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martes, 4 de agosto de 2026

El hombre que amenazó con apagar el Sol

 

Hay escenas que permanecen para siempre en mi memoria. No porque me deslumbren por sus efectos, sino porque encierran una verdad que trasciende el tiempo. Una de ellas pertenece a Un yanqui en la corte del rey Arturo, la célebre novela de Mark Twain llevada al cine en inolvidables adaptaciones. La trama es sencilla. Un hombre, acusado de brujo, espera ser conducido a la hoguera. Todo parece perdido. Frente a él se alzan un rey, una corte y un pueblo convencidos de que la ignorancia es una forma de justicia. Entonces, el condenado levanta la mirada hacia el cielo y sonríe. No espera un milagro; espera un eclipse. Conoce el lenguaje silencioso de los astros y sabe que, en unos instantes, la Luna ocultará al Sol. Aprovecha aquel conocimiento para proclamar que hará desaparecer el astro rey si no le devuelven la libertad. Cuando la luz comienza a extinguirse y la sombra invade la tierra, el temor se apodera de todos. Creen asistir a un prodigio y el rey ordena desatar al prisionero. No fue la magia quien lo salvó. Fue el conocimiento.

 

La Mañana 4.08.2026

Dentro de unos días, el 12 de agosto, en Cataluña tendremos el privilegio de contemplar un eclipse total de Sol. El mismo fenómeno que durante milenios sembró el pánico entre reyes, sacerdotes y pueblos enteros será recibido ahora con telescopios, cámaras fotográficas, gafas de protección y una expectación compartida, casi festiva. El cielo ofrecerá el mismo espectáculo; lo que ha cambiado es la mirada del ser humano. Y es que hubo un tiempo en que un eclipse era el anuncio de todas las desgracias imaginables. Cuando la claridad del mediodía comenzaba a apagarse, muchos creían que los dioses manifestaban su ira, que el fin del mundo había iniciado su marcha o que un monstruo invisible devoraba lentamente al Sol. Bastaban unos minutos de oscuridad para que el miedo se extendiera con la velocidad de una sombra sobre las conciencias.

 

Hoy sucede justamente lo contrario. Sabemos con años de antelación el día, la hora, el minuto e incluso el segundo en que comenzará el eclipse. Conocemos el camino exacto que recorrerá la sombra de la Luna sobre la Tierra. Podemos predecir su duración con una precisión casi absoluta. Donde antes había superstición, hoy hay ciencia. Donde antes se alzaban plegarias desesperadas, ahora se levantan miradas llenas de admiración. Y, sin embargo, el misterio permanece intacto. Porque hay instantes en los que el universo parece querer recordarnos que seguimos siendo pequeños habitantes de un diminuto planeta suspendido en la inmensidad. Durante unos minutos, el día se transforma en crepúsculo; el aire adquiere una quietud inesperada; las aves interrumpen su vuelo y hasta el viento parece caminar de puntillas para no romper el hechizo. Es como si el cielo cerrara lentamente uno de sus párpados para invitarnos a contemplar, con humildad, la inmensa belleza de aquello que jamás podremos dominar. Quizá por eso espero este eclipse con una emoción difícil de describir. Mis ojos han visto amaneceres en Larache, Marruecos, cuando el Sol nacía sobre el Atlántico africano convirtiendo el mar en una inmensa lámina de cobre líquido. Han contemplado la luz vertical de Bata, en Guinea Ecuatorial, donde el día parecía caer a plomo sobre la tierra bajo la intensidad del sol tropical. Y también guardan la memoria de los atardeceres infinitos de Villa Cisneros, en el entonces Sahara Español, donde el desierto confundía el horizonte con un océano de arena dorada. Han conocido igualmente la serenidad de los largos días del verano canadiense y la luz casi interminable de Grímsey, la pequeña isla islandesa situada ya dentro del Círculo Polar Ártico, donde el Sol se demoraba en el cielo como si se resistiera a despedirse del mundo. He conocido cielos distintos, horizontes lejanos y luces diversas en África, Europa y América; pero siempre era el mismo Sol quien acompañaba silenciosamente cada etapa de mi vida, como un viejo amigo cuya fidelidad nunca reclama reconocimiento. Tal vez por eso, cuando dentro de unos días la Luna lo oculte durante apenas unos minutos, no sentiré que el Sol desaparece. Sentiré que el tiempo hace una pausa. Que el universo escribe una breve coma en el interminable relato de la creación para recordarnos que incluso aquello que creemos eterno conoce el instante efímero de la penumbra.

