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lunes, 22 de diciembre de 2025

El día que murió la democracia (II)

 

El simulacro del poder

 Por JAVC – Washington, 22 de diciembre de 2032

 

En la primera parte de esta crónica vimos cómo la democracia estadounidense fue desmantelada sin estridencias, gota a gota, hasta transformarse en una maquinaria de control total. Ahora, con el sistema completamente absorbido por la lógica del poder, comienza la fase más inaprensible y más letal de esta nueva era. Esta fase final es la más sutil; pues es la normalización y el triunfo de un simulacro. Trump no necesita disolver instituciones; las vacía por dentro hasta dejarlas como cascarones decorativos. El Congreso aprueba leyes que nadie lee. Los tribunales emiten fallos previsibles, dictados desde oficinas situadas en Silicon Valley. La Casa Blanca se transforma en un centro de datos, un lugar donde la política ha sido reemplazada por estadísticas y algoritmos, y donde el poder real se mide en capacidad de control, no en votos. Y la economía, mientras tanto, florece de manera espectacular. Los grandes conglomerados tecnológicos —los mismos que vigilan a la población— garantizan pleno empleo y avances deslumbrantes: ciudades inteligentes, transporte autónomo, inteligencia artificial en cada hogar. El ciudadano común, satisfecho con la comodidad y el consumo, deja de hacerse preguntas. ¿Para qué cuestionar la libertad cuando todo parece funcionar mejor que nunca?

La Mañana 22.12.2025
No obstante, hubo quienes intentan oponerse, probando realizar una resistencia. Pero esta es inmediatamente sofocada. Periodistas, activistas, académicos… todos son borrados mediante métodos tan sofisticados como invisibles. Algunos desaparecen físicamente, pero la mayoría son destruidos digitalmente: sus cuentas bloqueadas, sus historiales manipulados, sus identidades reescritas hasta convertirlos en monstruos a los ojos de la opinión pública. Las manifestaciones se disuelven antes de comenzar gracias a un sistema predictivo que detecta la disidencia antes de que se materialice. Las cárceles secretas no están llenas de cuerpos, sino de datos: pensamientos, emociones, deseos, todo capturado, clasificado y controlado. Y así, poco a poco, paso a paso, de manera gradual y progresiva, llega el día de la proclamación. Ese día, hoy, en Washington, Trump es proclamado oficialmente Guardián de la Nación. El acto, transmitido por millones de dispositivos, se presenta como la culminación de un sueño colectivo. En su discurso pronuncia estas palabras: “No he venido a destruir la democracia, sino a perfeccionarla. Ustedes me eligieron, ustedes me entregaron su confianza, y yo les he devuelto un país fuerte, seguro y grande otra vez.” Mientras habla, drones iluminan el cielo con el lema MAGA, convertido ahora en siglas oficiales del Estado. En la multitud, miles de rostros sonrientes aplauden, incapaces de ver que son prisioneros de un sistema que ellos mismos han ayudado a construir.

Epílogo

Fuera de Estados Unidos, las potencias observan con una mezcla de miedo y fascinación el mundo que viene. China, el modelo que Trump había criticado durante décadas, se ha convertido en su aliado estratégico. Europa, debilitada y dividida, apenas reacciona. En América Latina, algunos gobiernos ya estudian replicar el “modelo MAGA”, un sistema donde la vigilancia se disfraza de progreso y la obediencia se vende como patriotismo.

En esta distopía de la historia, quizás, dentro de muchos años, algún investigador encuentre la pregunta que nadie se atrevió a formular a tiempo: ¿En qué momento exacto dejó de existir la democracia americana? ¿Fue cuando se amordazó al primero que se atrevió a hablar, su voz libre se apagó bajo el miedo y la libertad de prensa quedó reducida a un eco? ¿O cuando se instaló la primera cámara “en aras de la seguridad”? ¿O cuando, seducidos por la promesa de orden, millones de ciudadanos entregaron su libertad sin darse cuenta?

