Creo que el mayor error que gobernantes y ciudadanos de Occidente hemos cometido con Trump ha sido no haberlo tomado en serio. Ha pasado, salvando las distancias, algo parecido a lo mismo que ocurrió con Hitler y los judíos: se creyó que se trataba de una exageración, que lo que decía eran barbaridades de uso interno y que no se llevarían a la práctica. Trump no dice lo primero que se le pasa por la cabeza; dice exactamente lo que piensa: desde convertir Gaza en un resort, hasta anexionarse Groenlandia o hacer de Canadá el estado número 51.Y se ha rodeado de un equipo que no solo le dicen amén a todo, sino que lo jalean y lo alientan a ir un paso, cada vez, más lejos. El monstruo no acepta ninguna norma. Solo se mueve por aquello que codicia para llenar su faltriquera y por el ímpetu testicular que guía sus actos. Y es que, Donald J. Trump tenía definida su hoja de ruta desde hacía mucho tiempo. El ataque a Venezuela no era una cuestión de si se iba a producir, sino de cuándo. El cómo estaba claro: un país grande como Venezuela no era viable atacarlo con marines provocando un derramamiento de sangre masivo.
La invasión se ha presentado como un acto de responsabilidad histórica. Una violencia adulta. Una guerra pedagógica para pueblos inmaduros. Bombardeamos porque te queremos. Te ocupamos porque no sabes gestionarte. Te quitamos el petróleo porque, en el fondo, es por tu bien. La democracia, como el tomate frito, siempre sabe mejor cuando viene enlatada en conserva extranjera de los EE.UU. Unos Estados Unidos, cuyo presidente ya no se molesta en fingir. No habla de liberar conciencias, sino de gestionar recursos petrolíferos y económicos. No promete urnas, sino estabilidad para la inversión. La democracia ha dejado de ser un fin y se ha convertido en un argumento de venta, en un envoltorio noble para justificar lo que siempre ha hecho el imperialismo de USA: la utilización de la fuerza primero, el negocio después y el comunicado final con palabras bonitas.
A mi modo de ver, lo verdaderamente nauseabundo no es la invasión en sí, - que también - , pues eso forma parte de la brutalidad clásica que vienen ejerciendo desde la vieja conquista del Oeste. Un manual, reitero, ya viejo. Lo insoportable es el silencio europeo. La cobardía elegante de una Unión Europea que condena con vehemencia la invasión de Ucrania por parte de Rusia y le impone sanciones; pero que, a la vez, absuelve el genocidio de Gaza con gesto grave y frases huecas. Una Europa que se rasga las vestiduras cuando Rusia cruza una frontera con misiles o drones, pero mira al techo cuando el aliado israelí arrasa barrios enteros y ejecuta incluso a los propios supervivientes. Son principios, sí, pero solo cuando no incomodan. Esta es la Europa y U.E. que tenemos: la que ahora calla ante Venezuela porque no quiere molestar a Washington, porque no quiere perder el tono. Porque la legalidad internacional es muy importante siempre que no interfiera con el suministro energético ni con la obediencia atlántica al poderoso amigo americano. Esto no es neutralidad. Es sumisión con buena dicción. Es hipocresía redactada en varios idiomas y articulada por la modélica voz de la Presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen y secundada por la abogada estonia, actual Alta Representante de la Unión para Asuntos Exteriores, Kaja Kallas, y por el mudo, corifeo y servil adulador, secretario general de la OTAN, el holandés, Mark Rutte. Luego, si llega el caso, vendrán los discursos solemnes sobre Groenlandia y Taiwán, si es el caso, las advertencias graves sobre precedentes peligrosos y las llamadas a defender el orden internacional basado en normas. Pero esas normas se guardan en un cajón cuando el misil es amigo y se desempolvan cuando el agresor no paga en dólares, sino en rublos o en renminbi, cuya unidad principal es el yuan chino.
En este escenario surge, también, una entusiasta oposición venezolana, encarnada en María Corina Machado y Edmundo González Urrutia, que celebran la intervención externa y que se presentan como actores funcionales a los intereses de EE. UU., avalada por Europa. Una oposición, que no exige elecciones libres ni procesos democráticos propios, sino que acepta que el país sea dirigido desde fuera. No defiende la soberanía nacional, sino que habla de seguridad jurídica y de atraer inversiones. No concibe a Venezuela como una comunidad de ciudadanos con derechos, sino como un país mal administrado que debe ser reorganizado para que vuelva a ser rentable. No hacen falta conspiraciones ni acuerdos secretos: basta con reducir el país a cifras, balances y previsiones económicas, y confiar en que el mercado lo resolverá todo.
Y, desde España tampoco faltan los animadores. La Presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, que celebra guerras desde un despacho climatizado, siempre dispuesta a confundir la violencia ajena con la libertad propia. Gaza le pareció defendible. Venezuela le parece liberadora. La sangre siempre es aceptable cuando no salpica la agenda local. Y es que el liberalismo se vuelve épico cuando mueren otros. Y, a su lado, el líder de la oposición permanente Alberto Núñez Feijóo, secretario general del PP, que nunca llega tarde, porque nunca llega. Especialista en no decir nada mientras parece decir algo. No condena del todo. No apoya del todo. No molesta a nadie o casi nadie. La cobardía elevada a método. El silencio convertido en su gran programa político y, cuando éste le falla, recurriendo al insulto personal y a la mentira como arma de destrucción masiva.
La democracia no entra en un país en paracaídas. No nace de invasiones ni de mercados tutelados. No sobrevive a los bombardeos ni a los aplausos lejanos. Y cuando Europa calla ante una agresión porque el agresor es aliado, pierde toda autoridad moral para indignarse después. No hay valores universales aplicados a conveniencia. Solo hay poder bien administrado. Venezuela no ha sido liberada. Ha sido reordenada. Y mientras unos celebran la caída del tirano, otros gestionan el botín y muchos callan con supuesta dignidad diplomática, el petróleo vuelve a fluir. Que es lo único que nunca estuvo en peligro. Todo lo demás, como siempre, era retórica.
La escritora y filósofa Hanna Arendt en sus crónicas sobre el desarrollo del juicio a Eichman en Jerusalén acuñó el término la "banalidad del mal". No pretendía disculpar al arquitecto del genocidio nazi, sino mostrar como la perversión puede operar sin cortapisas a través de la rutina, la obediencia acrítica y la ausencia de pensamiento moral, Me temo que a nivel internacional está sucediendo algo similar. Y es que la banalidad del mal inunda los telediarios, desborda las redes sociales y se desliza por los periódicos con la naturalidad del aire en nuestros pulmones. Es intrínseca a nuestra actual sociedad y manera de vivir. Y…. así nos va.