 

Existe una hermosa ironía en todo ello. Aquel mecánico e inventor práctico, llamado Hank Morgan, imaginado por Mark Twain salvó la vida porque comprendía el movimiento de los astros. Hoy, millones de personas acudirán a contemplar ese mismo fenómeno precisamente porque también lo comprenden. La ciencia que un día fue confundida con hechicería es la misma que ahora nos permite emocionarnos sin miedo ante uno de los espectáculos más sobrecogedores de la naturaleza. Y ahí reside, quizá, una de las mayores conquistas de la humanidad. No en haber conquistado el cielo, sino en haber aprendido a leerlo. Porque conocer las leyes del universo no disminuye su belleza; la engrandece. Saber por qué ocurre un eclipse no le arrebata ni una sola brizna de poesía, del mismo modo que conocer la partitura jamás ha restado emoción a una sinfonía de Beethoven. Al contrario. Solo quien comprende la armonía puede admirar en toda su profundidad el milagro de la música.

 



Es por ello que, cuando el próximo 12 de agosto la sombra de la Luna avance silenciosamente sobre nuestra tierra y el día vista, durante unos instantes, los colores del crepúsculo, millones de personas levantarán la cabeza hacia el cielo. Algunos contemplarán un fenómeno astronómico. Otros buscarán la fotografía perfecta. Habrá niños que lo descubrirán con el asombro de quien abre por primera vez un libro maravilloso, y ancianos que recordarán otros cielos contemplados a lo largo de sus vidas. Yo, en cambio, preferiré pensar que estoy asistiendo a un diálogo antiguo entre el Sol y la Luna, una conversación iniciada mucho antes de que existiera el primer ser humano y que continuará cuando nosotros ya seamos apenas un recuerdo perdido en la memoria del tiempo. Porque, en realidad, el eclipse no apaga el Sol. Lo que apaga es nuestra soberbia. Nos recuerda que existen fuerzas infinitamente mayores que nosotros y, al mismo tiempo, nos revela que la inteligencia humana ha sido capaz de comprenderlas sin destruir su misterio. Quizá ese sea el mayor privilegio de nuestra especie: mirar al cielo con la misma emoción que nuestros antepasados, pero sin el peso del miedo; cambiar la superstición por el conocimiento sin renunciar al asombro; descubrir que la ciencia y la poesía no son enemigas, sino dos maneras distintas de pronunciar una misma palabra: admiración. Y cuando la sombra se retire y la luz vuelva a inundar la tierra, el Sol seguirá brillando exactamente igual que lo ha hecho desde el origen de los tiempos y los que habremos cambiado, una vez más, seremos nosotros.

miércoles, 22 de julio de 2026

El día en que descubrimos que íbamos a morir

 

Hay una escena que nunca hemos presenciado y, sin embargo, pertenece a la historia más importante de la humanidad. No sabemos cuándo ocurrió. Ignoramos el lugar, el nombre y el rostro de quienes la protagonizaron. Pero debió de suceder hace decenas de miles de años. En este sentido, imagino a un pequeño grupo de seres humanos alrededor del cuerpo inmóvil de uno de los suyos. Hasta entonces habían visto morir animales. Habían contemplado cómo las estaciones secaban los árboles y cómo la noche engullía la luz del día. Pero aquella vez ocurrió algo distinto. Por primera vez comprendieron que el que yacía en el suelo no era únicamente otro. Eran ellos. No asistían sólo a una muerte. Estaban contemplando la suya.

