El pasado nunca pasa. Es un espacio que tiene como punto de
partida y final el paisaje sonoro de la vida. Y es que aquel verano del 66,
grabado en mi memoria con arena y luz intensa, no se limitó a la ciudad de
Villa Cisneros ni a los días de calma entre la familia y amigos. Hubo también
una parte más intensa, cruda y transformadora, que me llevó a adentrarme en el
corazón mismo del desierto. Y, si bien el principio de aquel viaje fue el
reencuentro con mi padre y hermano a quienes no veía desde hacía casi un año,
lo que vino después fue todo un descubrimiento.
A buen seguro, muchos, en algún momento de nuestra vida, hemos
soñado con paisajes que no se ven, sino que se sienten, con pasar unas
vacaciones de verano que no se viven, antes bien se descubren en un lugar donde
la búsqueda de nuevas experiencias y la promesa de una transformación íntima
nos cambien la vida. En mi caso, ese momento fue uno vivido en un idílico
paraíso hace muchos años, el verano de 1966. Tenía entonces 21 años. Fue una
experiencia irrepetible, de las que dejan huella, en la que acompañé a jóvenes
oficiales y sus tropas por las entrañas ardientes del entonces llamado Sáhara
Español.
Todo comenzó un domingo durante la comida. Entre plato y plato, mi
padre comentó que al día siguiente saldría una patrulla de maniobras hacia el
interior, no supe bien por qué, pero sí recuerdo que sentí el impulso de ir. Le
pregunté si podía acompañarles. Me miró, primero con sorpresa, luego con una
mezcla de orgullo y duda. Consultó con mi madre y, finalmente, me dijo, sin
adornos: bueno. Acto seguido añadió con cierta gravedad: pero ten en cuenta que
esto no es una excursión, es el desierto y no vas a tener ninguna comodidad.
Asentí con la cabeza. |
| La Mañana 28.07.2025 |
Partimos de madrugada, cuando el acuartelamiento aún era una
sombra y el mundo parecía suspendido en un silencio anterior al tiempo. Tomamos
la carretera del litoral, rumbo norte. Poco a poco, como un telón que se
retira, fueron desapareciendo las edificaciones de Villa Cisneros. Se abrió
entonces ante mí un paisaje único: a la izquierda, el Atlántico; a la derecha,
la ría de Dajla. El desierto nos recibía, tras haber recorrido algo más de
cuarenta kilómetros flanqueados por agua, como si antes de mostrarnos su
verdadera faz quisiera acariciarnos. Tras un par de horas de viaje, hicimos la
primera parada. Almorzamos cualquier cosa, simple y necesaria, satisfechos de
haber avanzado, aunque el tiempo pareciera quieto. Después de la breve pausa,
retomamos la marcha siguiendo las órdenes de los superiores. Fue entonces, al
dejar la carretera asfaltada, cuando comenzó la auténtica expedición. Entramos
en una pista de tierra, los todoterreno cabeceaban como burros obstinados, y yo
miraba al horizonte intentando medir distancias que no se dejaban medir. Todo
parecía igual: arena, cielo azul intenso y calor. Sin embargo, en esa
repetición latía una belleza extraña, antigua, irreal. A lo largo del día
apenas hicimos descansos, solo los necesarios para beber un poco de agua —si es
que podía llamarse así a aquel líquido ya tibio por el sol— y para comer algo
bajo el peso abrasador del aire. Con rapidez recogíamos todo y continuábamos
adelante, navegando por un océano seco con brújulas y mapas, ascendiendo dunas,
sorteando piedras y espejismos; la naturaleza se nos mostraba como un reflejo
sin forma, irradiándonos sin misericordia.
Con la llegada del primer anochecer, el mundo cambió de textura.
