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jueves, 29 de octubre de 2020

Fake news, el poder de la mentira.

 

La mentira ha sido siempre un instrumento de la diplomacia y de la política. Maquiavelo, en su Príncipe, la teorizó abundantemente. En dicha obra, el autor llena de prevenciones al gobernante contra la buena fe y la franqueza, le recomienda comportarse con astucia y disimulo, le asesora en cuanto a la conveniencia de hacer promesas a fin de ganarse el corazón de los hombres y le avisa de la necesidad de faltar a la palabra dada cuando la ocasión lo requiriese.

En el pasado y en el presente, el uso político de la mentira ha buscado y busca unos objetivos meridianamente claros: conseguir el poder, retenerlo y aumentarlo. Y tenía y tiene unos destinatarios definidos: los rivales, los enemigos y, sobre todo, el engaño al pueblo.

Pero… vayamos por partes. El papel político de los súbditos, reducido, antes y ahora, a ser meros comparsas de los poderes públicos, ha hecho y sigue haciendo necesaria la mentira para ganarse su favor y su fervor. Antiguamente, cara al pueblo, los reyes, príncipes, duques marqueses y otros “prohombres feudales” sólo tenían que parecer honrados, sin que les fuera necesario serlo; ya que, en la medida de lo posible, debían evitar ser despreciados y odiados. No obstante, y en todo caso, debían ser temidos, para lo cual bastaban las armas. Esto permitía que la diplomacia y el ejercicio del poder tradicionales hicieran un uso meramente instrumental de la mentira; puesto que no se pretendía engañar a todos, sólo a los adversarios. Por ello, las mentiras se referían a secretos de Estado auténticos que aspiraban a durar más allá del tiempo que las hacían necesarias. No obstante, esas mentiras, no alteraban sustancialmente el contexto en el que eran dichas. Si se me permite una metáfora, diré que sólo hacían un agujero en el tejido social de la realidad, fácilmente identificable a posteriori si se observaban las incongruencias entre ellas y los hechos en los que estaban enmarcadas.

La Mañana 29.10.2020
Por el contrario, en la época contemporánea, y sobre todo en la más inmediata actualidad del mundo occidental, en general, y de nuestro país, en particular, hemos asistido a grandes cambios en la orientación, la intención y el alcance de la mentira política; a la que se ha unido fervientemente la económica. Desde comienzos del siglo pasado las mentiras ya no tienen sólo por destinatario a los gobiernos competidores, en una determinada área, de otros posibles países, sino, fundamentalmente, los habitantes del propio. Además, ya no se miente sólo sobre lo oculto, sino también acerca de lo manifiesto, sobre aspectos que algunos hemos vivido y/o conocemos.

Y es que, hoy en día, la mentira política, al igual que la económica, ha llegado a su mayoría de edad; ha crecido, se ha hecho universal y tiene aspiraciones de permanencia. De hecho, las fake news o noticias falsas y la propaganda, en el sentido más despreciable de la palabra, se ha convertido en la forma de actuar, informar y manipular. Y para ello, todo está permitido, insultar, ofender, difamar, agredir, mentir... Y, como ejemplo, basta citar la guerra abierta entre Twitter y Trump por las fake news. En este sentido, el modo principal que utilizan algunos dirigentes políticos, como el citado anteriormente, es el de intentar despertar los más bajos instintos de la gente, para así hacerles perder su capacidad de razonar objetivamente. Y para ello, lo mejor es buscar, crear o hacer imaginar enemigos que nos amenazan y contra los que hay que luchar hasta exterminarlos.

Leer, ahora, la claustrofóbica fábula del totalitarismo de George Orwell 1984, produce impacto. No solamente a causa de su inquietante trama, sino, sobre todo, porque reconocemos lo que describe como si se tratara de nuestra propia época. Y es que, tengo la sensación, de que 1984 no va a venir, puesto que ya está aquí. Y, además, ha llegado de una manera mucho más avanzada de la que nos podíamos imaginar en la peor de nuestras pesadillas.

