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lunes, 11 de agosto de 2025

Las Médulas, Patrimonio en Llamas

 

Segre 16.08.2025
Es tremendo lo de Las Médulas. Y lo peor es que la tragedia no se reduce a las cenizas: lo que se quema también es la conciencia colectiva. Nos llenamos la boca con las palabras “Patrimonio de la Humanidad”, como si fueran un blindaje, cuando en realidad son un espejismo que nos hace creer que lo importante ya está protegido por decreto. Pero no hay decreto que sustituya a la prevención, ni protocolo que funcione sin voluntad. 

Aquí parece que seguimos pensando que la historia se conserva sola, que el paisaje se defiende por inercia… hasta que la realidad, en forma de humo y fuego, nos recuerda que la dejadez también deja huella.

 

¡Qué país! ¿Hasta cuándo vamos a mirar hacia otro lado?

martes, 5 de agosto de 2025

De Diógenes a Netanyahu: el cinismo que mata

 

Diógenes de Sinope caminaba por las calles de Atenas con una lámpara encendida a pleno día. “Busco a un ser humano”, decía, y su frase atravesaba la ciudad como una bofetada contra la comodidad moral de los ciudadanos. Pues, aunque su figura provocaba burla y desconcierto, lo que movía su gesto era una radical honestidad: denunciar la hipocresía del poder, el absurdo de las convenciones, la esclavitud de los deseos. Dormía en una tinaja, despojado de todo. Se reía de la riqueza, de los acaudalados, del orden social que convertía al esclavo en mercancía y al rico en modelo social. Ladraba como un perro -así lo llamaban- , contra las cadenas invisibles que los hombres aceptaban como un hecho natural; pero no lo hacía por rabia, sino por lucidez. Su cinismo no era desprecio por la vida, sino una forma extrema de exigencia ética: vivir sin hipocresía, sin doblez, sin máscaras.

 

La Mañana 6.08.2025

Más de dos mil años después, otro cinismo habita el mundo, pero éste ha abandonado la tinaja y la lámpara. Se ha vestido de traje oscuro, se parapeta tras ejércitos y alta tecnología, y ejerce su poder con la frialdad de un algoritmo. Es el cinismo del gobierno de Benjamín Netanyahu, que ha promovido a una condición sublime la barbarie. Un cinismo que aprovecha las recientes y espantosas imágenes del rehén israelí Evyatar David, en un túnel de la Franja de Gaza, para decir que es Hamás quien está matando de hambre a Gaza. Un cinismo que, amparado en la retórica, no desnuda las mentiras, sino que las fabrica; que no denuncia la crueldad, sino que la administra; que no busca la verdad, sino que la entierra bajo escombros. Un cinismo que utiliza el argumento de la autodefensa y el relato del dolor histórico de un pueblo que sufrió el Holocausto, para convertir Gaza en un laboratorio de muerte a plena luz del día. Y es que, en nombre de esa supuesta seguridad, en nombre del trauma, en nombre de una memoria instrumentalizada, se bombardea Gaza. Se castiga colectivamente a más de dos millones de personas, se destruyen hospitales, se bombardean escuelas, se bloquea el agua, la electricidad, la comida, e indiscriminadamente se asesina, se mata. Y la violencia se ejerce con precisión quirúrgica sobre la vida cotidiana de un pueblo que no puede escapar, que no tiene refugio, ni comida, ni mar, ni aire. Que no tiene nada.

 

El gobierno israelí justifica cada crimen con una argumentación conocida: autodefensa, amenaza, legitimidad. Pero no hay nada legítimo en matar por venganza, ni en castigar a niños por nacer en la Franja de Gaza. No hay nada ético en convertir el dolor histórico en coartada para la ocupación. La historia exige memoria, sí, pero también coherencia: no se honra a las víctimas del Holocausto repitiendo lógicas de opresión y exterminio sobre otro pueblo, en este caso el de Gaza. La víctima que se convierte en verdugo no deja de ser responsable.

