Mientras en la mayor parte de los países europeos de nuestro entorno se ha realizado, desde el pasado siglo hasta nuestros días, un desplazamiento cauteloso y prudente de la sociedad rural hacia la urbana; generando algo así como una fusión simultánea y armónica de ambas. En nuestro país, en La España vacía que brillantemente nos describe Sergio del Molino y, otro tanto, el periodista Paco Cerdá en Los últimos, con su magnífica crónica realizada a través de un recorrido por la Serranía Celtibérica, la migración del campo a la ciudad ha sido impetuosa y profundamente desequilibrada. Y es que en esa llamada “Laponia española” que nos narra Cerdá, al igual que en otros territorios del medio rural catalán, como es la franja que va desde el Pirineo de Girona hasta el límite con Aragón y gran parte de la Noguera, el Urgell, el Priorat y la Terra Alta, presentan una importante amenaza de abandono y despoblamiento. En estas comarcas, la dureza de la soledad se ha convertido en metástasis extrema de tristeza y fatalidad, debido al intenso cambio operado en ellas por la drástica reducción de jóvenes. Y, además, por la práctica ausencia de unos servicios asistenciales básicos, de unas instituciones formativas adecuadas, de fuentes de empleo y hasta de unas oficinas de correos y bancarias que deja a los habitantes de estos territorios semivacíos sin la posibilidad de poder realizar las mínimas operaciones económico-monetarias en sus respectivas cuentas. Y estos hechos, que las han dejado en unos mínimos indecorosos, unidos al precario acceso a las nuevas tecnologías, han ocasionado en el mundo rural, la imposibilidad de perdurar o vivir de manera racional.
Además, este escenario, se ha visto agravado desde siempre por la tradicional desvinculación que han mantenido los dirigentes políticos de las instituciones del Estado y de las Comunidades Autónomas con el medio rural, al que sistemáticamente han ignorado. De tal forma que esa ausencia de interés, unida al coste económico que ocasiona, les ha llevado a suprimir la mayor parte de de los servicios de transporte ferroviario y por carretera que mantenía cohesionado el mundo agrario con la ciudad. De hecho, la voluntad política de llevar y/o mantener lo público en el medio rural ha sido y es hoy en día, prácticamente inexistente.
No obstante, si bien es cierto que con la pandemia de la Covid19, se ha puesto en duda la imagen de la ciudad como tierra prometida y cada vez más personas, animadas por las posibilidades del teletrabajo, están saliendo de núcleos superpoblados rumbo al campo. Este aparente resurgir del atractivo medio rural, no deja de ser más que el sueño de algunas personas por alcanzar viejas utopías. Pues, la diferencia del estilo de vida entre el hábitat urbano y el campestre es notoria y no tienen nada que ver, respecto al desarrollo personal y otros factores relevantes, el hecho de vivir en un sitio o en el otro. Entre otras razones, porque las ciudades, grandes o pequeñas, disponen de una actividad cultural y vital de la que carecen los pueblos.
Es por ello que, a mi modo de ver, en esa España vaciada, si no se da la respuesta adecuada para revertir dicha situación, ésta se hará irreversible; ya sea debido a la simple voluntad política o a la mano invisible del mercado. Y la antigua dialéctica “medio rural-medio urbano”, no tendrá ninguna justificación a causa de la falta de expectativas y la ausencia de una juventud rural creadora, porque ésta habrá dejado de existir. Y la historia del mundo rural, en un inmediato futuro, sin futuro, será la suma de todo aquello que, siendo evitable, podría haber sido y no fue.