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martes, 26 de mayo de 2026

Esperpento fiscal: La patria en calzoncillos

 

Hay días en los que uno contempla la actualidad política y siente que vive dentro de una novela de Kafka escrita por los Hermanos Marx después de una cena regada con orujo del Bierzo. Y es que, cuando se juzgaba al Fiscal General del Estado se nos explicaba, con solemnidad de sacristía constitucional, que la Fiscalía tenía una estructura piramidal. Una pirámide casi egipcia, sólo que en vez de momias había tertulianos y en vez de jeroglíficos, filtraciones de la UCO a la prensa. Según aquella doctrina, el Fiscal General daba órdenes a los fiscales; y como al Fiscal General lo nombra el Gobierno, resultaba que el Gobierno era responsable último de cuanto respirara, tosiera o estornudara la Fiscalía. Conclusión: la Fiscalía no era independiente y Pedro Sánchez manejaba aquello como un director de orquesta en mitad del desfile del Primero de Mayo.

 

Pero ahora, milagrosamente, en el llamado caso Zapatero, la Fiscalía Anticorrupción empuja con entusiasmo digno de locomotora de carbón contra el ex presidente Zapatero, y entonces ocurre el prodigio teológico: la misma Fiscalía que ayer era un apéndice gubernamental hoy parece una congregación de monjes cartujos aislados del mundo y guiados únicamente por la luz celestial de la imparcialidad. Y la UDEF, como una congregación de piadosos miembros de la Policía Nacional, cuyo jefe es el ministro Marlaska, aparece como el topo que actúa de brazo ejecutor de la patriótica oposición que intenta tumbar al Gobierno.

 

Yo, humildemente, intento seguir el razonamiento, pero me pierdo como aquella vez en Amberes, cuando, siendo Director de la Casa de España, organicé una recepción institucional para un supuesto agregado cultural que resultó ser un señor de Albacete que llevaba tres meses viviendo en el puerto dentro de una caravana y al que todos trataban de “excelencia” porque usaba pajarita y fumaba en boquilla. Recuerdo que acabamos brindando por la amistad hispano-belga mientras el individuo intentaba vender jamones “de importación diplomática” a los nacionales emigrantes españoles que vivían en la ciudad. Aún hoy sospecho que aquel hombre pudo haber sido ministro en algún gobierno autonómico de la época.

 

O en aquella otra ocasión, también en Amberes, en la que organicé un acto cultural para promover la lengua y la cultura españolas contando con la presencia del cantautor leonés Amancio Prada, que se presentó en mi despacho casi vestido como un minero, con una chaqueta de pana gastada, una bufanda oscura y unas botas cubiertas de barro, y al que confundí inicialmente con un duro emigrante asturiano residente en la ciudad, que venía a reclamar subsidios atrasados, algún certificado consular o a denunciar una conspiración contra la minería berciana. Recuerdo incluso que le indiqué, con toda solemnidad burocrática, la ventanilla equivocada mientras él me observaba en silencio con una mezcla de paciencia evangélica y discreta ironía. Finalmente, tras presentarse él y subsanar yo mi error inicial —y no sin sentirme yo mismo como un ujier extraviado en una novela de Delibes—, me encontré con una persona de exquisito rigor intelectual y de una extraordinaria sensibilidad poética, espiritualidad y misticismo; alguien que hablaba de la poesía española como quien comenta confidencias escuchadas directamente al viento de los monasterios. Tanto fue así que su concierto al día siguiente, en la sala noble de la citada Casa de España, accionando lentamente la manivela de aquel extraño instrumento medieval, la zanfoña, con la solemnidad de un abad cisterciense poseído por el espíritu de la poesía castellana y con su voz melodiosa, dejó hipnotizados a embajadores, cónsules y asistentes belgas y españoles con su elegancia austera y un magnetismo sereno al musicalizar a grandes nombres de nuestras letras, desde San Juan de la Cruz y Rosalía de Castro hasta Federico García Lorca o Agustín García Calvo. Hubo un momento particularmente emotivo en el que varios diplomáticos flamencos, que apenas entendían el castellano, permanecieron inmóviles y en absoluto silencio mientras Amancio Prada entonaba unos versos del Cántico espiritual, sin saber muy bien si habían asistido a una audición de poesía mística o a la fundación de una pequeña secta, patrocinada por los ministerios de Asuntos Exteriores y Cultura españoles. Y todavía, también recuerdo, a un veterano sindicalista gallego del barrio portuario secándose discretamente las lágrimas con una servilleta del catering. Al terminar el concierto, alguien comentó que aquello no había parecido un recital, sino una antigua ceremonia medieval celebrada en mitad de una Europa demasiado moderna, y confieso que, por una vez, me pareció una exageración completamente justa.

