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martes, 3 de noviembre de 2020

Liceo Escolar: Acto de conmemoración del 83 aniversario.

Un año más, organizado por la Paeria, celebramos ayer, a las 11 horas, el Acto de Conmemoración y Ofrenda Floral del Bombardeo del Liceo Escolar. Al acto, breve y sencillo dadas las actuales circunstancias, acompañaron al Alcalde, Sr. Pueyo, varios Regidores del Gobierno de la Paeria, así como algunos miembros de la Oposición y medio centenar de personas, la mayoría, familiares de los fallecidos en el citado bombardeo del Liceo. Se inició el evento con la ofrenda floral y acto seguido tomó la palabra la Regidora de Educación Sandra Castro, recordando a los asistentes como, aquel 2 de noviembre de 1937, a las 15:40 horas, las alarmas no sonaron y el horror, causado por el bombardeo de la aviación fascista italiana, se apoderó de la ciudad ante la masacre ocasionada en el Liceo Escolar, en el que hubo más de cincuenta víctimas, entre alumnos y profesores. Este día, en su 83 Aniversario, recordamos tantas vidas cortadas por la barbarie y, en desagravio, a esa misma hora, sonarán las sirenas de alerta desde el Ateneo Cooperativo la Baula, dentro de los actos del ciclo “Memoria 2N”. 
 

El Alcalde y la regidora de Educación tras depositar la ofrenda floral

 
A continuación, el Sr. Alcalde, Miquel Pueyo, tras dar las gracias a los asistentes, glosó la simbología del monumento “Memoria, Dignidad y Vida y lo que representa para la ciudad. Y disculpó la no asistencia al acto de los supervivientes Manuel Sampedro, Jordi Quílez, Françesc Bataller, Josep Triquell y Josep Clapés, debido a su avanzada edad y las circunstancias actuales de la pandemia. 
 
Asimismo, indicó que aquella contienda comenzada en el 1936, no fue solamente una guerra civil, sino una guerra internacional, apoyada por los gobiernos fascistas italianos y alemanes, contra la II República española. Seguidamente, comentó lo que supuso para Lleida la Institución del Liceo Escolar fundado por Frederic Godàs que utilizó los más adelantados recursos pedagógicos de la época dentro del movimiento de la Escola Nova catalana. 
 
Finalizó el acto con los acordes del tradicional El Cant dels Ocells, de Pau Casals, tocado por la discípula del Conservatorio Municipal de Música de Lleida Elena Gasós, e interpretado por las alumnas del Aula de Teatro de Lleida, Sofía Colominas y María Ramos, mediante una representación de “mimo” que nos trasladó a la audiencia, a través de los movimientos de sus cuerpos, a la trágica historia del bombardeo del Liceo Escolar. 
 

Alumnas del Conservatorio de Música y del Aula de Teatro de Lleida interpretan la tragedia a los acordes del Cant dels Ocells

 
 Eran las 15:40 horas de la tarde y las sirenas no silbaron. Y se hizo la noche, como un hueco oscuro que nubló el amanecer. No hubo sonido en la calle, solamente el ahogo de una ciudad, ante unas sombras que huían hacia el cielo...

jueves, 29 de octubre de 2020

Fake news, el poder de la mentira.

 

La mentira ha sido siempre un instrumento de la diplomacia y de la política. Maquiavelo, en su Príncipe, la teorizó abundantemente. En dicha obra, el autor llena de prevenciones al gobernante contra la buena fe y la franqueza, le recomienda comportarse con astucia y disimulo, le asesora en cuanto a la conveniencia de hacer promesas a fin de ganarse el corazón de los hombres y le avisa de la necesidad de faltar a la palabra dada cuando la ocasión lo requiriese.

En el pasado y en el presente, el uso político de la mentira ha buscado y busca unos objetivos meridianamente claros: conseguir el poder, retenerlo y aumentarlo. Y tenía y tiene unos destinatarios definidos: los rivales, los enemigos y, sobre todo, el engaño al pueblo.

