Aseguraban en mi niñez que bastaba con frotarse los ojos para que desaparecieran los monstruos de las pesadillas. Hoy sabemos que no. Podemos frotarnos los párpados hasta hacernos daño y, al volver a abrirlos, el monstruo continúa ahí. Sonríe, habla, amenaza, firma decretos y tiene el dedo demasiado cerca de los botones que pueden convertir el planeta en un cementerio. Se llama Donald Trump.
Pero sería un error creer que Trump es la enfermedad. Trump es el síntoma. Un síntoma grotesco, estridente y obsceno de una enfermedad mucho más profunda que atraviesa nuestras sociedades: la transformación de la democracia en espectáculo, del ciudadano en consumidor, de la política en mercancía y de la verdad en aquello que consiga imponerse con más dinero, propaganda y ruido. Por eso produce tanta desolación contemplar su segundo mandato. No solo por el personaje: su narcisismo, su brutalidad verbal, su desprecio por las reglas, sino porque detrás de él hay millones de personas dispuestas a seguirlo. Y detrás de esos millones, poderes económicos y tecnológicos que han descubierto que este personaje imprevisible puede ser extraordinariamente útil cuando lo que se pretende es desmontar las viejas reglas del juego.
El problema, por tanto, no es únicamente Trump. El problema es el mundo que lo necesita. Y es que el fantasma de Weimar no regresa porque la historia se repita mecánicamente, sino porque algunas de sus condiciones vuelven a resultar inquietantemente reconocibles: miedo, frustración, desigualdad, pérdida de confianza en las instituciones, propaganda y unas élites que pueden llegar a pensar que utilizar a la extrema derecha es una manera eficaz de conservar o ampliar todavía más su poder. En este sentido, conviene recordar que Hitler tampoco “arrasó en las urnas”. Su partido obtuvo el 33 % en las últimas elecciones libres, y fueron sectores conservadores quienes, creyendo que podrían utilizarlo para acabar con sus adversarios políticos, le entregaron la cancillería. El monstruo que pretendían controlar terminó devorándolos a todos. La lección debería producir escalofríos.
Hoy el escenario es diferente, naturalmente. Pero vuelve a aparecer la tentación de pensar que determinados personajes son simples instrumentos, que se les puede utilizar y después guardar en un cajón. El problema es que los instrumentos también adquieren voluntad propia. Y aquí aparece, entonces, algo todavía más inquietante: el movimiento fascista global al que Trump presta rostro no necesita que Trump sea inteligente, coherente, ni siquiera especialmente competente. Le basta con que sea útil. Puede ser errático, amenazar aliados, humillar instituciones y convertir la política internacional en una sucesión de impulsos y chantajes. Lo que importa no es la personalidad del instrumento, sino aquello que el instrumento permite hacer. Y para ello, florecen detrás y asoman los nuevos señores del dinero y de la tecnología, los llamados “tecnofeudalistas”, personas que han acumulado tanto poder económico y tecnológico que empiezan a dar miedo. Musk y otros magnates ya no se limitan a influir sobre los gobiernos, sino que poseen plataformas, algoritmos, empresas, capital y una capacidad de intervención sobre la conversación pública tan brutal que habría resultado inimaginable para los antiguos barones industriales. Y es que, mientras Trump representa la mezcla de codicia, ego y espectáculo, detrás de él ya espera otra generación. A este respecto, J. D. Vance resulta especialmente inquietante por eso; ya que donde Trump parece moverse muchas veces por el narcisismo y el beneficio inmediato, en sus posibles sucesores puede aparecer una ideología mucho más articulada, disciplinada y, por tanto, más peligrosa. Ese es el verdadero motivo de la desolación que hoy recorre EE UU y todo Occidente. Y es que no estamos ante un accidente de la historia. Estamos ante una corriente alimentada por el individualismo extremo, el miedo, la desigualdad, la propaganda y la progresiva destrucción de aquellos valores comunes que durante décadas parecían constituir el suelo mínimo sobre el que podían convivir las sociedades democráticas. Una corriente que encuentra millones de personas dispuestas a cambiar derechos por seguridad, libertad por pertenencia y democracia por la promesa de que alguien, por fin, castigará a los culpables de sus frustraciones.
Y por si todo este presente futuro no fuera suficiente motivo de preocupación, entonces llegan “los 5.000 dólares”. La cifra es casi una alegoría perfecta de nuestro tiempo: convertir el voto en una transacción, la ciudadanía en una cuenta corriente y la democracia en mercancía. Si el ciudadano puede ser comprado, aunque sea mediante una promesa, ¿qué queda de la dignidad política? Si todo tiene precio, ¿qué ocurre con aquello que no debería tenerlo? La democracia no puede convertirse en un mercadillo donde los más ricos compran voluntades y los más desesperados venden su futuro. Pero quizá lo más triste sea que Trump no habría llegado tan lejos sin quienes lo siguen, quienes lo justifican y quienes, pudiendo combatirlo políticamente, se quedan en casa. El monstruo necesita un escenario, pero también necesita público. Necesita espectadores, propagandistas, cómplices y abstencionistas. Este es quizá el triunfo más profundo de quienes quieren vaciar la democracia desde dentro: conseguir que los ciudadanos dejen de creer en ella. Por eso el fantasma de Weimar no debería asustarnos únicamente por Trump. Debería asustarnos por nosotros mismos. Por nuestra facilidad para acostumbrarnos a lo intolerable. Por nuestra capacidad para contemplar una barbaridad detrás de otra hasta que la barbaridad se convierte en paisaje. Ese es el verdadero peligro. Y es que el monstruo no vive en el hombre. Vive en el sistema que lo fabrica y lo convierte en realidad.