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jueves, 13 de agosto de 2026

Cuando el día se quedó sin palabras

 

Ayer, 12 de agosto de 2026, había en nosotros un cierto nerviosismo, una expectación difícil de explicar. A nuestros años, quizá uno aprende que ya son pocas las cosas capaces de despertar una verdadera emoción de estreno, esa mezcla de curiosidad y de incertidumbre que se parece tanto a la de un niño ante algo que no comprende. Y, sin embargo, allí estábamos, esperando al eclipse como quien espera una revelación.

 

A la hora convenida, casi como si fueran las cinco de la tarde de una corrida de toros, mi mujer, una amiga nuestra y yo nos dirigimos al lugar elegido para contemplarlo: las antiguas vías del tren que un día unieron Tarragona con Tortosa, a su paso por el puente de la riera de Riudecanyes. Llegamos a las 19:15. Había ya bastantes personas esperando el acontecimiento. El lugar también parecía aguardarnos. La conversación era distendida, alegre, salpicada de pequeñas bromas y, sobre todo, de incógnitas. Hablábamos del eclipse, de lo que íbamos a sentir, de si las nubes respetarían nuestra cita con el cielo, de cómo cambiaría la luz cuando la Luna comenzara a deslizarse sobre el Sol. Éramos tres personas hablando de astronomía, pero en realidad hablábamos de algo mucho más antiguo: del asombro que produce el universo.

 

La Mañana 19.08.2026

Y entonces, a las 19:35, con una puntualidad inaudita, comenzó la fiesta solar. Primero casi imperceptible. Una pequeña mordedura en el disco del Sol. Después otra. Y otra. La Luna había comenzado su silencioso viaje sobre nuestra estrella. Nos quedamos mirando. Yo sentía una emoción extraña, difícil de contener y de explicar. Sabía perfectamente qué estaba ocurriendo. Había leído descripciones, escuchado conferencias, conocía las leyes que gobiernan los movimientos de la Tierra y de la Luna. Sabía que aquello no era un prodigio ni un presagio, sino la consecuencia exacta de una mecánica celeste que funciona con una precisión que asombra precisamente porque no necesita de nosotros. Pero saberlo no impedía maravillarse. Al contrario. Mientras el Sol iba perdiendo lentamente su rostro, mi imaginación retrocedió miles de años. Pensé en aquellos primeros sapiens que, en algún lugar de la Tierra, levantaron un día los ojos al cielo y descubrieron que el Sol comenzaba a desaparecer. ¿Qué pensarían? No tenían calendarios astronómicos. No conocían la órbita de la Luna. No sabían que aquello obedecía a una geometría celeste. Solo tenían sus ojos, su miedo y una inteligencia todavía joven tratando de descifrar el mundo. Quizá algunos corrieron a refugiarse. Quizá otros se arrodillaron. Tal vez pensaron que los dioses estaban enfadados, que el fuego del cielo se extinguía, que el mundo conocido estaba llegando a su fin. Y comprendí entonces que nosotros, después de miles de años de conocimiento, seguíamos siendo esencialmente aquellos mismos seres humanos. Porque cuando el cielo cambia de repente, la razón explica, pero el corazón se estremece.

 

La luz comenzó a adquirir una tonalidad extraña. El paisaje perdió familiaridad. El aire parecía contener una espera. Hasta los silencios entre nosotros tenían otra densidad. Yo miraba el horizonte y pensaba en otra oscuridad, muy distinta y, sin embargo, parecida. Recordé aquella primera vez en que la noche me acogió en el desierto del Sáhara español. Allí comprendí, quizá como nunca antes, lo que significa estar verdaderamente solo bajo un cielo inmenso. La noche del desierto no era simplemente ausencia de luz: era una presencia. Una inmensidad que parecía envolverlo todo y recordarte, sin palabras, que tú eras apenas una diminuta criatura perdida bajo millones de estrellas. Ahora volvía a sentir algo parecido. Solo que esta vez la oscuridad venía del Sol.

 

A las 20:29, la Luna terminó de cerrar su círculo. Y durante algo más de un minuto, el día dejó de ser día y simuló morir. La corona solar apareció alrededor de aquel disco negro, como una respiración blanca sobrenatural y suspendida en el cielo. El Sol, que durante toda nuestra existencia ha sido sinónimo de luz, calor y vida, se había convertido por unos instantes en una sombra rodeada de fuego. Y entonces ocurrió algo maravilloso: después de haber visto las Perlas de Baily y La Corona Solar, durante la fase de totalidad completa, surgió solemne y majestuoso el Anillo de Diamante, ese primer destello directo de luz solar. Ninguno necesitó decir nada. Creo que los tres sentimos que estábamos asistiendo a algo que no nos pertenecía. Mi mujer, sentada en el suelo de aquel pedregoso camino que un día sostuvo el paso de los trenes, parecía fascinada; nuestra amiga, absorta; y yo, noté una especie de vértigo interior. Pensé en mis años, en todo lo vivido, en las personas que habían desaparecido de mi camino, en las que aún permanecían junto a mí. Repasé, casi en un instante, aquel largo viaje de la vida que, visto desde la distancia de aquel cielo, parecía apenas un parpadeo. El eclipse no nos hizo pequeños. Nos recordó que ya lo éramos.

