Tal y como relatábamos en el artículo anterior, las calles de Minneapolis y Saint Paul se convirtieron en el escenario de una escalada de violencia institucional que dejó muertos, detenciones masivas y una sociedad sacudida por el miedo. La actuación de agentes federales de inmigración, las muertes de civiles y la separación de familias no fueron hechos aislados, sino síntomas de una dinámica más profunda que ahora exige ser analizada: las implicaciones políticas de esta deriva y el poder que la sostiene. Es decir, corresponde ahora entender qué hay detrás de esa violencia y qué estructura de poder la impulsa desde la Casa Blanca.
En respuesta de ello, ante estos hechos inauditos y la ola de brutalidad, los ciudadanos de Minneapolis y Saint Paul, del Estado de Minnesota, han reaccionado y han sido el epicentro de las protestas más grandes y prolongadas contra semejante barbarie. Manifestaciones que incluyen marchas, vigilias, cierres de negocios y una huelga general estatal contra las operaciones del ICE. Unas marchas de protesta que comienzan a ser secundadas por otras grandes ciudades americanas como San Francisco y Los Ángeles en el Estado de California, Nueva York City, Boston, Filadelfia, Detroit y/o Portland, esta última en el Estado de Oregón, bajo el lema National Shutdown / ICE Out of Everywhere (Paro nacional / Que el ICE se vaya de todos lados).
Todo esto ha provocado que el matonismo del presidente Trump, cuya lógica responde al pensamiento: “el mal es el bien”, y que solo respeta a los fuertes, comience a dar marcha atrás. Y así, ha sustituido a Gregory Bovino por Tom Homan, designado como border czar (zar de la frontera), un cargo de alto nivel directamente nombrado por el Presidente Trump para coordinar las políticas de inmigración y deportación a nivel federal. No obstante, no nos engañemos, lo más terrorífico es que Trump no está solo, sino que se encuentra rodeado de una enorme concentración de poder que incluye a los megamillonarios tecnológicos, las gigantescas corporaciones industriales y las poderosas multinacionales del petróleo, así como intereses políticos y financieros que influyen en cómo, cuándo y por qué se toman determinadas decisiones en la Casa Blanca, lo cual debería preocupar más a la opinión pública. Y, entre todos ellos destaca Peter Thiel, magnate de Silicon Valley, que combina capital financiero, influencia tecnológica y visibilidad mediática, lo que lo convierte en un actor clave en la política de Donald Trump. Y es que, desde 2016 ha sido uno de sus principales donantes, fortaleciendo redes de apoyo y posicionándose como poderoso influyente en decisiones sobre empleo, seguridad y políticas migratorias, promoviendo reformas basadas en su visión de “mérito tecnológico”.
Ese entramado de alianzas entre poder político, capital tecnológico y grandes intereses económicos no opera de forma visible en cada decisión, pero sí configura el marco dentro del cual esas decisiones se vuelven posibles, aceptables e incluso “necesarias” para ellos. La violencia institucional deja entonces de ser una reacción puntual y pasa a convertirse en una herramienta de gestión del conflicto social. Se normaliza el estado de excepción difuso, la vigilancia constante y la criminalización de los inmigrantes, con y sin papeles, así como del disenso. Y es que lo que está en juego ya no es solo una política migratoria, sino el propio modelo de relación entre Estado y ciudadanía. Cuando el poder se protege a sí mismo por encima de los derechos, la democracia empieza a vaciarse sin necesidad de ser abolida formalmente. Es, en ese desplazamiento silencioso, donde se incuban las transformaciones más profundas y peligrosas
En este contexto, es precisamente ese cruce entre poder desbocado, violencia institucional y desprecio por la dignidad humana, por el que se desliza Donald Trump, lo que alarma a muchos analistas políticos, académicos y observadores en Europa y Estados Unidos. Estos expertos, muestran su preocupación y afirman que hay una deriva autoritaria real en el comportamiento del Presidente de los EE.UU y sus efectos sobre la propia democracia americana. En este sentido, parece hoy más conveniente que nunca, mirar hacia donde la historia, una vez más, vuelve a hablarnos. Porque nada de lo que en la actualidad contemplamos es nuevo: ya los antiguos sabían que, cuando un líder se rodea de aduladores y ejecutores sin escrúpulos, el Estado entero se desliza hacia la barbarie. Y es que como escribió Tácito en sus Anales: “Cuanto más corrupto es un Estado, más numerosas son sus leyes”. Una sentencia que hoy resuena con una claridad insoportable; pues, cuando el poder se blinda a sí mismo, cuando multiplica normas, agentes del ICE y dispositivos para sostener su propia impunidad, no es la seguridad lo que crece, sino el miedo. Y frente a ese miedo, solo queda la “resistencia cívica” que los antiguos llamaban virtus; es decir, la defensa activa de la dignidad humana frente a cualquier forma de tiranía y barbarie.