Hay un instante del día que siempre me ha parecido distinto a todos los demás. No es el amanecer, cuando la luz despierta lentamente las cosas, ni tampoco el mediodía, cuando el sol parece adueñarse del mundo. Es ese momento incierto en que la tarde comienza a desvanecerse y el cielo, antes de entregarse a la noche, permanece unos minutos suspendido entre la claridad y la oscuridad. Todo sigue ahí, pero ya nada es exactamente igual. Los contornos se difuminan, los sonidos se vuelven más lejanos y hasta el tiempo parece caminar más despacio. Quizá sólo sea una ilusión. O quizá sea el único momento del día en que el universo nos concede el privilegio de percibir que todo está cambiando.
Confieso que me gusta permanecer unos minutos contemplando ese tránsito. No espero encontrar ninguna revelación. A mi edad uno aprende que las grandes respuestas rara vez llegan envueltas en estruendo. Suelen hacerlo en voz baja, casi como un susurro. Y, sin embargo, siempre acabo haciéndome la misma pregunta. ¿Por qué existe el tiempo? No me refiero a los relojes, ni a los calendarios, ni a esos números con los que intentamos domesticar los días. Hablo de esa corriente invisible que nos arrastra desde el primer llanto hasta el último aliento sin concedernos jamás la posibilidad de regresar. Vivimos dentro del tiempo como el pez vive dentro del agua. Nos envuelve de tal manera que hemos dejado de percibirlo. Sólo advertimos su presencia cuando nos roba algo: la infancia, los padres, los amigos, la juventud, la salud... o un rostro querido cuya ausencia continúa ocupando el mismo lugar que antes ocupaba su presencia. Es entonces cuando comprendo que el tiempo no transcurre, sino que somos nosotros quienes transcurrimos. Tal vez por eso la humanidad inventó una palabra extraordinaria: eternidad.
Y la creó no para describir algo que conocía, sino precisamente para nombrar aquello que jamás ha conseguido comprender. Hay palabras que nacieron para señalar objetos: árbol, río, montaña, estrella... Pero hay otras que no señalan nada visible. Son palabras que apuntan hacia un misterio. Eternidad es una de ellas. Su origen latino, aeternitas, parece ofrecer una definición sencilla: aquello que no tiene principio ni fin. Sin embargo, basta detenerse unos segundos a pensarla para advertir que esa explicación no resuelve nada. Al contrario. Lo complica todo. Porque nosotros sólo sabemos pensar en términos de principio y de final. De hecho, todo cuanto conocemos empieza. Todo cuanto amamos termina. Nuestra inteligencia está construida sobre la sucesión de los acontecimientos. Incluso la imaginación necesita un antes y un después para inventar una historia. ¿Cómo puede entonces una mente limitada por el tiempo comprender aquello que, por definición, está más allá del tiempo? Quizá por eso he llegado a sospechar que ninguna definición de la eternidad resulta satisfactoria. No porque sea incorrecta, sino porque pretende explicar con palabras una realidad que acaso no pertenece al lenguaje.
Porque hay cuestiones que la inteligencia puede resolver. Pero otras sólo puede contemplarlas. Cuando era niño, en aquel Marruecos de mi infancia, imaginaba que el universo tenía un borde. Creía que, viajando lo suficiente, acabaría encontrando una inmensa pared detrás de la cual comenzaría otra realidad. Recuerdo incluso haber pensado qué aspecto tendría esa frontera y quién habría construido semejante muralla. Hoy sonrío al recordar aquella ingenuidad. Y, sin embargo, no estoy seguro de haber avanzado demasiado. Ahora ya no imagino una pared. Fantaseo con lo que la ciencia intenta explicarnos, el espacio curvándose sobre sí mismo, universos paralelos, dimensiones ocultas, espuma cuántica, energía oscura... Pero la pregunta sigue siendo exactamente la misma. ¿Qué hay después? Obviamente no lo sé. Quizá crecer consista únicamente en cambiar el vocabulario de nuestras ignorancias. He leído a filósofos, científicos, teólogos y poetas. Cada uno sostiene una linterna distinta. Todos iluminan un fragmento del camino. Ninguno consigue disipar la noche. Y eso, lejos de decepcionarme, me produce una inesperada serenidad. Porque empiezo a sospechar que el misterio no es un enemigo del conocimiento. Es su condición indispensable. Pues, si todo estuviera explicado, el pensamiento habría dejado de respirar hace mucho tiempo.
Hay una frase atribuida a Sócrates que todos conocemos: “Sólo sé que no sé nada”. Con frecuencia se interpreta como una declaración de humildad. Yo creo que es mucho más que eso. Es la puerta de entrada a toda la filosofía. Sólo quien acepta el tamaño de su ignorancia puede comenzar a comprender algo. De ahí que las preguntas importantes nunca envejezcan. Envejecemos nosotros. Ellas permanecen. Son las mismas que acompañaron a los primeros seres humanos cuando miraban el cielo desde la entrada de una cueva. Son las mismas que desvelaron a Platón, a San Agustín, a Pascal, a Kant, a Einstein o a Borges. Cambian los telescopios. Cambian las ecuaciones. Cambian las metáforas. Pero la pregunta continúa esperándonos cada noche, silenciosa, sobre nuestras cabezas. Hay algo profundamente conmovedor en esa obstinación. Porque, si lo pensamos bien, resulta extraordinario que un pequeño planeta perdido en un rincón de una galaxia cualquiera haya dado origen a una especie capaz de preguntarse por el origen del propio universo. Tal vez la inteligencia no sea la culminación de la evolución. Tal vez sea el instante en que el cosmos comenzó a interrogarse a sí mismo. Y si esa intuición fuera cierta, aunque sólo fuera como una hermosa metáfora, habría que admitir una posibilidad que estremece. Puede que la eternidad no empezara cuando nació el universo. Quizá empezó mucho después. El día en que el tiempo... se hizo una pregunta.