 

El cinismo de Diógenes era un acto de resistencia solitaria. El de Netanyahu es un ejercicio de poder despiadado. Mientras Diógenes rechazaba el oro y los imperios, Netanyahu se aferra al poder a cualquier precio, asesinando miles de vidas inocentes para sostener su narrativa y construir un nuevo imperio. Su Gobierno se sustenta sobre la ultraderecha mesiánica, el desprecio al derecho internacional y una impunidad alimentada por la complicidad de los EE UU de América y de los gobiernos occidentales que aún hablan de “equilibrio” entre ocupante y ocupado, entre tanques y piedras, entre el hambre y la insaciable y milmillonaria industria armamentística.

 

Diógenes pedía que no le taparan el sol. Netanyahu lo apaga para millones de seres humanos. El primero era un perro que buscaba humanidad. El segundo, es un despreciable hombre que la persigue para destruirla.

 

Lo que sucede en Palestina, y más concretamente en la Franja de Gaza, no es una guerra: es un crimen. No es un “conflicto”, como se empeñan en decir algunos, sino una limpieza étnica sostenida por décadas de impunidad. El mundo lo ve. Algunos lo denuncian. Otros callan. Y mientras tanto, el fuego desciende del cielo, la infancia se sepulta viva y la palabra justicia se deshace en el humo de las bombas.

 

En tiempos como estos, recordar a Diógenes no es un capricho erudito: es una advertencia. Su lámpara, que buscaba seres humanos en un mundo de máscaras, aún arde —o debería arder— dentro de quienes no aceptan el horror como rutina. El cinismo filosófico era una crítica a la mentira. El cinismo político de Netanyahu es su celebración. Y de ese abismo, si no lo rechazamos, no se regresa jamás. Y es que como nos dejó dicho en su libro Los hundidos y los salvados, Primo Levi, el escritor italiano de origen judío sefardí, sobreviviente de Auschwitz y una de las voces más lúcidas del siglo XX frente al horror: “Ocurrió, por tanto puede volver a ocurrir... puede ocurrir en cualquier parte."

 

miércoles, 30 de julio de 2025

Gaza, la vergüenza de Occidente.

 

Segre 30-07.2025
Lo que sucede en Gaza es una execración histórica. Y lo más estremecedor no es solo la violencia, los asesinatos, los ataques indiscriminados y desproporcionados o la obstrucción de la ayuda humanitaria, entre otros crímenes de guerra y de lesa humanidad, sino el modo en que Israel está llevando a cabo un genocidio contra el pueblo palestino. Lo hace con una fría racionalidad, sin el menor temblor, como si exterminar pudiera concebirse como un acto quirúrgico, limpio y aséptico. Y es que en esta televisada barbarie, el Gobierno de Netanyahu, ha convertido ahora también el hambre en arma de guerra y la diplomacia en cómplice. Y Occidente, que se ufana de encarnar los valores universales, ha optado por el cálculo antes que por la humanidad. No es neutralidad lo que está realizando la Unión Europea, es colaboración pasiva, envuelta en comunicados esterilizados y tecnocracia moral. La incongruencia es insufrible: permitir que Israel les mate de hambre con razones legales, pasar por alto que bloquee la ayuda humanitaria mientras se emiten alegatos sobre la dignidad humana. Eso no es decadencia, es pura putrefacción con medias y/o corbata.

 

