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lunes, 23 de junio de 2025

Feliç nit de Sant Joan!

 

Desde el principio del tiempo, hace más de 45.000 años, cuando aún no existían nombres para las estaciones ni relojes para contar los días, los sapiens cromañones miraban al cielo y al fuego con la misma reverencia que los humanos modernos hoy lo hacemos. Ellos, en lo más profundo de las habitadas cavernas, entre sombras danzantes y piedras tibias, encendieron las primeras hogueras no solo para calentarse o espantar a las bestias, sino para ahuyentar la oscuridad que se les colaba en el alma. Una noche, que quizás ya sabían que era la más corta del año, el fuego pareció hablarles con una lengua de chispas, mientras les prometía renovación, les susurraba que el sol, aunque se escondiera, siempre regresaría hasta ellos. Y, tal vez así, nació la costumbre de rodearse de los suyos, de mirar la danza de las llamas y confiar juntos en el regreso de la luz. Los más viejos, seguramente contaban historias, vividas unas, inventadas otras, con los ojos brillando como brasas, mientras los pequeños, con el asombro aún de la nueva experiencia, daban vueltas alrededor del fuego, como si su risa también pudiera invocar un cambio de ciclo: la llegada del verano. Se quemaban ramas, hojas secas y miedos; se saltaban las llamas como si así se pudiera purificar el alma. Se compartía el alimento, la algarabía y el silencio, y a veces también el llanto, porque sabían, como lo sabríamos después nosotros, que hay cosas que solo las entiende el fuego. Pasaron los siglos, llegaron las lenguas, se vertebraron los credos y surgieron los nombres, pero el rito sobrevivió a todo esto. Cambiaron los rostros, pero no el anhelo. Y así, cada víspera de San Juan, cuando el sol comienza a retirarse, algo ancestral se enciende en nuestros corazones, quizás recordando, sin saberlo, aquellos remotos tiempos. Y junto al fuego, una señal que no aprendimos, sino que sentimos como algo nuestro, un canto a la amistad, eterno.

 

Segre 24.06.2025

Hoy, noche de San Juan, cuando el sol se despide con sus últimos destellos y el aire empieza a susurrar algunos secretos de un incipiente verano, nos juntaremos un año más las familias, los amigos, en cualquier casa, en cualquier lugar, con una luz más cálida que la iniciática de la amistad. Y, reunidos en torno a la mesa, las estrellas del cielo no serán las únicas en brillar. Pues, junto a ellas y las llamas de la hoguera que pronto danzarán en la noche, resplandecerán con luz propia las historias de incontables solsticios de verano que nos traerán a la memoria los pasados años de la infancia. Que la noche de San Juan, con sus rituales y su promesa de renovación, nos encuentre siempre unidos en un círculo de armonía, aprecio y afecto. Que las chispas que asciendan hoy hasta el cielo nos recuerden que la amistad es ese fuego que nunca se debería apagar, ese abrazo invisible que nos conecta y nos eleva. Así pues, en cada mirada, en cada risa, en cada brindis, celebremos el tesoro imperecedero de ser amigos de nuestros amigos. Porque en esta mágica noche, más allá de la tradición, lo que realmente nos une es el valor inquebrantable de compartir un espacio, un tiempo de nuestras vidas.

 

¡Foc nou, vida nova! Termino y alzo mi copa para que nos acompañe la voz de Virgilio, susurrando entre llamas y estrellas: “Omnia vincit amor, et nos cedamus amori” (El amor lo vence todo; cedamos también nosotros al amor). Y, como nos recuerda Heráclito, “Panta rhei” – todo fluye. Porque esta noche, también nosotros fluimos: con la vida, con el tiempo, con la esperanza. Y en ese fluir compartido, nos reconocemos y nos abrazamos, sabiendo que lo más importante no es detener el instante, sino celebrarlo juntos, mientras la luz vuelve a renacer.

