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lunes, 9 de febrero de 2026

Trump camino de la autocracia: el poder detrás del poder.

 

Tal y como relatábamos en el artículo anterior, las calles de Minneapolis y Saint Paul se convirtieron en el escenario de una escalada de violencia institucional que dejó muertos, detenciones masivas y una sociedad sacudida por el miedo. La actuación de agentes federales de inmigración, las muertes de civiles y la separación de familias no fueron hechos aislados, sino síntomas de una dinámica más profunda que ahora exige ser analizada: las implicaciones políticas de esta deriva y el poder que la sostiene. Es decir, corresponde ahora entender qué hay detrás de esa violencia y qué estructura de poder la impulsa desde la Casa Blanca.

 

En respuesta de ello, ante estos hechos inauditos y la ola de brutalidad, los ciudadanos de Minneapolis y Saint Paul, del Estado de Minnesota, han reaccionado y han sido el epicentro de las protestas más grandes y prolongadas contra semejante barbarie. Manifestaciones que incluyen marchas, vigilias, cierres de negocios y una huelga general estatal contra las operaciones del ICE. Unas marchas de protesta que comienzan a ser secundadas por otras grandes ciudades americanas como San Francisco y Los Ángeles en el Estado de California, Nueva York City, Boston, Filadelfia, Detroit y/o Portland, esta última en el Estado de Oregón, bajo el lema National Shutdown / ICE Out of Everywhere (Paro nacional / Que el ICE se vaya de todos lados).

 

Todo esto ha provocado que el matonismo del presidente Trump, cuya lógica responde al pensamiento: “el mal es el bien”, y que solo respeta a los fuertes, comience a dar marcha atrás. Y así, ha sustituido a Gregory Bovino por Tom Homan, designado como border czar (zar de la frontera), un cargo de alto nivel directamente nombrado por el Presidente Trump para coordinar las políticas de inmigración y deportación a nivel federal. No obstante, no nos engañemos, lo más terrorífico es que Trump no está solo, sino que se encuentra rodeado de una enorme concentración de poder que incluye a los megamillonarios tecnológicos, las gigantescas corporaciones industriales y las poderosas multinacionales del petróleo, así como intereses políticos y financieros que influyen en cómo, cuándo y por qué se toman determinadas decisiones en la Casa Blanca, lo cual debería preocupar más a la opinión pública. Y, entre todos ellos destaca Peter Thiel, magnate de Silicon Valley, que combina capital financiero, influencia tecnológica y visibilidad mediática, lo que lo convierte en un actor clave en la política de Donald Trump. Y es que, desde 2016 ha sido uno de sus principales donantes, fortaleciendo redes de apoyo y posicionándose como poderoso influyente en decisiones sobre empleo, seguridad y políticas migratorias, promoviendo reformas basadas en su visión de “mérito tecnológico”.

 

Ese entramado de alianzas entre poder político, capital tecnológico y grandes intereses económicos no opera de forma visible en cada decisión, pero sí configura el marco dentro del cual esas decisiones se vuelven posibles, aceptables e incluso “necesarias” para ellos. La violencia institucional deja entonces de ser una reacción puntual y pasa a convertirse en una herramienta de gestión del conflicto social. Se normaliza el estado de excepción difuso, la vigilancia constante y la criminalización de los inmigrantes, con y sin papeles, así como del disenso. Y es que lo que está en juego ya no es solo una política migratoria, sino el propio modelo de relación entre Estado y ciudadanía. Cuando el poder se protege a sí mismo por encima de los derechos, la democracia empieza a vaciarse sin necesidad de ser abolida formalmente. Es, en ese desplazamiento silencioso, donde se incuban las transformaciones más profundas y peligrosas

 

