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lunes, 22 de junio de 2026

El verano que siempre regresa

 

Domingo, 21 de junio. Con la llegada del verano regresan también los recuerdos. No llaman a la puerta ni anuncian su llegada. Simplemente aparecen, como el olor de la tierra caliente después de una tormenta o como la sombra de una nube que atraviesa lentamente un campo de trigo. Todos guardamos algún verano que el tiempo se ha encargado de pulir hasta convertirlo en refugio, un lugar al que volvemos cuando la memoria necesita descansar. Los míos tienen el color dorado de las llanuras castellanas y el sonido lejano de las cigarras en las tardes inmóviles. Viajan hasta un pequeño pueblo perdido en mitad de la meseta, un lugar que nunca fue exactamente mi pueblo y que, sin embargo, terminó habitando para siempre dentro de mí.

 

Llegábamos desde el otro lado del Estrecho, de la atlántica localidad de Larache, bañada por el Lukus y el océano. Una bella ciudad de un Marruecos lejano que hoy suena como un eco de otro tiempo. Pero antes de alcanzar aquel rincón de Castilla había que atravesar un pequeño ritual de viajes, estaciones y despedidas. Recuerdo los viejos aviones de hélice de Iberia a los que, no sin cierto temor, me subían en Tetuán. Eran lentos y ruidosos, y parecían avanzar más por voluntad que por velocidad. Cuando sobrevolaban algunos valles de Andalucía o los montes de Toledo, el aparato descendía bruscamente y nuestros estómagos quedaban suspendidos en el aire durante unos segundos eternos. Para mí aquello no era un vuelo: era una aventura.

 

Madrid era siempre la primera escala. Allí, en la plaza de Neptuno, nos aguardaba un primo carnal de mi madre que trabajaba como responsable de ventas en los almacenes Simeón. Cogíamos un taxi y nos dirigíamos a su casa. Los besos, los abrazos y las comidas familiares formaban parte de una interminable procesión de visitas. Casas distintas, salones distintos, pero las mismas exclamaciones y preguntas repetidas año tras año, como si pertenecieran a una ceremonia obligatoria: ¡Cómo has crecido!, ¡Qué mayor estás!, ¿Estudias mucho?, Toma, come un poco más. Mi hermano y yo asistíamos resignados a aquel desfile de cortesías mientras nuestra madre, educada e imperturbable, cumplía con el deber de saludar a familiares y viejas amistades. Entonces no lo entendíamos. Hoy sé que también ella necesitaba regresar, aunque solo fuera durante unas horas que acababan prolongándose algo más de un día, a una parte de su vida en aquel Madrid que ya no existía.

 

El verdadero viaje comenzaba después. Un tren nos llevaba desde la estación del Norte hacia el corazón de Castilla. Al cruzar las tierras de Ávila, el paisaje de la ventanilla se volvía abrupto y monumental. El convoy avanzaba entre inmensos berrocales donde las piedras caballeras recortaban el horizonte como colosos de granito detenidos en un equilibrio imposible, como si el propio traqueteo del vagón pudiera hacerlos rodar ladera abajo. Más allá, la roca daba paso a una inmensa geografía de campos amarillos, horizontes interminables y pueblos diminutos que parecían brotar de la misma arcilla. Mucho después, como un guardián de ladrillo y sol, aparecía la silueta rojiza del castillo de la Mota, alzándose sobre la llanura y anunciando el final del trayecto. Era la señal de que el viaje en hierro tocaba a su fin. El tren frenaba su marcha cansada en la estación de Medina del Campo y, al bajar, entre el olor a carbón y el eco de los andenes, terminaba una travesía y comenzaba otra: el regreso a las raíces. Allí nos esperaba el viejo taxi, con el motor al ralentí y el conductor, un hombre corpulento y moreno que conocía mejor que nadie las noticias, los secretos y las enemistades acumuladas durante todo un año en el pueblo.

