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jueves, 18 de octubre de 2018

¿Qué nos pasa?



Hace unos días, tomando café en Lo Marraco con mi mujer y una amiga muy querida, comentábamos nuestra percepción de estar viviendo unos tiempos difíciles, confusos y quizás hasta temerosos. En el ambiente, en las tiendas, por la calle, se aprecia una cierta crispación que, quizás, previene a un cambio de época. Y es que actualmente, el mundo, parece estar totalmente desordenado. Es como si nada estuviera en su sitio o, al menos, en el sitio en el que nos parece que ha estado siempre hasta hace poco más de una década. Tal vez sea porque la ética o la moral o ambas a la vez, han desaparecido o esfumado en el comportamiento general de la sociedad mundial. Y, sobre todo, en las conductas y actuaciones de los políticos, en general, y de algunos gobiernos en particular que han dejado de ser referentes de la población de los Estados. Y estos hechos nos afectan, ineludiblemente, a los ciudadanos.

El mundo se está llenando de ruido y de confusión y este advenimiento propicia nuestro malestar, aumenta nuestra ansiedad, nos provoca cierto temor y nos hace vivir con miedo. Un miedo y desconfianza que comenzamos a tener casi todos y que se manifiesta, entre otras formas, en el imperioso deseo de querer que nos solucionen las cosas los demás y encima que nos las solucionen de inmediato, sin darnos cuenta de que las vicisitudes las pelea uno mismo o, evidentemente, no las pelea nadie por nosotros. Es por ello, por lo que considero, que sería necesario que tomásemos conciencia de todos los hechos que nos afectan diariamente como ciudadanos y, en consecuencia, cuando corresponda, participemos y elijamos individualmente el rumbo que deseamos, sin que nos lo marque nadie, en lugar de esperar a ver qué pasa.

Publicado en Segre y La Mañana el 18.10.2018
Hace ya muchos años que Thomas Hobbes, el filósofo inglés considerado uno de los fundadores de la filosofía política moderna, sentó las bases de la teoría contractualista y descubrió que no hay ningún sistema más perfecto para controlar a una sociedad que la coyuntura de que ésta tenga un poco de miedo. Y dicha situación, la tenemos ya casi asumida. De hecho, nunca como ahora, las sociedades democráticas occidentales habían estado gobernadas por políticos tan atrabiliarios y populistas como el Presidente de EE.UU. Donald Trump, por racistas como el primer ministro húngaro Viktor Orbán o por extremistas y xenófobos como el ministro del Interior italiano Matteo Salvini, por citar algunos ejemplos. Pero, aunque no nos gusten, ahí están, metiendo ruido, haciendo todo el estropicio posible y creciendo en votos; lo que inquieta y hasta atemoriza a la ciudadanía, no sin cierta razón.

Y es que me resulta insistente la percepción de que nos hemos habituado, como si fuera una realidad virtual, a que un prepotente, narcisista y arrogante manipulador como Donald Trump, sea el Presidente del país más poderoso de occidente y del planeta. O que en varios Estados de la UE, los grandes corrimientos de ideas vayan propiciando que los ciudadanos otorguen su confianza a partidos de extrema derecha. Unos partidos políticos que están tocando ya el poder y que tienen como objetivo la destrucción de ese proyecto único en la historia que ha logrado el que, los Estados europeos, hayan superado un pasado marcado por el conflicto y las guerras.

La democracia actual sufre una hiriente huida de élites intelectuales, bien preparadas, que se refugian en la empresa privada al no encontrar suficientes incentivos y/o acomodo en la política institucional o el sector público del Estado. Y, la peor consecuencia de este acontecimiento es que, si no cambia la tendencia, todos seremos gobernados, esporádica o continuamente, por políticos mediocres, oportunistas y vividores.

Algo raro está pasando y es que casi nada y casi nadie están en su sitio. Es como tener la impresión de que la sociedad está en un régimen de inestabilidad permanente. Lo comprobamos aquí, en nuestro país, leyendo la prensa, viendo los telediarios de las cadenas de televisión o escuchando los informativos de las emisoras de radio; la situación política es muy penosa. Y digo esto porque cuando salen las encuestas del CIS, vemos que las preocupaciones de los ciudadanos no son las mismas que valoran los políticos. La gente, lo que deseamos y queremos son cosas muy concretas: tener trabajo, una buena sanidad y educación, posibilidad de acceso a la vivienda, erradicar la corrupción, unas pensiones dignas; es decir, medidas sociales. Y, sin embargo, vemos que en el Parlamento del Estado, “sus señorías”, no se ocupan de esas cosas, sino que se dedican a tirarse “másteres” a la cabeza, a discutir inútilmente sobre alianzas con determinados partidos o a polemizar si se debe o no sacar al dictador Franco de donde está.