 

Creo que ése fue el instante más decisivo de nuestra historia. Tal vez, mucho más que el descubrimiento del fuego, de la rueda o de la agricultura. Porque aquel día nació el miedo. Pero también nació la inteligencia. Hasta entonces el ser humano luchaba por sobrevivir. Y desde aquel momento comenzó, además, a preguntarse para qué sobrevivía. A mi modo de ver, toda la historia de la civilización puede leerse como una inmensa respuesta a aquella escena. La filosofía intentó comprenderla. La religión quiso consolarla. El arte se empeñó en vencerla. Y la ciencia decidió investigarla. Cada una eligió un camino diferente, pero todas partían de la misma herida. La conciencia de la muerte.

 

Tal vez por eso nunca he entendido a quienes consideran la muerte un asunto exclusivamente biológico. Morir no es sólo dejar de respirar. Morir es el acontecimiento que otorga significado a la vida. Imaginemos, por un momento, que fuéramos inmortales. ¿Qué valor tendría entonces una tarde cualquiera? ¿Nos emocionaría un abrazo sabiendo que disponemos de una eternidad para repetirlo? ¿Lloraríamos una despedida si pudiéramos reencontrarnos dentro de diez mil años? ¿Existiría siquiera la palabra “urgencia”? Sospecho que no.

 

La muerte es la que pone precio al tiempo. Es ella quien convierte un beso en irrepetible, una infancia en inolvidable y un atardecer en un regalo. No es nuestra enemiga. Es la silenciosa artesana que da forma al valor de las cosas. Sé que esta idea puede resultar incómoda. A mí mismo me cuesta aceptarla. Como todos, he despedido personas a las que habría querido retener un poco más. He sentido el vacío que deja una silla que ya nadie ocupará y he comprobado que existen silencios capaces de hacer más ruido que cualquier palabra. Pero los años me han enseñado que el dolor y el amor hablan el mismo idioma. Sólo sufrimos por aquello que ha merecido la pena. Acaso por eso ninguna civilización ha podido resignarse a pensar que todo termina en una tumba. Los egipcios imaginaron una vida más allá del Nilo. Los griegos poblaron el Hades. El cristianismo habló de resurrección. El islam abrió las puertas del Paraíso. Las grandes religiones orientales imaginaron el incesante ciclo de las reencarnaciones. Distintos caminos. Una misma esperanza. No creo que esas creencias nacieran únicamente del miedo a desaparecer o de la ingenuidad. Creo que nacieron, sobre todo, de la imposibilidad de aceptar que el amor pudiera extinguirse para siempre. Porque el ser humano acepta con más facilidad su propia muerte que la desaparición definitiva de quienes ama. Tal vez ésa sea la verdadera raíz de todas las religiones. No el miedo. Sino la resistencia a creer que el amor pueda ser derrotado por el tiempo.

 

La filosofía siguió otro sendero. Los estoicos aconsejaban no temer a la muerte porque forma parte de la naturaleza. Epicuro afirmaba que jamás coincidiríamos con ella. Montaigne escribió que filosofar era aprender a morir. Heidegger dio un paso más: dijo que no vivimos a pesar de la muerte, sino hacia ella. Siempre me impresionó esa idea. No caminamos por una carretera cualquiera. Caminamos por una carretera cuyo final conocemos desde el primer paso. Y, sin embargo, seguimos plantando árboles cuya sombra no disfrutaremos. Seguimos escribiendo libros que leerán otros. Seguimos teniendo hijos. Seguimos construyendo catedrales. Seguimos enamorándonos. ¿No es extraordinario?

 

Hay algo profundamente heroico en esa obstinación. Somos la única especie que sabe que perderá la partida y, aun así, juega con entusiasmo. Quizá ahí resida nuestra verdadera grandeza. No en haber vencido a la naturaleza. Sino en haber sido capaces de crear belleza mientras sabíamos que todo era provisional. A veces pienso que una catedral, una sinfonía o un poema no son otra cosa que pequeñas rebeliones contra el olvido. Maneras de decirle al tiempo: "No podrás llevártelo todo." Y, sin embargo, cuanto más reflexiono sobre ello, más sospecho que ni la muerte ni la inmortalidad constituyen el verdadero misterio. Porque ambas siguen perteneciendo al tiempo.

