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martes, 10 de junio de 2025

La metáfora y el silencio

 

El lenguaje modela el pensamiento y la manera en que percibimos al otro. Teje las palabras con la precisión y la suavidad de una telaraña que te atrapa. En este sentido, se podría decir que, para cambiar el mundo, solo se requiere el esfuerzo de reflexionar sobre cómo usar el arma más poderosa que poseemos: la palabra. Pero, en estos calurosos y frentistas días, azuzados por los intereses políticos de las direcciones que a cada partido y medio le convienen, hay quienes empiezan una reunión poniendo, a modo de lenguaje, una pistola 9 mm. Parabellum encima de la mesa, como ha ocurrido recientemente en la Conferencia de Presidentes de Comunidades Autónomas con el Gobierno del Estado. Y, con este talante, sus señorías, en vez de abrir las ventanas del pensamiento a la verdadera belleza de las palabras y al entendimiento para el bien de la sociedad y sus ciudadanos, han finalizado la reunión sin llegar a ningún acuerdo, mostrándonos, en clara manifestación, el profundo choque institucional que existe entre el Gobierno y la Oposición. En este contexto, dice el refranero, y afirma bien, que “dos no riñen si uno no quiere”. Pero, lamentablemente, sus señorías o no entienden el lenguaje, o no quieren entenderlo, o lo utilizan como arma arrojadiza para tirarse los trastos a la cabeza y andar continuamente a la greña. Y es que las limitaciones u omisiones del lenguaje, ya sea a través de palabras habladas y escritas, además de la expresión corporal, suponen una grave barrera para el pensamiento intangible, el deseo y la fuerza de voluntad política, que se desvanecen ante la falta de intención por parte de quienes lo manifiestan e interpretan, creando una barrera para el entendimiento entre los interlocutores.

 

A este respecto, convendría recordarles que, dado que sus decisiones políticas afectan a todos los ciudadanos, en vez de lanzarnos crudamente la inoperancia y ordinariez verbal que utilizan en sus desencuentros, deberían emplear, al menos, alguna figura retórica para evitarnos el bochorno que sentimos ante las noticias que, a través de los diversos medios, tenemos que oír, ver y/o leer día tras día. Y, para ello, entiendo que nada mejor que recurrir a la metáfora. En el lenguaje, las metáforas no son adornos, sino arquitecturas invisibles que dan forma a lo que vemos, sentimos y creemos posible. Además, sirven para embellecer lo que decimos, facilitar la comprensión de ideas abstractas, provocar emociones y estimular la creatividad. A ver si así, utilizándola, es posible que lleguen, con inteligencia y armonía, a algún pacto o compromiso. Y, en todo caso, en el supuesto de que con ellas tampoco lo logren, quizá se pueda ir un paso más allá. Pues, si como sugiere el filósofo británico Andy Clark, profesor de Filosofía Cognitiva en la Universidad de Sussex, el cerebro no percibe la realidad, sino que la predice, entonces el lenguaje no solo nombra el mundo, sino que lo programa por adelantado. Por consiguiente, podría decirse que cada metáfora es un impulso anticipado, ya que no pensamos y luego hablamos, sino que hablamos y, entonces, el cuerpo actúa como si lo dicho ya fuese cierto. En consecuencia, extrapolando esta singularidad al discurso belicista que invade la Cámara de Diputados y el Senado, y que, queriendo o sin querer, hace ya tiempo se nos lanza a los ciudadanos a través de los medios, no solo empobrece el pensamiento de quienes lo reciben, sino que además reconfigura nuestro razonamiento, lo convierte en trinchera y lo pone en guardia. Es decir, no es el odio lo que nos hace hablar con violencia, sino la violencia admitida e incorporada la que nos predispone al odio. Y una sociedad, en metáfora bélica, no necesita enemigos reales; basta con los términos adecuados para que el sistema nervioso crea estar bajo un ataque. Y así, las metáforas se convierten en comandos biológicos. Tal vez por eso, cambiar de lenguaje no es un gesto poético, sino un acto fisiológico, político y sensorial que necesitamos que se haga con urgencia en el más amplio sentido.