Hoy, mientras el Guardián contempla su imperio desde el balcón de la Casa Blanca, la respuesta se diluye, como la verdad misma, en el silencio absoluto de una nación que creyó haber despertado…, cuando en realidad solo estaba soñando. Estamos viviendo una restauración del patriarcado, del nacionalismo, del racismo y del individualismo capitalista: la furia nostálgica de los movimientos de derecha que quieren volver a un pasado idealizado, que tal vez nunca existió, y restablecer los órdenes jerárquicos. Es el aterrador futuro panorama convertido en un presente casi inmediato. Y es que, como nos advertía Cicerón, “la libertad no consiste en tener un buen amo, sino en no tener ninguno”. Una lección que, para Estados Unidos, no solo ha llegado demasiado tarde, sino que confirma el círculo fatal de su historia: la nación que nació desconfiando del Estado terminó devorada por su propia libertad.

 

 

jueves, 18 de diciembre de 2025

El día que murió la democracia (I)

 

Crónica de un cercano futuro americano

 Por JAVC – Washington, 18 de diciembre de 2032

La mañana amanece limpia, con un cielo de septiembre despejado y una brisa suave que agita las banderas rojas y doradas que ondean en la avenida Pensilvania. En apariencia, es un día festivo: las calles están repletas de ciudadanos sonrientes, con camisetas y gorras que llevan el lema MAGA, “Make America Great Again”, ahora convertido en emblema oficial del Estado. Sin embargo, tras esa imagen de orden y prosperidad se oculta la conclusión de un estricto y metódico desarrollo, cuyo comienzo fue discreto y hoy se muestra impetuoso, atrevido e irreversible.

Iniciado muchos años atrás, cuando un magnate inmobiliario, convertido en el 45º Presidente primero y en el 47º cuatro años después, comienza a desmontar, pieza por pieza, la democracia representativa y federal de los Estados Unidos de América. Ese hombre es Donald J. Trump. Ya no es presidente. Ahora ostenta el título de “Guardián de la Nación”, un cargo vitalicio que no figura en ninguna constitución. El Congreso, antaño centro del debate y del equilibrio de poderes, se ha transformado en una cámara ceremonial que aprueba, sin excepción, cada una de sus propuestas. Las elecciones se siguen celebrando, pero solo como un espectáculo televisivo destinado a mantener la ilusión de pluralidad. Nadie recuerda la última vez que un candidato habló en contra del régimen sin desaparecer de la esfera pública o del mapa.

La Mañana 18.12.2025

Todo comienza con una estrategia de desgaste, en lo que entonces parecía un ruido pasajero. Trump comprende que no se destruye una democracia a martillazos, sino gota a gota, hasta que los cimientos ceden por desgaste. Esa lenta erosión del sistema no nace de la nada; hunde sus raíces en la historia misma del país. Desde hace siglos, dos revoluciones marcaron caminos opuestos. En Francia, los hombres marcharon contra el poder para rehacerlo en nombre de la libertad, la igualdad y, sobre todo, la fraternidad. El Estado, aun transformado, siguió siendo el eje que sostenía la bóveda del sistema. En cambio, en los Estados Unidos de América, los colonos no soñaban con levantar un nuevo orden, sino con preservar el que ya habían conquistado en tierras vírgenes: el de hombres libres que no respondían ante nadie. Allí la palabra sagrada no fue fraternidad, sino libertad. Y esa desconfianza hacia el Estado, sembrada desde el siglo XVII y proclamada con la independencia en el siglo XVIII, se convirtió en la semilla de un país que aprendió a organizarse al margen de toda autoridad central. Lo que en su origen fue fuerza creadora, hoy se revela como grieta mortal. Porque esa misma tradición, que desconfiaba del poder para proteger la libertad, ha abierto la puerta a un poder más oscuro: uno que no necesita disfrazarse de democracia, porque se alimenta de la sospecha contra el Estado para vaciarlo desde dentro.

En este empeño, primero ataca la verdad por medio de un sinfín de fake news, unas noticias falsas creadas y difundidas deliberadamente con el objetivo de engañar, manipular la opinión pública y generar beneficios políticos, económicos e ideológicos que se presentan como información verídica y auténtica; pero que en realidad son bulos diseñados para confundir y polarizar. Luego, convierte a la prensa libre en su enemigo personal, desacreditando periódicos y cadenas históricas, mientras alimenta una narrativa alternativa a través de redes sociales controladas por un puñado de magnates tecnológicos.