 

La gran pregunta continúa esperándonos un escalón más arriba. ¿Qué es el tiempo? ¿Es una realidad objetiva? ¿O es simplemente la forma en que nuestra conciencia percibe el cambio? Porque si el tiempo no fuera más que una propiedad del universo... ¿Qué ocurriría si un día el propio universo dejara de existir? ¿Desaparecería también el tiempo? ¿O descubriríamos, demasiado tarde, que la eternidad nunca fue un tiempo infinito, sino la ausencia absoluta de tiempo? No lo sé. Pero empiezo a sospechar que, para acercarnos a la eternidad, primero tendremos que atrevernos a dudar de aquello que creemos conocer mejor. El tiempo. Porque quizá no sea el reloj quien mide nuestra vida. Quizá sea nuestra vida la que, durante un brevísimo instante, le permite al tiempo saber que existe.

miércoles, 15 de julio de 2026

Cuando el tiempo se hizo una pregunta

 

Hay un instante del día que siempre me ha parecido distinto a todos los demás. No es el amanecer, cuando la luz despierta lentamente las cosas, ni tampoco el mediodía, cuando el sol parece adueñarse del mundo. Es ese momento incierto en que la tarde comienza a desvanecerse y el cielo, antes de entregarse a la noche, permanece unos minutos suspendido entre la claridad y la oscuridad. Todo sigue ahí, pero ya nada es exactamente igual. Los contornos se difuminan, los sonidos se vuelven más lejanos y hasta el tiempo parece caminar más despacio. Quizá sólo sea una ilusión. O quizá sea el único momento del día en que el universo nos concede el privilegio de percibir que todo está cambiando.

 

Confieso que me gusta permanecer unos minutos contemplando ese tránsito. No espero encontrar ninguna revelación. A mi edad uno aprende que las grandes respuestas rara vez llegan envueltas en estruendo. Suelen hacerlo en voz baja, casi como un susurro. Y, sin embargo, siempre acabo haciéndome la misma pregunta. ¿Por qué existe el tiempo? No me refiero a los relojes, ni a los calendarios, ni a esos números con los que intentamos domesticar los días. Hablo de esa corriente invisible que nos arrastra desde el primer llanto hasta el último aliento sin concedernos jamás la posibilidad de regresar. Vivimos dentro del tiempo como el pez vive dentro del agua. Nos envuelve de tal manera que hemos dejado de percibirlo. Sólo advertimos su presencia cuando nos roba algo: la infancia, los padres, los amigos, la juventud, la salud... o un rostro querido cuya ausencia continúa ocupando el mismo lugar que antes ocupaba su presencia. Es entonces cuando comprendo que el tiempo no transcurre, sino que somos nosotros quienes transcurrimos. Tal vez por eso la humanidad inventó una palabra extraordinaria: eternidad.

 

Y la creó no para describir algo que conocía, sino precisamente para nombrar aquello que jamás ha conseguido comprender. Hay palabras que nacieron para señalar objetos: árbol, río, montaña, estrella... Pero hay otras que no señalan nada visible. Son palabras que apuntan hacia un misterio. Eternidad es una de ellas. Su origen latino, aeternitas, parece ofrecer una definición sencilla: aquello que no tiene principio ni fin. Sin embargo, basta detenerse unos segundos a pensarla para advertir que esa explicación no resuelve nada. Al contrario. Lo complica todo. Porque nosotros sólo sabemos pensar en términos de principio y de final. De hecho, todo cuanto conocemos empieza. Todo cuanto amamos termina. Nuestra inteligencia está construida sobre la sucesión de los acontecimientos. Incluso la imaginación necesita un antes y un después para inventar una historia. ¿Cómo puede entonces una mente limitada por el tiempo comprender aquello que, por definición, está más allá del tiempo? Quizá por eso he llegado a sospechar que ninguna definición de la eternidad resulta satisfactoria. No porque sea incorrecta, sino porque pretende explicar con palabras una realidad que acaso no pertenece al lenguaje.