En este marco, la mentira, las fake news, la desinformación y los Big Data, hacen un maridaje perfecto, se hermanan, organizan y acoplan muy bien entre sí, para maniobrar y maquinar las estrategias y conspiraciones necesarias a sus intereses. En relación con todo ello, les aconsejo que lean el libro Mindf*ck de Chirtopher Wylie. Una historia lanzada por la empresa de consultoría Cambridge Analytica, en la que nos alerta sobre la extracción de datos y la manipulación psicológica acontecida detrás de hechos históricos de gran dimensión, como han sido la elección de Donald Trump o el referéndum del Brexit. Después de leerlo, seguramente, se darán cuenta que algunos personajes como Steve Bannon, a través de oscuras operaciones digitales, influyen en nuestras decisiones políticas, a la hora de depositar nuestros votos, cuando convergen interesados y despreciables intereses de todo tipo, manejados para desmontar democracias; pues, saben más de nosotros que nosotros mismos y pueden manipularnos a todos. Y digo bien, a todos, cómo y cuándo les apetezca…

 

lunes, 5 de octubre de 2020

Finalizó el verano, la pandemia sigue y lo peor está todavía por llegar…

 Está siendo un año atípico. Uno de esos que no deseo recordar. El más extraño, por desconocido, de todos los que hasta ahora he vivido por la omnipresente angustia de la COVID19 que nos rompió el final del invierno y nos robó la primavera que apenas hemos compartido. Pero, además, el virus nos ha desnudado. La desigual actitud y toma de decisiones de nuestros representantes políticos entre algunos barrios de la ciudad, el trato otorgado a los temporeros de la fruta por parte de algunos empresarios y municipios, la inhibición de las Administraciones Públicas ante los numerosos casos de la COVID19 en las residencias de mayores que han venido sufriendo y sufren un número de contagios insoportable, nos han sacado las vergüenzas como sociedad. Y es que la pandemia se ha transfigurado en un unificador experto en juntar, bajo la misma pancarta, a diversos colectivos abducidos por falsos pseudocientíficos, algunos antisistemas y variados grupos reaccionarios de extrema derecha que niegan y reniegan su existencia.

 En este contexto, sospecho que para muchos conciudadanos, la reclusión suscitada por la proclamación del Estado de Alarma del Gobierno, la consideraron al comienzo como unas adicionales vacaciones; pero ese benefactor ensueño se desvaneció inmediatamente. La perplejidad que nos ocasionó la llegada de un virus tan insólito e inexplicable, el temor, el preceptivo e irremediable encierro, la soledad, la extrañeza al ver las calles semidesiertas y casi en obligado silencio, la atrevida y expuesta aventura de ir a la compra, fueron socavando nuestro ánimo, paso a paso, con el inexorable transcurrir del tiempo .A cada segundo le sucedía otro y otro y así sucesivamente e igualmente acontecía con cada noticia que nos informaba sobre el avance del virus sin que nadie pudiera ponerle un freno. Tanto nos estaba quebrantando la COVID-19 nuestra capacidad de sentir y comprender emociones que nos iba dejando los afectos tan delgados y endebles, como un papel de fumar. Daba la sensación que ese forzado confinamiento no se iba a terminar nunca y, cuando concluyó, aquel ya lejano 21 de junio, tras 98 días de encierro, la “nueva normalidad” se nos hizo casi más rara que nueva; ya que, a pesar de que nos fueron retornando algunas pequeñas alegrías del pasado, éstas se nos fueron proporcionando con cuentagotas.


 Llegó el verano, y como otros tantos años, nos fuimos a la playa de l’Ardiaca en el Baix Camp. En esta ocasión, casi huyendo de la decisión del Govern de confinar perimetralmente toda la comarca de El Segrià, ante el crecimiento de casos de coronavirus por los diferentes brotes activos en la zona. Y allí, en ese atractivo, misterioso y mágico mar Mediterráneo, con muchos menos veraneantes de lo habitual, entre baño y baño, los paseos por la playa con un mar tranquilo y transparente en el que las pequeñas olas de la orilla se movían incesantemente formando al romper unas pequeñas espumas de nácar, alguna socorrida paella en el chiringuito de la zona, la casi obligada  siesta, la lectura de la prensa y alguna novela y los majestuosos atardeceres de una espectacular belleza reflejando sus efímeros colores en el Montsiá, fue transcurriendo apaciblemente la canícula de julio.

