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miércoles, 30 de marzo de 2022

La Filosofía en la LOMLOE

 

La Filosofía ha protagonizado el debate más polémico en torno a las asignaturas que se estudiarán en los institutos a partir del curso que viene, cuando empiece a implantarse el nuevo currículo educativo. La aprobación definitiva del decreto de currículo de la Educación Secundaria Obligatoria (ESO) este pasado martes, 29 de marzo, en el Consejo de Ministros ha reavivado las críticas de los docentes de la materia y de un sector de la sociedad hacia la nueva regulación, cuyo eco ha llegado al pleno del Congreso. No obstante las protestas, la realidad es que el nuevo currículo convierte la Filosofía en asignatura obligatoria en segundo de bachillerato, además de mantenerla en primero.

Segre 10.04.2022

La materia será así estudiada por todo el alumnado en los dos cursos de esta etapa; si bien en segundo, con el nombre de Historia de la filosofía. Es decir, lo que ha regulado el Gobierno con el Real Decreto que desarrolla la ley educativa (la LOMLOE), ha sido no incluir la materia como optativa de oferta obligatoria en cuarto de la ESO. Sin embargo, serán las autonomías las que decidirán si la incluyen, y la gran mayoría ya ha dicho que sí. Al mismo tiempo, la asignatura de Filosofía se convierte en obligatoria en los dos cursos de bachillerato De todas formas estos cambios en una asignatura que considero tan vital para promover y, a veces, dotar al alumno de pensamiento crítico, no favorecen el desarrollo intelectual de los estudiantes de ESO ni Bachillerato. Y no me extraña nada que se realicen en los tiempos y sociedad en la que vivimos, ya que, como nos dijo Descartes, “La filosofía es la que nos distingue de los salvajes y bárbaros; las naciones son tanto más civilizadas y cultas cuanto mejor filosofan sus hombres”. Este pensamiento del maestro del racionalismo se nota claramente en estos días en los que los dirigentes de Rusia, Ucrania, EEUU, la UE y todos los países implicados filosofan en la guerra. Y es que pensar es difícil, por eso la mayoría de la gente prefiere no hacerlo y se limita a juzgar. ¿Para qué perder el tiempo en observar, leer, estudiar, investigar y analizar diferentes fenómenos del entorno que generan conocimiento...? Parece ser que no sirve de nada. Nuestra sociedad ha superado tanto a los clásicos griegos que nos enseñaron a pensar que hemos decidido prescindir de ellos y sus enseñanzas y ya no es necesario filosofar ni reflexionar más. Caminamos firmemente decididos a hacer real la advertencia de Einstein: “No sé con qué armas se peleará en la tercera guerra mundial, pero en la cuarta será con palos y piedras” 

 

domingo, 13 de marzo de 2022

Alegato contra la guerra de Ucrania

 

Desde que nuestra especie surgió en el corazón de África, el recurso a la guerra ha venido siendo, lamentablemente, un acontecimiento profusamente repetido a lo largo de la historia. Nos guste o no reconocerlo, las crónicas y efemérides de la humanidad nos muestran que la realidad de la memoria colectiva ha sido y es un océano de sangre derramada en una eterna aventura guerrera. Y es que jamás el ser humano se ha comportado como un animal de naturaleza pacífica, como tampoco lo son nuestros parientes primates más cercanos.

 Todas las guerras son injustas; puesto que, en su esencia, son la salida cobarde a la resolución  de los problemas que conlleva la paz. Y, además, porque las guerras las decretan los regímenes autoritarios y poderosos y/o los acaudalados y prepotentes políticos apelando a las emociones de los ciudadanos y a un falso patriotismo con el que conducen a sus pueblos a morir en el frente de batalla y las trincheras. 

La Mañana 17.03.2022
No hay guerra justa, la teoría que afirma lo contrario responde a una tradición de pensamiento que ya se plantearon filósofos griegos como Platón y Aristóteles, el jurista y político romano Cicerón, así como el escritor y teólogo cristiano San Agustín que vivió entre los siglos IV y V d.C. y cuya doctrina no dejó de ser y actuar sino como un acicate para legitimar las guerras. En todo caso, cabría preguntarse ¿Qué se puede considerar como una razón justa para iniciar una confrontación armada o guerra? Tradicionalmente, la locución latina ius ad bellum, fue el término secular manejado por el pensamiento cristiano medieval para hacer valer las razones que podían tener los imperios, reinos, ducados o condados para declarar o entrar en guerra contra otro, esgrimiendo unos criterios de justicia y legitimidad para atacar o defenderse. Sin embargo, la citada expresión, de apariencia antigua por su sacralidad latina, no fue puesta realmente en circulación hasta el período de vigencia de la Sociedad de Naciones y su empleo solamente tomó auge y se utilizó después de la II Guerra Mundial, fundamentalmente hacia finales de los años cuarenta del pasado siglo XX.