Pero… vayamos por partes. El papel político de los súbditos, reducido, antes y ahora, a ser meros comparsas de los poderes públicos, ha hecho y sigue haciendo necesaria la mentira para ganarse su favor y su fervor. Antiguamente, cara al pueblo, los reyes, príncipes, duques marqueses y otros “prohombres feudales” sólo tenían que parecer honrados, sin que les fuera necesario serlo; ya que, en la medida de lo posible, debían evitar ser despreciados y odiados. No obstante, y en todo caso, debían ser temidos, para lo cual bastaban las armas. Esto permitía que la diplomacia y el ejercicio del poder tradicionales hicieran un uso meramente instrumental de la mentira; puesto que no se pretendía engañar a todos, sólo a los adversarios. Por ello, las mentiras se referían a secretos de Estado auténticos que aspiraban a durar más allá del tiempo que las hacían necesarias. No obstante, esas mentiras, no alteraban sustancialmente el contexto en el que eran dichas. Si se me permite una metáfora, diré que sólo hacían un agujero en el tejido social de la realidad, fácilmente identificable a posteriori si se observaban las incongruencias entre ellas y los hechos en los que estaban enmarcadas.

La Mañana 29.10.2020
Por el contrario, en la época contemporánea, y sobre todo en la más inmediata actualidad del mundo occidental, en general, y de nuestro país, en particular, hemos asistido a grandes cambios en la orientación, la intención y el alcance de la mentira política; a la que se ha unido fervientemente la económica. Desde comienzos del siglo pasado las mentiras ya no tienen sólo por destinatario a los gobiernos competidores, en una determinada área, de otros posibles países, sino, fundamentalmente, los habitantes del propio. Además, ya no se miente sólo sobre lo oculto, sino también acerca de lo manifiesto, sobre aspectos que algunos hemos vivido y/o conocemos.

Y es que, hoy en día, la mentira política, al igual que la económica, ha llegado a su mayoría de edad; ha crecido, se ha hecho universal y tiene aspiraciones de permanencia. De hecho, las fake news o noticias falsas y la propaganda, en el sentido más despreciable de la palabra, se ha convertido en la forma de actuar, informar y manipular. Y para ello, todo está permitido, insultar, ofender, difamar, agredir, mentir... Y, como ejemplo, basta citar la guerra abierta entre Twitter y Trump por las fake news. En este sentido, el modo principal que utilizan algunos dirigentes políticos, como el citado anteriormente, es el de intentar despertar los más bajos instintos de la gente, para así hacerles perder su capacidad de razonar objetivamente. Y para ello, lo mejor es buscar, crear o hacer imaginar enemigos que nos amenazan y contra los que hay que luchar hasta exterminarlos.

Leer, ahora, la claustrofóbica fábula del totalitarismo de George Orwell 1984, produce impacto. No solamente a causa de su inquietante trama, sino, sobre todo, porque reconocemos lo que describe como si se tratara de nuestra propia época. Y es que, tengo la sensación, de que 1984 no va a venir, puesto que ya está aquí. Y, además, ha llegado de una manera mucho más avanzada de la que nos podíamos imaginar en la peor de nuestras pesadillas.

En este marco, la mentira, las fake news, la desinformación y los Big Data, hacen un maridaje perfecto, se hermanan, organizan y acoplan muy bien entre sí, para maniobrar y maquinar las estrategias y conspiraciones necesarias a sus intereses. En relación con todo ello, les aconsejo que lean el libro Mindf*ck de Chirtopher Wylie. Una historia lanzada por la empresa de consultoría Cambridge Analytica, en la que nos alerta sobre la extracción de datos y la manipulación psicológica acontecida detrás de hechos históricos de gran dimensión, como han sido la elección de Donald Trump o el referéndum del Brexit. Después de leerlo, seguramente, se darán cuenta que algunos personajes como Steve Bannon, a través de oscuras operaciones digitales, influyen en nuestras decisiones políticas, a la hora de depositar nuestros votos, cuando convergen interesados y despreciables intereses de todo tipo, manejados para desmontar democracias; pues, saben más de nosotros que nosotros mismos y pueden manipularnos a todos. Y digo bien, a todos, cómo y cuándo les apetezca…