 

Eran las 20:30 y unos segundos cuando la luz comenzó a regresar. Apenas un momento después, el Sol volvía a abrirse paso y la oscuridad se retiraba con la misma delicadeza con que había llegado. Y mientras el cielo recuperaba su color de siempre, pensé que quizá toda vida sea eso: un breve eclipse entre dos oscuridades, que dura exactamente lo que dura la voluntad de seguir mirando hacia arriba. La fiesta había terminado. Pero algo había quedado dentro de nosotros.

 

Después emprendimos el regreso a casa. Volvíamos turbados, hipnotizados todavía bajo el hechizo de lo que acabábamos de contemplar. Hablábamos menos. Quizá porque algunas experiencias, cuando son verdaderamente grandes, dejan de necesitar palabras. Habíamos ido a ver un eclipse total de sol. Y regresábamos con algo mucho más difícil de explicar: la certeza de haber asistido durante unos instantes al diálogo secreto entre la Tierra, la Luna y el Sol. Un diálogo que comenzó mucho antes de que nosotros existiéramos y continuará cuando ya nadie recuerde nuestros nombres. Tal vez eso sea lo que más me impresionó. Que durante apenas un minuto, bajo aquel cielo oscurecido, pudimos sentir nuestra insignificancia y, al mismo tiempo, la inmensa fortuna de estar vivos para contemplarla. Y mientras retornábamos a casa, su imagen permanecía indeleble en nuestros ojos, en nuestro corazón y en nuestra memoria. Como una pequeña cicatriz de luz.

martes, 4 de agosto de 2026

El hombre que amenazó con apagar el Sol

 Hay escenas que permanecen para siempre en mi memoria. No porque me deslumbren por sus efectos, sino porque encierran una verdad que trasciende el tiempo. Una de ellas pertenece a Un yanqui en la corte del rey Arturo, la célebre novela de Mark Twain llevada al cine en inolvidables adaptaciones. La trama es sencilla. Un hombre, acusado de brujo, espera ser conducido a la hoguera. Todo parece perdido. Frente a él se alzan un rey, una corte y un pueblo convencidos de que la ignorancia es una forma de justicia. Entonces, el condenado levanta la mirada hacia el cielo y sonríe. No espera un milagro; espera un eclipse. Conoce el lenguaje silencioso de los astros y sabe que, en unos instantes, la Luna ocultará al Sol. Aprovecha aquel conocimiento para proclamar que hará desaparecer el astro rey si no le devuelven la libertad. Cuando la luz comienza a extinguirse y la sombra invade la tierra, el temor se apodera de todos. Creen asistir a un prodigio y el rey ordena desatar al prisionero. No fue la magia quien lo salvó. Fue el conocimiento.

 

La Mañana 4.08.2026

Dentro de unos días, el 12 de agosto, en Cataluña tendremos el privilegio de contemplar un eclipse total de Sol. El mismo fenómeno que durante milenios sembró el pánico entre reyes, sacerdotes y pueblos enteros será recibido ahora con telescopios, cámaras fotográficas, gafas de protección y una expectación compartida, casi festiva. El cielo ofrecerá el mismo espectáculo; lo que ha cambiado es la mirada del ser humano. Y es que hubo un tiempo en que un eclipse era el anuncio de todas las desgracias imaginables. Cuando la claridad del mediodía comenzaba a apagarse, muchos creían que los dioses manifestaban su ira, que el fin del mundo había iniciado su marcha o que un monstruo invisible devoraba lentamente al Sol. Bastaban unos minutos de oscuridad para que el miedo se extendiera con la velocidad de una sombra sobre las conciencias.