 No hay guerra justa porque las nociones de rectitud e ilicitud, justicia e injusticia, no tienen lugar en las guerras. La justicia se defiende con la razón y el derecho y no con las armas, ya que cuando las armas hablan, las leyes callan. No se pierde nada con la paz y, en cambio, puede perderse todo con la guerra. Una guerra no puede ser justa si no es a la vez injusta, de la misma manera que no existe la legítima defensa sin agresión ilegítima. No existen argumentos sólidos que nos expliquen y aclaren la legitimidad de una guerra, ya que la primera víctima de cualquier guerra es la verdad y ésta suele ocultarse con mentiras que nunca pueden deshacerse, ni siquiera demostrando suficiente y fehacientemente la verdad. Un claro ejemplo fue la reciente guerra de Irak que ilustra sobre cómo las decisiones económico-político-militares desembocaron en un conflicto armado de primer orden que repercutió en los propios combatientes y, sobre todo, en la población civil.

 Y tampoco existe la guerra inevitable. Si llega, es por fallos de los Gobiernos y sus dirigentes políticos y de las inconfesables ambiciones de algunos poderosos multimillonarios e industrias de armamento que se lucran a costa del horror y de la muerte de los seres más débiles e inocentes que se masacran entre sí sin conocerse, para provecho de gentes que si se conocen pero que no luchan ni se matan. Y es que la guerra siempre viene precedida de una propaganda repleta de mentiras, de odio y de gritos que, invariablemente, provienen y lanzan en los medios de comunicación la gente que no va a ir nunca jamás a luchar al campo de batalla. La televisión es hoy en día la base de la opinión pública y ha creado un mundo esquizofrénico en el que entre el individuo y lo global no hay nada. Y debido a ello, dicha enaltecida propaganda, sutil y emocionalmente utilizada, ocasiona una cruel paradoja, el que muchos jóvenes no mueran en el combate de las guerras defendiendo sus ideales, sino los ideales de otros.

 Jamás una guerra, como la que ha emprendido Putin contra Ucrania, por necesaria o justificada que parezca, deja de ser un crimen. Pero, a mi entender, tampoco está exento de culpabilidad el presidente Volodimir Zelenski, animando con sus proclamas patrióticas a los jóvenes y población de Ucrania a enfrentarse y combatir a un enemigo al que actualmente no podrá vencer. Creo que no es sensata su actitud, pues solamente conseguirá que muera más y más gente inocente de manera innecesaria y la vida, como dice el coronel Aureliano Buendía en la obra de García Márquez, El coronel no tiene quien le escriba, “Es la cosa mejor que se ha inventado”. Desde mi punto de vista, siendo la finalidad de la vida vivir, lo que hicieron con su decisión, los Gobiernos y dirigentes de Dinamarca y/o de Noruega en la Segunda Guerra Mundial, ante el imparable avance de las tropas alemanas de Hitler en sus respectivos países, fue conseguir salvar de la muerte a miles y miles de sus ciudadanos. Tal vez, podía haber cundido el ejemplo pues, como nos dejó dicho el humanista neerlandés Erasmo de Rotterdam, “La paz más desventajosa es siempre mejor que la guerra más justa”.

 

jueves, 17 de febrero de 2022

Las palabras, esas herramientas del lenguaje.

