No cabe la menor duda, el mundo vive un momento profundamente perturbador. Creo que ni los que votaron a Trump pensaban que iba a hacer lo que está haciendo en estas tres semanas que lleva como Presidente de los EE.UU; es todavía mucho peor que lo que prometió. De hecho, la vorágine de provocaciones y controversias de Donald Trump en su vuelta a la Casa Blanca no tienen límite y lo invade todo.
Admitámoslo, oscilamos entre la fascinación y la perplejidad. Miramos la pantalla esperando el último giro, la última sorpresa; es la política del shock. Es difícil sustraerse al ritmo vertiginoso de las proclamaciones y decretos que, casi a diario, firma Trump y a ese impulso eléctrico de altercaciones y escándalos que diariamente conocemos a través de los medios de comunicación. El 47 inquilino de la Casa Blanca parece que sabe lo que hace, no nos engañemos. No ha llegado solo, utiliza la estrategia de Steven Bannon de "inundar la zona", abrumar a la opinión pública mundial y oposición interna del partido demócrata, con directivas y anuncios incesantes que hace muy difícil reaccionar y rebatir, además de crear confusión y desconfianza. En este sentido, una de las estrategias del Presidente republicano es controlar la agenda pública, desgastar por cansancio a quienes se le enfrentan o resisten y convertir la transgresión en una herramienta de poder. Y para ello, se ha aliado con Elon Musk, un valido que maneja a su antojo la Administración del Estado más poderoso del planeta, sin más mandato ni respaldo que el abrazo de su amigo el presidente Trump, que fundamenta y fomenta su poder creando un caos circundante. De esta manera avanza el dúo Trump-Musk que progresa en su campaña destructiva arrasando con todas las instituciones nacionales e internacionales que se interponen en su camino. Ya que su objetivo es remodelar un mundo en el que prevalezca la "ley del más fuerte"; es decir, un entorno en el que la fuerza y el poder dominen por encima de toda norma existente. Su ofensiva causa desconcierto, congoja y hasta miedo. Es por ello que, ahora más que nunca, la Unión Europea ha de estar unida y vigilante ante este matrimonio oscuro del poder y del dinero. Dado que esa fusión entre el autoritario poder político imperialista avasallador de Donald Trump y el milmillonario tecnoligarca Elon Musk y otros, además de altamente irresponsable, es corrosiva y un peligro para las Democracias Liberales y para todo el planeta. Y es que a medida que las instituciones democráticas se debilitan y los líderes autoritarios ganan poder, el futuro de nuestras sociedades se torna cada vez más incierto. La erosión de los valores democráticos y la constante amenaza a la libertad de expresión generan un ambiente de desconfianza y temor. En vista de este escenario, es esencial que los ciudadanos y los líderes mundiales democráticos se mantengan firmes y defiendan los principios fundamentales que sostienen nuestras sociedades libres. La responsabilidad recae en todos nosotros para resistir la tentación del autoritarismo y abogar por la transparencia, la justicia y la igualdad.
En este contexto, conviene no olvidar que los modelos de explotación sobre el común han adoptado a lo largo de la Historia diferentes formas. Podríamos definir como una constante la pérdida de valor de la coerción a favor de la propaganda. En ese proceso, creo que hemos alcanzado un nuevo umbral. Hoy, a la propaganda la ha sustituido una herramienta mucho más potente, la IA. Con una combinación letal entre el bombardeo constante de historias y la modificación de los modos de construcción del pensamiento, la manipulación ha alcanzado un nivel crítico. Para combatirla, hoy por hoy, las organizaciones mundiales supranacionales como la ONU, la Organización Mundial del Comercio o el Consejo de Europa y las corrientes de base igualitaria, como la Declaración Universal de Derechos Humanos o el Derecho Internacional Humanitario, por citar algunas a título de ejemplo, carecen de la herramienta fundamental para poder ejercer alguna oposición y hacer prevalecer la verdad; puesto que los canales de comunicación están en las manos que están y no se barrunta un cambio a corto plazo. Tal vez por ello, cabe utilizar la guerra de guerrillas, la acción en el entorno inmediato, ser la gota de agua que cae sobre el oscuro aceite que hoy parece cubrirlo todo. Igual sí, igual si es tiempo de maquis, de resistencia, como ya ocurrió en el pasado inmediato en nuestro país. Y es que considerando esta realidad, vivimos una era de transformación geopolítica y sociopolítica marcada por dos grandes fuerzas. Por un lado, el desafío al orden mundial-liberal-democrático que abanderan potencias autoritarias como Rusia y China, que buscan redefinir las reglas globales en función de sus propios intereses. Y, por el otro, las actuales fuerzas nacionalpopulistas republicanas de los EE.UU, a las que se le unen la extrema derecha que se están propagando en los países de la UE. Unas fuerzas de extrema derecha en pleno auge expansivo en un Occidente en decadencia que no ha sabido dar respuesta al malestar económico y cultural de sus clases populares, que están debilitando a las propias democracias desde dentro, y que persiguen igual o parecidos intereses que los dos estados citados anteriormente.
Ante este oscuro panorama, es crucial reconocer que la lucha por la democracia y los derechos humanos no es solo una batalla política, sino también una batalla cultural y social. Se debería pues, fomentar una cultura de respeto y solidaridad, promoviendo la educación y el diálogo como herramientas para combatir la manipulación y la desinformación. La cooperación internacional y el fortalecimiento de las alianzas entre las democracias han de ser esenciales para enfrentarnos a los desafíos del futuro y garantizar un mundo más justo y libre para las generaciones venideras.