El bombardeo informativo es tan constante que, con el tiempo, millones de ciudadanos dejan de creer en hechos objetivos. La verdad se vuelve líquida, moldeable, una materia prima en manos de los algoritmos. Cada persona vive dentro de una burbuja digital diseñada para reforzar su visión del mundo. La sociedad se fragmenta y, en medio de ese caos, Trump emerge como el único punto fijo: la voz que promete orden, el faro en un océano de incertidumbre. Y así, mientras el pueblo discute en redes, Trump urde un pacto invisible moviendo sus fichas en las altas esferas del poder. Seduce a la CIA con promesas de autonomía absoluta. Garantiza al Pentágono presupuesto ilimitado a cambio de fidelidad personal. En reuniones secretas, pacta con los gigantes tecnológicos, que ya controlan el 29% del PIB mundial, la creación de un sistema de vigilancia total, disfrazado de innovación y seguridad ciudadana. Cámaras con reconocimiento facial aparecen en cada esquina, presentadas como herramientas para reducir la delincuencia. Dispositivos domésticos inteligentes escuchan conversaciones, supuestamente para “mejorar la experiencia del usuario”. Satélites y sistemas de inteligencia artificial monitorean patrones de conducta, anticipando movimientos antes de que ocurran.

En pocos años, la nación entera se convierte en un experimento de control social sin precedentes, donde cada gesto, cada palabra y cada pensamiento quedan registrados. Nadie lo sabe aún, pero el viejo sueño americano acaba de convertirse en una pesadilla perfectamente administrada.

(Continuará)

lunes, 15 de diciembre de 2025

Mecánica cuántica judicial: la filtración sin pruebas (II)

 

Cuando era muy joven, durante el franquismo, y siendo estudiante de Químicas en Sevilla, descubrí al gran poeta catalán Salvador Espriu a través de su libro La pell de Brau, editado en versión bilingüe en 1968 por Cuadernos para el Diálogo. Desde entonces ha transcurrido mucho tiempo y he olvidado algunos de sus poemas, pero aún recuerdo cómo Espriu convertía la Península Ibérica en una poderosa metáfora: una “piel de toro” marcada por la sangre, las heridas y una historia violenta, en la que los hombres no pueden existir si no son libres. Es una invocación a la libertad, a la dignidad colectiva y a la necesidad de evitar la imposición de la voluntad de unos pocos.

 

Este recuerdo ha vuelto a mi memoria a raíz del desarrollo del juicio contra el FGE, y me pregunto

La Mañana 18.12.2025

por qué, en los numerosos comentarios aparecidos en los medios, jamás se alude al hecho de que siga permaneciendo en la sombra, sin dar la cara, la llamada “fuente secreta” que ha dado origen a este juicio tan infame y a tantos infundios denigrantes para la víctima, el FGE Álvaro García Ortiz, y también para las biografías de quienes lo han promovido y se han basado en ellos para redactar la presuntamente fantasmagórica condena. En este sentido, creo firmemente que hay que defender la libertad de información y la protección de las fuentes. Pero me sorprende y escandaliza que la persona responsable de la filtración, cuya identidad y finalidad ignoro, a la vista de los ataques y de la manipulación tan brutales que se ha desencadenado, haya mostrado una cobardía semejante, lo que ha contribuido a erosionar la ya quebrantada y amenazada salud del Poder Judicial, su órgano de Gobierno el CGPJ y la propia democracia. ¿Por qué no se ha atrevido a ser valiente y se ha plantado en el juicio y ha dicho: "Si, señoras y señores, jueces de la Sala Segunda del Tribunal Supremo, yo soy la fuente que tal día y a tal hora filtró a las siguientes personas... Las acusaciones que se están sosteniendo sobre la actuación del FGE se basan en mentiras y aquí les muestro las pruebas fehacientes que voy a dejar de ocultar al dejar de ser una persona cobarde". No ha sido posible, no se ha presentado. Es por ello, que espero que en el futuro el periodismo veraz que todavía existe, no escuche ni otorgue confianza a quien ha erosionado todavía más el pésimo estado de la Justicia y ha preferido la condena de una víctima inocente para salvar su pellejo o, tal vez, solo su reputación