 

Torrecilla de la Orden no era hermosa según los cánones habituales. No tenía montañas espectaculares ni monumentos grandiosos. Era un pueblo austero, hecho de sol, viento y silencio. Pero poseía algo mucho más difícil de encontrar: tiempo. Tiempo para jugar, para explorar, para sentirme libre. Las calles eran nuestro reino. Corríamos detrás de un balón hasta que caía la noche. Jugábamos al bote, al pañuelo, al rescate o a cualquier cosa que pudiera inventarse con imaginación y cuatro amigos. Dormir la siesta era un concepto incomprensible para nosotros. Mientras los mayores buscaban refugio bajo las persianas entornadas, emprendíamos expediciones hacia alguna balsa cercana o caminábamos hasta el río para bañarnos y capturar cangrejos. De aquellos amigos de verano aprendí conocimientos que jamás aparecieron en ningún libro escolar. Aprendí que durante una tormenta era más prudente alejarse de los árboles que refugiarse bajo ellos. Aprendí a reconocer el olor de la tierra antes de que lloviera. Y aprendí también una extravagante costumbre infantil que hoy parece imposible: pasear abejas sujetas por un hilo, como si fueran pequeñas mascotas suspendidas sobre nuestras cabezas. Éramos niños y el mundo entero parecía dispuesto para nuestro asombro.

 

Pero si existe una imagen que regresa cada verano con una claridad intacta es la llegada a la casa familiar. Todavía puedo verla. La puerta de postigo abierta. Los abrazos. Los besos que parecían multiplicarse. Las preguntas atropelladas sobre el viaje, la salud, los estudios y la familia. Después llegaba el reparto de los regalos traídos de tierras lejanas. Aquellos pequeños paquetes tenían algo de ceremonia y algo de magia. Durante unos minutos todos recuperaban la ilusión de los niños. Los agradecimientos se mezclaban con sonrisas, exclamaciones y nuevos abrazos. Luego aparecía la merienda. Sobre la mesa iban desfilando el jamón, los embutidos, el queso, el pan recién cocido y el agua fresca del botijo. Aún hoy estoy convencido de que ningún banquete posterior ha conseguido igualar el sabor de aquellas meriendas de bienvenida en casa de mi abuela y de mis tíos. Cuando terminábamos, mi tío nos llevaba al corral. Aquello era para mí un universo fascinante. Las gallinas escarbaban sin descanso. Las mulas descansaban en las cuadras. Los conejos asomaban entre las sombras. Mi tío conocía cada rincón y cada animal como si formasen parte de la familia. Recuerdo especialmente el momento de alimentar a las gallinas. Bastaba arrojar un puñado de salvado y pronunciar una llamada que todavía resuena en mi memoria: “Titas, titas, titas...”, para que acudieran corriendo desde los lugares más inesperados. Yo observaba aquel espectáculo con la misma admiración que otros niños reservaban para los trucos de magia. Después venían los huevos recién recogidos, todavía tibios bajo las alas de las gallinas. Sostenerlos entre las manos era una enorme responsabilidad. Caminaba despacio, como quien transporta un tesoro. Y luego estaban los cerdos. Y es que, en aquellos primeros veranos descubrí, con el estupor propio de la infancia, que el mundo rural obedecía a leyes distintas de las que yo conocía. Observé cómo los animales contribuían a limpiar el corral a su manera y me quedé contemplándolos en silencio, incapaz de comprender del todo lo que veía. Mi tío lo consideraba lo más natural del mundo. Yo, en cambio, sentí que acababa de descubrir uno de esos secretos que solo conocen los pueblos. Quizá por eso aquellos veranos permanecen tan vivos en el arcón de mi memoria. Porque no recuerdo únicamente los lugares: recuerdo el asombro. El niño que fui sigue caminando por aquellas calles polvorientas, persiguiendo amigos, explorando corrales y escuchando conversaciones de mayores que apenas entendía. Sigue corriendo bajo el sol inmenso de Castilla mientras el verano parece no tener final. Y cada año, cuando junio trae el día más largo y la noche más corta, vuelve a llamar a la puerta. Entonces ese niño regresa conmigo. Tal vez porque la infancia nunca desaparece del todo. Simplemente se esconde en algún rincón de la memoria, esperando que el verano la despierte. Y es que la infancia, de todas las vidas que hemos vivido, quizá sea la única que permanece intacta.