 Sobrevino agosto, y cuando pensaba que todo lo peor del año había pasado, ya que había sido sometido a una operación cardíaca el día de Sant Jordi; de pronto, casi a mediados de mes, me vi nuevamente postergado en la cama de una clínica durante unos días que se me hicieron eternos, a causa de un cólico nefrítico. Finalmente, me dieron el alta y la primera noche que pude regresar a casa, ver a mi mujer y cenar con ella, fue como si hubiera ganado un gran premio.

 Al día siguiente, aunque estaba todavía muy cansado, comencé a reanudar mi vida habitual. Algunos amigos, con las preceptivas mascarillas tapándoles la cara, vinieron a saludarme. La vivencia fue curiosa; puesto que, más allá de la satisfacción y desenfado de las conversaciones, retendré siempre en mi memoria el desconcierto, la duda y hasta el desasosiego, de no saber muy bien qué hacer con los brazos que se detenían a medio camino, con las caras que se acercaban y se paraban en seco sin tocarnos y con unos cuerpos separados y restringidos para poder expresar los afectos y ternuras de la amistad que no pueden decirse con palabras. El recuerdo del tormentoso sufrimiento de los días del cólico, se transformó de repente en casi nada, y ya no me dolía, porque algunos de mis seres queridos se encontraban delante de mí, porque los estaba contemplando y atendiendo, porque podía conversar con ellos y les sentía reír y percibir su alegría por mi regreso. Mi corazón palpitaba con fuerza dentro de mi pecho y la sangre, desbocada, corría por mis venas retumbando en mis sienes. El aire era suave, tibio y yo me sentía feliz…No obstante, qué difícil me ha sido y continúa siendo, echar a volar de nuevo con una pandemia que nos corta las alas, provocando que cada día estemos más alejados de todos y de nosotros mismos.

Vivíamos felices, hasta que un inteligible virus nos hizo percibir y comprender que la vida de nuestra especie, es un suceso contingente. Una especie de acontecimiento bioquímico sin sentido en la historia de este planeta y que si mañana desapareciéramos de la faz de la tierra, muy probablemente, todos los animales, árboles y plantas efectuarían una gran fiesta. Quizás somos culpables de todo cuanto nos acontece. Y la ruina de nuestro país comienza a notarse de manera acelerada. Sobre todo, cuando vemos que nuestras calles, incluso las más céntricas y comerciales, devienen en una sucesión de comercios de todo tipo con las persianas bajadas o en liquidación de existencias. Y es que, inevitablemente, tras la curva de la pandemia llega la de los cierres. El dolor no es solo por el ahora, sino por el cataclismo económico y social que se avecina.

Finalizó el verano, la pandemia sigue. Y lo peor está todavía por llegar…

 

 

 

lunes, 3 de agosto de 2020

La mascarilla. ¿Nos arrastran hacia una distopía?


Al igual  que otros cientos de miles  de ciudadanos, vengo soportando, desde que apareció la  pandemia de la Covid19, un sinfín de WhatsApps, Pdfs, Formatos de vídeo de todo tipo, Archivos.docx, PowerPoints y similares, vídeos de Youtube,  audios etc…, en los que,  si bien algunas de las  informaciones vienen avaladas por personas de reconocido prestigio científico y/o académico, la inmensa mayoría corresponden a individuos imbéciles que no se recatan de serlo y demostrárnoslo, contándonos las más absurdas teorías sobre el coronavirus. Y colocando siempre las  infinitas tonterías que proclaman, en primera fila, para ser vistas. Quizá, porque sus inteligencias tienen escasos límites y sus estupideces son, para ellos y quienes se las creen, incomparablemente más fascinantes. Y es que, como decía el filósofo alemán, Arthur Schopenhauer, “la cantidad de rumores inútiles que un hombre puede llegar a decir y divulgar es inversamente proporcional a su inteligencia”.