Paramos los vehículos y montamos las tiendas de campaña. El capitán al mando de
la expedición, un hombre veterano de rostro curtido y mirada dura, organizó los
turnos de guardia, la cena y las tareas para el día siguiente. Al poco rato,
mientras los soldados descansaban o hablaban en voz baja, la oficialidad, con
café y algún trago que animaba la conversación, consultaba mapas enormes,
trazando la ruta que seguiríamos al amanecer. A pesar del cansancio, sabían que
al alba volvería el implacable sol y que la interrumpida marcha seguiría sin
tregua. Las tiendas eran de loneta gruesa y útiles para dos personas. Se dormía
separados por rango, claro está, y a mí me asignaban casi siempre compartirla
con un alférez, tan novato como yo, recién salido de la academia y aún
sorprendido por la rudeza de aquel mundo. No obstante, en un par de ocasiones
pedí dormir fuera, sobre la arena, envuelto en mantas; lo hice por el deseo de
contemplar aquel increíble cielo, por ver las estrellas sin filtros. Allí, en
lo alto, las constelaciones parecían más cercanas que nunca, como si el
desierto me hiciera vivir más cerca del universo. Era un espectáculo imposible
de olvidar. Sin embargo, no todo era belleza. El frío de la noche en el
desierto era otro tipo de adversario. No venía del viento ni de la intemperie.
Era una presencia envolvente, sin rostro, que se colaba en la colchoneta, en
los huesos y hasta en los recuerdos. Incluso las caricias guardadas en el alma
se helaban en aquella colosal soledad. Ese frío, aún hoy, regresa a mi mente en
algunas madrugadas invernales y, al hacerlo, desentierra los recuerdos más
íntimos. Tal vez por eso nunca he dejado de buscar calor en otros, en mí, en el
mundo que me rodea, como quien intenta vencer no al clima, sino a la misma
soledad.
Viajábamos en viejos Land Rover que rugían como bestias cansadas,
abriéndose paso por caminos improbables en busca de nuestros destinos: los
oasis de Edchera y Daora, que, como por arte de magia, surgieron de improviso
en medio de la nada. En aquellos vergeles, la vida brotaba de golpe: altas
palmeras, agua dulce y una vegetación insólita que rompía el silencio mineral
del desierto. Desde el principio, la travesía tuvo algo de rito. Un rito
antiguo, hecho de arena, estrellas y silencio.
Aquel primer viaje fue una revelación. Me enamoré del desierto.
Desde entonces, cada vez que había una expedición programada, pedía permiso a
mi padre y me ofrecía como voluntario para acompañarles. Necesitaba regresar a
ese lugar que me despojaba de lo superfluo y me ofrecía, a cambio, una verdad
más cruda y luminosa. La vida en Villa Cisneros, por su parte, era el contrapunto
perfecto a la dureza del desierto. Desde mi llegada, su ritmo me atrapó. Era
una ciudad que despertaba al anochecer. Los comercios y bazares estaban
abiertos hasta muy tarde, las plazas se llenaban de voces y la mezcla de
culturas dibujaba un escenario fascinante. Allí hice amigos entrañables: unos,
hijos de empresarios; otros, profesores del instituto; algunos, jóvenes como
yo, hijos de jefes u oficiales del ejército, todos compartiendo charlas
interminables entre vasos de ron canario, güisqui o el delicioso té moruno con
hierbabuena, que yo solía aderezar con un poco de orujo. Esa mezcla, extraña
para algunos, me sabía entonces a libertad; a mí me dilataba los sentidos,
sobre todo si lo bebía en buena compañía y escuchando las historias de quienes
sabían mirar la vida con el mismo —o parecido— asombro con que yo lo hacía. Y
así, como una joya enterrada en la arena del desierto y del tiempo, quedó aquel
verano grabado en la caja fuerte de mi memoria... No por ser perfecto, sino por
ser verdadero, porque allí, entre el fuego del día y el frío de la noche,
aprendí a reconocer el peso de lo esencial. El desierto, con su silencio y su
brutal belleza, me enseñó a mirar el cielo y el mundo con otra profundidad. Por
eso, aún hoy, cuando cierro los ojos, no me sorprende encontrarme de nuevo
allí, montado en un viejo Land Rover, rumbo al horizonte, mientras el sol se
alza ante mis ojos y la arena comienza a arder bajo mis pies.