 

lunes, 5 de octubre de 2020

Finalizó el verano, la pandemia sigue y lo peor está todavía por llegar…

 Está siendo un año atípico. Uno de esos que no deseo recordar. El más extraño, por desconocido, de todos los que hasta ahora he vivido por la omnipresente angustia de la COVID19 que nos rompió el final del invierno y nos robó la primavera que apenas hemos compartido. Pero, además, el virus nos ha desnudado. La desigual actitud y toma de decisiones de nuestros representantes políticos entre algunos barrios de la ciudad, el trato otorgado a los temporeros de la fruta por parte de algunos empresarios y municipios, la inhibición de las Administraciones Públicas ante los numerosos casos de la COVID19 en las residencias de mayores que han venido sufriendo y sufren un número de contagios insoportable, nos han sacado las vergüenzas como sociedad. Y es que la pandemia se ha transfigurado en un unificador experto en juntar, bajo la misma pancarta, a diversos colectivos abducidos por falsos pseudocientíficos, algunos antisistemas y variados grupos reaccionarios de extrema derecha que niegan y reniegan su existencia.

 En este contexto, sospecho que para muchos conciudadanos, la reclusión suscitada por la proclamación del Estado de Alarma del Gobierno, la consideraron al comienzo como unas adicionales vacaciones; pero ese benefactor ensueño se desvaneció inmediatamente. La perplejidad que nos ocasionó la llegada de un virus tan insólito e inexplicable, el temor, el preceptivo e irremediable encierro, la soledad, la extrañeza al ver las calles semidesiertas y casi en obligado silencio, la atrevida y expuesta aventura de ir a la compra, fueron socavando nuestro ánimo, paso a paso, con el inexorable transcurrir del tiempo .A cada segundo le sucedía otro y otro y así sucesivamente e igualmente acontecía con cada noticia que nos informaba sobre el avance del virus sin que nadie pudiera ponerle un freno. Tanto nos estaba quebrantando la COVID-19 nuestra capacidad de sentir y comprender emociones que nos iba dejando los afectos tan delgados y endebles, como un papel de fumar. Daba la sensación que ese forzado confinamiento no se iba a terminar nunca y, cuando concluyó, aquel ya lejano 21 de junio, tras 98 días de encierro, la “nueva normalidad” se nos hizo casi más rara que nueva; ya que, a pesar de que nos fueron retornando algunas pequeñas alegrías del pasado, éstas se nos fueron proporcionando con cuentagotas.


 Llegó el verano, y como otros tantos años, nos fuimos a la playa de l’Ardiaca en el Baix Camp. En esta ocasión, casi huyendo de la decisión del Govern de confinar perimetralmente toda la comarca de El Segrià, ante el crecimiento de casos de coronavirus por los diferentes brotes activos en la zona. Y allí, en ese atractivo, misterioso y mágico mar Mediterráneo, con muchos menos veraneantes de lo habitual, entre baño y baño, los paseos por la playa con un mar tranquilo y transparente en el que las pequeñas olas de la orilla se movían incesantemente formando al romper unas pequeñas espumas de nácar, alguna socorrida paella en el chiringuito de la zona, la casi obligada  siesta, la lectura de la prensa y alguna novela y los majestuosos atardeceres de una espectacular belleza reflejando sus efímeros colores en el Montsiá, fue transcurriendo apaciblemente la canícula de julio.

 Sobrevino agosto, y cuando pensaba que todo lo peor del año había pasado, ya que había sido sometido a una operación cardíaca el día de Sant Jordi; de pronto, casi a mediados de mes, me vi nuevamente postergado en la cama de una clínica durante unos días que se me hicieron eternos, a causa de un cólico nefrítico. Finalmente, me dieron el alta y la primera noche que pude regresar a casa, ver a mi mujer y cenar con ella, fue como si hubiera ganado un gran premio.