 

Y, siguiendo la misma lógica jurídica que ahora nos ilumina, empiezo a preocuparme seriamente por mi situación patrimonial. Porque, claro, aquel valioso anillo que compré en Suiza y que yo regalé a mi mujer cuando era Director de la ALCE de Lausanne… ¿qué naturaleza jurídica tenía realmente? ¿Obsequio sentimental? ¿Transferencia opaca de afectos? ¿Incremento patrimonial susceptible de declaración? Empiezo a pensar que quizá debí entregarlo a Patrimonio Nacional junto al inventario de los tapices y las cucharillas oficiales de la sede. No descarto que cualquier mañana aparezca la UDEF analizando fotografías antiguas de mi esposa para verificar si el anillo excedía los límites permitidos por el Reglamento Europeo de “Joyería Emocional”. Y peor aún es lo de los calzoncillos que ella me regaló hace años. Porque jamás declaré aquel evidente aumento de mi patrimonio textil. Durante décadas he vivido en la más absoluta irregularidad fiscal sin saberlo. Cada vez que abro el cajón de la ropa interior siento el mismo escalofrío que debía de sentir Al Capone al oír pasos en la escalera.

 

Así que aquí vivo ahora, pendiente del timbre de la puerta, esperando que en cualquier momento irrumpa un comando de Hacienda para requisarme unos bóxers y abrir diligencias por enriquecimiento indebidamente elástico. Y es que la Patria siempre acaba entrando por los cajones o atributos más íntimos. Porque, al fin y al cabo, como habría dicho Ramón del Valle-Inclán, ciertos políticos españoles, tal vez, sean una deformación grotesca de la civilización europea

miércoles, 20 de mayo de 2026

Elecciones: cuando la razón no vota

 

Las urnas tienen a veces la desconcertante costumbre de parecerse al mar: desde la orilla todo parece comprensible, incluso previsible, pero basta internarse unos metros para descubrir corrientes invisibles que empujan en dirección contraria a la lógica de quien observa. Eso mismo vuelve a suceder tras los resultados de las elecciones andaluzas de ayer. Andalucía ha hablado, sí, pero no todos entienden lo que ha querido decir. Y es que hay victorias políticas que se explican con facilidad y derrotas que admiten análisis razonables. Sin embargo, existen también resultados que dejan en el aire una sensación de extrañeza, casi de perplejidad moral. Y esta vez, para muchos ciudadanos progresistas, entre los que me incluyo, cuesta comprender cuáles son exactamente los criterios que manejan determinados electores a la hora de depositar su voto.

 

Resulta difícil asimilar y justificar que una parte importante de la ciudadanía castigue electoralmente al PSOE y al actual Gobierno Central cuando, desde 2023, millones de jubilados han visto incrementadas sus pensiones en más de un 18%. No se trata de una promesa escrita en un cartel electoral ni de un eslogan repetido en un mitin. Se trata de dinero real llegando cada mes a hogares donde muchas veces la pensión sostiene no solo a quienes la reciben, sino también a hijos y nietos atrapados en la precariedad. Ese aumento ha supuesto alivio, dignidad y seguridad para cientos de miles de familias españolas. Y no solo eso, sino que, durante estos años se han aprobado, entre otras, reformas laborales destinadas a reducir la temporalidad, mejoras en el sistema de pensiones, avances en igualdad y medidas de protección para colectivos vulnerables. Son decisiones de profundo impacto social que afectan a la vida cotidiana de millones de personas. Puede discutirse su alcance, criticarse su ejecución o cuestionarse su eficacia parcial, porque toda acción política admite debate. Lo que cuesta comprender es que todo ello parezca evaporarse en la memoria colectiva como el agua sobre la piedra caliente.