 

Feliç nit de Sant Joan!!!

miércoles, 18 de junio de 2025

Dando en el clavo: corrupción estructural, el negocio del poder

 

En España, la corrupción no es un accidente, sino una coreografía bien ensayada. Primero cae el asesor, luego dimite el político secundario, mientras la imagen pública del escándalo se gestiona con registros a sede de partido en horario de máxima audiencia. Pero el poder real permanece intacto. Hablo, no el poder que ocupa escaños, sino el otro, el real, el que firma contratos desde los consejos de administración. Ahí donde no entran los jueces con órdenes, sino los directivos con trajes impecables y contratos blindados.

 

De hecho, ¿habrá quien se atreva a examinar las cuentas de las grandes constructoras? ¿A impedir que Ferrovial, ACS, Sacyr, OHLA o FCC y algunas otras más, sigan beneficiándose de adjudicaciones públicas tras años de sobrecostes, comisiones encubiertas y favores que se devuelven en forma de modificaciones contractuales? No sucederá, no,  lo estoy y estamos seguros casi todos los ciudadanos. Porque abrir esa puerta significaría reconocer lo evidente: que no hay separación entre política y empresa, sino una simbiosis cuidadosamente mantenida a lo largo de los años.

 

Segre 23.06.2025

Y es que, aunque nos cueste aceptarlo, las constructoras y otras grandes empresas no son meras financiadoras de la política, sino diseñadoras del poder político. No solo erigen carreteras o edificios, sino que estructuran relaciones, aseguran influencias y determinan quién prospera en el ecosistema de lo público. En este modelo, la corrupción no se esconde en sobres o bolsas, sino en cláusulas legales, en licitaciones perfectamente empaquetadas y en modificaciones contractuales que disfrazan el sobreprecio. Por eso las investigaciones judiciales apenas rozan la superficie del problema. Se castiga, sí, al intermediario, pero se premia a la empresa que pagó el soborno con un nuevo contrato. Se inhabilita al alcalde, pero no se toca a la compañía que facilitó la irregularidad. Porque si mañana las leyes se aplicaran con la misma severidad que a los pequeños negocios o a todos los que somos ciudadanos comunes, medio Ibex quedaría vetado de la obra pública.

 

Y así, de esta manera, la maquinaria sigue funcionando. Y cada crisis política es una oportunidad para reajustar estrategias sin modificar el fondo del asunto. Se publican reformas, se endurecen normativas, pero los beneficiarios del negocio siguen siendo los mismos. El dinero no desaparece, solo cambia de cauce, moviéndose con la precisión de quienes saben que su influencia es demasiado grande para caer. Y, mientras tanto, el ciudadano contempla con impotencia el espectáculo, y ve con estupor que el sistema se renueva bajo otra etiqueta: digitalización, sostenibilidad, eficiencia. Se moderniza la estructura, pero no la cultura. La corrupción no necesita ocultarse, porque ha aprendido a disfrazarse de desarrollo y de progreso, garantizando su continuidad bajo nuevos términos que nadie se atreve a cuestionar. Porque de hacerlo, de investigar judicialmente hasta el fondo y condenar severamente a los verdaderos culpables, ¿entonces qué?, ¿quién levantaría hospitales, construiría carreteras o gestionaría grandes infraestructuras? La pregunta es incómoda porque revela la mayor de las impunidades: aquella que no necesita ocultarse, la que se institucionaliza como parte del sistema. La que, lejos de ser perseguida, es respetada.

 

Esta dinámica de impunidad no solo erosiona la confianza en las instituciones, sino que también perpetúa un ciclo vicioso donde la ética es sacrificada en aras de la eficiencia y el crecimiento económico. La sociedad, anestesiada por la complejidad de los entramados y la magnitud de los intereses, termina aceptando tácitamente un status quo que beneficia a unos pocos y perjudica a la mayoría. Se crea una falsa dicotomía entre la estabilidad y la transparencia, donde cualquier intento de disrupción es presentado como una amenaza al progreso. Y, en este escenario, la verdadera justicia se convierte en una utopía inalcanzable, dejando al ciudadano común con la sensación de que, al final, el poder siempre encuentra la manera de salirse con la suya. Y es que así, en este marco, en un eco atemporal que resuena con la cruda realidad que se describe, la advertencia de Tucídides cobra una relevancia escalofriante: "La injusticia en cualquier lugar es una amenaza para la justicia en todas partes."