 

sábado, 6 de junio de 2026

La sombra del árbol más alto

 

La política española se parece a veces a esos viejos bosques donde todos creen conocer el origen de cada sombra y, sin embargo, nadie ha visto jamás el instante exacto en que una rama comenzó a proyectarla. Cada cierto tiempo surge un escándalo que sacude la conversación pública. Entonces los ciudadanos levantan la vista y señalan el árbol más alto. Es humano. Y es que, cuando una tormenta arranca tejados, nadie se fija en los arbustos; todas las miradas buscan la copa que domina el horizonte. Así ocurrió con el rey Juan Carlos I. Durante años, al aflorar informaciones sobre su patrimonio o su vida privada, millones de españoles nos preguntamos cómo era posible que familiares, colaboradores, empresarios, políticos y periodistas no supieran nada. La duda parecía razonable. A ojos de la opinión pública, resultaba difícil imaginar que un círculo tan próximo permaneciera ajeno a aquello que, con el paso del tiempo, terminaría ocupando portadas y telediarios.

 

Algo parecido sucedió con los llamados papeles de Bárcenas. Una parte importante de la sociedad llegó a la conclusión de que determinadas explicaciones resultaban poco convincentes. ¿Era creíble que dirigentes de primer nivel desconocieran ciertos hechos? ¿Era plausible que se ignorase quién era M. Rajoy o que los recuerdos se evaporasen precisamente en los asuntos más comprometidos? Aquellas preguntas siguen formando parte del imaginario colectivo. Y otro tanto ocurrió con la Operación Kitchen. Durante años, ciudadanos de todas las sensibilidades políticas se formularon la misma cuestión: ¿cómo pudo desarrollarse una trama de semejante dimensión sin que los máximos responsables estuvieran informados? La sospecha era poderosa porque apelaba al sentido común. Sin embargo, los indicios y conjeturas no son una prueba. Los tribunales trabajan con evidencias; la opinión pública, con probabilidades. He aquí el corazón del problema.

 

La democracia moderna descansa sobre una tensión permanente entre lo que parece evidente y lo que puede demostrarse. Los ciudadanos contemplamos el paisaje desde la cima de la montaña; el juez lo examina grano a grano, como quien analiza cada piedra del camino. Ambos observan la misma realidad, pero utilizan instrumentos distintos. Esa diferencia resulta especialmente relevante en los momentos de máxima polarización. El magistrado José Antonio Martín Pallín ha advertido en numerosas ocasiones sobre los riesgos de sustituir las pruebas por las convicciones y de convertir la sospecha en sentencia anticipada. Del mismo modo, Baltasar Garzón, en su reciente reflexión La democracia amenazada, nos advierte sobre las peligros y desafíos que acechan a las democracias contemporáneas, insiste en la necesidad de preservar las garantías jurídicas incluso cuando la presión mediática o política empuja hacia conclusiones aparentemente obvias. Porque el Estado de Derecho fue concebido precisamente para protegernos de nuestras certezas más apresuradas. Y es aquí donde la actualidad de estos días vuelve a plantear un viejo dilema. Si durante años se ha sostenido que no era posible atribuir automáticamente a un jefe del Estado el conocimiento de todas las actuaciones de su entorno; si se ha defendido que no podía presumirse que un presidente del Gobierno conociera necesariamente todo cuanto ocurría en su partido; si se ha argumentado que la proximidad política no constituye por sí sola una prueba jurídica, entonces el mismo principio debe aplicarse a cualquier otro dirigente, con independencia de las simpatías o antipatías que despierte. Las reglas del juego democrático no pueden cambiar según el color del acusado.

 

Quizá resulte verosímil pensar que un líder sabe más de lo que admite. Quizá también resulte plausible lo contrario. Pero entre ambas posibilidades existe una frontera que ninguna democracia puede permitirse borrar: la que separa la conjetura de la prueba. La historia está llena de palacios donde los reyes ignoraban intrigas gestadas en habitaciones contiguas. Está atestada de presidentes sorprendidos por actuaciones de ministros de confianza. Está repleta de empresarios que descubrieron demasiado tarde lo que ocurría en despachos situados a pocos metros del suyo. Y hasta en el entorno familiar, es abundante que esposas o maridos sean ignorantes de las infidelidades del otro cónyuge. Porque la proximidad física o política no garantiza el conocimiento. A veces lo favorece; nunca lo demuestra. Por eso conviene desconfiar de las conclusiones automáticas. Sin embargo, en estos últimos tiempos, la política contemporánea se ha acostumbrado a juzgar antes de investigar y a condenar antes de escuchar. Pero la democracia no se fortalece cuando se sustituye la evidencia por la intuición. Se fortalece cuando exige para todos la misma vara de medir.