En este contexto, como si la deshumanización no bastara, y por si hiciera falta aún más cinismo institucional, hace unas fechas, la jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas, advirtió a Israel de que “matar civiles que buscan ayuda humanitaria es indefendible”. Y antes dijo A. Y antes, B. Y antes, nada. Mediante un mensaje en redes sociales, planteó que “todas las opciones están sobre la mesa” si Israel “no cumple sus promesas”. Resulta alarmante y profundamente hipócrita, el modo en que se dosifican las advertencias, se sustituyen los verbos, se ensayan nuevos eufemismos, se matiza una condena con otra y se adorna lo insoportable con adverbios cautelosos, mientras, la realidad se desangra sin retórica. Y es que la señora Kallas, como Alta Representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, y su desvergonzada jefa Úrsula von der Leyen , Presidenta de la Comisión Europea, encarnan una diplomacia incapaz de estar a la altura moral del momento. Y no por falta de datos ni de información, sino por falta de convicción, de dignidad y de coraje. En vez de proceder con la resolución que requiere el hambre, la desesperación y asesinatos de civiles inocentes, se inclina por demorar, modular, esperar. Como si la muerte y mutilación de niños y personas inocentes por desnutrición o fuego cruzado pudiera acomodarse al calendario diplomático.

 

No hay guerra en Gaza, es mentira, nunca la hubo, hay genocidio. El que está realizando el criminal, genocida, racista y colonialista Gobierno de Benjamín Netanyahu. Y la hambruna no es el resultado de nada, la hambruna es otra de las armas del genocidio, un arma de diseño, organizada estratégicamente para matar sin tener que echar aterradoras bombas sobre una población dejada a su suerte por todo el mundo. Y es que, lo que está ocurriendo en Gaza y resto de Palestina no tiene parangón histórico. Es la inmoral vergüenza de Occidente, nuestra indecente degradación como humanidad. Creo que Gaza es el juicio final de nuestra época, y la estamos perdiendo sin tan siquiera presentar defensa. Porque no se trata ya de política exterior, ni de seguridad, ni de alianzas estratégicas: se trata del umbral más básico de la humanidad. Y lo hemos cruzado en dirección contraria. Estamos viendo morir a inocentes por inanición en directo, y seguimos enviando armas al verdugo. Eso no es “realpolitik”, es barbarie decorada de civilización. Y el precio no es solo moral. Lo que Occidente pierde en Gaza no lo recuperará con tratados ni con ayuda postconflicto. Lo que se derrumba ahí es su alma, como bien dice Josep Borrell, y quizá —solo quizá— ya no haya túnel que conduzca de vuelta. Estados Unidos, Alemania y el conjunto de la Comisión Europea son tan culpables del GENOCIDIO como Israel. Son una vergüenza para nuestra especie humana.

 

Hoy rigen las sociedades humanas una “ontología de negocios”, una “diplomacia transaccional”, que programa ganancias a gran escala. Para lo cual dibuja mapas, aniquila poblaciones, echa abajo toda la vida en nuestro planeta. Mientras unas grandes plataformas tecnológicas entretienen a la población, nos roban el tiempo, la energía y la conciencia, de manera que podamos soportar toda la crueldad inimaginable con el corazón helado. Desde mi punto de vista, creo que hemos llegado a un punto, en el que ya no se puede esperar nada de las Instituciones Internacionales.

Un punto en el que no hay la más mínima diferencia entre el sionismo y el nazismo: dos ideologías basadas en la asquerosa idea de creerse el pueblo elegido; uno, por motivos de raza; el otro, por considerarse el pueblo escogido de un concreto dios. Y, en esta dual disyuntiva, los no favorecidos son considerados como alimañas a exterminar.

 

Las tremendas y terribles imágenes que los medios de comunicación nos muestran cada día parecen pertenecer a un pasado oscuro que creíamos superado: el de los campos de exterminio de la Segunda Guerra Mundial. Con dos diferencias notables: una, que hoy el exterminio se comete a la vista de todo el mundo; y otra, que la única diferencia entre las imágenes de Auschwitz y las del campo de exterminio de Gaza es el color.

 

Como en La náusea, la novela de J.P. Sartre, puedo decir, seguramente como otros millones de ciudadanos, que soy un hombre que se siente abrumado por un profundo sentimiento de repugnancia y vacío existencial ante comportamientos tan inhumanos y bestiales como los de Israel y sus aliados, que no quieren, pueden o saben detener. Ya no existes, Israel. Tú futuro ha quedado cancelado….

