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sábado, 7 de marzo de 2026

La guerra que puede devorar a Trump

 

En mi artículo anterior analizábamos el trasfondo histórico y geopolítico de un conflicto larvado que trasciende a Irán. Veamos ahora cómo se concreta en los acontecimientos de hoy, empezando por el dramático 28 de febrero de 2026, cuando las explosiones que sacudieron Teherán no solo alcanzaron varios enclaves del programa nuclear iraní, sino que su onda expansiva recorrió miles de kilómetros hasta golpear el frágil cimiento político sobre el que Donald Trump había construido su segunda presidencia. Y es que, en una operación de enorme riesgo, la Fuerza Aérea estadounidense se vio arrastrada por la decisión del zorro político Benjamín Netanyahu, quien —sin consultar previamente a Washington— ordenó lanzar un misil contra el búnker donde se refugiaba el ayatolá Alí Jamenei. El ataque provocó la muerte del Líder Supremo, junto con más de cuarenta altos colaboradores del régimen, que se habían reunido para coordinar las negociaciones que se estaban desarrollando con la Administración de los EE.UU. Ante la gravedad de los acontecimientos, Estados Unidos se vio obligado a coordinarse con Israel para ejecutar el ataque más contundente contra Irán desde la crisis de los rehenes de 1979.

 

En un principio, parecía que el objetivo oficial era claro: neutralizar las instalaciones nucleares y el arsenal de misiles balísticos de la República Islámica. Pero los detalles que emergieron en la madrugada tras el ataque previo israelí sugerían una ambición mayor: apuntaban a la decapitación del régimen. En ese escenario, la cuestión que ahora planea sobre los escombros de Teherán no es solo si Irán podrá reconstruirse, sino si Estados Unidos y su presidente podrán soportar las consecuencias de su propio éxito militar. La paradoja es evidente. Trump llegó al poder prometiendo poner fin a las “guerras eternas” y priorizar el interés doméstico bajo el lema “America First”. Sin embargo, el ataque abre la puerta a un conflicto prolongado en Oriente Próximo que amenaza con devorar su legado político y tensionar la economía global. Un hecho que ya está ocurriendo.

 

En teoría, la lógica política sugería que Trump debía evitar precisamente esa situación. Su instinto de supervivencia electoral —que siempre ha sido su brújula más fiable— apuntaba hacia la disuasión y el gesto simbólico, no hacia una operación que pudiera desencadenar una guerra regional. En este sentido, informaciones previas citadas por medios internacionales indicaban que sectores de la CIA estadounidense advertían del riesgo de un ataque “decapitador” que, lejos de provocar el colapso del régimen iraní, podría consolidar a los sectores más radicales de la Guardia Revolucionaria y empujar al país hacia una guerra de desgaste. Ante ese escenario, si ese diagnóstico era conocido en Washington, surge inevitablemente la pregunta: ¿por qué se tomó la decisión de acompañar a Israel en su ataque?  Obviamente, una parte de la respuesta se encuentra en Jerusalén. Netanyahu lleva décadas considerando a Irán una amenaza existencial. Desde su perspectiva estratégica, impedir que Teherán consolide su capacidad nuclear no es solo una prioridad, sino una necesidad histórica. Para Israel, el ataque contra Beit-e Rahbari, el complejo del Líder Supremo, era una oportunidad única para conseguir un Irán debilitado por tensiones internas, aprovechando una Casa Blanca dirigida por un presidente proclive a demostrar la fuerza del ejército de los EE.UU.

 

No obstante, las consecuencias del ataque trascienden lo militar. Irán mantiene capacidad para responder de múltiples formas. Y lo está haciendo con ofensivas a bases estadounidenses en diversos países del entorno, lo que ocasiona fuertes presiones sobre los aliados de Washington en Oriente Medio y, sobre todo, colapsando el tráfico marítimo en el estrecho de Ormuz, por donde transita cerca de una cuarta parte del petróleo mundial. De este modo, la interrupción ya está provocando nerviosismo en los mercados energéticos, volatilidad financiera y presión inflacionaria, todo un desafío político de primer orden para un presidente que gobierna en un contexto económico delicado.

