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miércoles, 14 de enero de 2026

Cuando la banalidad es poder y el misil, amigo.

 

Creo que el mayor error que gobernantes y ciudadanos de Occidente hemos cometido con Trump ha sido no haberlo tomado en serio. Ha pasado, salvando las distancias, algo parecido a lo mismo que ocurrió con Hitler y los judíos: se creyó que se trataba de una exageración, que lo que decía eran barbaridades de uso interno y que no se llevarían a la práctica. Trump no dice lo primero que se le pasa por la cabeza; dice exactamente lo que piensa: desde convertir Gaza en un resort, hasta anexionarse Groenlandia o hacer de Canadá el estado número 51.Y se ha rodeado de un equipo que no solo le dicen amén a todo, sino que lo jalean y lo alientan a ir un paso, cada vez, más lejos. El monstruo no acepta ninguna norma. Solo se mueve por aquello que codicia para llenar su faltriquera y por el ímpetu testicular que guía sus actos. Y es que, Donald J. Trump tenía definida su hoja de ruta desde hacía mucho tiempo. El ataque a Venezuela no era una cuestión de si se iba a producir, sino de cuándo. El cómo estaba claro: un país grande como Venezuela no era viable atacarlo con marines provocando un derramamiento de sangre masivo.

 

La Mañana14.01.2026

La invasión se ha presentado como un acto de responsabilidad histórica. Una violencia adulta. Una guerra pedagógica para pueblos inmaduros. Bombardeamos porque te queremos. Te ocupamos porque no sabes gestionarte. Te quitamos el petróleo porque, en el fondo, es por tu bien. La democracia, como el tomate frito, siempre sabe mejor cuando viene enlatada en conserva extranjera de los EE.UU. Unos Estados Unidos, cuyo presidente ya no se molesta en fingir. No habla de liberar conciencias, sino de gestionar recursos petrolíferos y económicos. No promete urnas, sino estabilidad para la inversión. La democracia ha dejado de ser un fin y se ha convertido en un argumento de venta, en un envoltorio noble para justificar lo que siempre ha hecho el imperialismo de USA: la utilización de la fuerza primero, el negocio después y el comunicado final con palabras bonitas.

 

A mi modo de ver, lo verdaderamente nauseabundo no es la invasión en sí, -  que también - , pues eso forma parte de la brutalidad clásica que vienen ejerciendo desde la vieja conquista del Oeste. Un manual, reitero, ya viejo. Lo insoportable es el silencio europeo. La cobardía elegante de una Unión Europea que condena con vehemencia la invasión de Ucrania por parte de Rusia y le impone sanciones; pero que, a la vez, absuelve el genocidio de Gaza con gesto grave y frases huecas. Una Europa que se rasga las vestiduras cuando Rusia cruza una frontera con misiles o drones, pero mira al techo cuando el aliado israelí arrasa barrios enteros y ejecuta incluso a los propios supervivientes. Son principios, sí, pero solo cuando no incomodan. Esta es la Europa y U.E. que tenemos: la que ahora calla ante Venezuela porque no quiere molestar a Washington, porque no quiere perder el tono. Porque la legalidad internacional es muy importante siempre que no interfiera con el suministro energético ni con la obediencia atlántica al poderoso amigo americano. Esto no es neutralidad. Es sumisión con buena dicción. Es hipocresía redactada en varios idiomas y articulada por la modélica voz de la Presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen y secundada por la abogada estonia, actual Alta Representante de la Unión para Asuntos Exteriores, Kaja Kallas, y por el mudo, corifeo y servil adulador, secretario general de la OTAN, el holandés, Mark Rutte. Luego, si llega el caso, vendrán los discursos solemnes sobre Groenlandia y Taiwán, si es el caso, las advertencias graves sobre precedentes peligrosos y las llamadas a defender el orden internacional basado en normas. Pero esas normas se guardan en un cajón cuando el misil es amigo y se desempolvan cuando el agresor no paga en dólares, sino en rublos  o en renminbi, cuya unidad principal es el yuan chino.

 

En este escenario surge, también, una entusiasta oposición venezolana, encarnada en  María Corina Machado y Edmundo González Urrutia, que celebran la intervención externa y que se presentan como actores funcionales a los intereses de EE. UU., avalada por Europa. Una oposición, que no exige elecciones libres ni procesos democráticos propios, sino que acepta que el país sea dirigido desde fuera. No defiende la soberanía nacional, sino que habla de seguridad jurídica y de atraer inversiones. No concibe a Venezuela como una comunidad de ciudadanos con derechos, sino como un país mal administrado que debe ser reorganizado para que vuelva a ser rentable. No hacen falta conspiraciones ni acuerdos secretos: basta con reducir el país a cifras, balances y previsiones económicas, y confiar en que el mercado lo resolverá todo.