 

 

 

 

 

 

domingo, 27 de julio de 2025

Relato: Donde arde el silencio



 

El pasado nunca pasa. Es un espacio que tiene como punto de partida y final el paisaje sonoro de la vida. Y es que aquel verano del 66, grabado en mi memoria con arena y luz intensa, no se limitó a la ciudad de Villa Cisneros ni a los días de calma entre la familia y amigos. Hubo también una parte más intensa, cruda y transformadora, que me llevó a adentrarme en el corazón mismo del desierto. Y, si bien el principio de aquel viaje fue el reencuentro con mi padre y hermano a quienes no veía desde hacía casi un año, lo que vino después fue todo un descubrimiento.

 

A buen seguro, muchos, en algún momento de nuestra vida, hemos soñado con paisajes que no se ven, sino que se sienten, con pasar unas vacaciones de verano que no se viven, antes bien se descubren en un lugar donde la búsqueda de nuevas experiencias y la promesa de una transformación íntima nos cambien la vida. En mi caso, ese momento fue uno vivido en un idílico paraíso hace muchos años, el verano de 1966. Tenía entonces 21 años. Fue una experiencia irrepetible, de las que dejan huella, en la que acompañé a jóvenes oficiales y sus tropas por las entrañas ardientes del entonces llamado Sáhara Español.

 

Todo comenzó un domingo durante la comida. Entre plato y plato, mi padre comentó que al día siguiente saldría una patrulla de maniobras hacia el interior, no supe bien por qué, pero sí recuerdo que sentí el impulso de ir. Le pregunté si podía acompañarles. Me miró, primero con sorpresa, luego con una mezcla de orgullo y duda. Consultó con mi madre y, finalmente, me dijo, sin adornos: bueno. Acto seguido añadió con cierta gravedad: pero ten en cuenta que esto no es una excursión, es el desierto y no vas a tener ninguna comodidad. Asentí con la cabeza.

La Mañana 28.07.2025

 Partimos de madrugada, cuando el acuartelamiento aún era una sombra y el mundo parecía suspendido en un silencio anterior al tiempo. Tomamos la carretera del litoral, rumbo norte. Poco a poco, como un telón que se retira, fueron desapareciendo las edificaciones de Villa Cisneros. Se abrió entonces ante mí un paisaje único: a la izquierda, el Atlántico; a la derecha, la ría de Dajla. El desierto nos recibía, tras haber recorrido algo más de cuarenta kilómetros flanqueados por agua, como si antes de mostrarnos su verdadera faz quisiera acariciarnos. Tras un par de horas de viaje, hicimos la primera parada. Almorzamos cualquier cosa, simple y necesaria, satisfechos de haber avanzado, aunque el tiempo pareciera quieto. Después de la breve pausa, retomamos la marcha siguiendo las órdenes de los superiores. Fue entonces, al dejar la carretera asfaltada, cuando comenzó la auténtica expedición. Entramos en una pista de tierra, los todoterreno cabeceaban como burros obstinados, y yo miraba al horizonte intentando medir distancias que no se dejaban medir. Todo parecía igual: arena, cielo azul intenso y calor. Sin embargo, en esa repetición latía una belleza extraña, antigua, irreal. A lo largo del día apenas hicimos descansos, solo los necesarios para beber un poco de agua —si es que podía llamarse así a aquel líquido ya tibio por el sol— y para comer algo bajo el peso abrasador del aire. Con rapidez recogíamos todo y continuábamos adelante, navegando por un océano seco con brújulas y mapas, ascendiendo dunas, sorteando piedras y espejismos; la naturaleza se nos mostraba como un reflejo sin forma, irradiándonos sin misericordia.