Durante todo este tiempo, he estado resistiéndome a valorar semejante desvarío. No quería, me contrariaba hacerlo. Me decía, no entres en el improperio, en la denostación o el insulto; pues arrojar vergüenza sobre unos oponentes que ignoran que aludes a ellos en un medio de prensa,  no deja de ser más que un mecanismo retórico que me sirve para soltar la acrimonia y desazón que llevo dentro. Pero, viviendo y siendo agitados, en estos problemáticos tiempos, por facciosos desinformadores y alborotadores sociales, cuyo objetivo final es hacernos sufrir tanto física como psicológicamente, he decidido entrar al trapo, como suele decirse en términos taurinos. Y me he adentrado, porque optar por el silencio era como unirme y ser copartícipe de esa inmensa colección de turbulentos perturbados.

Es por ello, que me parece importante, incluso capital, concienciar a la población, a través de estas líneas, en la medida de lo posible, para que respetemos todas las medidas de salud actualmente impuestas por el Govern de la Generalitat y el Gobierno del Estado, sin cuestionar ninguna. Pues, si dudamos de los procesos de protección llevados a cabo por nuestros representantes políticos, estaremos ayudando a los divulgadores de esas conspiraciones de las élites económicas mundiales, que orquestan la gestión de la pandemia, como método para imponer un control masivo y globalizado de las poblaciones occidentales y, así, establecer un “Nuevo Orden Mundial”. Creo que no debemos hacerles caso. Pienso que tenemos que llevar, con cierto orgullo, la mascarilla obligatoria como estándar, como un símbolo de la lucha contra la pandemia y frente a esos paranoicos charlatanes que, son los mismos que están en el origen y divulgación de otros males como, el odio, el racismo, la pobreza,  el antisemitismo y/o la violencia de género,  y que afectan a nuestra sociedad día tras día.
 
La Mañana 03.08.2020
Por lo tanto, no creamos a todos esos farsantes, ni a esos seudocientíficos. No creamos a todos aquellos que inundan las redes sociales y otras plataformas con discursos nauseabundos y que vienen a explicarnos, por ejemplo, que el tamaño de un virus es menor que el filtrado de una máscara quirúrgica.  O que ya existe un tratamiento que se practica en muchos países. O que la segunda ola de la epidemia de la Covid 19, es un método para asustarnos y/o que si los casos registrados aumentan es solo porque ahora estamos testando a más personas. Es suficiente mirar y comprobar las cifras de hospitalización y muertes publicadas todos los días para saber dónde está la verdad.

Como otros muchos  conciudadanos, soy consciente de que “la mascarilla”, ciertamente, no es muy agradable de usar en este período de verano. Estoy de acuerdo, pero será bastante diferente cuando llegue el próximo otoño y e lejano invierno, ¡pensemos en ello! No hay ninguna duda, la mascarilla nos protege y nos tranquiliza. Y no solamente de este virus, sino, también, de tantas otras enfermedades…


Por tanto, huyamos de los denunciantes que tratan de engañarnos y atemorizarnos, poniéndonos migajas y fragmentos de "información" recogidos en montañas de turbios y ridículos videos. ¡Huyamos de ellos! ¡Evitémoslos como la peste! Son la peor escoria de la humanidad. Su objetivo es enfrentarnos, dividirnos. Solamente pretenden hacernos creer que nos arrastramos a una distopía, a un nuevo paradigma en el que cada individuo estará solo ante sí mismo y tendrá que sufrir o angustiarse, para permitirse la ilusión de una aparente libertad. La libertad está aquí, en nuestras manos. La mascarilla, mientras no se descubra una vacuna eficaz, nos permite, a pesar de la pandemia, poder encontrarnos, vernos, trabajar, consumir, entretenernos, divertirnos. Y todo esto, si bien, con cierta precaución  y con restringida tranquilidad. Nos lo dicen y repiten todos los profesionales de la salud: la mascarilla y  las distancias de seguridad, hoy por hoy, son la única solución para luchar contra la Covid19,  pues no tenemos nada mejor. ¡Hagámosles caso!