En este contexto, es precisamente ese cruce entre poder desbocado, violencia institucional y desprecio por la dignidad humana, por el que se desliza Donald Trump, lo que alarma a muchos analistas políticos, académicos y observadores en Europa y Estados Unidos. Estos expertos, muestran su preocupación y afirman que hay una deriva autoritaria real en el comportamiento del Presidente de los EE.UU y sus efectos sobre la propia democracia americana. En este sentido, parece hoy más conveniente que nunca, mirar hacia donde la historia, una vez más, vuelve a hablarnos. Porque nada de lo que en la actualidad contemplamos es nuevo: ya los antiguos sabían que, cuando un líder se rodea de aduladores y ejecutores sin escrúpulos, el Estado entero se desliza hacia la barbarie. Y es que como escribió Tácito en sus Anales: “Cuanto más corrupto es un Estado, más numerosas son sus leyes”. Una sentencia que hoy resuena con una claridad insoportable; pues, cuando el poder se blinda a sí mismo, cuando multiplica normas, agentes del ICE y dispositivos para sostener su propia impunidad, no es la seguridad lo que crece, sino el miedo. Y frente a ese miedo, solo queda la “resistencia cívica” que los antiguos llamaban virtus; es decir, la defensa activa de la dignidad humana frente a cualquier forma de tiranía y barbarie.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

miércoles, 4 de febrero de 2026

Gregory Bovino: comandante en jefe de la Gestapo de Trump

 

Bovino, del latín bovinus, dícese de un mamífero rumiante cabestro, con la pistola en el estuche lista para su funcionamiento, el hocico ancho y desnudo y la inteligencia escasa. Un espécimen peinado a lo nazi, que viste como un nazi, se comporta como un nazi, habla y dice cosas como un nazi, y hace los gestos de un nazi. ¿Qué es este Bovino…? Tal vez solo sea un cobarde metido a desmontar toda la evolución cultural humana y cuyos principios están lo más potencialmente alejados de la dignidad con la que hemos ido tejiendo el horizonte utópico de la democracia. Un abrupto personaje de la peor calaña, venido a más por obra y gracia de su Jefe de la Casa Blanca y de los pobres ignorantes de ese país llamado Estadios Unidos, que alegre e ingenuamente eligieron Presidente a Donald Trump.

 

Todos los dictadores encuentras lacayos fascistas que llevan a cabo sus delirios. Y el presidente Trump lo ha encontrado en Gregory Bovino, su secuaz más visible. Un tipo duro, muy duro que ha ejercido el cargo de comandante de la Patrulla Fronteriza a cargo del operativo de ICE en Minneapolis. Un ICE (Immigration and Customs Enforcement,), que es el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, una agencia federal de Estados Unidos dependiente del Departamento de Seguridad Nacional (DHS), creada en 2003, y que, con su espeluznante estética neo SA, lleva camino de convertirse en los nuevos "Camisas pardas", el término que se aplicaba a las Sturmabteilung, las “Tropas de Asalto del Partido Nazi”, por llevar uniformes marrones/pardo. Son puro trumpismo: por su actitud violentos y por lo que hacen, inhumanos, racistas y supremacistas.

 

A este respecto, debe señalarse que tanto Bovino como sus nazis del ICE no han surgido de la nada, sino que han salido de las malas decisiones del Comandante en Jefe de las fuerzas armadas de los EE.UU. Y, como en las peores distopías, en dicho país se ha empezado a morir por fuego amigo. Es lo que ha ocurrido en las calles de Minneapolis en estos pasados días y quizás ocurra nuevamente en ella o en otras ciudades americanas, en las que el “fuego "amigo" está en la propia casa. Y los que disparan no son unos locos a los que les gustan las armas, sino violentos y fanáticos norteamericanos que tirotean a otros norteamericanos, cuyas “armas” son teléfonos móviles y su traición es reclamar justicia para los perseguidos inmigrantes que en ese país trabajan. El objetivo del ICE no es detener a terroristas de Al Qaeda, a narcotraficantes u otros criminales, sino que es cualquier ciudadano que disienta de la barbarie imperante. Pues ellos, estos nuevos nazis, solamente escuchan, atienden y defienden, en exclusiva, al líder de la Casa Blanca, el único que tiene la verdad y la palabra.