 

Al mismo tiempo, se revela otra paradoja estratégica. Para Israel, debilitar a Irán era y es una prioridad histórica; para Estados Unidos, supone prolongar un conflicto en Oriente Próximo, lo cual significa un desgaste político interno, divisiones sociales y enormes costes financieros. Los analistas denominan a esta dinámica “captura de agenda”: cuando un aliado menor logra que la superpotencia adopte decisiones que responden principalmente a intereses regionales de ese aliado. Es decir, dicho con otras palabras —en esta ocasión— modificar el lema “America First" por “Israel First”. Y es que, en ocasiones, las decisiones de la Casa Blanca tienen que ver con algo menos visible pero profundamente arraigado en la política estadounidense: la influencia del lobby proisraelí en Washington. No se trata de una conspiración, sino de una realidad política ampliamente estudiada. Organizaciones como el “American Israel Public Affairs Committee” (AIPAC) han demostrado durante décadas una enorme capacidad para financiar campañas, influir en el debate público y orientar votaciones en el Congreso. En ese contexto, ningún presidente estadounidense toma decisiones en Oriente Próximo sin tener en cuenta el peso político de esa red de apoyos de Israel. A este respecto, sabido es y conviene recordar que, Los Protocolos de las Sabios de Sión, es un documento antisemita, que fue publicado por primera vez en Rusia a principios del siglo XX, y que describen una supuesta conspiración judía mundial para dominar la economía, la política y la cultura. Seguramente sea falso; pero, llegados a este punto, resulta inquietante que cuando determinadas coincidencias geopolíticas se acumulan y ciertos patrones de influencia parecen repetirse, haya quien, casi en un susurro, vuelva a recordarlo. No porque explique la realidad… sino porque las circunstancias, a veces, se empeñan en parecerse demasiado.

 

En cualquier caso, Trump se encuentra ante un escenario que prometió evitar. En política exterior, victorias militares rápidas suelen esconder consecuencias imprevisibles. Mientras el humo aún no se disipa sobre Teherán y continúan las respuestas iraníes, surge otra pregunta: si la primera operación fue un éxito táctico de Israel, ¿podría convertirse en un desastre estratégico para Donald Trump, que prometió ser el presidente que terminaría con las guerras interminables? Y es que ya nos lo advirtió Cicerón cuando dijo: “Summum ius, summa iniuria” ; es decir, “El mayor derecho puede convertirse en la mayor injusticia”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

6 comentarios:

  1. Hola, Juan Antonio, buenas tardes.
    Enhorabuena una vez más, a mi parecer explicas muy bien el porque Trump secundó el primer ataque israelí contra Irán, siempre queda la duda de si Netanyahu ya tenía el placet de Trump cuando dirigió los misiles. A mi parecer, el déficit público norteamericano que estaba en el 133% del PIB (España cerró 2025 con el 100%) se le va a disparar con lo que toda la política arancelaria se le irá a pique. La aprobación del presidente por parte de la ciudadanía está cayendo. Es muy difícil saber que va a pasar con la guerra de Irán y como acabará, que no sea un segundo Vietnam.
    Un abrazo.
    Ramón Morell

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  2. Me parece otro articulo de Juan Antonio muy bueno e interesante, para saber realmente que esta pasando. Un presidente que aspiraba al premio Nobel de la Paz, está desarrollando o colaborando en las guerras actuales.
    Saludos
    Miguel Soto

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  3. Gracias por el artículo.
    Ante la amenaza de ser devorados, el escenario de guerra prolongada es deseable para los agresores porque puede permitirles aferrarse al poder en su intento desesperado por eludir problemas con la justicia tan graves que les van a perseguir hasta el fin de sus días. Por tanto, es el fin de sus días lo que ahora mismo temen que está en juego.
    Al otro lado del tablero, una lucha de facciones internas que tratarán de imponer sus prioridades, tras décadas de preparación metódica y de unas sólidas y extendidas estructuras jerárquicas que les permiten resistir.

    Un abrazo,
    Miguel Ángel Cerviño

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  4. Otro gran artículo, como nos tienes acostumbrados a tus lectores. Enhorabuena

    Antonio Puig

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  5. Trump y Yaveh llevarán la democracia y los derechos humanos a Irán.
    O tal vez eso no es lo que buscan. Summun ius, suma injuria. Muy bueno, como de costumbre.

    Pepe Pascual

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  6. Magnífico artículo continuación del de la semana anterior. Es buenísimo e interesante porque nos hacemos a la idea de lo que puede ocurrir si estos locos de atar siguen con sus atroces fechorías, lo que les pueda ocurrir se lo están buscando, y todo el mundo lo agradecerá y podamos respirar (tranquilos) aún que de esto no estoy muy segura.
    Te agradezco toda la información tan bien documentada que nos ofreces a mí y a todos tus lectores con tus artículos.
    Muchas gracias y buenas noches !

    Pili Obre

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Gracias por tus comentarios.