 

Especialmente desconcertante resulta que el castigo político venga derivado de la Ley de Amnistía, aprobada en mayo de 2024 y posteriormente ratificada por el Tribunal Constitucional. Una norma concebida para cerrar judicialmente el conflicto derivado del procés catalán y facilitar la normalización institucional. Se podrá estar de acuerdo o no con ella —y es legítimo disentir—, pero sorprende observar hasta qué punto ha sido utilizada como arma de desgaste contra el Gobierno progresista. Y, del mismo modo, también parece haber pesado electoralmente el hecho de que, para conformar una mayoría parlamentaria progresista, el PSOE aceptara el apoyo de una determinada fuerza política del País Vasco, cuya mera participación en los acuerdos de investidura continúa generando rechazo en una parte significativa del electorado.

 

Y, sin embargo, al mismo tiempo, amplios sectores de la ciudadanía, acepta con absoluta naturalidad los pactos con VOX y la entrada de la extrema derecha en instituciones autonómicas. Y ahí es donde surge una pregunta inevitable, incómoda y profundamente inquietante: ¿qué mecanismo de selección moral opera hoy en la conciencia pública para considerar intolerable una ley de reconciliación política y, en cambio, perfectamente asumible la presencia de una fuerza ultraderechista en el poder? Y es que, a veces, da la impresión de que la sociedad hubiese sido alcanzada por una extraña epidemia de amnesia histórica. Como si algunos hubieran olvidado lo que la extrema derecha representó en Europa durante el pasado siglo y lo que todavía hoy representa allí donde consigue avanzar: recortes de libertades, discursos de exclusión, desconfianza hacia la diversidad y una concepción áspera de la convivencia democrática. Quizá el problema resida en que la política contemporánea ya no se decide únicamente en el terreno de los hechos, sino en el de las emociones. Y las emociones, alimentadas a diario por la crispación, las redes sociales y la simplificación permanente del debate público, terminan pesando más que las cifras, las leyes o las mejoras objetivas en la vida de las personas.

 

Andalucía ha votado, como anteriormente lo hicieron Extremadura, Aragón y Castilla León. Y toda decisión democrática merece respeto. Pero respetar el resultado no obliga a renunciar al derecho a la incomprensión. Pues hay ocasiones en las que uno contempla el mapa electoral como quien observa un reloj detenido: las agujas siguen moviéndose, pero el tiempo parece ir hacia atrás. Tal vez sea porque al final, las urnas no siempre premian la coherencia ni la memoria. A veces simplemente reflejan ese extraño territorio humano donde las convicciones pesan menos que las emociones y donde la razón, demasiadas veces, llega tarde al momento de votar. Debo ser muy ingenuo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

domingo, 17 de mayo de 2026

La paradoja de Fermi: el milagro de estar aquí

 

Desde que los primeros seres humanos levantamos la vista hacia el cielo para contemplar las estrellas, siempre nos han asaltado las mismas preguntas: ¿Estamos solos en este universo? ¿O hay alguien más ahí fuera? El surgimiento de la vida, y más aún de vida inteligente, ¿es fruto de una gigantesca casualidad o se debe a una concatenación necesaria de acontecimientos? Y es que en este vasto escenario cósmico, vivimos en un universo enorme, a veces descrito como infinito, antiguo y en gran parte silencioso. De hecho, cuando miramos al cielo nocturno vemos miles de millones de estrellas, y sabemos que muchas de ellas tienen planetas. A primera vista podría parecer que la vida, e incluso la vida inteligente, debería ser algo común. Sin embargo, al analizar el problema con más cuidado, desde la perspectiva de la física y de la probabilidad, surge una posibilidad inquietante: que la vida inteligente sea extremadamente rara en el cosmos.

 

La Mañana 20.05.2026

En este contexto, para entender por qué podría ser así, hay que considerar la larga cadena de acontecimientos necesarios para que surja una civilización como la nuestra. No basta con que exista un planeta. Ese planeta debe reunir una serie de condiciones adecuadas que se han ido configurando a lo largo de miles de millones de años. Debe existir agua líquida, una química apropiada, una atmósfera estable y una estrella relativamente tranquila y cercana. Es más, incluso si se cumplen todas esas condiciones, el siguiente paso no es necesariamente el origen de la vida, ya que este evento puede ser extraordinariamente improbable. De hecho, no sabemos exactamente cómo ocurrió en la Tierra, pero sí sabemos que implicó una serie de procesos químicos muy complejos.