 Al día siguiente, aunque estaba todavía muy cansado, comencé a reanudar mi vida habitual. Algunos amigos, con las preceptivas mascarillas tapándoles la cara, vinieron a saludarme. La vivencia fue curiosa; puesto que, más allá de la satisfacción y desenfado de las conversaciones, retendré siempre en mi memoria el desconcierto, la duda y hasta el desasosiego, de no saber muy bien qué hacer con los brazos que se detenían a medio camino, con las caras que se acercaban y se paraban en seco sin tocarnos y con unos cuerpos separados y restringidos para poder expresar los afectos y ternuras de la amistad que no pueden decirse con palabras. El recuerdo del tormentoso sufrimiento de los días del cólico, se transformó de repente en casi nada, y ya no me dolía, porque algunos de mis seres queridos se encontraban delante de mí, porque los estaba contemplando y atendiendo, porque podía conversar con ellos y les sentía reír y percibir su alegría por mi regreso. Mi corazón palpitaba con fuerza dentro de mi pecho y la sangre, desbocada, corría por mis venas retumbando en mis sienes. El aire era suave, tibio y yo me sentía feliz…No obstante, qué difícil me ha sido y continúa siendo, echar a volar de nuevo con una pandemia que nos corta las alas, provocando que cada día estemos más alejados de todos y de nosotros mismos.

Vivíamos felices, hasta que un inteligible virus nos hizo percibir y comprender que la vida de nuestra especie, es un suceso contingente. Una especie de acontecimiento bioquímico sin sentido en la historia de este planeta y que si mañana desapareciéramos de la faz de la tierra, muy probablemente, todos los animales, árboles y plantas efectuarían una gran fiesta. Quizás somos culpables de todo cuanto nos acontece. Y la ruina de nuestro país comienza a notarse de manera acelerada. Sobre todo, cuando vemos que nuestras calles, incluso las más céntricas y comerciales, devienen en una sucesión de comercios de todo tipo con las persianas bajadas o en liquidación de existencias. Y es que, inevitablemente, tras la curva de la pandemia llega la de los cierres. El dolor no es solo por el ahora, sino por el cataclismo económico y social que se avecina.

Finalizó el verano, la pandemia sigue. Y lo peor está todavía por llegar…

 

 

 

lunes, 3 de agosto de 2020

La mascarilla. ¿Nos arrastran hacia una distopía?


Al igual  que otros cientos de miles  de ciudadanos, vengo soportando, desde que apareció la  pandemia de la Covid19, un sinfín de WhatsApps, Pdfs, Formatos de vídeo de todo tipo, Archivos.docx, PowerPoints y similares, vídeos de Youtube,  audios etc…, en los que,  si bien algunas de las  informaciones vienen avaladas por personas de reconocido prestigio científico y/o académico, la inmensa mayoría corresponden a individuos imbéciles que no se recatan de serlo y demostrárnoslo, contándonos las más absurdas teorías sobre el coronavirus. Y colocando siempre las  infinitas tonterías que proclaman, en primera fila, para ser vistas. Quizá, porque sus inteligencias tienen escasos límites y sus estupideces son, para ellos y quienes se las creen, incomparablemente más fascinantes. Y es que, como decía el filósofo alemán, Arthur Schopenhauer, “la cantidad de rumores inútiles que un hombre puede llegar a decir y divulgar es inversamente proporcional a su inteligencia”.

Durante todo este tiempo, he estado resistiéndome a valorar semejante desvarío. No quería, me contrariaba hacerlo. Me decía, no entres en el improperio, en la denostación o el insulto; pues arrojar vergüenza sobre unos oponentes que ignoran que aludes a ellos en un medio de prensa,  no deja de ser más que un mecanismo retórico que me sirve para soltar la acrimonia y desazón que llevo dentro. Pero, viviendo y siendo agitados, en estos problemáticos tiempos, por facciosos desinformadores y alborotadores sociales, cuyo objetivo final es hacernos sufrir tanto física como psicológicamente, he decidido entrar al trapo, como suele decirse en términos taurinos. Y me he adentrado, porque optar por el silencio era como unirme y ser copartícipe de esa inmensa colección de turbulentos perturbados.

Es por ello, que me parece importante, incluso capital, concienciar a la población, a través de estas líneas, en la medida de lo posible, para que respetemos todas las medidas de salud actualmente impuestas por el Govern de la Generalitat y el Gobierno del Estado, sin cuestionar ninguna. Pues, si dudamos de los procesos de protección llevados a cabo por nuestros representantes políticos, estaremos ayudando a los divulgadores de esas conspiraciones de las élites económicas mundiales, que orquestan la gestión de la pandemia, como método para imponer un control masivo y globalizado de las poblaciones occidentales y, así, establecer un “Nuevo Orden Mundial”. Creo que no debemos hacerles caso. Pienso que tenemos que llevar, con cierto orgullo, la mascarilla obligatoria como estándar, como un símbolo de la lucha contra la pandemia y frente a esos paranoicos charlatanes que, son los mismos que están en el origen y divulgación de otros males como, el odio, el racismo, la pobreza,  el antisemitismo y/o la violencia de género,  y que afectan a nuestra sociedad día tras día.
 