 

lunes, 16 de junio de 2025

Corrupción: el cáncer que devora la democracia

 

La corrupción cabalga de nuevo, y lo hace implicando a quienes deberían representar con honestidad al ciudadano. Hace escasos años nos llegó vinculada al Partido Popular, en el caso de ahora afecta al PSOE; es una nueva y brutal herida a la confianza pública. Pues, escándalos como éste alimentan el hartazgo, y en la calle vuelve a sonar la frase que tanto daño hace "todos son iguales". Y no, no todos lo son, pero indudablemente desarma a los honestos y fortalece a quienes usan la indignación para construir discursos oportunistas de populismo radical. La corrupción no distingue ideologías, pero sí hay diferencias en cómo se reacciona, en quién asume responsabilidades, en quien se esconde y quien da la cara. En este contexto, en España, como en cualquier democracia de nuestro entorno europeo, existen mecanismos de control, una prensa libre y una justicia. Pero cuando fallan, cuando se tapan, cuando se banaliza el robo al bien común, se abre una grieta que no solo deja pasar la corrupción, sino también la desafección, el extremismo y la manipulación emocional. Y es que, como decía el llorado Pepe Mujica: "La corrupción es el peor enemigo de la democracia, porque destruye la confianza, que es su cemento esencial". Dentro de este panorama no hace falta escuchar en estos días, los gritos histéricos de la derecha y extrema derecha, para ser conscientes del drama brutal que se presupone han hecho Santos Cerdán, Ábalos y Koldo a todos aquellos que tienen una sensibilidad de izquierda progresista. Es por eso que, en estas tristes pasadas horas desde que surgió la noticia, imagino que tendrán pocas ganas de hablar, de opinar, de decir lo que sienten y casi les apetecerá más cerrar los ojos y los oídos esperando que, como en un mal sueño, pase la tormenta . Y, como en los duelos, también supongo que tendrán que dejar pasar el dolor del golpe y, después, tratar de recuperar la fuerza de los principios y valores, ahora sacudidos, que les alimenta, para no dejarlo todo en manos de ellos, en los que siempre gritan.

 

La Mañana 20.06.2025

Indudablemente, un partido, sea cual sea su ideología, es responsable de los actos de sus cuadros dirigentes. A este respecto, la corrupción no es una enfermedad que se atrapa no se sabe dónde ni cuándo, independientemente de la voluntad, sino un hecho constitutivo de la fisionomía del personaje corrupto. En este caso además, se trata de una trama, que entiendo debe ser o debería haber sido más visible desde el interior. En consecuencia, desde mi punto de vista, me parece evidente que el PSOE, como partido, es responsable de haberse dejado infiltrar de elementos nocivos y aún más de haberlos promovido a puestos de gran responsabilidad. No obstante, la diferencia con el PP-VOX es que estos últimos los defienden y mantienen hasta la muerte y, en el PSOE, parece ser que tiene intenciones de hacer una purga ejemplar. De la amplitud y sinceridad de ésta entiendo que dependerá toda su credibilidad futura.

 