 

Con la llegada del primer anochecer, el mundo cambió de textura. Paramos los vehículos y montamos las tiendas de campaña. El capitán al mando de la expedición, un hombre veterano de rostro curtido y mirada dura, organizó los turnos de guardia, la cena y las tareas para el día siguiente. Al poco rato, mientras los soldados descansaban o hablaban en voz baja, la oficialidad, con café y algún trago que animaba la conversación, consultaba mapas enormes, trazando la ruta que seguiríamos al amanecer. A pesar del cansancio, sabían que al alba volvería el implacable sol y que la interrumpida marcha seguiría sin tregua. Las tiendas eran de loneta gruesa y útiles para dos personas. Se dormía separados por rango, claro está, y a mí me asignaban casi siempre compartirla con un alférez, tan novato como yo, recién salido de la academia y aún sorprendido por la rudeza de aquel mundo. No obstante, en un par de ocasiones pedí dormir fuera, sobre la arena, envuelto en mantas; lo hice por el deseo de contemplar aquel increíble cielo, por ver las estrellas sin filtros. Allí, en lo alto, las constelaciones parecían más cercanas que nunca, como si el desierto me hiciera vivir más cerca del universo. Era un espectáculo imposible de olvidar. Sin embargo, no todo era belleza. El frío de la noche en el desierto era otro tipo de adversario. No venía del viento ni de la intemperie. Era una presencia envolvente, sin rostro, que se colaba en la colchoneta, en los huesos y hasta en los recuerdos. Incluso las caricias guardadas en el alma se helaban en aquella colosal soledad. Ese frío, aún hoy, regresa a mi mente en algunas madrugadas invernales y, al hacerlo, desentierra los recuerdos más íntimos. Tal vez por eso nunca he dejado de buscar calor en otros, en mí, en el mundo que me rodea, como quien intenta vencer no al clima, sino a la misma soledad.

 

Viajábamos en viejos Land Rover que rugían como bestias cansadas, abriéndose paso por caminos improbables en busca de nuestros destinos: los oasis de Edchera y Daora, que, como por arte de magia, surgieron de improviso en medio de la nada. En aquellos vergeles, la vida brotaba de golpe: altas palmeras, agua dulce y una vegetación insólita que rompía el silencio mineral del desierto. Desde el principio, la travesía tuvo algo de rito. Un rito antiguo, hecho de arena, estrellas y silencio.

 

Aquel primer viaje fue una revelación. Me enamoré del desierto. Desde entonces, cada vez que había una expedición programada, pedía permiso a mi padre y me ofrecía como voluntario para acompañarles. Necesitaba regresar a ese lugar que me despojaba de lo superfluo y me ofrecía, a cambio, una verdad más cruda y luminosa. La vida en Villa Cisneros, por su parte, era el contrapunto perfecto a la dureza del desierto. Desde mi llegada, su ritmo me atrapó. Era una ciudad que despertaba al anochecer. Los comercios y bazares estaban abiertos hasta muy tarde, las plazas se llenaban de voces y la mezcla de culturas dibujaba un escenario fascinante. Allí hice amigos entrañables: unos, hijos de empresarios; otros, profesores del instituto; algunos, jóvenes como yo, hijos de jefes u oficiales del ejército, todos compartiendo charlas interminables entre vasos de ron canario, güisqui o el delicioso té moruno con hierbabuena, que yo solía aderezar con un poco de orujo. Esa mezcla, extraña para algunos, me sabía entonces a libertad; a mí me dilataba los sentidos, sobre todo si lo bebía en buena compañía y escuchando las historias de quienes sabían mirar la vida con el mismo —o parecido— asombro con que yo lo hacía. Y así, como una joya enterrada en la arena del desierto y del tiempo, quedó aquel verano grabado en la caja fuerte de mi memoria... No por ser perfecto, sino por ser verdadero, porque allí, entre el fuego del día y el frío de la noche, aprendí a reconocer el peso de lo esencial. El desierto, con su silencio y su brutal belleza, me enseñó a mirar el cielo y el mundo con otra profundidad. Por eso, aún hoy, cuando cierro los ojos, no me sorprende encontrarme de nuevo allí, montado en un viejo Land Rover, rumbo al horizonte, mientras el sol se alza ante mis ojos y la arena comienza a arder bajo mis pies.