La Mañana 03.08.2020
Por lo tanto, no creamos a todos esos farsantes, ni a esos seudocientíficos. No creamos a todos aquellos que inundan las redes sociales y otras plataformas con discursos nauseabundos y que vienen a explicarnos, por ejemplo, que el tamaño de un virus es menor que el filtrado de una máscara quirúrgica.  O que ya existe un tratamiento que se practica en muchos países. O que la segunda ola de la epidemia de la Covid 19, es un método para asustarnos y/o que si los casos registrados aumentan es solo porque ahora estamos testando a más personas. Es suficiente mirar y comprobar las cifras de hospitalización y muertes publicadas todos los días para saber dónde está la verdad.

Como otros muchos  conciudadanos, soy consciente de que “la mascarilla”, ciertamente, no es muy agradable de usar en este período de verano. Estoy de acuerdo, pero será bastante diferente cuando llegue el próximo otoño y e lejano invierno, ¡pensemos en ello! No hay ninguna duda, la mascarilla nos protege y nos tranquiliza. Y no solamente de este virus, sino, también, de tantas otras enfermedades…


Por tanto, huyamos de los denunciantes que tratan de engañarnos y atemorizarnos, poniéndonos migajas y fragmentos de "información" recogidos en montañas de turbios y ridículos videos. ¡Huyamos de ellos! ¡Evitémoslos como la peste! Son la peor escoria de la humanidad. Su objetivo es enfrentarnos, dividirnos. Solamente pretenden hacernos creer que nos arrastramos a una distopía, a un nuevo paradigma en el que cada individuo estará solo ante sí mismo y tendrá que sufrir o angustiarse, para permitirse la ilusión de una aparente libertad. La libertad está aquí, en nuestras manos. La mascarilla, mientras no se descubra una vacuna eficaz, nos permite, a pesar de la pandemia, poder encontrarnos, vernos, trabajar, consumir, entretenernos, divertirnos. Y todo esto, si bien, con cierta precaución  y con restringida tranquilidad. Nos lo dicen y repiten todos los profesionales de la salud: la mascarilla y  las distancias de seguridad, hoy por hoy, son la única solución para luchar contra la Covid19,  pues no tenemos nada mejor. ¡Hagámosles caso!

Finalizo. Dicho lo cual, me interpelo y pregunto, ¿es franqueza o  ironía lo que digo?  En todo caso, si lo dicho es ironía, es que quiero dar a entender lo contrario de lo que expreso y, por consiguiente, resulta ser paradójicamente opuesto a lo indico en mi escrito. Y si no fuera así, lo oportuno es reír  al igual que el filósofo Demócrito de Abdera, al que llamaban “el filósofo que ríe”; pero, en este caso a carcajadas. Y, tal vez, río,  porque no puedo dejar de pensar en lo que nos decía otro gran filósofo, Immanuel Kant, “se puede percibir la inteligencia de una persona a través de las dudas que puede soportar”. Quizás sea, por ello, que me surgen y asaltan algunos interrogantes como: ¿es acaso despreciable preocuparse por las libertades fundamentales?, ¿hemos tenido y soportado violaciones de nuestros derechos fundamentales durante el Estado de Alerta?, ¿ hemos asumido como realidad alguna otra información distinta de la narrativa oficial?, ¿estamos entrando en un mundo de hipervigilancia masiva y de conformismo supersticioso,  donde el cientifismo, que no la ciencia, sirve de brújula?, ¿vivimos en una sociedad plena de un delirio generalizador, llena de juicios de valor, sin ninguna referencia ni fuente y con afirmaciones absolutas, gratuitas, perentorias y sin matices?. Aparentemente sí, o ¿acaso no? Y es que las palabras no siempre quieren decir lo que dicen. Piénselo.

Cito, para terminar, lo que ya nos hacía saber Maquiavelo: “El que controla el miedo de las personas se convierte en el dueño de sus almas “

Buen día.