 

Y, en ese hipotético cambio de paradigma, para intentar entenderse ellos y nosotros, creo que, quizás, más radical todavía que utilizar la metáfora, sería sostener el silencio donde aún no hay predicción posible. Y es que, en un mundo atiborrado de respuestas, el silencio no es vacío: es cautela y prevención de lo no dicho, espacio productivo e inagotable donde una metáfora aún podría brotar. Ya que al adversario siempre le resulta difícil soportar el silencio porque no sabe qué hacer con él. Y tal vez esa sea nuestra única esperanza: hablar no desde el impulso de ganar, sino desde la pausa que permita que algo imprevisto emerja. En este marco, tal vez la metáfora más urgente de este hoy convulso en que vivimos no sea “guerra” ni “baile”, sino formación y crecimiento. Es decir, utilizar un lenguaje que no reaccione, sino que respire. Que no clasifique, sino que enlace. No se trata, pues, de ablandar el discurso, sino de desactivar la musculatura de la indecencia, la malicia, la sospecha y/o el recelo con el que muchos actúan. Pensar, hablar y escribir como quien planta, no como quien defiende. Porque, si las palabras que iluminan el lenguaje nos programan, pienso que también pueden reprogramarnos. Y, en tiempos de cinismo automatizado, imaginar una palabra que aún no existe puede ser el acto más radical de todos.

 

Es por todo ello que, en esta escandalera política, mediática y social tan ensordecedora que lamentablemente soporta nuestra sociedad sin merecérnoslo, vendría bien tener en mente una estrofa del poema Retrato de Antonio Machado, incluido en el libro Campos de Castilla, que escribió al reflexionar sobre su vida, sus ideas y su forma de estar en el mundo, con un tono íntimo y sincero, y que dice así:

     Desdeño las romanzas de los tenores huecos

                 y el coro de los grillos que cantan a la luna.

                 A distinguir me paro las voces de los ecos,

                 y escucho solamente, entre las voces, una.

viernes, 16 de mayo de 2025

Pepe Mújica, una luz en tiempos oscuros

 

El pasado 13, fue un día triste. Murió un hombre bueno, un hombre sabio. Se nos fue una persona luchadora, humana, un referente ético y social. Nos abandonó la utopía, tan necesaria en estos tiempos. Nos dejó huérfanos de ese extraño concepto llamado integridad moral. ¡Se han ido ese día tantas cosas…! Profunda tristeza por la pérdida de un hombre con unos valores por encima de cualquier ideología.DEP, Pepe Mújica

 

Su semblanza biográfica es extensa y variada: guerrillero, rehén, presidente, filósofo. Pepe Mújica vivió en su vida, varias vidas. Ha sido un personaje de novela y más que eso. O, quizás mejor dicho, su biografía supera la ficción. Sabía muy bien que portaba una vida difícil, que era hijo de su historia y, tozudamente, no borraba sus huellas; aunque le pesaran demasiado muchos recuerdos de su época guerrillera. Probablemente por esa razón, en sus últimos años dejó claro que su lucha no era contra el capitalismo, sino contra la ambición humana. De hecho, no buscó imponer desde su posición política, el socialismo; sino, más bien, trató de aleccionar al ser humano sobre aquella ambición que nos hace explotar a otros seres humanos, tan semejantes a cualquiera de nosotros mismos. Lo sabía bien. Quizá por eso, decía lo que pensaba y hacía lo que decía; pues, como bien expresaba: Pensar, decir y hacer tienen que andar juntos. Fue ésta, una forma de ser y de actuar que no cambió nunca para mantenerse en el poder. Y, tal vez porque uno es como vive y muy pocos viven como son, Mújica tuvo la valentía de hacerlo, renunciando a muchos privilegios que tuvo a su alcance. Solamente por eso merece toda admiración y respeto. De ahí, quizá, su proceder de haber estado siempre al lado de los vulnerables, en la vida privada y en la pública. Y es que Mújica demostró dos cosas sobre la política: que es vocación de servicio que se debe ejercer con sabiduría y humildad, como él siempre la concibió, y que, en malas manos, se convierte en el más despreciable oficio al que pueda dedicarse una persona. En este sentido, resulta paradójico que nos deje justo ahora, cuando los políticos cabalgan sobre el odio, la rabia, la desinformación. Cuando la sociedad mundial más necesitaba a este gran hombre, sencillo, progresista, y humano. Un referente moral que pasó por la cárcel, las torturas y, aún así, salió conciliador y sin rencor, gobernando para todos los ciudadanos uruguayos. No existe actualmente ninguna voz política como la de este admirable hombre. Grande, inmenso, a pesar de que somos solo artífices de historietas, como él mismo dejó escrito; pero, vaya HISTORIETA la suya. Enorme.