 

Porque hay cuestiones que la inteligencia puede resolver. Pero otras sólo puede contemplarlas. Cuando era niño, en aquel Marruecos de mi infancia, imaginaba que el universo tenía un borde. Creía que, viajando lo suficiente, acabaría encontrando una inmensa pared detrás de la cual comenzaría otra realidad. Recuerdo incluso haber pensado qué aspecto tendría esa frontera y quién habría construido semejante muralla. Hoy sonrío al recordar aquella ingenuidad. Y, sin embargo, no estoy seguro de haber avanzado demasiado. Ahora ya no imagino una pared. Fantaseo con lo que la ciencia intenta explicarnos, el espacio curvándose sobre sí mismo, universos paralelos, dimensiones ocultas, espuma cuántica, energía oscura... Pero la pregunta sigue siendo exactamente la misma. ¿Qué hay después? Obviamente no lo sé. Quizá crecer consista únicamente en cambiar el vocabulario de nuestras ignorancias. He leído a filósofos, científicos, teólogos y poetas. Cada uno sostiene una linterna distinta. Todos iluminan un fragmento del camino. Ninguno consigue disipar la noche. Y eso, lejos de decepcionarme, me produce una inesperada serenidad. Porque empiezo a sospechar que el misterio no es un enemigo del conocimiento. Es su condición indispensable. Pues, si todo estuviera explicado, el pensamiento habría dejado de respirar hace mucho tiempo.

 

Hay una frase atribuida a Sócrates que todos conocemos: “Sólo sé que no sé nada”. Con frecuencia se interpreta como una declaración de humildad. Yo creo que es mucho más que eso. Es la puerta de entrada a toda la filosofía. Sólo quien acepta el tamaño de su ignorancia puede comenzar a comprender algo. De ahí que las preguntas importantes nunca envejezcan. Envejecemos nosotros. Ellas permanecen. Son las mismas que acompañaron a los primeros seres humanos cuando miraban el cielo desde la entrada de una cueva. Son las mismas que desvelaron a Platón, a San Agustín, a Pascal, a Kant, a Einstein o a Borges. Cambian los telescopios. Cambian las ecuaciones. Cambian las metáforas. Pero la pregunta continúa esperándonos cada noche, silenciosa, sobre nuestras cabezas. Hay algo profundamente conmovedor en esa obstinación. Porque, si lo pensamos bien, resulta extraordinario que un pequeño planeta perdido en un rincón de una galaxia cualquiera haya dado origen a una especie capaz de preguntarse por el origen del propio universo. Tal vez la inteligencia no sea la culminación de la evolución. Tal vez sea el instante en que el cosmos comenzó a interrogarse a sí mismo. Y si esa intuición fuera cierta, aunque sólo fuera como una hermosa metáfora, habría que admitir una posibilidad que estremece. Puede que la eternidad no empezara cuando nació el universo. Quizá empezó mucho después. El día en que el tiempo... se hizo una pregunta.

 

 

miércoles, 8 de julio de 2026

250 años del gran mito americano

 

Hay países que construyen su historia con piedra. Otros la levantan con palabras. Y algunos, como los Estados Unidos de América, consiguen el prodigio de convertir las palabras en un inmenso decorado donde la realidad apenas logra abrirse paso entre los focos.

 

Digo esto, porque existe en la ciudad de Charlottesville, en el estado de Virginia, una histórica colina llamada Monticello en la que se alza una hermosa mansión rodeada de jardines, columnas y una biblioteca capaz de despertar la admiración de cualquier amante de la cultura. En sus estanterías descansaban los grandes pensadores de la libertad, de la razón y de la dignidad humana. Todo parecía anunciar que aquel lugar había sido el taller donde se forjó una de las más nobles aspiraciones del ser humano: el derecho de todos a ser libres. Sin embargo, al abandonar la biblioteca bastaba recorrer unos pocos metros para descubrir que las páginas de aquellos libros no habían atravesado el umbral de la casa. Más allá de las ventanas comenzaban los campos donde cientos de hombres y mujeres seguían siendo mercancía. La libertad terminaba exactamente donde empezaban los intereses de su propietario.