 

La función y tarea de las palabras es compleja, su filosofía parece sencilla: yo hablo, tú me entiendes. Pero no acaba aquí todo, pues a través de ellas se crean pensamientos con los que se mueve el mundo. Y es que las palabras son esas construcciones del lenguaje con las que ocultamos, en vez de revelar, lo que de verdad somos y, con ellas, iluminamos una parte de la realidad que expresamos, dejando otras en penumbra. En este sentido, si consideramos las palabras como herramientas, nos topamos con las palabras de enunciado performativo, es decir, aquellas que implican la realización simultánea por el hablante de la acción evocada y que sirven como utensilio para dar órdenes o consejos. Las palabras sofísticas, que son las que utilizamos como un instrumento que apuntan a la seducción o la persuasión. Las palabras argumentativas o incluso demostrativas, que sirven como aparejo de la verdad. Las palabras de ficción, las que imaginan, las poéticas, las literarias… Pero en el casi inagotable mundo de las palabras, también existen las que empleamos como utensilio arrojadizo, como lo es la palabra dardo. Y, asimismo, existen las que hieren, las que acuchillan, las bífidas, las viperinas… Sin olvidar las que curan, las que consuelan, cicatrizan o las heterónimas, esas que tienen proximidad semántica con otras pero diferente etimología. Y hasta hay palabras, como nos dice nuestro romancero, que no tienen alcabala; o sea, que son cosa hueca si con obras no se llenan. Tal vez por eso hay palabras que son de pluma, y existen obras que son de plomo.

La Mañana 17.02.2022

 

Con todo, no se agotan aquí las herramientas de las palabras, sino que en este fascinante y misterioso universo creativo de los términos, voces y locuciones, es necesario también tener presente la actual moda del “no-lenguaje”, de los nuevos significados, de los nuevos vocablos y de las jergas empleadas por los jóvenes y menos jóvenes para unir o abreviar palabras; lo que contribuye a modificar, efectivamente, el significado inicial de muchas de ellas. Y en este atractivo y deslumbrante ámbito existen también algunas que considero deberíamos apartarlas de nuestro vocabulario, ya que obstaculizan la capacidad de pensar; son esas palabras que están hechas para funcionar como balas, pues suenan y golpean como fulminantes explosivos y están preparadas para matar la inteligencia del hablante y, en ocasiones, también del oyente. Ya que hay individuos que utilizan esa herramienta de tal manera, que convierten la palabra y el lenguaje en una especie de logorrea, ese trastorno de la comunicación, a veces clasificado como enfermedad mental, que sirve para alimentar algunas ideologías y determinados delirios. Y así y de esta manera, no se hace necesario pensar cuando se habla, sino que simplemente se emplean las verborreas aprendidas para regurgitar los contenidos de los biberones ingurgitados sobre los destinatarios, como hacen algunos políticos en el Parlamento y/o cuando están inmersos en una campaña electoral. En este contexto, demolidas y aniquiladas por las palabras las columnas del templo de la razón y de la fe de sus señorías, las frases, mensajes, soflamas y discursos que utilizan alcanzan en sí mismas, una densidad de masticación, a pesar de que el estilo lo transforman a cada instante según la materia que están contando. A este respecto, dejo a usted, amigo lector, la libertad de que ponga nombres y apellidos, según le cuadre.

 

Y, entre algunas cosas más de las palabras, no quiero concluir sin entrar en las tan contemporáneas y bien llamadas Redes Sociales. Unas “redes” en las que las palabras quedan siempre o las más de las veces, atrapadas… Y de las que alguien, algún día, tendría que decir todo de ellas y de todas mucho, analizando seriamente sus ventajas, contingencias, exposiciones y peligros, como son los abundantes cretinismos que nos llegan como fake news y que se difunden a través de algunas de ellas de forma simplificada.

 

Finalizo indicando que, si conceptuamos el hecho de que la vida es una quimera o sueño, también podemos igualmente pensar que ha sido, a través de la facultad del Homo Sapiens de crear ficciones colectivas de generación en generación, lo que nos ha permitido estructurar vivencias para convertirnos en amos y señores del planeta. Y todo ello, con palabras, solo palabras... Unas virtualidades, mitos o realidades imaginadas, convertidas en creencias compartidas a través de mensajes y discursos, y que han sido y son los arquetipos que han unificado a nuestra especie desde la primigenia tribu, hasta nuestras actuales ficciones colectivas de la ONU, la OMS, la OTAN, el FMI, los Derechos Humanos…; cuando la única y verdadera realidad nos enseña y está concentrada en el “dinero y el poder” o en el poder del dinero con el que el capitalismo de siempre y el actual salvaje capitalismo financiero doblegan a las organizaciones internacionales existentes, instituciones públicas y a los propios Estados, como estamos viviendo y padeciendo. Y es que las esencias y sucesos de la vida, a través de las palabras, esas herramientas del lenguaje, no las vemos ni sentimos como son, sino como somos. El resto es historia…