Finalizo. Dicho lo cual, me interpelo y pregunto, ¿es franqueza o  ironía lo que digo?  En todo caso, si lo dicho es ironía, es que quiero dar a entender lo contrario de lo que expreso y, por consiguiente, resulta ser paradójicamente opuesto a lo indico en mi escrito. Y si no fuera así, lo oportuno es reír  al igual que el filósofo Demócrito de Abdera, al que llamaban “el filósofo que ríe”; pero, en este caso a carcajadas. Y, tal vez, río,  porque no puedo dejar de pensar en lo que nos decía otro gran filósofo, Immanuel Kant, “se puede percibir la inteligencia de una persona a través de las dudas que puede soportar”. Quizás sea, por ello, que me surgen y asaltan algunos interrogantes como: ¿es acaso despreciable preocuparse por las libertades fundamentales?, ¿hemos tenido y soportado violaciones de nuestros derechos fundamentales durante el Estado de Alerta?, ¿ hemos asumido como realidad alguna otra información distinta de la narrativa oficial?, ¿estamos entrando en un mundo de hipervigilancia masiva y de conformismo supersticioso,  donde el cientifismo, que no la ciencia, sirve de brújula?, ¿vivimos en una sociedad plena de un delirio generalizador, llena de juicios de valor, sin ninguna referencia ni fuente y con afirmaciones absolutas, gratuitas, perentorias y sin matices?. Aparentemente sí, o ¿acaso no? Y es que las palabras no siempre quieren decir lo que dicen. Piénselo.

Cito, para terminar, lo que ya nos hacía saber Maquiavelo: “El que controla el miedo de las personas se convierte en el dueño de sus almas “

Buen día.

martes, 21 de julio de 2020

Razonando la Razón

Razón, según la RAE, en su primera acepción, es la facultad de discurrir. Y emoción, también, según la RAE, es la alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática.

Dicho esto, es convenirte  aclarar que los seres humanos somos una amalgama de percepciones y de todas las emociones, sentimientos y pensamientos que tenemos. Todos estos elementos conforman una unidad y esa unidad da como resultado una forma de ser y de actuar en el mundo. Así, pues, podemos decir que somos “razón y emoción.”

Y ¿para qué nos sirve la razón? Según el glosario de filosofía, nos ayuda, en general, para, utilizando la facultad de discurrir, alcanzar el conocimiento discursivamente; esto es, partiendo de premisas para poder llegar a alguna conclusión, o conclusiones que se derivan de aquellas.
Citando a tres reconocidos filósofos, para Sócrates, la razón no es un hecho abstracto, sino una actividad mental que afecta a todo el cerebro y que implica, además a la voluntad. O sea es la capacidad que tenemos para comprender y un ver con claridad una determinada acción. Según Aristóteles, la razón es todo aquello que se mueve en nuestro entendimiento y que es movido, a su vez, por una causa. Y, finalmente, para Kant, en un sentido general, la razón es la capacidad formuladora de principios. Unos preceptos que dividía en una fase teórica y otra práctica. Dicho en otras palabras, en su uso teórico, según Kant, la razón genera los juicios y en su uso práctico, los imperativos o mandatos.

Sentadas estadas bases filosóficas sobre la “razón”, y teniendo en consideración que, de hecho, nuestra especie no deja de ser más que un animal más de los miles que hay en la naturaleza, cabría preguntarse ¿piensan o razonan el resto de los animales, incluyendo a nuestro pariente más cercano: el chimpancé…? Evidentemente,  y mientras la ciencia no nos demuestre lo contrario, NO. Sin embargo, si es constatable que los animales, sobre todo, los mamíferos, tienen “emociones”. En este sentido, cualquiera que haya tenido un animal de compañía, lo ha experimentado sobradamente.