 

El ICE está en Minneapolis, no por casualidad, sino porque desde finales de diciembre de 2025, el gobierno federal de Estados Unidos inició una operación masiva de aplicación de leyes migratorias en Minnesota, especialmente en la zona metropolitana de su capital, Minneapolis, y de cercana Saint Paul, feudos del partido demócrata que, además, albergan una de las mayores poblaciones de inmigrantes provenientes principalmente de Somalia y México. Esta intervención, conocida como Operation Metro, es descrita por el DHS como el mayor despliegue de agentes federales para arrestar y deportar inmigrantes indocumentados. Sin embargo, la presencia de miles de agentes de ICE y otras agencias federales, junto con el uso de tácticas agresivas y paramilitares en barrios, con detenciones masivas, ha derivado en hechos de violencia letal contra civiles. Así ha ocurrido en Minneapolis, en donde agentes del citado ICE dispararon y mataron a Renée Nicole Good, una mujer estadounidense de 37 años, poeta, madre de familia y residente de en dicha localidad, que murió cuando fue asesinada por Jonathan Ross, un agente del Servicio del ICE, el pasado 7 de enero de 2026 mientras estaba dentro de su vehículo en una calle de Minneapolis durante un operativo migratorio. De manera similar, Alex Jeffrey Pretti, ciudadano estadounidense también de 37 años, enfermero de cuidados intensivos y residente de Minneapolis, murió al ser abatido por los agentes federales del ICE Jesús Ochoa y Raymundo Gutiérrez, el 24 de enero de 2026, cuando estaba observando y grabando a los agentes, según testimonios y análisis de videos, que atestiguan el hecho de que no había sacado ni usado un arma que portaba antes de ser asesinado, pese a que oficialmente las autoridades alegaron defensa propia. En este mismo contexto, el 20 de enero, en la localidad de Columbia Heights (Minnesota), un suburbio de Minneapolis, agentes del ICE detuvieron al niño de cinco años, Liam Conejo Ramos, convertido en todo un símbolo, junto con su padre, Adrian Conejo Arias, durante una operación de inmigración. Ambos fueron trasladados a un centro de detención familiar en Texas, pero separados, hasta que el juez federal Fred Biery, del Tribunal Federal del Distrito Occidental de Texas, dictó la orden para que fueran puestos en libertad de su detención por inmigración el sábado 31 de enero de 2026 y ejecutadas el domingo 1 de febrero de los corrientes.

 

(Continuará)

sábado, 24 de enero de 2026

El fin del orden internacional basado en reglas ( II )

 

Tras constatar el colapso del orden internacional basado en reglas y la naturalización del abuso de poder como forma de gobierno, como señalaba en el anterior artículo, queda por abordar una cuestión más profunda y menos visible. No se trata solo de la vulneración de normas o tratados, sino de la transformación del marco moral que permite justificarlas. Ya que, cuando la transgresión deja de presentarse como excepción y comienza a asumirse como virtud, el problema ya no es únicamente jurídico o político, sino civilizatorio.

 

La desigualdad económica, el egoísmo feroz y el adoctrinamiento moral están acabando con nuestra civilización. Sin embargo, lo verdaderamente inquietante no es la constatación de esta realidad ni la fragilidad del derecho internacional —algo ya conocido—, sino la naturalidad con la que su suspensión empieza a presentarse como un acto de higiene moral. En este nuevo relato, la fuerza deja de requerir legitimación jurídica y se reviste de una supuesta superioridad ética. Y es que, cuando la intervención se ampara en nociones difusas como “civilización”, “orden” o “seguridad”, el adversario deja de ser un actor político con derechos para convertirse en un residuo a eliminar. En ese punto se produce el desplazamiento decisivo: no se vulnera solo una norma, sino el lenguaje mismo que permitía distinguir entre poder y legitimidad.

 

Este desplazamiento no se produce de manera espontánea ni accidental. Requiere una pedagogía constante, un relato simplificado y emocionalmente eficaz que reduzca conflictos complejos a dicotomías morales elementales. En ese proceso, los medios de comunicación afines, las plataformas digitales y las redes sociales desempeñan un papel central, no tanto por la información que difunden como por la forma en que estructuran la percepción de la realidad. La reiteración de consignas, la deslegitimación sistemática del disenso y la exaltación de la fuerza como virtud política contribuyen a crear un clima en el que la excepción deja de percibirse como anomalía y pasa a ser entendida como necesidad.

