Hay países que construyen su historia con piedra. Otros la levantan con palabras. Y algunos, como los Estados Unidos de América, consiguen el prodigio de convertir las palabras en un inmenso decorado donde la realidad apenas logra abrirse paso entre los focos.
Digo esto, porque existe en la ciudad de Charlottesville, en el estado de Virginia, una histórica colina llamada Monticello en la que se alza una hermosa mansión rodeada de jardines, columnas y una biblioteca capaz de despertar la admiración de cualquier amante de la cultura. En sus estanterías descansaban los grandes pensadores de la libertad, de la razón y de la dignidad humana. Todo parecía anunciar que aquel lugar había sido el taller donde se forjó una de las más nobles aspiraciones del ser humano: el derecho de todos a ser libres. Sin embargo, al abandonar la biblioteca bastaba recorrer unos pocos metros para descubrir que las páginas de aquellos libros no habían atravesado el umbral de la casa. Más allá de las ventanas comenzaban los campos donde cientos de hombres y mujeres seguían siendo mercancía. La libertad terminaba exactamente donde empezaban los intereses de su propietario.
A este respecto, no deja de resultar significativo que los Estados Unidos hayan celebrado este pasado 4 de julio el 250. aniversario de la Declaración de Independencia y de su libertad. Aquel texto, aprobado en 1776, fijó el nacimiento de una nación y, gracias a la prosa inspirada de Thomas Jefferson, regaló al mundo una de las afirmaciones más luminosas de la historia política: que todos los hombres nacen iguales y están dotados por su Creador de derechos inalienables. Es difícil imaginar una escena de mayor grandeza. Pero quizá exista otra aún más reveladora. Jefferson dejó la pluma con la que acababa de escribir aquellas palabras, salió de la estancia, cruzó el umbral de su casa y volvió a una plantación donde centenares de hombres, mujeres y niños seguían siendo de su propiedad. Le bastó recorrer unos metros para que el ideal universal de la libertad se transformara en la realidad cotidiana de la esclavitud. La distancia entre ambas no era un océano ni un siglo, sino apenas el camino que separaba su escritorio de sus campos. Allí, en esos pocos pasos, quedó al descubierto la primera gran contradicción de la nación que acababa de nacer.
La historia ofrece, además, episodios de una ironía casi insoportable. Y es que Thomas Jefferson, un hombre capaz de concebir algunos de los textos políticos más admirados de la modernidad, convivió durante décadas con una mujer esclavizada por él mismo. Compartió su intimidad, tuvo hijos con ella y, sin embargo, jamás fue capaz de romper las cadenas jurídicas que él mismo mantenía sobre la madre ni sobre aquellos niños. Eran suficientemente libres para llevar su sangre, pero no para disponer de su propia vida.
Pero, además, aquella contradicción no fue un accidente biográfico de Jefferson. Tampoco una excepción, puesto que una parte muy importante de quienes alumbraron aquella nación participaba del mismo sistema. Redactaban proclamas sobre la igualdad mientras administraban plantaciones sostenidas por seres humanos privados de ella. Defendían la libertad como un derecho inalienable, siempre que no afectara a la rentabilidad de sus propiedades. Es la metáfora perfecta de un país que aprendió muy pronto a proclamar principios universales mientras reservaba numerosas excepciones a la hora de aplicarlos. Y es que las naciones, como las personas, suelen preferir los espejos que embellecen a aquellos que reflejan las arrugas. Es entonces cuando comprendemos que muchas veces el decorado era magnífico, los discursos memorables y la iluminación perfecta. Sin embargo, al apagar los focos, solo quedaban unas tablas, unos andamios y una vieja pregunta que sigue esperando respuesta. Y quizá ahí resida una de las mayores habilidades de las grandes potencias: dominar el relato. Ningún imperio sobrevive únicamente por la fuerza; necesita también una historia que contar. Y pocos países han sabido construir un relato tan poderoso como Estados Unidos. Hollywood convirtió sus victorias en epopeyas, sus errores en accidentes, sus intereses en causas universales y sus intervenciones en cruzadas por la libertad. Y Occidente terminó consumiendo aquella narración con la misma naturalidad con la que contempla una superproducción cinematográfica, donde los decorados parecen ciudades auténticas y el cartón piedra adquiere apariencia de mármol. Y este engaño, tal vez esa sea la lección más incómoda de todas. Porque las civilizaciones no se miden por la belleza de sus proclamas, sino por la coherencia entre las palabras que escriben y las vidas que permiten vivir.