 

Y, desde España tampoco faltan los animadores. La Presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, que celebra guerras desde un despacho climatizado, siempre dispuesta a confundir la violencia ajena con la libertad propia. Gaza le pareció defendible. Venezuela le parece liberadora. La sangre siempre es aceptable cuando no salpica la agenda local. Y es que el liberalismo se vuelve épico cuando mueren otros. Y, a su lado, el líder de la oposición permanente Alberto Núñez Feijóo, secretario general del PP, que nunca llega tarde, porque nunca llega. Especialista en no decir nada mientras parece decir algo. No condena del todo. No apoya del todo. No molesta a nadie o casi nadie. La cobardía elevada a método. El silencio convertido en su gran programa político y, cuando éste le falla, recurriendo al insulto personal y a la mentira como arma de destrucción masiva.

 

La democracia no entra en un país en paracaídas. No nace de invasiones ni de mercados tutelados. No sobrevive a los bombardeos ni a los aplausos lejanos. Y cuando Europa calla ante una agresión porque el agresor es aliado, pierde toda autoridad moral para indignarse después. No hay valores universales aplicados a conveniencia. Solo hay poder bien administrado. Venezuela no ha sido liberada. Ha sido reordenada. Y mientras unos celebran la caída del tirano, otros gestionan el botín y muchos callan con supuesta dignidad diplomática, el petróleo vuelve a fluir. Que es lo único que nunca estuvo en peligro. Todo lo demás, como siempre, era retórica.

 

La escritora y filósofa Hanna Arendt en sus crónicas sobre el desarrollo del juicio a Eichman en Jerusalén acuñó el término la "banalidad del mal". No pretendía disculpar al arquitecto del genocidio nazi, sino mostrar como la perversión puede operar sin cortapisas a través de la rutina, la obediencia acrítica y la ausencia de pensamiento moral, Me temo que a nivel internacional está sucediendo algo similar. Y es que la banalidad del mal inunda los telediarios, desborda las redes sociales y se desliza por los periódicos con la naturalidad del aire en nuestros pulmones. Es intrínseca a nuestra actual sociedad y manera de vivir. Y…. así nos va.

 

sábado, 10 de enero de 2026

El capitalismo desbocado y el silencio de la izquierda

 

Arranca 2026 y, lejos de traer esperanza, el nuevo año nos encuentra frente a un capitalismo cada vez más voraz y una izquierda que se diluye poco a poco en el silencio y parece esfumarse en la penumbra política. Una tangible realidad si observamos lo que ocurre hoy en la actualidad. Y es que presenciamos una inmoralidad y una voracidad cada vez mayores por parte del sistema capitalista global, dirigido a escala mundial por los grandes magnates tecnológicos, financieros y corporaciones multinacionales. De hecho, para comprender su magnitud, basta señalar que la suma de las diez mayores fortunas del planeta acumulan 25 billones 894.000 millones de dólares, y que nueve de ellas pertenecen a ciudadanos de Estados Unidos, apoyados, a su vez, por distintos estamentos y trusts financieros repartidos por diversos países. Y es que el gran capital se expande con facilidad y actúa sin obstáculos, favorecido por la ausencia de organizaciones de izquierda sólidas, activas, bien organizadas y con un proyecto ético-filosófico capaz de defender de manera justa y equitativa a las masas, proteger su dignidad y garantizar su derecho a existir como ciudadanos libres y cívicamente autodeterminados. Y, por si fuera poco, los socialdemócratas, progresistas y también los remanentes de los movimientos comunistas, parecen haber claudicado frente a este brutal capitalismo; se han rendido ante los integrismos religiosos, sucumbido a la parafernalia aliada al poder del dinero y subordinado a los grandes propietarios de los medios de producción y comunicación

 

