Desde niño siempre había querido escribir, que no es lo mismo que ser escritor. Escribo unas veces desde el presente recuerdo y, en otras ocasiones, desde el recuerdo presente. Y sin embargo, hay días en los que esa inclinación íntima parece encontrar su eco en el mundo. El día 23 de abril es uno de ellos. Y es que ese día, en el que las calles se llenan de libros como si fueran panes recién hechos y las manos se buscan entre páginas y rosas, uno tiene la tentación de creer que escribir es un acto público. Que pertenece a la celebración, al bullicio, al intercambio. Pero no es verdad. Escribir, en realidad, sucede en voz baja. Lejos del ruido, incluso cuando las calles se llenan de libros y de rosas. Sucede, por ejemplo, en la soledad de un cuarto donde el reloj avanza sin testigos, o en una mesa de un escritorio cualquiera donde el café se enfría mientras una frase se resiste. En el fondo, escribir es reescribir hasta que el párrafo deja de avergonzarte. Hasta que, por un instante breve y casi milagroso, lo que has querido decir se parece un poco a lo que has escrito. Y aun así, nunca del todo es perfecto.
Entonces, ¿cómo y qué es escribir? La pregunta tiene algo de trampa. Es como preguntarle a quien ha estado en el fondo del mar cómo es la oscuridad o a quien ha regresado de muy lejos cómo suena el silencio. Porque escribir no se explica, se atraviesa. Y quienes escribimos en un diario —si es que podemos llamarnos así sin rubor— lo hacemos quizá porque antes fuimos lectores, espías discretos de vidas ajenas, y un día decidimos exponernos, cruzar la frontera, convertirnos en lo observado.
Personalmente, no escribo para nadie en concreto. Ni siquiera para quien ahora lee estas líneas. Escribo para mí, como quien habla solo en una habitación vacía y, sin embargo, siente que alguien escucha. Escribo por una mezcla de obstinación y de placer, por ese impulso antiguo que me empuja a ordenar el mundo cuando el mundo no tiene orden. A estas alturas de la vida —cuando uno ya no espera casi nada y ha aprendido a convivir con la intemperie— escribir se parece más, al menos para mí, a una forma de resistencia que a una pasión u oficio.
Recuerdo —y en ese recuerdo hay una lejana ciudad entera latiendo— el día en que escribí mi primer artículo. Era joven, cursaba aquel recordado bachillerato superior, y el miedo ocupaba más espacio que las palabras. Tenía una semana para entregarlo, pero lo terminé en el último momento, cuando la mañana ya era un ruido inevitable. Entré en clase con el texto temblando entre las manos. Mi profesor lo leyó en silencio. Aquel silencio fue, quizás, la primera lección de escritura que recibí. Luego corrigió un par de frases y dijo simplemente: “bien”. No hubo aplausos, ni entusiasmo, ni ceremonia. Solo esa palabra seca que, con los años, he aprendido a valorar más que cualquier elogio. Al cabo de dos días salió publicado en el diario El Faro de Ceuta.
Desde entonces, escribir ha sido siempre lo mismo y siempre distinto para mí. Empieza con una idea —una escena vista al pasar, una frase oída en un autobús, una noticia leída sin demasiada atención— y termina en otro lugar. Porque escribir es descubrir. Uno cree que va hacia un sitio y acaba llegando a otro. Y es que las palabras tienen su propia voluntad, y a veces se desvían, como si supieran algo que nosotros ignoramos. De hecho, hay días en que escribir es como tocar un instrumento. No uno clásico, sino algo más cercano al jazz: una melodía interior que se improvisa mientras avanza. Persigo a los personajes como si no fueran míos, como si también yo los leyera por primera vez. Y en ese seguimiento hay una curiosidad que me salva, una especie de juego que me mantiene a flote. Otras veces, en cambio, escribir es enfrentarme a una ausencia. La palabra que no aparece, que se intuye como un miembro fantasma, que sabemos que existe pero se esconde. Entonces el lenguaje se vuelve un territorio incierto, lleno de huecos y de silencios. Y uno insiste, borra, corrige, vuelve a empezar. Porque escribir es, sobre todo, insistir.
Dicen que el miedo del escritor es el folio en blanco. Desde mi punto de vista, no es cierto. El verdadero miedo es el folio ya escrito. La página vacía aún guarda la promesa de lo que podríamos llegar a ser. La escrita, en cambio, nos devuelve lo que somos: nuestras limitaciones, nuestras torpezas, nuestras repeticiones. Releer es un ejercicio de humildad, a veces también de vergüenza. Y sin embargo, seguimos. Seguimos porque en el interior de cada texto hay un ritmo, un tiempo secreto que nos arrastra. Como en una partitura, las palabras marcan un compás, pero dejan un margen de libertad donde sucede lo esencial. Lo que está escrito no es más que un conjunto de signos que juntan letras. La verdadera historia ocurre en la mente de quien lee, en ese diálogo silencioso que convierte el texto en experiencia. Por eso escribir no consiste en decirlo todo, sino en sugerir lo suficiente. En dejar espacios para que el lector los habite. En confiar en que, al otro lado, alguien completará lo que nosotros apenas hemos insinuado.
A veces pienso que escribo para recordar. No los grandes acontecimientos, sino los detalles: algún hecho de mi infancia o juventud, una calle de una ciudad de Europa por la que caminaba sin rumbo, la luz de una tarde cualquiera, el eco de una conversación casi olvidada con mis padres o amigos. Esos fragmentos que el tiempo amenaza con borrar y que la escritura rescata, aunque sea de forma imperfecta. Porque también en eso fracasa uno: nunca se consigue contar las cosas exactamente como fueron. Pero lo intento. Y vuelvo a intentarlo. Y es que, quizá ese sea el único deber: escribir. Tal vez por ello, en este día de Sant Jordi, repleto de libros y rosas, cuando todo parece celebrar la literatura como un acto compartido, conviene no olvidar que su origen es íntimo. Que cada texto nace de una conversación privada, de una necesidad que no siempre tiene nombre. Y que, al final, escribir es una forma de estar en el mundo sin resignarse del todo a él. Escribo, en definitiva, porque me gusta. Porque me permite vivir otras vidas sin abandonar la mía. Porque, mientras escribo, el tiempo se ordena y la incertidumbre se vuelve, por un instante, soportable. Y también —por qué no decirlo— porque, en ocasiones, al terminar un párrafo, ya no siento vergüenza.