En este marco, lo que sí cabe preguntarse es: ¿quién pone a este tipo de delincuentes en puestos de tal responsabilidad?, ¿de qué mecanismos se ha dotado el PSOE como partido para evitarlos? Pues, no se trata de expulsarles una vez consumado el presunto el delito, sino de prevenirlo.  A este respecto, ser político no es una profesión, es una función de representación temporal, y digo bien temporal, y cuanto más breve mejor, pues menor riesgo de corrupción habrá. La mitad del parlamento no ha hecho otra cosa en su vida que vivir de la política y no por amor al arte, ni al pueblo u otras zarandajas o fruslerías que se atreven a declarar, sino como profesión y medio de vida. La democracia se debe dotar pues de armas contra este tipo de gente que se infiltran como representantes del pueblo cuando, en el mejor de los casos, son unos arribistas sin bandera y en el peor, vulgares ladrones. Hay por consiguiente que poner medidas para evitar poner la miel al alcance del goloso: En otras palabras, mandatos reducidos, obligación de no acumulación de responsabilidades, discontinuidad de varios años entre los mandatos...etc. Algunas de las herramientas son bien conocidas, pero la voluntad política no las sigue, ni en el PSOE ni en el PP, ni en ningún otro partido. Y es por ello que la democracia se muere de insinceridad, quizá de hipocresía, y de una enfermedad llamada corrupción que ataca caprichosamente a unos y a otros. Si el PSOE quiere seguir teniendo cierto margen de maniobra para ofrecer a los ciudadanos una oferta legislativa que le permita seguir gobernando, si pretende continuar adelante en un Gobierno de Coalición con las fuerzas que le apoyan para continuar en una dirección progresista de mejora de las condiciones de vida de la mayoría de españoles, si quiere tener legitimidad para permanecer, resistir y aguantar hasta el 2027, debe ser, hoy más que nunca, en estos difíciles momentos por los que atraviesa, sincero, y dotarse de principios y sistemas de auditoría interna y externa. Pues los electores, hastiados de la corrupción y cansados de los fraudes, no votarán al que tenga la intención de corregirse, sino al que demuestre que es inatacable en materia de probidad. Y para ello, es absolutamente imprescindible, entre otras cosas, una profunda revisión de la Ley de Contratos del Sector Público vigente, que es la Ley 9/2017, de 8 de noviembre, que regula la contratación de bienes, servicios y obras por parte de las Administraciones Públicas. Una ley con la que se ejerza un control mucho más estricto sobre los órganos y personas que adjudican los contratos, con el objetivo de evitar que el Poder pueda dar prebendas a determinadas empresas en detrimento de otras que presentan un mejor contrato y, además, regulando y controlando, todas las situaciones que permitan saltarse dicha ley, para que no pueda volver a ocurrir. Pues tal como advertía Cicerón: “Nada hay tan oculto que no llegue a revelarse y nada tan secreto que no termine por salir a la luz.”

 

martes, 10 de junio de 2025

La metáfora y el silencio

 

El lenguaje modela el pensamiento y la manera en que percibimos al otro. Teje las palabras con la precisión y la suavidad de una telaraña que te atrapa. En este sentido, se podría decir que, para cambiar el mundo, solo se requiere el esfuerzo de reflexionar sobre cómo usar el arma más poderosa que poseemos: la palabra. Pero, en estos calurosos y frentistas días, azuzados por los intereses políticos de las direcciones que a cada partido y medio le convienen, hay quienes empiezan una reunión poniendo, a modo de lenguaje, una pistola 9 mm. Parabellum encima de la mesa, como ha ocurrido recientemente en la Conferencia de Presidentes de Comunidades Autónomas con el Gobierno del Estado. Y, con este talante, sus señorías, en vez de abrir las ventanas del pensamiento a la verdadera belleza de las palabras y al entendimiento para el bien de la sociedad y sus ciudadanos, han finalizado la reunión sin llegar a ningún acuerdo, mostrándonos, en clara manifestación, el profundo choque institucional que existe entre el Gobierno y la Oposición. En este contexto, dice el refranero, y afirma bien, que “dos no riñen si uno no quiere”. Pero, lamentablemente, sus señorías o no entienden el lenguaje, o no quieren entenderlo, o lo utilizan como arma arrojadiza para tirarse los trastos a la cabeza y andar continuamente a la greña. Y es que las limitaciones u omisiones del lenguaje, ya sea a través de palabras habladas y escritas, además de la expresión corporal, suponen una grave barrera para el pensamiento intangible, el deseo y la fuerza de voluntad política, que se desvanecen ante la falta de intención por parte de quienes lo manifiestan e interpretan, creando una barrera para el entendimiento entre los interlocutores.