La Mañana 12.01.2026

Existen verdades que no son populares y evidencias que se esconden o se tergiversan, que deberían explicarse alto y sin rodeos. Y sin embargo, por el contrario, los escasos intelectuales y gentes que se atreven a abordar y denunciar tales problemas con valentía, sinceridad y objetividad se les ignora o descalifica como trasnochados, reaccionarios o comunistas, por los diversos credos ideológicos que actúan, no buscando la verdad, sino como mero oportunismo y cobardía. En este contexto, una cosa es hacerse la foto encabezando una manifestación gay, reclamar el derecho de adopción de menores por sus parejas, el cambio de sexo pagado por la Seguridad Social o reivindicar la acogida de los menas —quizá todo ello en parte muy justo, pero demagógico y que no busca más que obtener votos—, y otra cosa es atacar los problemas primordiales, máxime teniendo presente que existen urgencias de injusticia mucho más importantes como son, en España, las listas de seis meses para una operación, los contratos de trabajo basura, la precariedad laboral, los siete millones de pobres, el brutal aumento del precio de la vivienda que afecta sobre todo a los jóvenes etc., etc. Atacar con contundencia estos problemas de base es mucho más difícil e ingrato y, sobre todo, preparar a los ciudadanos para resolverlos sin tabúes y con ideas claras.

 

Hace más o menos diez años, se acusaba al filósofo y politólogo italiano Giovanni Sartori, uno de los padres de la ciencia política moderna y un teórico fundamental de la democracia liberal, de haber mutado ideológicamente, a causa de su condena, no a la emigración, sino a un cierto tipo de emigración descontrolada, y a un multiculturalismo perturbador. No obstante, estimo que Sartori sabía bien lo que decía, no escondía su pensamiento e interpretaba correctamente el mundo actual. En su libro La sociedad multiétnica. Pluralismo, multiculturalismo y extranjeros, un ensayo que trata sobre inmigración y pluralismo social, que presentó en Madrid, en sus posteriores pertinentes declaraciones al diario El País, denunciaba la posición de la Iglesia Católica y del Papa Juan Pablo II, en contra del control de nacimientos y la política del presidente George Bush hijo y criticaba de forma directa y contundente, a ambos personajes y estamentos respectivos. Sentía un planeta superpoblado, sin agua ni alimentos o materias primas suficientes para tanta población; veía una humanidad en peligro de extinción; lo proclamaba alto y convincente, algo que algunos tildaban de posición liberal reaccionaria. Nada más lejos de la una realidad que se ha mostrado existente y que la actual izquierda parece que no se atreve o no sabe reivindicar.

 

En este contexto, pretendo relacionar estos comentarios con las perspectivas sociales que se presentan a nivel internacional. Países grandes y ricos europeos como Alemania, Francia y Reino Unido se preparan para retroceder en las conquistas sociales obtenidas por los trabajadores mediante duros combates librados a lo largo del siglo precedente. Los escasos gobiernos socialdemócratas y/o liberales que dirigen estas naciones asumen no poseer los medios económicos necesarios para mantener las condiciones sociales vigentes y proyectan recortar drásticamente los subsidios de paro, así como otras prestaciones sociales, y el aumento de la edad de jubilación. Se escudan en el aumento de la esperanza de vida, el envejecimiento de la población, la escasa natalidad y la no competitividad en los mercados internacionales. Lo que suceda, y en gran medida ya ocurre, dentro de estos países y también de España, se extenderá cual mancha de aceite a todos los miembros de la UE y el mundo occidental y será un mal sin solución porque el remedio que existe, el salvaje, egoísta e insolidario capitalismo tecnológico, financiero y multinacional no lo quiere aplicar so pena de hacer desaparecer su locura de acumulación de capital como tal. Y, por otra parte, una organización de masas que lo impulsara, que debería ser y hacerse por medio de la izquierda progresista y los sindicatos de clases, están en franco retroceso y ni siquiera se vislumbra que un día puedan, a corto plazo, resurgir con la fuerza necesaria para realizarlo. Por lo tanto, sin pretender caer en catastrofismos, es posible que los periféricos del poder global, bajo la férula de su soberbia y avaricia, provoquen colectivamente la desaparición de la civilización y, quizás, en su locura acumulativa terminen transformándose en caricaturas inconscientemente. Tal vez entonces, desde su tumba, un Marx resentido recordará a las masas de ciudadanos: “Os he transmitido el método de vuestra emancipación y sentado las bases filosófico-científicas de vuestra felicidad. Si no supisteis imponerlas o aplicarlas correctamente, esa responsabilidad siempre será vuestra”.