Y quizá sea ahí donde se derrumba el mayor de los mitos. No bajo el peso de las guerras ni de las crisis, sino bajo la evidencia de su propia incoherencia. Porque ningún pueblo puede erigirse en conciencia moral del mundo cuando los cimientos de su grandeza fueron levantados sobre cadenas y cuando la libertad que proclamaba terminaba exactamente donde comenzaban sus intereses. Hace veinte siglos, Séneca dejó escrito que “lo que las leyes no prohíben, puede prohibirlo la honestidad”. La ley permitió la esclavitud; la honestidad jamás debió consentirla. Entre ambas transcurre la distancia que separa la propaganda de la verdad. Esa honestidad y esa dignidad fueron ajenas al 3º presidente de los Estados Unidos, Thomas Jefferson, y cabe preguntarse si esa misma coherencia moral y ética tiene acomodo en el liderazgo estadounidense actual, representado hoy por el 47.º presidente, Donald Trump. Porque esa distancia, por muchos decorados que levante Hollywood o por mucha épica que fabriquen los vencedores, acaba siendo el tribunal más implacable de la Historia.
¡Genial! Has quitado la careta a los yanquis.
ResponderEliminarAbrazos
Antonio Puig
Qué bien escribes, es un placer leerte y al mismo tiempo poder una cultivarse.
ResponderEliminarBesos
Cecilia Silva
Como dice el refrán: No es oro todo lo que reluce y lo de predicar con el ejemplo. ¡Enhorabuena!
ResponderEliminarMagda Sellarés
Gracias, J A. Insuperable.
ResponderEliminarUSA ha compuesto el relato. Y el mundo se ha postrado bajo las historias creadas por Hollywood.
Un abrazo
Pepe Pascual
Muy bueno. Eres un fantástico narrador.
ResponderEliminarSaludos
Josep Porta
Buenos días tío, que chulada de articulo. Acabas de reflejar la hipocresía más grande de la humanidad que son los yankis… son lo peor de lo peor.
ResponderEliminarBesos
Nacho Valero
Sí, Juan Antonio, 250 años que cierran el ciclo con la pérdida del papel de Estados Unidos en el mundo y con un liderazgo irresponsable y ridículo.
ResponderEliminarAsí lo afirman las declaraciones del escritor y editor Tom Engelhardt, así lo sentenció Mark Carney para que lo escuchase todo el mundo.
Un abrazo,
Miguel Ángel Cerviño
Buenos días, acabo de leer el escrito sobre el mito americano, reconozco que conocía muy poco de Jefferson, entre otras cosas, esa fama de ser el padre de las libertades americanas. Como confío plenamente en tus conocimientos históricos sobre “el peculiar” personaje, da la impresión que la mayoría de los presidentes USA están cortados por el mismo patrón, lo defines muy bien, en una frase que me ha encantado de tú artículo “Y es que las naciones, como las personas, suelen preferir los espejos que embellecen a aquellos que reflejan las arrugas. No hay nada más que añadir.
ResponderEliminarUn abrazo
Santiago Fernández
Bona tarde Juan Antonio. Me ha gustado mucho tu artículo. Un gran alegato sobre la falta de coherencia, realidad palmaria en la nación americana y que también podríamos aplicar a políticas y políticos de allá y de aquí.
ResponderEliminarManel Pulido