Y lo más curioso y extraño de esta situación es que nos estamos acostumbrando a ella. Todo parece estar como prendido con hilos que en cualquier momento se pueden romper. Y gobernar así debe ser complicadísimo. Me niego a creer que, de seguir de tal manera, en un futuro quizá no muy lejano, tengamos que resignarnos a continuar escribiendo con lágrimas las páginas de nuestra historia.

¿Qué nos pasa entonces? No lo sé, quizá, que la ceguera para ver lo que nos pasa, nos impide averiguar lo que pasa. No obstante, no nos quejemos de cómo va ahora todo, que siempre puede ir a peor…

Acabamos el café, nos despedimos y nos fuimos para casa.

lunes, 24 de septiembre de 2018

Pasó el verano. Es tiempo de otoño.



Ya estoy de vuelta en casa, sacudiéndome todavía la relativa somnolienta felicidad que he dejado atrás este pasado estío. Pasó el verano. Y con él algunos sueños, unos lejanos, otros eternos. Un verano puede ser un momento de nadas o un instante de todos. Quizá, porque más que en otras, en esta estación del año, cada segundo que pasa nos suministra o nos despoja de un fragmento de vida. Unos retazos que son el resumen de aquello que vamos depositando sobre nuestro transcurso vital. Ese espacio de tiempo que comenzamos con un grito y se nos irá con un silencio eterno.

De los dos meses del estío, julio, lo he pasado avanzando por el tiempo junto a esa línea continua que produce el estar de vacaciones. Y en el contador de mis kilómetros me he visto sorprendido por varias noticias. Alguna notable, como la protagonizada por los niños de la cueva de Tailandia, convirtiéndose en monjes budistas. Otra alarmante, como ha sido la referida a los abnegados turistas que no sabían qué hacer ni cómo reclamar, ante la huelga de Ryanair. Y una divulgativamente interesante, como la declaración sobre ese misterioso descubrimiento de un lago de agua salada bajo una capa de hielo en Marte. Pero; sobre todas, me ha impactado y conmovido, la del reportaje de ese casi medio millar de inmigrantes africanos rescatados en las aguas del mar de Alborán y del Estrecho por los abnegados miembros de ONG’s y Salvamento Marítimo.

Acto seguido llegó agosto que fue un mes de sol cruel, calor húmedo y playas visitadas por medusas y alguna que otra mantarraya. Una de esas fascinantes y sorprendentes criaturas que habita en nuestro mar Mediterráneo y de las que ignoramos casi todo. Y con su final, alargado hasta bastante más allá de mediados de septiembre, se fue el verano, con sus derechos y deberes, firmando el finiquito después de una travesía que duró 93 días y 15 horas. Asistí a su entierro y le quedé agradecido; pues, la llegada de algunas tormentas, que aplacaron el tórrido calor sufrido, me permitió poder respirar con calma y dormir las noches apaciblemente y tranquilo.

Dejo también constancia de que he vivido, educacionalmente, un verano tan anómalo y vulgar que, el tiempo del estío, considero, se nos ha vuelto patológico. Pues, demasiadas veces, he presenciando el incívico comportamiento de algunos de mis congéneres por las carreteras y autopistas en las que circulando yo al límite de la marcha permitida, me han adelantado a gran velocidad con absoluto desprecio, tanto para las normas establecidas como para sus propias vidas e indudables consecuencias. En otras ocasiones el incivismo de la gente ha estado presente en las calles, ensuciándolas y saltándose las más mínimas pautas de su correcto uso, en la playa bañando a los perros estando prohibido, e incluso en algunos de los frecuentados  restaurantes en los que la falta de educación ha sido tan notoria que, entre el altísimo tono de las conversaciones de la gente en el local , los gritos, las desaforadas risas y los cánticos de alcohólica alegría de algunos de los comensales de al lado y del resto de las mesas ocupadas, no nos ha sido posible mantener una mínima conversación y tuvimos que comernos la ensalada y la suculenta paella, o la carne, o el pescado escogido, en un trapense silencio. Es por ello muy fuerte la sensación que he percibido de que, teniendo todo, o casi todo, regulado por las leyes, de nada sirve, y, en la vida veraniega, las cosas pasan sin que parezcan que pasan.