 

A este respecto, convendría recordarles que, dado que sus decisiones políticas afectan a todos los ciudadanos, en vez de lanzarnos crudamente la inoperancia y ordinariez verbal que utilizan en sus desencuentros, deberían emplear, al menos, alguna figura retórica para evitarnos el bochorno que sentimos ante las noticias que, a través de los diversos medios, tenemos que oír, ver y/o leer día tras día. Y, para ello, entiendo que nada mejor que recurrir a la metáfora. En el lenguaje, las metáforas no son adornos, sino arquitecturas invisibles que dan forma a lo que vemos, sentimos y creemos posible. Además, sirven para embellecer lo que decimos, facilitar la comprensión de ideas abstractas, provocar emociones y estimular la creatividad. A ver si así, utilizándola, es posible que lleguen, con inteligencia y armonía, a algún pacto o compromiso. Y, en todo caso, en el supuesto de que con ellas tampoco lo logren, quizá se pueda ir un paso más allá. Pues, si como sugiere el filósofo británico Andy Clark, profesor de Filosofía Cognitiva en la Universidad de Sussex, el cerebro no percibe la realidad, sino que la predice, entonces el lenguaje no solo nombra el mundo, sino que lo programa por adelantado. Por consiguiente, podría decirse que cada metáfora es un impulso anticipado, ya que no pensamos y luego hablamos, sino que hablamos y, entonces, el cuerpo actúa como si lo dicho ya fuese cierto. En consecuencia, extrapolando esta singularidad al discurso belicista que invade la Cámara de Diputados y el Senado, y que, queriendo o sin querer, hace ya tiempo se nos lanza a los ciudadanos a través de los medios, no solo empobrece el pensamiento de quienes lo reciben, sino que además reconfigura nuestro razonamiento, lo convierte en trinchera y lo pone en guardia. Es decir, no es el odio lo que nos hace hablar con violencia, sino la violencia admitida e incorporada la que nos predispone al odio. Y una sociedad, en metáfora bélica, no necesita enemigos reales; basta con los términos adecuados para que el sistema nervioso crea estar bajo un ataque. Y así, las metáforas se convierten en comandos biológicos. Tal vez por eso, cambiar de lenguaje no es un gesto poético, sino un acto fisiológico, político y sensorial que necesitamos que se haga con urgencia en el más amplio sentido.

 

Y, en ese hipotético cambio de paradigma, para intentar entenderse ellos y nosotros, creo que, quizás, más radical todavía que utilizar la metáfora, sería sostener el silencio donde aún no hay predicción posible. Y es que, en un mundo atiborrado de respuestas, el silencio no es vacío: es cautela y prevención de lo no dicho, espacio productivo e inagotable donde una metáfora aún podría brotar. Ya que al adversario siempre le resulta difícil soportar el silencio porque no sabe qué hacer con él. Y tal vez esa sea nuestra única esperanza: hablar no desde el impulso de ganar, sino desde la pausa que permita que algo imprevisto emerja. En este marco, tal vez la metáfora más urgente de este hoy convulso en que vivimos no sea “guerra” ni “baile”, sino formación y crecimiento. Es decir, utilizar un lenguaje que no reaccione, sino que respire. Que no clasifique, sino que enlace. No se trata, pues, de ablandar el discurso, sino de desactivar la musculatura de la indecencia, la malicia, la sospecha y/o el recelo con el que muchos actúan. Pensar, hablar y escribir como quien planta, no como quien defiende. Porque, si las palabras que iluminan el lenguaje nos programan, pienso que también pueden reprogramarnos. Y, en tiempos de cinismo automatizado, imaginar una palabra que aún no existe puede ser el acto más radical de todos.

 

Es por todo ello que, en esta escandalera política, mediática y social tan ensordecedora que lamentablemente soporta nuestra sociedad sin merecérnoslo, vendría bien tener en mente una estrofa del poema Retrato de Antonio Machado, incluido en el libro Campos de Castilla, que escribió al reflexionar sobre su vida, sus ideas y su forma de estar en el mundo, con un tono íntimo y sincero, y que dice así:

     Desdeño las romanzas de los tenores huecos

                 y el coro de los grillos que cantan a la luna.

                 A distinguir me paro las voces de los ecos,

                 y escucho solamente, entre las voces, una.