 

Dicen en las tertulias, informativos, prensa, radio y televisión que José Mujica ha muerto, y es verdad. Su cuerpo ha fallecido, pero recordando su historia, no morirá su espíritu. Murió sin aspavientos, tal y como vivió. Y ante su muerte casi inminente, dejó dicho que no quería homenajes vacíos y eligió el barro telúrico de la tierra, bajo una secuoya, en su querida chacra de Rincón del Cerro, donde vivía Mujica junto a Lucía Topolansky, su esposa y compañera. Y es que entendía que la muerte es apenas parte del camino, y la abrazó con sererenidad. Nos ha dejado su ejemplo: vivir con sobriedad, luchar con dignidad, pensar en los otros, nada más. Porque, si nuestra vida tiene un sentido propio, es siempre en relación con los demás. Mujica era ese ser humano que siempre ha estado dando ejemplo con su propia vida, hasta límites de casi perderla. Toda una filosofía y trayectoria de vida con tanta luz, que hasta su muerte nos ilumina en este mundo tan oscuro. Brillante, sencillo, consecuente con sus ideas y un referente. Un prodigio de honestidad y coherencia, un gran hombre que vivía como si fuera pequeño, siendo un gigante para la historia. Tras su muerte nos ha dejado sus palabras, sus frases y, sobre todo, su ejemplo y espejo en el que mirarnos como seres humanos Nos queda su legado para siempre.

 

Pepe Mújica ha sido para muchos, la inspiración que hace falta para un mundo más justo. Nos enseñó que lo imposible solo cuesta un poco más. Y ha conseguido una de las cosas más difíciles que hay en esta vida: ser coherente con uno mismo. Es por ello que, su grandeza moral, su humanidad encarnada de esperanza y buen hacer, nos impregnarán mientras existamos y nos será útil, tras su muerte, en la medida que logremos transmitir su esencia a las generaciones siguientes. Se ha ido un hombre excepcional, un ejemplo que confirma que hasta la regla más firme encuentra su excepción. Esa que confirma el hecho de que los humanos somos y seguiremos siendo el peor predador de nosotros mismos, a causa de nuestro egoísmo, nuestras ambiciones sin límites, nuestra agresividad y atropello a los más débiles. Solo hay que ver la deriva de nuestro mundo, la carrera entre los líderes del nuestro tiempo, como si todos frenéticamente compitieran por romper las normas de una convivencia pacífica, tan necesaria. Espero que lo inalterable se convierta en variable, y la excepción se contradiga y nos ofrezca, de vez en cuando, otra excepción. Por todo ello, como epitafio sobre su tumba, debería figurar una sola palabra: “ejemplo”.

 

¡Gracias y hasta siempre!, Pepe Mújica

viernes, 9 de mayo de 2025

El dilema de Gaza, un silencio que mata

 

Entre el polvo y el silencio, la desesperación de la población de Gaza se ha convertido en una norma de vida. El prolongado bloqueo genocida de Israel la ha llevado al límite de la supervivencia y se enfrenta a una crisis alimentaria sin precedentes. El hecho de que Israel sea una democracia no solo no lo absuelve del crimen que está cometiendo, sino que lo agrava. Y lo acrecienta y empeora porque no actúa en la oscuridad de una dictadura, sino con el respaldo explícito de una maquinaria institucional que se autoproclama moralmente superior. El horror en Gaza no es un error de cálculo, ni un exceso militar, es una política de exterminio lenta, deliberada y sostenida, amparada por un gobierno electo, ejecutada con tecnología de precisión y justificada con retórica cínica. No estamos ante una guerra, sino ante una ejecución colectiva planificada en despachos revestidos de legalidad, mientras niños inocentes mueren de hambre y las madres hierven plástico para alimentar a sus hijos. Y, encima, que esta barbarie ocurra bajo el paraguas de la “única democracia de Oriente Medio” es una perversión intolerable. Es la prueba de que incluso la democracia puede transformarse en una estructura del mal si se vacía de justicia y se llena de impunidad. Y es que Israel ha atravesado el quicio del crimen indiscutible al utilizar el hambre como arma de guerra, paralizar la entrada a medicamentos, devastar cultivos, impedir el rescate de heridos y alterar el cuerpo civil en blanco estratégico. Y lo realiza a plena luz del día, conociendo que ni Estados Unidos, ni Europa alzarán un dedo para contenerlo. ¿Qué sentido tiene hablar de derecho internacional, de derechos humanos, de valores occidentales, si todo esto se suspende en cuanto el perpetrador lleva traje democrático, tiene embajadas y vota cada cuatro años?