 

Y es que, al final, el árbol más alto seguirá atrayendo todas las miradas. Es inevitable. Lo importante es recordar que una sombra, por extensa que sea, nunca constituye por sí sola una prueba de quién encendió la luz ni de quién apagó la lámpara.

 

 

 

 

viernes, 29 de mayo de 2026

El gran teatro de la regeneración política

 

Hay algo profundamente conmovedor en contemplar al Partido Popular subir hoy al púlpito de la regeneración democrática con expresión severa de párroco escandalizado porque alguien ha robado el cepillo de la iglesia… mientras todavía asoman por debajo de la sotana los restos de décadas de escándalos. España asiste así a una de las representaciones políticas más extraordinarias de su democracia: el partido más golpeado por casos de corrupción erigiéndose en auditor moral del país. Es como contratar a un tiburón para vigilar un vivero de sardinas.

 

Porque sí, efectivamente, el PSOE acumula hoy titulares nauseabundos, sospechas, comisiones y un aroma cada vez más intenso de fontanería política. Nadie con un mínimo de honestidad intelectual puede negar que la podredumbre vuelve a filtrarse, en esta ocasión, por las cañerías del poder socialista. Pero lo verdaderamente fascinante es contemplar al PP reaccionando con la indignación de una institutriz victoriana, como si sus propias décadas de corrupción hubiesen sido apenas una travesura juvenil o una confusión contable provocada por el calor. Y ahí aparece Alberto Núñez Feijóo avanzando hacia La Moncloa con solemnidad de cruzado dispuesto a liberar Jerusalén de los infieles de la corrupción socialista. Qué tranquilidad transmite saber que detrás de él se alza esa organización inmaculada que jamás tuvo nada que ver con sobresueldos, mordidas, adjudicaciones amañadas o tesoreros con cuentas en Suiza. El PP parece haberse transformado, milagrosamente, en una congregación de monjes cartujos especializados en ética pública.

 

Conviene, sin embargo, refrescar la memoria de este país tan propenso a la amnesia selectiva. Ahí están Gürtel, Púnica, Lezo, Taula, Brugal, Palma Arena, Kitchen, Bárcenas, Caja B y tantos otros casos que terminaron convirtiendo el mapa judicial del Partido Popular en una especie de catálogo permanente de corrupción institucional. De todos ellos, Gürtel fue probablemente la gran catedral barroca del soborno: adjudicaciones públicas convertidas en mercadillo privado y una maquinaria tan obscenamente engrasada que el propio Partido Popular acabó condenado como partícipe a título lucrativo. Una expresión jurídica elegantísima para decir que el partido se benefició económicamente de la fiesta.

 

Después apareció Luis Bárcenas, aquel tesorero de aspecto funerario que custodiaba los célebres papeles manuscritos con sobresueldos y anotaciones misteriosas. Entre ellas, el legendario “M. Rajoy”, criatura mitológica de nuestra política reciente. ¿Quién era exactamente aquel “M. Rajoy”? ¿Un monje trapense? ¿Un vendedor de percebes? ¿Una presencia ectoplasmática que flotaba por Génova repartiendo sobres entre las sombras? Mariano Rajoy siempre pareció poseer una extraordinaria capacidad para la evaporación burocrática: un hombre tan gaseoso que uno tenía la impresión de que podía desintegrarse en partículas administrativas al abrir demasiado rápido una ventana del Congreso. Y llegaron también los discos duros destruidos a martillazos en la sede nacional del partido. Aquella escena memorable donde hombres trajeados golpeaban ordenadores con el fervor de inquisidores medievales intentando expulsar demonios digitales. Faltaban únicamente las antorchas y un monje gritando en latín.