 

Dentro del mismo contexto, pero cambiando de argumentación, decía y defendía en mi anterior artículo y amplío ahora, que la Sala Segunda del Tribunal Supremo parte de una idea inicial expresada en forma de disyunción lógica, es decir, una frase del tipo “A o B”. En cuyo caso: A: “Pudo ser Álvaro García Ortiz “y B: “Pudo ser alguien de su entorno, con su conocimiento”. Esto, a mi modo de ver, significa o al menos yo lo interpreto, que el Tribunal acepta como punto de partida que la filtración pudo hacerla el FG o pudo hacerla alguien de su entorno. Pues bien, en pura lógica, cuando tienes una disyunción “A o B”, no puedes afirmar que solo A es verdadera, a menos que demuestres que B es falsa. Es decir, para poder concluir que “A”, es verdadera, hay que “demostrar” previamente que “B” es falsa.

 

Ante esta disyuntiva, cabe preguntarse ¿Y qué problema señala el texto de la Sentencia? Pues que en ella, o sea, en la Sentencia, el Tribunal no demuestra que “B” sea falsa. Dicho con otras palabras: “no prueba que nadie del entorno pudiera haber filtrado el correo”. Y, por consiguiente, como no demuestra que “B” sea falsa, la disyunción A o B sigue abierta y, por lo tanto, siguen existiendo dos posibilidades. Y si siguen existiendo dos posibilidades, no puede afirmarse de forma lógica y concluyente que la filtración la hizo A; es decir el FGE, Álvaro García Ortiz.

 

En consecuencia, surge otra pregunta ¿Por qué “B” no puede descartarse? Pues, porque según señala la propia Sala Segunda del Tribunal Supremo en su Sentencia, el “entorno” comprende a todas las personas que tuvieron acceso al correo electrónico. Y, que se sepa, ese grupo no es pequeño, sino más bien amplio. Por lo tanto, afirmar que: “solo pudo ser “A”, equivale a decir: Es falso que cualquier otra persona del entorno pudiera haber sido; o sea, “B”. Pero esa negación no está demostrada en la Sentencia.

 

Conclusión: si no se ha probado que “B” sea falsa, no puede colegirse que la filtración fue obra del Fiscal General del Estado “A”, partiendo únicamente de la disyunción “A o B”. A este respecto, tal vez por eso, en el propio texto de la Sentencia se afirma que: “No queda demostrado lógicamente que “A” sea la única opción”. Ante esta constatación, me parece a mí  - y a otros muchos ciudadanos que se aproximan a esta cuestión con honestidad - , que mantener una imputación particularizada contra “A “y dictar posteriormente una Sentencia condenatoria, supone, desde una valoración personal, una clara injusticia.

 

En definitiva, a mi juicio, la Sala Segunda del T.S. parece haber realizado una aportación interpretativa singular, casi metafórica, al razonamiento jurídico y pensamiento científico: la de una suerte de Sentencia ajustada a una mecánica cuántica judicial, en la que no resulta necesario medir para conocer el estado de la partícula, ni observar para saber quién fue el que habló. Basta con suponer, intuir o, quizá, desear el resultado. El colapso de la función de onda se produciría así sin experimento, sin huella y sin prueba empírica. Aplicada a este caso, la teoría sería simple: aunque el correo pudo haber sido filtrado por cualquiera de las muchas personas que tuvieron acceso a él, la partícula termina colapsando siempre en el mismo estado, el del Fiscal General, Álvaro García Ortiz. No porque se haya demostrado que los demás no pudieron ser, sino porque, según esta lectura crítica, resulta más conveniente que no lo fueran. Tal vez estemos, entonces, ante una nueva y simbólica versión de La pell de Brau: una piel en la que la verdad permanece en superposición, la fuente en la sombra y la justicia opta por no mirar por la mirilla, no sea que la observación perturbe en exceso el resultado previamente asumido.