 

Aun así, el camino apenas había comenzado. Además, una vez que aparece la vida, el proceso hacia la inteligencia sigue siendo largo y está lleno de obstáculos. Durante casi toda la historia de la Tierra, los únicos seres vivos que existían eran unicelulares. La aparición de formas de vida complejas tardó miles de millones de años y estuvo marcada por numerosos contratiempos y dificultades. Después surgieron los organismos multicelulares, los sistemas nerviosos, los cerebros y, finalmente, una inteligencia capaz de reflexionar sobre el universo. No obstante, cada uno de estos pasos puede ser improbable. Como señalan los científicos, cuando se multiplican muchas probabilidades pequeñas, el resultado final puede ser una probabilidad extremadamente baja.

 

Esto nos lleva a una idea importante relacionada con la llamada Paradoja de Fermi: si el universo es tan grande y tan antiguo, ¿por qué no vemos evidencia de otras civilizaciones? Una posible respuesta es simplemente que son muy raras. Esta paradoja fue resumida en 1950 por el físico italiano-estadounidense Enrico Fermi con una pregunta tan sencilla como inquietante: ¿Dónde están todos? En este sentido, puede que la aparición de la inteligencia no sea un resultado inevitable de la evolución, sino un fenómeno que ocurre muy pocas veces en la historia del cosmos. También debemos considerar la fragilidad de las civilizaciones tecnológicas. Incluso si surgen, pueden no durar mucho tiempo. Una civilización podría autodestruirse o desaparecer por causas naturales, o ser aniquilada por otra, como hemos visto en varias películas futuristas de ciencia ficción, antes de llegar a colonizar otros planetas. En ese caso, el universo podría estar lleno de mundos con vida simple, pero casi ninguno con civilizaciones tecnológicamente avanzadas.

 

Desde esta perspectiva, la existencia de seres conscientes capaces de reflexionar sobre el universo podría ser algo extraordinariamente raro. Si eso es cierto, entonces nuestra existencia adquiere un significado especial. Esto no indica que seamos el centro del universo, pero sí podría sugerir que la conciencia es un fenómeno muy inusual en el cosmos. Cada mente consciente sería entonces una especie de pequeño milagro estadístico: un lugar donde el universo se vuelve capaz de observarse a sí mismo. Y, en consecuencia, si somos raros, entonces somos valiosos. Si somos improbables, entonces nuestra existencia importa. Y surge entonces una pregunta inevitable: ¿a quién o a qué?

 

La física no nos dice que nuestra vida tenga un propósito cósmico predeterminado. Pero sí nos muestra algo fascinante: que el simple hecho de que estemos aquí, pensando sobre estas cuestiones, puede ser uno de los fenómenos más extraordinarios del vasto universo. Tal vez, después de todo, nuestra tarea no sea encontrar un significado ya escrito en las estrellas, sino descubrirlo a través de nuestra propia capacidad de comprenderlas. En ese sentido, cada vez que una mente humana contempla el cielo y se pregunta por su origen, el universo parece adquirir una forma de conciencia de sí mismo. A la luz de esto, hace casi dos mil años, el filósofo romano Séneca expresó una intuición semejante con una frase que aún hoy conserva toda su fuerza: “El universo sería una cosa muy pobre si no tuviera seres capaces de contemplarlo”. Quizá sea precisamente eso lo que somos: una minúscula parte del cosmos que ha aprendido, por un instante, a mirarse a sí misma. Y tal vez por eso el universo guarde silencio, porque esperaba una voz capaz de preguntarle si estamos solos o si somos el azar que aprendió a pensar. En todo caso, sabemos algo aún más difícil: que estamos aquí.

 

 

viernes, 1 de mayo de 2026

1º de Mayo: los que sostienen el mundo con sus manos

 

Hoy ha amanecido con esa solemnidad discreta que tienen las fechas obreras: un aire de pancarta doblada, de café temprano y de zapatos gastados que aún recuerdan la fábrica, la oficina, el andamio o la cola del paro. El calendario, que suele ser un funcionario frío y meticuloso, se permite de vez en cuando un gesto humano, y nos entrega este día como quien deja una flor sobre la mesa de quienes levantaron el mundo cobrando siempre menos de lo que valían.