 

Y, por si todo ello resultara insuficiente, apareció la Operación Kitchen: las cloacas del Estado puestas presuntamente al servicio de la supervivencia política, hoy sentadas en el banquillo. Espiar a Bárcenas para recuperar documentación comprometedora fue una idea tan grotesca que incluso los guionistas de Netflix la habrían considerado excesiva. Y, sin embargo, pese a semejante historial, el PP comparece hoy ante los españoles revestido de pureza moral, señalando al PSOE con el dedo tembloroso de indignación patriótica. Uno escucha ciertos discursos sobre regeneración democrática y tiene la sensación de asistir a una conferencia sobre veganismo impartida por Hannibal Lecter.

 

Naturalmente, la corrupción no pertenece en exclusiva a ningún partido. España ha visto desfilar escándalos de distintos colores políticos. Pero existe una diferencia entre una mancha aislada y una estructura repetida durante décadas. Ahí las hemerotecas, las sentencias y los autos judiciales resultan bastante menos ideológicos que muchos tertulianos. Y quizá esa sea la tragedia de fondo. El PSOE tiene motivos sobrados para sentir vergüenza. Quienes llegaron prometiendo regeneración y ejemplaridad terminan hoy atrapados en mecanismos demasiado parecidos a aquellos que aseguraban combatir. Como si toda la historia reciente de España no hubiese servido absolutamente de nada. No obstante, resulta difícil no apreciar cierta comicidad involuntaria en el hecho de que el PP pretenda desalojar a Sánchez de La Moncloa como si fueran los Caballeros Blancos de la Honestidad, cuando en realidad avanzan sobre décadas de sumarios, financiaciones irregulares y corrupción sistémica.

 

Y así seguimos: atrapados entre unos que parecen no haber aprendido demasiado y otros que, sencillamente, impartieron el curso avanzado.

 

 

 

 

 

 

martes, 26 de mayo de 2026

Esperpento fiscal: La patria en calzoncillos

 

Hay días en los que uno contempla la actualidad política y siente que vive dentro de una novela de Kafka escrita por los Hermanos Marx después de una cena regada con orujo del Bierzo. Y es que, cuando se juzgaba al Fiscal General del Estado se nos explicaba, con solemnidad de sacristía constitucional, que la Fiscalía tenía una estructura piramidal. Una pirámide casi egipcia, sólo que en vez de momias había tertulianos y en vez de jeroglíficos, filtraciones de la UCO a la prensa. Según aquella doctrina, el Fiscal General daba órdenes a los fiscales; y como al Fiscal General lo nombra el Gobierno, resultaba que el Gobierno era responsable último de cuanto respirara, tosiera o estornudara la Fiscalía. Conclusión: la Fiscalía no era independiente y Pedro Sánchez manejaba aquello como un director de orquesta en mitad del desfile del Primero de Mayo.

La Mañana 21.06.2026
 

Pero ahora, milagrosamente, en el llamado caso Zapatero, la Fiscalía Anticorrupción empuja con entusiasmo digno de locomotora de carbón contra el ex presidente Zapatero, y entonces ocurre el prodigio teológico: la misma Fiscalía que ayer era un apéndice gubernamental hoy parece una congregación de monjes cartujos aislados del mundo y guiados únicamente por la luz celestial de la imparcialidad. Y la UDEF, como una congregación de piadosos miembros de la Policía Nacional, cuyo jefe es el ministro Marlaska, aparece como el topo que actúa de brazo ejecutor de la patriótica oposición que intenta tumbar al Gobierno.

 

Yo, humildemente, intento seguir el razonamiento, pero me pierdo como aquella vez en Amberes, cuando, siendo Director de la Casa de España, organicé una recepción institucional para un supuesto agregado cultural que resultó ser un señor de Albacete que llevaba tres meses viviendo en el puerto dentro de una caravana y al que todos trataban de “excelencia” porque usaba pajarita y fumaba en boquilla. Recuerdo que acabamos brindando por la amistad hispano-belga mientras el individuo intentaba vender jamones “de importación diplomática” a los nacionales emigrantes españoles que vivían en la ciudad. Aún hoy sospecho que aquel hombre pudo haber sido ministro en algún gobierno autonómico de la época.