 

Hoy sucede justamente lo contrario. Sabemos con años de antelación el día, la hora, el minuto e incluso el segundo en que comenzará el eclipse. Conocemos el camino exacto que recorrerá la sombra de la Luna sobre la Tierra. Podemos predecir su duración con una precisión casi absoluta. Donde antes había superstición, hoy hay ciencia. Donde antes se alzaban plegarias desesperadas, ahora se levantan miradas llenas de admiración. Y, sin embargo, el misterio permanece intacto. Porque hay instantes en los que el universo parece querer recordarnos que seguimos siendo pequeños habitantes de un diminuto planeta suspendido en la inmensidad. Durante unos minutos, el día se transforma en crepúsculo; el aire adquiere una quietud inesperada; las aves interrumpen su vuelo y hasta el viento parece caminar de puntillas para no romper el hechizo. Es como si el cielo cerrara lentamente uno de sus párpados para invitarnos a contemplar, con humildad, la inmensa belleza de aquello que jamás podremos dominar. Quizá por eso espero este eclipse con una emoción difícil de describir. Mis ojos han visto amaneceres en Larache, Marruecos, cuando el Sol nacía sobre el Atlántico africano convirtiendo el mar en una inmensa lámina de cobre líquido. Han contemplado la luz vertical de Bata, en Guinea Ecuatorial, donde el día parecía caer a plomo sobre la tierra bajo la intensidad del sol tropical. Y también guardan la memoria de los atardeceres infinitos de Villa Cisneros, en el entonces Sahara Español, donde el desierto confundía el horizonte con un océano de arena dorada. Han conocido igualmente la serenidad de los largos días del verano canadiense y la luz casi interminable de Grímsey, la pequeña isla islandesa situada ya dentro del Círculo Polar Ártico, donde el Sol se demoraba en el cielo como si se resistiera a despedirse del mundo. He conocido cielos distintos, horizontes lejanos y luces diversas en África, Europa y América; pero siempre era el mismo Sol quien acompañaba silenciosamente cada etapa de mi vida, como un viejo amigo cuya fidelidad nunca reclama reconocimiento. Tal vez por eso, cuando dentro de unos días la Luna lo oculte durante apenas unos minutos, no sentiré que el Sol desaparece. Sentiré que el tiempo hace una pausa. Que el universo escribe una breve coma en el interminable relato de la creación para recordarnos que incluso aquello que creemos eterno conoce el instante efímero de la penumbra.

 

Existe una hermosa ironía en todo ello. Aquel mecánico e inventor práctico, llamado Hank Morgan, imaginado por Mark Twain salvó la vida porque comprendía el movimiento de los astros. Hoy, millones de personas acudirán a contemplar ese mismo fenómeno precisamente porque también lo comprenden. La ciencia que un día fue confundida con hechicería es la misma que ahora nos permite emocionarnos sin miedo ante uno de los espectáculos más sobrecogedores de la naturaleza. Y ahí reside, quizá, una de las mayores conquistas de la humanidad. No en haber conquistado el cielo, sino en haber aprendido a leerlo. Porque conocer las leyes del universo no disminuye su belleza; la engrandece. Saber por qué ocurre un eclipse no le arrebata ni una sola brizna de poesía, del mismo modo que conocer la partitura jamás ha restado emoción a una sinfonía de Beethoven. Al contrario. Solo quien comprende la armonía puede admirar en toda su profundidad el milagro de la música.

 

Es por ello que, cuando el próximo 12 de agosto la sombra de la Luna avance silenciosamente sobre nuestra tierra y el día vista, durante unos instantes, los colores del crepúsculo, millones de personas levantarán la cabeza hacia el cielo. Algunos contemplarán un fenómeno astronómico. Otros buscarán la fotografía perfecta. Habrá niños que lo descubrirán con el asombro de quien abre por primera vez un libro maravilloso, y ancianos que recordarán otros cielos contemplados a lo largo de sus vidas. Yo, en cambio, preferiré pensar que estoy asistiendo a un diálogo antiguo entre el Sol y la Luna, una conversación iniciada mucho antes de que existiera el primer ser humano y que continuará cuando nosotros ya seamos apenas un recuerdo perdido en la memoria del tiempo. Porque, en realidad, el eclipse no apaga el Sol. Lo que apaga es nuestra soberbia. Nos recuerda que existen fuerzas infinitamente mayores que nosotros y, al mismo tiempo, nos revela que la inteligencia humana ha sido capaz de comprenderlas sin destruir su misterio. Quizá ese sea el mayor privilegio de nuestra especie: mirar al cielo con la misma emoción que nuestros antepasados, pero sin el peso del miedo; cambiar la superstición por el conocimiento sin renunciar al asombro; descubrir que la ciencia y la poesía no son enemigas, sino dos maneras distintas de pronunciar una misma palabra: admiración. Y cuando la sombra se retire y la luz vuelva a inundar la tierra, el Sol seguirá brillando exactamente igual que lo ha hecho desde el origen de los tiempos y los que habremos cambiado, una vez más, seremos nosotros.