Los homo sapiens, desde hace siglos, somos esclavos de nuestras propias “emociones”. Desde mi punto de vista lo que nos ha ocurrido como especie es que hemos querido avanzar de un “modo racional” demasiado tiempo y nos hemos olvidado de nuestra evolución emocional, fundamental para nuestra existencia. Y hoy en día, creo que necesitamos dar ese paso adelante con más urgencia que nunca. De hecho, el verdadero progreso consiste en encontrar nuevas maneras de pensar y de “sentir” si queremos ser libres y felices. Y para ello, hemos de adentrarnos en el complejo mundo de la “psicología”.
Pero…,  lamentablemente, existe un profundo desconocimiento del dinamismo interior de la psicología humana. La psicología experimental desarrollada en la actualidad se ha centrado en la conducta externa y en las manifestaciones afectivas exteriores de los individuos, en los datos y en las estadísticas. Sabe explicar detalladamente cómo siente y se conduce el hombre en determinadas circunstancias y según determinados parámetros, pero no sabe claramente por qué siente y se conduce de una determinada manera. En general, la psicología experimental explica la conducta humana desde ciertos instintos básicos y patrones de comportamiento. Razón por lo que, muchas veces, la libertad de pensar viene a ser, para la intención explicativa de las ciencias, un gran escollo. En contraste, la sabiduría antigua, en concreto, la filosofía de la Grecia clásica e incluso de la Edad Media, presenta un conocimiento bastante exhaustivo y unificado del dinamismo interior humano, explicado causal y esencialmente y en armonía con la libertad del razonamiento. Entre los pensadores medievales que presentan análisis penetrantes de la psicología humana, destaca de manera eminente Tomás de Aquino, filósofo y teólogo, que supo asumir, sintetizar, reformular y elevar lo mejor de la sabiduría occidental hasta su época. Sus análisis de la mente por un lado y de la conducta humana por otro, en su obra Interacción entre la razón y las emociones en el ser humano, constituye uno de los estudios más brillantes, coherentes y sumamente apegado a la experiencia humana

Decía al final del segundo párrafo que somos “razón y emoción.” Es decir, somos una amalgama de percepciones y de todas las emociones, sentimientos y pensamientos que tenemos. Todos estos elementos conforman una unidad y esa unidad da como resultado una forma de ser y de actuar en el mundo.
Nuestra mente es extraordinariamente poderosa y hábil para dirigir nuestra conducta, tanto para hacer el bien como para hacer el mal. Gracias a ella realizamos todos los procesos de “pensamiento racional”; pero…, también en ella, se dejan sentir unas fuerzas extraordinariamente poderosas: las emociones. Es por esta razón por la que podemos decir que somos razón y emoción. Fuerzas que en ocasiones apuntan hacia el mismo lugar, pero que en otras se enfrentan y nos obligan a tomar una decisión concreta. O sea, que tenemos la opción de seguir a nuestro corazón o de hacer caso a la lista de pros y contras que se supone formulamos con la razón. “Cuanto más abiertos estemos a nuestros propios sentimientos, mejor podremos leer los de los demás”, nos dice Daniel Goleman, el psicólogo, periodista y escritor estadounidense que adquirió fama mundial a partir de la publicación de su libro Inteligencia Emocional.

“Emoción”, como decía al comienzo, etimológicamente, significa: “movimiento o impulso”; es decir, aquello que me mueve hacia… Dicho de otra forma, las emociones son experiencias subjetivas que inducen a actuar. Nacen básicamente de las percepciones que sentimos frente al mundo, antes que de un razonamiento como tal. Simplemente, algo que se percibe como beneficioso, desata emociones de agrado e, igualmente, incómodas, en caso contrario. Y en efecto, muchas de las conductas humanas dependen de las emociones. Estas, por lo tanto, pueden ser trascendentales o al menos tener un gran peso en las decisiones que tomamos. Es más, por lo general, son determinantes. En consecuencia, se puede afirmar, como nos indican la mayoría de los estudios que han realizado en este proceso de decisión, que, por lo general, en la “batalla” entre la razón y la emoción, de nuestras decisiones, la ganan las emociones. Y esto es así, básicamente, porque la razón ocupa un nivel superior en la escala de elaboración de las experiencias subjetivas. Y, por ello, se necesita más experiencia, más tiempo y un grado mayor de habilidad para construir razones que para dejar nacer nuestras emociones.