 

 

lunes, 22 de diciembre de 2025

El día que murió la democracia (II)

 

El simulacro del poder

 Por JAVC – Washington, 22 de diciembre de 2032

 

En la primera parte de esta crónica vimos cómo la democracia estadounidense fue desmantelada sin estridencias, gota a gota, hasta transformarse en una maquinaria de control total. Ahora, con el sistema completamente absorbido por la lógica del poder, comienza la fase más inaprensible y más letal de esta nueva era. Esta fase final es la más sutil; pues es la normalización y el triunfo de un simulacro. Trump no necesita disolver instituciones; las vacía por dentro hasta dejarlas como cascarones decorativos. El Congreso aprueba leyes que nadie lee. Los tribunales emiten fallos previsibles, dictados desde oficinas situadas en Silicon Valley. La Casa Blanca se transforma en un centro de datos, un lugar donde la política ha sido reemplazada por estadísticas y algoritmos, y donde el poder real se mide en capacidad de control, no en votos. Y la economía, mientras tanto, florece de manera espectacular. Los grandes conglomerados tecnológicos —los mismos que vigilan a la población— garantizan pleno empleo y avances deslumbrantes: ciudades inteligentes, transporte autónomo, inteligencia artificial en cada hogar. El ciudadano común, satisfecho con la comodidad y el consumo, deja de hacerse preguntas. ¿Para qué cuestionar la libertad cuando todo parece funcionar mejor que nunca?

La Mañana 22.12.2025
No obstante, hubo quienes intentan oponerse, probando realizar una resistencia. Pero esta es inmediatamente sofocada. Periodistas, activistas, académicos… todos son borrados mediante métodos tan sofisticados como invisibles. Algunos desaparecen físicamente, pero la mayoría son destruidos digitalmente: sus cuentas bloqueadas, sus historiales manipulados, sus identidades reescritas hasta convertirlos en monstruos a los ojos de la opinión pública. Las manifestaciones se disuelven antes de comenzar gracias a un sistema predictivo que detecta la disidencia antes de que se materialice. Las cárceles secretas no están llenas de cuerpos, sino de datos: pensamientos, emociones, deseos, todo capturado, clasificado y controlado. Y así, poco a poco, paso a paso, de manera gradual y progresiva, llega el día de la proclamación. Ese día, hoy, en Washington, Trump es proclamado oficialmente Guardián de la Nación. El acto, transmitido por millones de dispositivos, se presenta como la culminación de un sueño colectivo. En su discurso pronuncia estas palabras: “No he venido a destruir la democracia, sino a perfeccionarla. Ustedes me eligieron, ustedes me entregaron su confianza, y yo les he devuelto un país fuerte, seguro y grande otra vez.” Mientras habla, drones iluminan el cielo con el lema MAGA, convertido ahora en siglas oficiales del Estado. En la multitud, miles de rostros sonrientes aplauden, incapaces de ver que son prisioneros de un sistema que ellos mismos han ayudado a construir.

Epílogo

Fuera de Estados Unidos, las potencias observan con una mezcla de miedo y fascinación el mundo que viene. China, el modelo que Trump había criticado durante décadas, se ha convertido en su aliado estratégico. Europa, debilitada y dividida, apenas reacciona. En América Latina, algunos gobiernos ya estudian replicar el “modelo MAGA”, un sistema donde la vigilancia se disfraza de progreso y la obediencia se vende como patriotismo.

En esta distopía de la historia, quizás, dentro de muchos años, algún investigador encuentre la pregunta que nadie se atrevió a formular a tiempo: ¿En qué momento exacto dejó de existir la democracia americana? ¿Fue cuando se amordazó al primero que se atrevió a hablar, su voz libre se apagó bajo el miedo y la libertad de prensa quedó reducida a un eco? ¿O cuando se instaló la primera cámara “en aras de la seguridad”? ¿O cuando, seducidos por la promesa de orden, millones de ciudadanos entregaron su libertad sin darse cuenta?

Hoy, mientras el Guardián contempla su imperio desde el balcón de la Casa Blanca, la respuesta se diluye, como la verdad misma, en el silencio absoluto de una nación que creyó haber despertado…, cuando en realidad solo estaba soñando. Estamos viviendo una restauración del patriarcado, del nacionalismo, del racismo y del individualismo capitalista: la furia nostálgica de los movimientos de derecha que quieren volver a un pasado idealizado, que tal vez nunca existió, y restablecer los órdenes jerárquicos. Es el aterrador futuro panorama convertido en un presente casi inmediato. Y es que, como nos advertía Cicerón, “la libertad no consiste en tener un buen amo, sino en no tener ninguno”. Una lección que, para Estados Unidos, no solo ha llegado demasiado tarde, sino que confirma el círculo fatal de su historia: la nación que nació desconfiando del Estado terminó devorada por su propia libertad.