Posiblemente, estas circunstancias que describo, me llevan e inclinan a pensar que este país, en su conjunto, está asilvestrado. Es muy probable que la razón resida en que la ilustración nos pasó tan de puntillas que, en realidad, solamente nos rozó y eso entre los jóvenes y no tan jóvenes, se nota y mucho. Tal vez, dentro de unos años, cuando socialmente comencemos a entrar en dimensiones cuánticas, sea posible que vuelva la civilización a nuestra historia. Y la vida que, en ocasiones, tan feliz nos hace, se nos trastoque algo más sensible y cuerda, entre a borbotones en nuestra efímera existencia y a los de mi edad se nos permita disfrutar de los placeres de la madurez sin repulsas ni estridencias.

Asimismo, doy testimonio de que, en el transcurso de esta estación del año, en determinadas fechas y circunstancias, he tenido la sensación de robarle a la vida un día, al día un momento y al momento un instante. Y, entonces, me he refugiado en la nostalgia. Lo he hecho de manera un tanto inconsciente e ingenua. Y me he visto, como si estuviera reflejado en un espejo, actuando en otra fase de mi vida, en la de mis curiosos y furiosos juveniles años, lleno de un idealismo desatado. Y el recuerdo me ha traído de la memoria al presente, las vivencias con mis amigos de entonces en aquellos largos e inacabables meses de verano, con los que reía, lloraba, gritaba, callaba, compartía y me explayaba sin tener apenas noción del tiempo.

Y así, entre lapso y lapso, ha ido transcurriendo el estío con algún que otro despiste. Como me ocurrió un viernes, en el que la vida se encargó de volverme a la dura realidad, al aterrizar mi cuerpo violentamente en el asfalto junto a la moto.

Pasó el verano y, sin embargo, parece no pasar nunca del todo. Es algo evidente con solo ver y escuchar…. Y es que el verano es como un país extranjero en el que se hacen las cosas de forma diferente al nuestro.
Llega Sant Miquel. Y la ciudad se vestirá de gala para celebrar las “Festes de la Tardor”, con representaciones propias del folclore y tradición local. Crepitará el fuego, aparecerán “Lo Marraco” y las escuadras de diablos recorriendo las calles de la ciudad en “correfocs”, disfrutaremos con la “Gran Noche del Bestiario” y finalizarán con la exhibición pirotécnica de la margen izquierda del Segre.

Han curado las heridas. Ha llegado otro tiempo y decido comenzar a perderme en un mundo nuevo. Sigue haciendo calor en este adentrado septiembre; pero, no me quejo, mi corazón late. ¿Puedo pedir más...? Sí. “Ser en la vida romero, romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos”, como nos decía el genial poeta zamorano, León Felipe.

Es tiempo de otoño…






lunes, 20 de agosto de 2018

In Memoriam de las víctimas del 17-A





Nuestras vidas  están inexorablemente unidas al dolor y buscamos siempre la causa que nos lo ocasiona. Llegamos a este mundo con dolor y, de alguna manera, todas las personas nos parecemos a nuestro propio dolor. A veces, en determinados momentos, cuando me agobia el dolor y se vuelve insoportable, procuro no pensar para evitar que el dolor del corazón se una al dolor del pensamiento; son esos momentos en los que el dolor se siente, se sufre y se arrastra sin testigos.

En la ventana de ese mar azul Mediterráneo, un 17 de agosto, las transparentes olas se tornaron rojas, mientras los gritos ahogaban la tragedia. Sobre el paseo de asfalto, junto al Naútico, hasta mis pies llegó el dolor rodando. Ese día cambió la historia de Barcelona y de Cambrils.
Publicado en el diario La mañana el 20.08.2018

En Barcelona, en ese acto de recuerdo sobre el trágico suceso, ocho jóvenes creyentes de diferentes religiones, han leído emocionados el poema de John Donne, Las campanas doblan por ti. Un fragmento del poemario Devociones para ocasiones emergentes, en el que el poeta metafísico inglés del siglo XVII trata los temas de la muerte y de las relaciones humanas

Con mi mayor respeto y consideración para las víctimas y sus familias; pues, quien sabe lo que el dolor duele, todo lo sabe.

lunes, 30 de julio de 2018

Así transcurre el verano: Accidente de moto


Muchas veces, presenciando el incívico comportamiento de algunos de mis congéneres en la playa o viendo los programas e informativos de las cadenas de televisión o leyendo el diario, pienso que este país, en su conjunto, está asilvestrado. Es muy probable que la razón estribe en que, por este solar patrio, la ilustración pasó tan de puntillas que, en realidad, solamente nos rozó y eso se nota y mucho.

