El pasado día 25 de agosto cenamos en casa con Rafael y Merche, dos buenos amigos de Madrid que desde hace muchos años veranean en Cambrils y que, cada verano, desde hace un cierto tiempo, traen consigo algo mejor que un buen vino: la amistad y la costumbre, cada vez más rara, de conversar en serio. Rafael Muyor es un genial artista polifacético, pintor y escultor, cuyas fantásticas obras pueden contemplarse en internet. Como todo buen escultor, no acepta una forma hasta haberla golpeado varias veces para comprobar que resiste. Y esa citada noche golpeó una idea mía, y de ese golpeteo: afectuoso, tenaz y sin tregua, nació este texto.
Hablábamos del universo, de mis últimos artículos sobre el tiempo y la consciencia, y en algún momento, entre el cava y la tarta del postre, la conversación se abismó hacia una pregunta que parece sencilla y no lo es: ¿es lo mismo existir que ser conocido? Y, un peldaño más abajo, ¿es lo mismo ser conocido que saber que se existe? Yo sostenía, y sostengo, que no. Que entre estos tres estados hay abismos, no matices; que existir, ser conocido y saberse existente son tres países distintos, separados por fronteras que la mayoría de las cosas del universo nunca cruzan.
Pongamos los ejemplos que puse esa noche, y que Rafael atacó con la fruición de quien afila un cincel: el primer sapiens que tuvo consciencia de sí mismo y el continente americano. Respecto a este último dije: allí estaba, por supuesto, mucho antes de 1492: con sus ríos abriéndose paso como venas de un cuerpo dormido, sus volcanes respirando en silencio, sus civilizaciones enteras erigiendo templos que nadie en Europa soñaba siquiera. Existía, sin duda. Pero no existía “para” Europa. No formaba parte de su mapa, de su consciencia, de su verdad compartida. Colón no creó América al llegar a ella, sería una vanidad absurda pensarlo, pero sí hizo algo casi tan radical: la hizo entrar en el conocimiento europeo. La sacó de la existencia muda y la introdujo en la existencia nombrada. Antes de él, América era un secreto que se guardaba a sí mismo sin saberlo.
Y ahí está la primera frontera: la que separa existir de ser conocido. Pero hay una segunda, más honda todavía, y es la que de verdad nos tuvo despiertos hasta largamente pasadas las doce. Porque una piedra puede ser conocida, pesada, medida, fotografiada, catalogada en un museo, sin que la piedra sepa jamás que existe. Ser conocido es un acto que otro ejerce sobre uno. Saber que se existe es un acto que uno ejerce sobre sí mismo. Y ese acto, esa vuelta de la mirada sobre la propia mirada, es quizá el fenómeno más extraño que ha producido el cosmos en sus casi catorce mil millones de años de existencia.
Pensemos en ello con la calma que merece: durante miles de millones de años el universo existió, se expandió, fabricó estrellas y las apagó, sin que absolutamente nadie ni nada supiera que aquello estaba ocurriendo. Fue, literalmente, un espectáculo sin público. Una sinfonía interpretada en una sala vacía, cuyas notas resonaban contra paredes que no tenían oídos. El universo era, pero no se sabía. Existía con la misma inconsciencia con que existe una piedra, un átomo, una galaxia entera girando a oscuras. Y entonces, en un rincón minúsculo de ese vasto teatro sordo, algo surgió en nosotros, o lo que nos precedió en el largo tanteo de la evolución, y abrió los ojos hacia dentro. No hacia afuera, que eso ya lo hacían los ojos de cualquier animal desde hacía períodos, épocas, edades, casi eternidades. Y en ese mirar hacia dentro, en un instante, y solo a partir de ese instante, el universo dejó de ser un monólogo y se convirtió, por fin, en una conversación consigo mismo.
Ésa es la diferencia que mi amigo Rafael quería negarme y que Merche y Rosa—mi esposa—, más conciliadoras, intentaban suavizar en sus intervenciones y entre sonrisas: que ser y saberse no son la misma moneda con dos caras, sino dos monedas distintas, acuñadas en metales distintos. Se puede existir sin ser conocido, como América antes de Colón. Se puede ser conocido sin saberse existente, como la piedra en el museo, como el árbol que un naturalista cataloga. Pero saberse existente exige haber cruzado ambas fronteras a la vez, desde dentro: ser, ser conocido por uno mismo, y saber que se es el que conoce. Es la única forma de existencia que se mira al espejo y no confunde el espejo con la pared.
Y aquí fue donde la amable y amigable discusión, ya comenzada la madrugada, con los platos y las copas vacías, adquirió su verdadero peso. Porque si esto es así, y creo firmemente que lo es, entonces cada uno de nosotros no es solamente un fragmento de materia organizada, uno más entre los incontables objetos que el universo produce y disuelve con la misma indiferencia con que la marea de la playa de l’Ardiaca, hace y deshace los castillos de arena de los niños. Cada uno de nosotros es, además, y esto es lo insólito, el lugar exacto donde el universo, después de trece mil ochocientos millones de años de sordera, empezó a escucharse. No somos el paisaje: somos el instante, brevísimo y prodigioso, en que el paisaje se dio cuenta de que era paisaje.
Por eso, cuando llegue el día, y llegará, en que cada uno de nosotros deje de saberse existente, no ocurrirá simplemente que una vida se apague, como se apaga una vela entre tantas. Ocurrirá algo bastante más grave y más solemne: el universo, en ese punto exacto del espacio y del tiempo que éramos nosotros, volverá a quedarse ciego. Seguirá existiendo, seguirá expandiéndose, seguirá fabricando estrellas con la misma paciencia mineral de siempre. Pero, allí donde antes había un testigo, ya no quedará nadie para dar fe de que todo aquello, en efecto, estaba ocurriendo.
Ésa es, me temo, la conclusión que Rafael no pudo rebatirme, por mucho que lo intentó, y por mucho que yo mismo hubiera preferido no llegar hasta ella. Y es que, no venimos al mundo únicamente para vivir. Venimos, mientras dura la breve claridad de la consciencia, a hacer de testigos de nuestra propia existencia. Y cuando esa luz se apague, no se apagará solo una vida: se apagará, en ese punto minúsculo y sagrado del universo, la única prueba que teníamos de que verdaderamente estuvimos aquí.
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