 

La Mañana 12.05.2025

La complicidad occidental es obscena. Úrsula von der Leyen y la Comisión Europea no están “fallando”, están colaborando, con su silencio, con su alineamiento vergonzoso, con su negativa sistemática a nombrar el crimen por su nombre. Europa se ha transformado en una comparsa burocrática del horror, en la contabilidad moral de un genocidio aceptado. Gaza es el espejo más cruel de nuestro tiempo. Ahí vemos no solo el rostro desfigurado del poder israelí, sino también el de una comunidad internacional que ha vendido su alma por la estabilidad, influencia y cobardía. Y ese pacto, sellado con sangre inocente, marcará a esta generación para siempre. Porque no hay mayor vergüenza histórica que observar un genocidio en directo y decidir no impedirlo.

 

Segre 13.05.2025

Hace escasos días, vi en un telediario unas terribles imágenes sobre el efecto de la hambruna en niños de Gaza que trajeron a mi memoria otras imágenes sobre judíos en los campos de concentración nazis. Recientemente, he leído con vergüenza algún artículo de prensa en el que se indica que Gaza es inviable, que no es comprensible el hecho de que gentes sin recursos tengan entre cinco y ocho hijos que no pueden alimentar, que llevan décadas viviendo de la ayuda internacional y que eso es lo que esperan seguir haciendo eternamente. Tal vez sea así; pero, de la misma manera, los judíos ultraortodoxos tienen montones de hijos, no trabajan tampoco, se dedican al estudio de la Torá, y llevan décadas viviendo de la ayuda estatal que les otorga el Estado de Israel , la caridad y, en menor medida, del trabajo de sus esposas. Y me pregunto: ¿se les debería suministrar la misma solución gazatí…? ¿Acaso los gazatíes por nacer en un lugar donde la historia, la política y la geografía han cercado toda posibilidad de futuro, han dejado de ser humanos? ¿Por reproducirse sin garantías, como han hecho todas las comunidades a lo largo de la historia, incluyendo también las nuestras cuando se vivía en la precariedad? Desde mi punto de vista, ser humano no es una categoría que se conquiste con planificación familiar, pasaporte admitido o autosuficiencia económica. Es un hecho irreductible y, precisamente por eso, exige ser reconocido, incluso, cuando resulta incómodo y/o cuando la mirada desde fuera se tiñe de cansancio o frustración.

 

Gaza no es una anomalía cultural ni un problema técnico: es el producto de decisiones políticas que, durante décadas, han cerrado los caminos a la autonomía, al desarrollo, a la paz. Y sí, mucha gente sobrevive allí gracias a la ayuda internacional, como también lo hicieron Europa y Japón tras la Segunda Guerra Mundial. Lo que no puede aceptarse es que esa dependencia, forzada por bloqueos y asedios, se convierta en argumento para negar la dignidad de los que la padecen. Porque cuando empezamos a hablar de vidas humanas como cargas, el siguiente paso, históricamente probado, siempre es el olvido. O algo peor. Y todo ello se está realizando para consumar el objetivo del movimiento sionista; que es, desde sus comienzos, lograr la conquista de la tierra y la creación de un Estado exclusivamente judío en toda Palestina. Y mientras tanto, como contrapeso, unas pocas gentes de buena voluntad se manifiestan por todo el mundo y gritan "genocidio" al contemplar lo que está haciendo el ejército de Israel en el campo de exterminio a cielo abierto de Gaza. Cuatro sílabas que se repiten cual mantra para intentar expresar la inhumana brutalidad con que el Gobierno de Tel Aviv, con el apoyo incondicional de los EE.UU, la pasividad de la U.E y Occidente, está perpetrando en la tierra palestina de Gaza.

 

miércoles, 23 de abril de 2025

Libros: esos faros de papel que iluminan el alma.

 

Los libros son esas imaginarias puertas de papel y tinta que nos abren a infinitos mundos, que nos invitan a viajar sin movernos, a explorar desconocidos espacios y realidades, y a descubrir nuestros más íntimos secretos. Sirven para vivir, para hablar y estar con ellos. Yo, desde hace muchos años, casi tantos como los que tengo, me acerco la mayoría de los días a la pequeña biblioteca de mi casa que a lo largo de los años he ido construyendo. Me detengo, los contemplo y dirigiéndome a ellos les doy los buenos días, tardes o noches, según sea el momento. Y seguidamente, tras esta rutina, escojo uno y, a veces, le pregunto: ¿A ver, tú de qué vas?, pues, en ocasiones, su trama apenas recuerdo. Entonces, ceremoniosa y lentamente, me acomodo en el antiguo butacón giratorio de madera del despacho que hay junto a ellos, lo abro y le digo: Tu cara me suena, y nada más comenzar a leerlo, me sumerjo en un torbellino de palabras y siento cómo su historia me abraza de nuevo. Y, como un viejo amigo que nunca se fue, descubro una vez más que he cruzado el umbral hacia otro universo, revelándome secretos que yacían dormidos en el eco de mis pensamientos. Y es que los libros no solo contienen palabras, sino que, además, como un espejo, nos devuelven la imagen de quienes fuimos al encontrarlos y, por primera vez, leerlos; así como la esencia de lo que ahora somos en esos momentos.

