Los números tienen la virtud de parecer verdades indiscutibles. Las encuestas suben y bajan como las mareas, y quien las agita como banderas pretende llevarnos por el laberinto estadístico hasta la conclusión que le conviene. Pero hay algo que me inquieta bastante más que las cifras, por discutibles que sean: la asombrosa facilidad con que quienes deberían defender los intereses de los ciudadanos acaban enredados en sus propias batallas.
A mi edad uno ha visto pasar demasiados trenes cargados de esperanza como para confundir una estación con el destino. Celebro los acuerdos, siempre raquíticos, que permiten a las fuerzas progresistas sumar esfuerzos para frenar ciertas maniobras de la derecha. El pacto para las listas al Senado puede ser útil, incluso necesario, cuando se avecinan decisiones trascendentales sobre la renovación de los órganos judiciales. Pero la pregunta persiste: ¿por qué resulta tan sencillo entenderse cuando se trata de repartir posiciones e imposible cuando se trata de construir un proyecto común? ¿Por qué aparece la generosidad para sentarse y se evapora cuando toca renunciar a una parcela de protagonismo?
La negociación entre el Frente Amplio, Podemos y Esquerra Republicana es el último y más doloroso ejemplo. Se ha malogrado una oportunidad que no volverá a presentarse en las mismas condiciones, y conviene señalar con nombres y apellidos a quienes tienen mayor responsabilidad en el naufragio. En este sentido y desde mi punto de vista, Irene Montero e Ione Belarra han vuelto a anteponer la supervivencia de su marca a la de la causa que dicen servir. Han convertido cada mesa de diálogo en un examen de pureza ideológica en el que los demás siempre suspenden y ellas siempre aprueban. Quien negocia con la convicción previa de que la razón le pertenece por entero no negocia: dicta. Y quien dicta, cuando los demás no obedecen, se queda con su razón, con su sigla y con su soledad.
Respecto a Gabriel Rufián esperaba otra cosa, y de ahí mi decepción. Durante meses escuché sus intervenciones en el Congreso y reconocí en algunas de sus palabras una voz capaz de sacudir el conformismo. Hoy esa esperanza parece prisionera de los mecanismos de siempre. Pactar con Podemos sin las primarias que antes se proclamaban condición indispensable deja en el aire una pregunta incómoda sobre la coherencia de quienes las invocaban. Rufián pudo dar un paso al frente, romper las ataduras de su partido y ofrecerse como punto de encuentro de una izquierda más amplia y menos sometida a las viejas siglas. Prefirió la comodidad de la trinchera a la intemperie del campo abierto. Comprendo el precio personal de una ruptura, pero permanecer también es una elección, y a veces la más cómoda para quien la toma y la más cara para quienes confiaron en él.
Tampoco quedan libres de reproche Ada Colau y la dirección del Frente Amplio. A quien ha gobernado una gran ciudad y conoce el peso de las instituciones se le suponía una capacidad de arbitraje, de tender puentes y de ceder a tiempo, que no se ha visto. En lugar de ejercer de pegamento, el Frente Amplio ha parecido un actor más en la disputa, atento a su propio equilibrio interno y a su cuota de cartel. Quien nace con la bandera de la unidad no puede permitirse administrarla como un patrimonio. El ejemplo de Barcelona, con la alcaldía perdida por Ernest Maragall en un juego de cálculos que desengañó a muchos votantes, debería haber enseñado que estas heridas no se cierran con discursos posteriores: se quedan dentro, como una piedra en el zapato de la memoria.
Y es que lo más triste no es el error de un dirigente ni la contradicción de una formación, sino el naufragio de una esperanza compartida. Los votos no son propiedades privadas, los partidos no son fincas heredadas ni los escaños refugios donde alimentar vanidades. Son una confianza prestada, y quien la recibe contrae la obligación moral de ponerla al servicio de los demás. Los ciudadanos no votan para que sus representantes se contemplen en el espejo de su propia importancia, sino para que resuelvan problemas, protejan derechos y construyan un futuro más justo. Hablo con conocimiento de causa y con dolor. Yo también creí en ese sueño, compartí esa ilusión y llegué, hace años, a presentarme a unas elecciones convencido de que merecía la pena. Por eso mi decepción no nace de haber abandonado los ideales, sino de ver cómo algunos de quienes debían encarnarlos los han convertido en moneda de cambio. No me decepciona la izquierda como aspiración de justicia; me decepcionan sus egoísmos, sus egos desmedidos y esa incapacidad recurrente de comprender que el proyecto colectivo está siempre por encima de la ambición individual. Y así, mientras unos discuten quién dirige la orquesta, la música se apaga; mientras se disputan las llaves de la casa, las paredes se agrietan. Más allá de sus torres de campanario crecen fuerzas que no ocultan su voluntad de revancha. Dicen que Benjamin Franklin sentenció, ante la firma de la Declaración de Independencia Americana, que si no permanecían unidos acabarían ahorcados por separado. Aquí, afortunadamente, nadie corre ese riesgo, pero la lección vale igual: las causas nobles no siempre mueren por los golpes de sus adversarios, a veces se desangran por las heridas que se infligen sus propios defensores.
Al final, los ciudadanos no recordarán quién impuso su nombre en una lista ni quién logró sentarse más cerca del poder. Recordarán quién estuvo a su lado cuando lo necesitaban y quién tuvo la grandeza de renunciar a una victoria personal para evitar una derrota colectiva. Y cuando la izquierda de la izquierda, descubra que otros han ocupado la casa que ella dejó vacía, no podrá culpar solo a quienes esperaban al otro lado de la puerta. Tendrá que reconocer que también ella contribuyó a dejarla vacía.