 

Y así, cuando este marco se consolida, el derecho ya no aparece como garantía frente al abuso, sino como obstáculo para la acción. La legalidad se asocia a debilidad, la deliberación a ineficacia y el pluralismo a desorden. De este modo, la suspensión de normas fundamentales no solo se tolera, sino que se celebra como signo de determinación y coraje. El daño más profundo no reside entonces en la infracción puntual, sino en la erosión de los criterios mismos con los que una sociedad distingue entre autoridad legítima y dominación arbitraria. La excepción deja de escandalizar y pasa a convertirse en método.

 

Este desplazamiento del derecho y del multilateralismo hacia formas de poder personalizadas no es una abstracción teórica, sino una dinámica ya visible en propuestas políticas concretas. Así, de hecho, Donald Trump ha propuesto la creación de un nuevo organismo internacional destinado a sustituir a las Naciones Unidas, al que se ha referido como la “Junta de Paz” o “Board of Peace” Esta iniciativa la ha presentado en el Foro Económico Mundial de Davos, el pasado jueves 22 de los corrientes, y surge como una crítica directa a lo que Trump considera la lentitud e ineficacia de la ONU para gestionar y mediar en los conflictos globales. Según lo expuesto, el objetivo principal de la “Junta de Paz” sería actuar como un ente internacional más ágil y eficiente en la resolución de crisis internacionales y, para ello, se plantea una estructura mucho más reducida que la de la ONU. A diferencia del modelo multilateral tradicional, los miembros de este organismo no serán elegidos por votación entre los Estados, sino invitados directamente por Trump, que, además de autoproclamarse presidente de la organización, exige a los países interesados a pagar mil millones de dólares en efectivo para garantizar un puesto permanente dentro del consejo. En conjunto, se trata de una propuesta a la que no cabe otra opción que interpretarla como un intento de debilitar o desmantelar el multilateralismo tradicional que representa la ONU, sustituyéndolo por un sistema centralizado y controlado desde una sola figura de poder, la de Donald Trump.

 

En este contexto, la historia demuestra que estas mutaciones no debilitan únicamente a quienes son atacados, sino al sistema que dice defenderse. Los órdenes políticos que aceptan sacrificar sus principios en nombre de su preservación acaban perdiendo ambos. Y, Europa, lejos de ser una víctima colateral de este proceso, actúa con frecuencia como testigo complaciente, aceptando implícitamente que las reglas solo rigen mientras no incomoden al poder. Esa resignación, presentada a menudo como pragmatismo, constituye en realidad una renuncia consciente a la autonomía política y moral.

 

Por ello, conviene recordar la célebre reflexión de Karl Popper sobre la intolerancia, formulada en La sociedad abierta y sus enemigos. Popper advertía que la tolerancia ilimitada conduce a la desaparición de la tolerancia misma, pues si una sociedad no se defiende frente a quienes son intolerantes, termina siendo destruida por ellos. De ahí que reivindicara, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes. Ignorar esta advertencia no es un gesto de prudencia ni de moderación, sino una claudicación. En un contexto en el que la fuerza se reviste de moralidad y el abuso se normaliza, renunciar a la defensa activa de los principios democráticos equivale, sencillamente, a facilitar su desaparición.

 

jueves, 22 de enero de 2026

El fin del orden internacional basado en reglas ( I )

 

Durante décadas, la hegemonía estadounidense se sostuvo no solo en su capacidad militar, sino también en la pretensión de encarnar algo más que el ejercicio desnudo del poder: un orden basado en reglas, instituciones y consensos. Ese marco ha llegado a su fin. Y, en consecuencia, asistimos hoy, de forma casi cotidiana y bajo una nueva gobernanza mundial dictada por Donald Trump, a la progresiva perversión de las normas que la comunidad internacional fue construyendo durante décadas. Instituciones hasta hace poco respetadas —como la ONU, el Tribunal Penal Internacional, diversos tratados internacionales o incluso órganos legislativos— son ignoradas o directamente vulneradas. El presidente de Estados Unidos actúa política y militarmente al margen del derecho nacional e internacional con desfachatez, impunidad y máxima publicidad. Lo hace ante nuestros ojos, generando, con la indispensable colaboración del Partido Republicano, de medios de comunicación y redes sociales afines o directamente controladas por él, la impresión de que dichas normas, lejos de garantizar valores democráticos, constituyen obstáculos para una acción ejecutiva presentada como eficaz. Sus acciones, ampliamente difundidas y celebradas, consolidan un nuevo orden que desmantela acuerdos fundamentales y degrada el derecho internacional a mera retórica prescindible.

