“Hay una guerra de clases y la estamos ganando los ricos”, dijo por primera vez el norteamericano Warren Buffett, presidente de la empresa manufacturera Berleshire Hathaway, hace casi cinco años. Dicha cita, con el próximo regreso al poder de Donal Trump el día 20 y su corte de mil millonarios, entre los que destaca con luz propia Elon Musk, se ha vuelto especialmente popular en discusiones sobre la inmensa desigualdad económica actual y la obscena concentración de riqueza en manos de unos pocos.
En este contexto, Elon Musk es, sin duda, una figura compleja y fascinante, y su personalidad ha sido descrita con una variedad de adjetivos y atribuciones que van desde innovador, visionario y perfeccionista, hasta determinado, emprendedor y carismático. En todo caso, al margen de que a menudo genere controversia con sus declaraciones y comportamientos, y algunos puedan percibirlo como excéntrico o incluso como un bufón, yo diría que es una persona muy lista y muy inteligente. Tanto que ha sido capaz de comprar a todo un Presidente de los EEUU de América por unos 450 millones de dólares que es la cantidad que ha donado en la campaña presidencial de Trump; más o menos el 0,1% de su fortuna. Por ello, conviene no despreciar este hecho, ya que ahora, da la sensación de que el dueño de Tesla simplemente está jugando a la política para divertirse porque se aburre con todo lo que tiene y quiere demostrarnos al resto de los mortales que la democracia tiene los pies de barro. A este respecto, si como ya está pasando en el Washington Post, los periodistas son censurados por sus empresas y no tienen más opción que abandonar sus periódicos y los medios tecnológicos sociales están en manos de personas como Elon Musk, Mark Zuckerberg, Bill Gates y algunos otros pocos, el concepto de contrapoder y el de libertad de expresión quedan en nada, así como la misma democracia. Y es que, el actual hombre más rico del planeta parece que ahora pretende alterar con su dinero y su injerencia, las democracias europeas para llegar a gobiernos que le favorezcan en sus objetivos de más enriquecimiento y poder en el mundo. Corren malos tiempos y nuestra soberanas democracias están en peligro, con el agravante de que no parece que haya vuelta atrás.
Pues bien, todo esto y más es lo que empieza a asustar del magnate Elon Musk, nacido en Pretoria. Y es que la realidad nos demuestra que lo que estamos presenciando es un cambio de valores, una transformación ética, en manos de individuos como Trump, Musk y sus acólitos, que tienen su propio código de lo que está bien y lo que está mal. Y esto abarca desde la conducta personal, hasta la descalificación, a conveniencia del interesado, de las instituciones. Es una propuesta seductora para los que tienen mucho dinero y, al parecer, también para los que tienen poco y le han votado. Es, en cualquier caso, un fracaso que se debe atribuir al propio sistema democrático. En este sentido, conviene recordar que en 1930 nuestros antepasados vivieron un intento similar de cambio de valores y una transformación ética. Ahora, como ayer, Trump, Musk y los "trumpitos" que proliferan en los EE.UU y por el resto del mundo, también ganan elecciones. Sobre este hecho, no se avecina, sino que estamos ya de lleno ante una batalla política en toda regla entre los oligarcas tecnológicos y sus apoyos políticos, y las fuerzas democráticas tradicionales que han construido, poco a poco las democracias liberales europeas. En relación a esto, el primer regulador mundial es la Unión Europea y, en consecuencia, ésta es el enemigo principal a batir que ha puesto Elon Musk entre sus objetivos. Ahí, en este campo, es donde se encuentra con los intereses de Putin. Veremos si estamos dispuestos a resistir. De momento, Rumanía, Alemania, Francia e Inglaterra son, por ahora, sus objetivos más claros. Pronto estarán Polonia y España, observaremos cómo reaccionamos y cuáles serán los resultados. Pero, en cualquier caso, creo que son malos tiempos para lo colectivo. Y es que, además, los proyectos tecnológicos de las empresas de Elon Musk son incompatibles con la democracia liberal. No solo por la red social X, sino también por sus empresas vinculadas con el desarrollo de la Inteligencia Artificial, que tienen como objetivo a medio plazo conseguir la AGI (inteligencia artificial general). Este es un campo de investigación teórica de la IA que intenta crear software con inteligencia similar a la humana y con la capacidad de autoaprendizaje, y que, como ha repetido mil veces, es contrario a la regulación política. Es decir, no se pueden poner límites políticos ni legislativos al desarrollo tecnológico de la IA. Con todo este poder en manos de un ególatra como Donald Trump y de un plutócrata como Elon Musk, con ambiciones de poder totalitarias, estamos en la antesala no solo del fin de la democracia, sino, como defienden los singularistas tecnológicos con Ray Kurzweil a la cabeza, del fin de la humanidad, tal y como la conocemos. La suerte está echada y nos van a gobernar.



