas de Baily y La Corona Solar, durante la fase de totalidad completa, surgió solemne y majestuoso el Anillo de Diamante, ese primer destello directo de luz solar. Ninguno necesitó decir nada. Creo que los tres sentimos que estábamos asistiendo a algo que no nos pertenecía. Mi mujer, sentada en el suelo de aquel pedregoso camino que un día sostuvo el paso de los trenes, parecía fascinada; nuestra amiga, absorta; y yo, noté una especie de vértigo interior. Pensé en mis años, en todo lo vivido, en las personas que habían desaparecido de mi camino, en las que aún permanecían junto a mí. Repasé, casi en un instante, aquel largo viaje de la vida que, visto desde la distancia de aquel cielo, parecía apenas un parpadeo. El eclipse no nos hizo pequeños. Nos recordó que ya lo éramos.

 

Eran las 20:30 y unos segundos cuando la luz comenzó a regresar. Apenas un momento después, el Sol volvía a abrirse paso y la oscuridad se retiraba con la misma delicadeza con que había llegado. Y mientras el cielo recuperaba su color de siempre, pensé que quizá toda vida sea eso: un breve eclipse entre dos oscuridades, que dura exactamente lo que dura la voluntad de seguir mirando hacia arriba. La fiesta había terminado. Pero algo había quedado dentro de nosotros.

 

Después emprendimos el regreso a casa. Volvíamos turbados, hipnotizados todavía bajo el hechizo de lo que acabábamos de contemplar. Hablábamos menos. Quizá porque algunas experiencias, cuando son verdaderamente grandes, dejan de necesitar palabras. Habíamos ido a ver un eclipse total de sol. Y regresábamos con algo mucho más difícil de explicar: la certeza de haber asistido durante unos instantes al diálogo secreto entre la Tierra, la Luna y el Sol. Un diálogo que comenzó mucho antes de que nosotros existiéramos y continuará cuando ya nadie recuerde nuestros nombres. Tal vez eso sea lo que más me impresionó. Que durante apenas un minuto, bajo aquel cielo oscurecido, pudimos sentir nuestra insignificancia y, al mismo tiempo, la inmensa fortuna de estar vivos para contemplarla. Y mientras retornábamos a casa, su imagen permanecía indeleble en nuestros ojos, en nuestro corazón y en nuestra memoria. Como una pequeña cicatriz de luz.