 

Este proceso no puede entenderse sin atender a la naturaleza del liderazgo que lo impulsa. En los tiempos que corren, ha quedado meridianamente claro que muchos tiranos contemporáneos se legitiman mediante las urnas; no es necesario poner ejemplos, están a la vista de todos. Y, ese aval electoral, en el caso concreto de los EE.UU., ensamblado al inmenso poder económico, militar y tecnológico del país que gobierna, le permite proclamarse soberano absoluto del sistema internacional. Y es que el desprecio de Donald Trump por cualquier principio que sugiera mesura, cooperación o respeto comenzó a manifestarse desde los primeros días de su mandato, mediante ataques sistemáticos a los derechos humanos, a la estabilidad económica, a la limpieza informativa y a los propios fundamentos democráticos. Y de esta manera, la democracia queda así reducida a una carga burocrática, incompatible —según este discurso— con la eficacia del poder. De hecho, Donald Trump actúa como un autócrata y, a la luz del comportamiento del ICE, está allanando el camino hacia una forma de poder abiertamente dictatorial.

 

Desde esta lógica, su forma de gobernar resulta coherente con una concepción personalista y unilateral del poder. Trump no cuenta con nadie más que consigo mismo y, en algún caso, con su gabinete. Está dispuesto a convertir a los aliados europeos en vasallos, obligados a pagar el “diezmo arancelario” que se les imponga sin respeto alguno por las reglas vigentes. Nadie le marca límites, y tampoco intenta ocultarlo, pues desde su llegada a la Presidencia proclama abiertamente que Estados Unidos es la nación más poderosa del mundo, tanto militar como económicamente. Esa premisa justifica, en su esquema mental, el recurso prioritario a la fuerza —como en el caso de Venezuela— y, posteriormente, a la coerción económica. Como viene realizando mediante presiones sobre Japón, Corea del Sur, la Unión Europea o los BRICS, buscando cortar vínculos con China, generar dependencia y, en última instancia, asfixiar estratégicamente al emergente y poderoso enemigo asiático.

 

Las consecuencias de esta política ya no son hipotéticas. Si hay una pregunta que atraviesa la historia de las sociedades es cómo se genera la prosperidad. Durante siglos se han ensayado respuestas diversas: la solidez de las instituciones, el papel del mercado, la inversión en capital físico y humano, o los distintos modelos fiscales. Es un debate central de las ciencias sociales y, todavía hoy, lejos de estar cerrado. Sin embargo, frente a esa complejidad histórica y teórica, la Administración Trump ha dejado claro que sus decisiones se sitúan por encima del derecho internacional y que será él quien dicte las reglas a partir de ahora. De hecho, la intimidación se está convirtiendo así en su principal herramienta y, en este escenario, Venezuela parece haber sido solo el primer objetivo, con Cuba en el horizonte inmediato y Groenlandia —rica en petróleo y recursos minerales estratégicos— presentada como un posible siguiente escenario, reducida a un problema de mera apropiación de recursos, pero con la retorica de que es vital para la Seguridad Nacional de EEUU. En este contexto, Europa destaca no por su resistencia, sino por su docilidad, aunque en estos últimos días parece vislumbrarse cierto cambio de actitud. No obstante, de momento, ha aceptado aranceles arbitrarios y agresiones a sus intereses, adoptando una política de apaciguamiento que recuerda inquietantemente a la seguida por Chamberlain frente a Hitler. La agresión contra Venezuela no solo vulnera el derecho internacional, sino que sienta un precedente que puede alentar a otras potencias a actuar del mismo modo en sus áreas de influencia, como Rusia en Ucrania o China respecto de Taiwán. Es por ello que, de persistir esta dinámica, el riesgo de una escalada global deja de ser una advertencia retórica.

 

(Continuará)