A lo mejor, ahora que comenzamos a entrar en dimensiones cuánticas, sea posible que dentro de algún tiempo vuelva la civilización a nuestra historia y la vida, algo más sensible y cuerda, entre a borbotones en nuestra efímera existencia de forma tal que podamos disfrutar de los placeres de la avanzada madurez sin repulsas ni estridencias.

Otras muchas veces, en este extremadamente caluroso verano, regreso, de manera un tanto inconsciente e ingenua, a otra fase de mi vida en la que me veo como en mis curiosos y furiosos juveniles años, lleno de un idealismo desatado. Y me acuerdo de las vivencias con mis amigos de entonces, cada uno en su rol, con los que reía, lloraba, gritaba, callaba, compartía y me explayaba con alguna amiga especial.

Y, algunas otras veces, tras amainar alguna esporádica tormenta, decido perderme unos días en un mundo aparte conmigo mismo. ¿A ver si esto va a ser un síntoma de madurez avanzada...?

Y, en el mientras tanto, así va transcurriendo el verano, con algún despiste, que hace que la vida se encargue de traerme a la realidad, al aterrizar mi cuerpo violentamente en el suelo junto a la moto. Como me ocurrió el pasado viernes 27.

Curadas las heridas, sigue haciendo calor en Cambrils y mi corazón late. ¿Puedo pedir más...? Sí. Ser en la vida romero, romero sólo que cruza siempre por caminos nuevos, como nos decía el genial poeta zamorano, León Felipe.

sábado, 14 de julio de 2018

Vacaciones de verano.



Como cada año, al llegar los meses del estío, como otros muchos ilerdenses, como si fuera una rutina, marcho de vacaciones a la casa de Cambrils. Al llegar, después de muchos meses de ausencia, sufro una casi imperceptible desazón cuando me contemplo de nuevo en el espejo del cuarto de baño. Y es que ese azogado cristal ha guardado en sus entrañas, durante un año, la última imagen de mi bronceado rostro en un remoto otoño que percibo como un tiempo muy lejano. La desazón proviene porque en esa imagen de mi cara, que el espejo ahora me refleja, se observan y perciben las pequeñas heridas que me ha causado el tiempo en este pasado año. Al parecer, solamente envejecemos en los espejos y en la inasible mirada de las personas que amamos y nos aman.

 
Cuando regreso a esta casa, casi de golpe, a mi memoria vuelven los alegres gritos de los niños que viven enfrente, las risas de los amigos con los que comparto las nocturnas tertulias en el chiringuito de la playa entre sorbo y sorbo a un mojito, un hurricane o un clásico gin-tonic, los saludos de los vecinos de la calle que, como si fuera una novedad, me preguntan qué tal he pasado el año. Son como los ecos de un “Om” que desde el pasado verano quedaron suspendidos en el aire del jardín.

Publicado en La Mañana el 14.07-2108
Un año más, por la mañana, como si el tiempo no existiera o se hubiera detenido, veré a los niños jugando en la playa en su incesante encuentro con el agua y con las formas conque plasman sus sueños en la arena; ilusiones que serán persistentemente derrotadas por las olas. Y por la tarde, como siempre, observaré a las golondrinas que habrán vuelto a sus nidos y recorrerán afanosas el cielo engullendo y embuchándose todo el alimento posible con el que poder alimentar a sus hambrientos polluelos.

El nuevo verano ha llegado. Y parece que la vida se vuelve como esta casa, más diáfana, más directa, más amplia y más sincera. Levantadas las persianas del invierno, abrimos todas las ventanas de par en par para que entre la luz y para que la brisa, que llega de este mágico mar Mediterráneo, pueda renovar el aire suspendido y estancado. Le miro a los ojos al espejo y le prometo pasar un verano feliz. Será, porque, cuando envejecemos, la belleza se convierte en una cualidad interior y la mirada ante el espejo es más libre, más amplia y serena.

Hasta el otoño…