 

No puedo evitar mirar atrás y volver a 1978. Aquel año en que España ensayaba la democracia con la misma torpeza ilusionada con la que un muchacho aprende a bailar. Todo estaba por estrenarse: las palabras, las plazas, los derechos, incluso el modo de disentir. Y volvió el 1º de mayo, que había pasado demasiados años guardado en un cajón polvoriento, como esas fotografías familiares que un régimen esconde porque en ellas sonríe la verdad.

Recuerdo aquella mañana —o quizá la invento ahora, que también la memoria tiene derecho a maquillarse— en la que salimos a la calle en Valladolid con una mezcla de prudencia y entusiasmo. Había banderas nuevas, consignas algo desafinadas y rostros que no sabían todavía si debían gritar, cantar o mirar hacia atrás por costumbre. Algunos caminaban erguidos por primera vez; otros seguían encorvados por el hábito e inercia de décadas enteras. La libertad, descubrí entonces, tarda más en enderezar la espalda que en proclamarse en los periódicos.

Los viejos obreros llevaban en los ojos una seriedad antigua. No celebraban solo una fiesta: asistían al regreso de algo suyo. Los más jóvenes, en cambio, parecíamos convencidos de que el futuro cabía entero en aquella mañana soleada y en cuatro consignas bien rimadas en la Plaza de la Universidad. ¡Qué edad más arrogante tenía y tiene todavía la esperanza! En la esquina de la calle Librería sonó una canción ronca, y alguien alzó el puño con la solemnidad de quien levanta una herramienta sagrada. Yo miraba todo aquello intentando comprender que la Historia no siempre entra a caballo; a veces llega andando, entre bocadillos envueltos en papel de estraza y conversaciones sobre los primeros convenios colectivos.

La Mañana 1.05.2026

Han pasado casi 50 años, y el Día del Trabajo se ha ido llenando de matices: reivindicación, nostalgia, estadísticas, discursos previsibles y alguna barbacoa oportunista. También de ironías. Porque seguimos celebrando el trabajo mientras escasea; honrándolo mientras lo precarizamos; alabando al trabajador mientras se le pide que sonría cobrando menos y agradezca más. Y es que este  1⁰ de Mayo, desde entonces hasta hoy, ha amanecido con ese delicioso sarcasmo de celebrar el Día del Trabajo dejándolo descansar. Tal vez por ello o a pesar de ello, espero que haya sido un buen día para que las manos no produzcan, pero que el alma, libre de horarios, trabaje en lo que de verdad importa—vivir sin prisa, como si el tiempo también se hubiera tomado la jornada libre.

Pero no quiero ser injusto con este día. Ya que aún conserva una dignidad testaruda. Nos recuerda que hubo manos callosas que conquistaron descansos, jornadas humanas, salarios menos indecentes y el derecho elemental a protestar sin pedir permiso. Y nos recuerda, sobre todo, que nada se regaló, que todo se arrancó con esfuerzo, huelgas, miedo y terquedad. Y mientras escribo estas líneas, pienso en mis amigos con los que compartí aquella mañana de 1978 en tierras castellanas y en todos los que, como nosotros, salieron a la calle a festejarlo y ya no están. En los que creyeron y creímos que el porvenir sería más justo si se empujaba entre muchos. Quizá nos equivocamos y se equivocaron otros muchos en algunas cuentas; pero, todos, acertamos en lo esencial: ningún país merece llamarse moderno si desprecia a quienes lo sostienen.

 

Así que cuando el día empieza a declinar y la luz se retira despacio, deseo que todos hayáis pasado un feliz 1º de mayo, con la dignidad encendida de quienes sostienen el mundo con sus manos; que descansen los cansados, que cobren los olvidados y que tiemblen, aunque solo sea un poco, quienes confunden el beneficio con la virtud. Y, si aún queda sitio para la esperanza, que no falte, al menos, un ramo de muguet, esa antigua promesa de buena suerte con la que Francia saluda el primero de mayo.