Resulta difícil y fatigoso contrarrestar el cúmulo de informaciones sesgadas que los medios de comunicación occidentales —utilizados y propiedad de determinados poderes— vuelcan a diario sobre lo que ocurre en el mundo globalizado. Informaciones, muchas de ellas no contrastadas y, en reiteradas ocasiones, sacadas de un manual y repartidas urbi et orbi entre sus fieles países occidentales. Tópicos y anécdotas cargadas de prejuicios; a veces de ignorancia y, en la mayoría de las ocasiones, de interesada mala fe. A este respecto, decía Rudyard Kipling, uno de los más grandes novelistas surgidos a caballo entre finales del XIX y principios del XX, que debemos contar siempre con la reflexión que proporcionan la filosofía y la historia —y con aquellos medios, periodistas y divulgadores que son verdaderos maestros de vida— para comprender lo que ocurre a nuestro alrededor. Solo así podremos obtener una aproximación al qué, al quién, al cómo, al cuándo, al dónde y al porqué.
En este escenario lo que está ocurriendo en Irán, y en el marco que rodea a ese país, no es más que la manifestación de un conflicto larvado. Por un lado, están aquellos que defienden un mundo unipolar y se acogen al paraguas del gendarme universal: EE. UU. y su guardia pretoriana, Israel, en Oriente Medio, para, entre otras cuestiones, proteger los intereses petrolíferos y su comercio. Por otra parte, quienes no aceptan la corriente dominante: una pequeña parte de los países miembros de la UE, el llamado sur global y algunos otros países miembros de la OTAN, como Canadá y Dinamarca que, igual que Saulo, se han caído del caballo al contemplar las hazañas bélicas, arancelarias y usurpadoras de ese “genio”, Donald Trump, que, de modo cada vez más autocrático, dirige los destinos de EE. UU. Y, para completar el panorama, quedan la Federación Rusa y la República Popular China, cuya alianza es cada vez más firme y que están, sin prisa, a la espera de ver el desarrollo de los acontecimientos.
Desde esta perspectiva, lo ocurrido —y lo que ocurre— en Gaza, Ucrania, Venezuela e Irán son simples síntomas. Dolorosos, pero síntomas. El conflicto, a mi modo de ver, tiene mayor calado. Detrás de Ucrania —cuyo presidente judío, Zelenski, jamás ha condenado la masacre de Gaza— está la voluntad neocon de intentar desmembrar la Federación Rusa para hacerla manejable, utilizando la OTAN como herramienta de choque. Detrás de Venezuela y, sobre todo, de Irán, están el petróleo y el gas de Oriente Medio y la necesidad de controlarlos para evitar que lleguen a China. Y para ello “el Imperio” utiliza todas las armas posibles, y casi hasta imposibles. De hecho, Hamás fue un producto creado en su momento por los servicios de inteligencia anglosajones y la CIA para impedir la expansión de Al Fatah y la influencia de su líder, Yasser Arafat, en Palestina, y posteriormente financiado por Israel, permitiendo la entrada de fondos procedentes de Qatar y de Irán. Luego se volvió en su contra y pasó lo que pasó. Lo mismo sucedió con Osama bin Laden y el grupo Al Qaeda, que recibieron armas y recursos financieros de Estados Unidos para luchar contra el ejército soviético en Afganistán, transformándose después en su enemigo más acérrimo.
En cuanto a Ucrania conviene no olvidar que el gobierno de Zelenski nació tras un golpe de Estado fabricado en 2014 por la CIA. Golpe que acabó provocando un proceso de aniquilación de todo cuanto tuviera el sello ruso en el territorio ucraniano: población, lengua, infraestructuras, organización, cultura, etc., fundamentalmente en el Donbás. En Irán, por su parte, el sistema teocrático que rige el país desde 1979 ha resultado problemático para las élites occidentales por su permanente enfrentamiento con Israel. Y, sin embargo, similares o mismas teocracias, más o menos disimuladas, estaban y están extendidas en Oriente Medio —Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, etc. —; pero, obviamente, estas practican un pragmatismo acorde con los intereses de Estados Unidos, sus aliados occidentales e Israel.
El uso y recurso y propagandístico de EE. UU. e Israel al uranio enriquecido para usos militares en Irán, como justificación para atacar a dicho país, es una grosera coartada. Durante largos años, los sucesivos gobiernos norteamericanos —tanto demócratas como republicanos— han intentado por todos los medios derribar al régimen de los ayatolás, con muy escaso éxito. En 2001 provocaron un golpe de Estado que no funcionó y entonces apoyaron al gobierno de Irak, presidido por Saddam Hussein, para que invadiera Irán. De nuevo el mismo modelo relatado anteriormente: primero te apoyo y luego trato de liquidarte porque ya no me sirves.
No es nada nuevo. En la guerra de Irak, con sus inexistentes armas de destrucción masiva, EE. UU. y sus aliados —entre ellos la España de Aznar— asesinaron a medio millón de personas, y de esto nadie se acuerda, o no interesa acordarse. En esa lógica, el imperialismo de Estados Unidos utiliza siempre el mismo procedimiento y, cuando no funcionan las armas, acude a otros medios que, desde hace un tiempo, se han puesto de moda: aranceles, sanciones económicas, financieras y judiciales a terceros, etc. Esto es lo que han venido haciendo contra Irán: tratar de estrangular la vida diaria de sus gentes para que estas se subleven contra el gobierno de turno. Y para ello, mueven todos los resortes a su alcance, incluyendo el envío de 6.000 dispositivos Starlink, el sistema de internet satelital de SpaceX, propiedad de Elon Musk, a ciudadanos iraníes afines para provocar disturbios en las grandes ciudades. Han conseguido algunos resultados, pero no suficientes. Estos hechos, además, generan efectos no deseados: promueven la solidaridad entre personas que, en principio, mantenían una actitud pasiva. Y, en las actuales circunstancias, es muy probable que la mayoría de la población iraní se sienta hoy más próxima a su gobierno que hace un par de años. Porque, al final, cuando un país percibe que el enemigo viene de fuera, tiende a cerrar filas. Y ningún imperio, por poderoso que se crea, ha sabido nunca gestionar bien esa realidad.
Continuará…