 

La Mañana 23.03.2025

Obviamente, aunque hablo con los libros cuando voy a mi librería habitual a explorar nuevas lecturas y también lo hago esporádicamente en los tiempos muertos de los espacios de espera de consultorios médicos, estaciones y aeropuertos, con los que tengo en mi casa es con los que más converso, pues me resultan los más queridos y cercanos. Y es que, para mí, los libros son como animales domésticos, pues los manoseo al igual que a los gatos, y tal vez por eso les gusta que les acaricie y toque el lomo. A veces vagabundean y andan sueltos por la casa: unos días van al salón, otros al despacho. En ocasiones, simplemente les cambio de sitio; los bajo un piso en el anaquel donde se encuentran, y siento que me protestan y no paran de hacerlo hasta que les devuelvo al lugar y posición original de ellos. En esos momentos, cuando ocurren tales hechos, siempre les digo algo amable, aunque no tengo claro que me vayan a entender. O quizás sí me entienden, y lo que ocurre es que los libros no están todos los días de humor para estar con nosotros. Probablemente por eso, a menudo empezamos un libro, no nos hace caso, y tenemos que esperar a otro momento.

 

A lo largo de mi vida, me he encontrado con libros que unas veces me han contado ciertas cosas y años después otras diferentes. No obstante, tengo claro que los libros nunca cambian de opinión, sino que somos nosotros los que evolucionamos con el tiempo. Eso me ha pasado con algunos, como 1984 de Orwell que, al leerlo con veintipocos años, me pareció una historia distópica e impactante sobre un mundo controlado por un gobierno opresivo y, sin embargo, al releerlo no hace mucho tiempo, he comprendido su advertencia sobre la memoria histórica, la pérdida de la identidad y cómo la libertad puede desvanecerse sin que nos demos cuenta, en cualquier momento. Otro tanto me ha ocurrido con En busca del tiempo perdido de Proust, con el que he pasado de identificarme con las reflexiones sobre el amor, la percepción del tiempo y la manera en que los recuerdos moldean nuestra vida, a ser consciente de cómo el tiempo realmente se pierde, cómo la memoria es selectiva y engañosa y cómo nuestra vida está compuesta por momentos efímeros que solo comprendemos cuando ya han pasado. Y, asimismo, me ha sucedido con Don Quijote de la Mancha, de nuestro inmortal Cervantes, que me obligaron a leer, siendo aún adolescente, los frailes HH. Maristas en mis años de bachillerato, como si fuese una novela de aventuras cómica sobre un hidalgo manchego que confunde la realidad con la fantasía. Y, ya de mayor, la historia de aquel loco tan cuerdo, llamado Alonso Quijano, se volvió melancólica y me hizo sentir la nostalgia por lo que fui, la imposibilidad de regresar a la juventud y la resignación ante la realidad; pues Sancho y Quijote ya no son solo personajes, sino dos facetas de mi propia existencia. Y es que algunos libros son faros construidos en el vasto mar del tiempo, que nos hacen cambiar la mirada cada vez que los leemos, y llega un momento en el que más que leerse, se viven. Todo depende de nuestra disposición a dejarnos transformar por ellos en cada etapa de la vida en la que nos encontremos.

 

Y todo esto ocurre porque en los libros, además de un auténtico crisol de personajes, tanto reales como imaginarios, que despliegan entre sus páginas historias y acontecimientos, habitan, como moradores esenciales, otras personas que les dan vida: el autor que los concibe; el lector que interactúa con el texto, lo comprende y da significado a las palabras escritas aportando su propia perspectiva; y, en muchas ocasiones, también el traductor, ese artífice de puentes entre lenguas que, sin alterar su esencia, les otorga una renovada voz. Y es que tal es la inmensa riqueza y diversidad de personajes que habitan en los libros que una sola vida se queda corta para llegar a conocerlos a todos en profundidad.

 

Así que este 23 de Abril, Día del Libro y Sant Jordi, celebra el poder de las palabras, déjate llevar por esas historias que como faros en la oscuridad guían nuestros pensamientos y alimentan nuestros sueños, compra libros, regala rosas, y hazte con ese tesoro literario que espera iluminar tu vida, abrir tus horizontes y despertar tu imaginación; porque, como decía Jorge Luis Borges: « Siempre imaginé que el Paraíso sería algún tipo de biblioteca ».