 

O en aquella otra ocasión, también en Amberes, en la que organicé un acto cultural para promover la lengua y la cultura españolas contando con la presencia del cantautor leonés Amancio Prada, que se presentó en mi despacho casi vestido como un minero, con una chaqueta de pana gastada, una bufanda oscura y unas botas cubiertas de barro, y al que confundí inicialmente con un duro emigrante asturiano residente en la ciudad, que venía a reclamar subsidios atrasados, algún certificado consular o a denunciar una conspiración contra la minería berciana. Recuerdo incluso que le indiqué, con toda solemnidad burocrática, la ventanilla equivocada mientras él me observaba en silencio con una mezcla de paciencia evangélica y discreta ironía. Finalmente, tras presentarse él y subsanar yo mi error inicial —y no sin sentirme yo mismo como un ujier extraviado en una novela de Delibes—, me encontré con una persona de exquisito rigor intelectual y de una extraordinaria sensibilidad poética, espiritualidad y misticismo; alguien que hablaba de la poesía española como quien comenta confidencias escuchadas directamente al viento de los monasterios. Tanto fue así que su concierto al día siguiente, en la sala noble de la citada Casa de España, accionando lentamente la manivela de aquel extraño instrumento medieval, la zanfoña, con la solemnidad de un abad cisterciense poseído por el espíritu de la poesía castellana y con su voz melodiosa, dejó hipnotizados a embajadores, cónsules y asistentes belgas y españoles con su elegancia austera y un magnetismo sereno al musicalizar a grandes nombres de nuestras letras, desde San Juan de la Cruz y Rosalía de Castro hasta Federico García Lorca o Agustín García Calvo. Hubo un momento particularmente emotivo en el que varios diplomáticos flamencos, que apenas entendían el castellano, permanecieron inmóviles y en absoluto silencio mientras Amancio Prada entonaba unos versos del Cántico espiritual, sin saber muy bien si habían asistido a una audición de poesía mística o a la fundación de una pequeña secta, patrocinada por los ministerios de Asuntos Exteriores y Cultura españoles. Y todavía, también recuerdo, a un veterano sindicalista gallego del barrio portuario secándose discretamente las lágrimas con una servilleta del catering. Al terminar el concierto, alguien comentó que aquello no había parecido un recital, sino una antigua ceremonia medieval celebrada en mitad de una Europa demasiado moderna, y confieso que, por una vez, me pareció una exageración completamente justa.

 

Y, siguiendo la misma lógica jurídica que ahora nos ilumina, empiezo a preocuparme seriamente por mi situación patrimonial. Porque, claro, aquel valioso anillo que compré en Suiza y que yo regalé a mi mujer cuando era Director de la ALCE de Lausanne… ¿qué naturaleza jurídica tenía realmente? ¿Obsequio sentimental? ¿Transferencia opaca de afectos? ¿Incremento patrimonial susceptible de declaración? Empiezo a pensar que quizá debí entregarlo a Patrimonio Nacional junto al inventario de los tapices y las cucharillas oficiales de la sede. No descarto que cualquier mañana aparezca la UDEF analizando fotografías antiguas de mi esposa para verificar si el anillo excedía los límites permitidos por el Reglamento Europeo de “Joyería Emocional”. Y peor aún es lo de los calzoncillos que ella me regaló hace años. Porque jamás declaré aquel evidente aumento de mi patrimonio textil. Durante décadas he vivido en la más absoluta irregularidad fiscal sin saberlo. Cada vez que abro el cajón de la ropa interior siento el mismo escalofrío que debía de sentir Al Capone al oír pasos en la escalera.

 

Así que aquí vivo ahora, pendiente del timbre de la puerta, esperando que en cualquier momento irrumpa un comando de Hacienda para requisarme unos bóxers y abrir diligencias por enriquecimiento indebidamente elástico. Y es que la Patria siempre acaba entrando por los cajones o atributos más íntimos. Porque, al fin y al cabo, como habría dicho Ramón del Valle-Inclán, ciertos políticos españoles, tal vez, sean una deformación grotesca de la civilización europea