 

La Mañana 21.07.2026

A este respecto, no deja de resultar significativo que los Estados Unidos hayan celebrado este pasado 4 de julio el 250. aniversario de la Declaración de Independencia y de su libertad. Aquel texto, aprobado en 1776, fijó el nacimiento de una nación y, gracias a la prosa inspirada de Thomas Jefferson, regaló al mundo una de las afirmaciones más luminosas de la historia política: que todos los hombres nacen iguales y están dotados por su Creador de derechos inalienables. Es difícil imaginar una escena de mayor grandeza. Pero quizá exista otra aún más reveladora. Jefferson dejó la pluma con la que acababa de escribir aquellas palabras, salió de la estancia, cruzó el umbral de su casa y volvió a una plantación donde centenares de hombres, mujeres y niños seguían siendo de su propiedad. Le bastó recorrer unos metros para que el ideal universal de la libertad se transformara en la realidad cotidiana de la esclavitud. La distancia entre ambas no era un océano ni un siglo, sino apenas el camino que separaba su escritorio de sus campos. Allí, en esos pocos pasos, quedó al descubierto la primera gran contradicción de la nación que acababa de nacer.

 

La historia ofrece, además, episodios de una ironía casi insoportable. Y es que Thomas Jefferson, un hombre capaz de concebir algunos de los textos políticos más admirados de la modernidad, convivió durante décadas con una mujer esclavizada por él mismo. Compartió su intimidad, tuvo hijos con ella y, sin embargo, jamás fue capaz de romper las cadenas jurídicas que él mismo mantenía sobre la madre ni sobre aquellos niños. Eran suficientemente libres para llevar su sangre, pero no para disponer de su propia vida.

 

Pero, además, aquella contradicción no fue un accidente biográfico de Jefferson. Tampoco una excepción, puesto que una parte muy importante de quienes alumbraron aquella nación participaba del mismo sistema. Redactaban proclamas sobre la igualdad mientras administraban plantaciones sostenidas por seres humanos privados de ella. Defendían la libertad como un derecho inalienable, siempre que no afectara a la rentabilidad de sus propiedades. Es la metáfora perfecta de un país que aprendió muy pronto a proclamar principios universales mientras reservaba numerosas excepciones a la hora de aplicarlos. Y es que las naciones, como las personas, suelen preferir los espejos que embellecen a aquellos que reflejan las arrugas. Es entonces cuando comprendemos que muchas veces el decorado era magnífico, los discursos memorables y la iluminación perfecta. Sin embargo, al apagar los focos, solo quedaban unas tablas, unos andamios y una vieja pregunta que sigue esperando respuesta. Y quizá ahí resida una de las mayores habilidades de las grandes potencias: dominar el relato. Ningún imperio sobrevive únicamente por la fuerza; necesita también una historia que contar. Y pocos países han sabido construir un relato tan poderoso como Estados Unidos. Hollywood convirtió sus victorias en epopeyas, sus errores en accidentes, sus intereses en causas universales y sus intervenciones en cruzadas por la libertad. Y Occidente terminó consumiendo aquella narración con la misma naturalidad con la que contempla una superproducción cinematográfica, donde los decorados parecen ciudades auténticas y el cartón piedra adquiere apariencia de mármol. Y este engaño, tal vez esa sea la lección más incómoda de todas. Porque las civilizaciones no se miden por la belleza de sus proclamas, sino por la coherencia entre las palabras que escriben y las vidas que permiten vivir.

 

Y quizá sea ahí donde se derrumba el mayor de los mitos. No bajo el peso de las guerras ni de las crisis, sino bajo la evidencia de su propia incoherencia. Porque ningún pueblo puede erigirse en conciencia moral del mundo cuando los cimientos de su grandeza fueron levantados sobre cadenas y cuando la libertad que proclamaba terminaba exactamente donde comenzaban sus intereses. Hace veinte siglos, Séneca dejó escrito que “lo que las leyes no prohíben, puede prohibirlo la honestidad”. La ley permitió la esclavitud; la honestidad jamás debió consentirla. Entre ambas transcurre la distancia que separa la propaganda de la verdad. Esa honestidad y esa dignidad fueron ajenas al 3º presidente de los Estados Unidos, Thomas Jefferson, y cabe preguntarse si esa misma coherencia moral y ética tiene acomodo en el liderazgo estadounidense actual, representado hoy por el 47.º presidente, Donald Trump. Porque esa distancia, por muchos decorados que levante Hollywood o por mucha épica que fabriquen los vencedores, acaba siendo el tribunal más implacable de la Historia.