Subsiguientemente, ateniéndonos a lo explicitado anteriormente, la razón y la emoción, por separado, se convierten en procesos que pueden perjudicar nuestro futuro por medio de decisiones desacertadas. En este sentido, somos capaces de valorar una decisión, a pesar de su racionalidad, como inadecuada; por ejemplo: “matar a uno para salvar a muchos”. Y también somos capaces de advertir decisiones inadecuadas por lo exagerado de las razones que las motivan, como les ocurre a algunas personas con su miedo a volar. En definitiva, nos valemos de un equilibrio entre lo racional y lo emocional para decidir de manera correcta, proceso éste que se ha ido conformando gracias a nuestra experiencia vital.

En esta realidad en la que vivimos, ¿qué es una decisión acertada? En principio la respuesta parece fácil: sería aquélla que mayor beneficio nos aporta. Pero esta cuestión no siempre está clara. Aclaratoriamente, pongo otro ejemplo, cuando nos enamoramos las emociones toman el mando y dirigen nuestras decisiones y una vez hemos salido de ese estado de “ensimismamiento” nos preguntamos cómo es posible que actuáramos así, sin tener en cuenta más opciones que las que dictaba nuestro corazón. Y muchas veces y en muchas ocasiones, incluso, desatendiendo los consejos de personas que apreciábamos y/o teníamos en alta estima. De hecho, frases tan populares como “el amor es ciego” nos advierten del poder que las emociones tienen sobre estas cuestiones, pero no ha sido hasta fechas recientes que la emoción se ha considerado un elemento determinante en los procesos racionales.

Llegados a este punto, cabe preguntarse y preguntarnos, ¿para qué nos sirven las emociones? ¿Consisten solamente en la experiencia de procesos corporales o corresponden a valoraciones involuntarias? En este sentido, para el filósofo y psicólogo americano de la universidad de Harvard, William James, “las emociones eran sentimientos que acompañaban a ciertos cambios corporales: no lloramos porque estemos tristes, sino que estamos tristes porque lloramos”. Sin embargo, el cognitivismo se mostró contrario a la teoría de James, pues según este enfoque, las emociones siempre presentan su referente; es decir, el miedo evalúa el peligro, la tristeza valora una pérdida. Quizá por esta última causa que cito, la nueva teoría de las emociones busca reconciliar la hipótesis de las sensaciones y el cognitivismo; ya que las emociones no se reducen ni a sentimientos ni a juicios de valor.

Así, pues, lo que parece incuestionable es que “las emociones” celebran desde hace tiempo un renacimiento científico, tanto en la filosofía como en otras disciplinas: desde la neurociencia pasando por la psicología, hasta las ciencias económicas y las sociales. El filósofo canadiense Ronald de Sousa considera que una razón central de tal interés radica en “un narcisismo de la especie, una suerte de búsqueda infantil de una dignidad especial de la existencia humana”. Según De Sousa, en una época en la que la competencia de las máquinas nos parece una amenaza, recordamos que no somos seres intelectuales puros. Pero, sin embargo, nos distinguimos porque poseemos emociones; hecho éste que, en cambio, resulta discutible que puedan existir algún día máquinas emocionales. Esto, a mi modo de ver, significa que los humanos, como seres emocionales, debemos caracterizarnos por nuestra razón. En consecuencia, las emociones, habría que considerarlas hoy en día, también, como racionales.

Siguiendo estos argumentos que intento explicar, es frecuente y común escuchar que cuando tomamos decisiones importantes lo hacemos de manera fría y racional. Y que actuamos así, para evitar que nuestras emociones afecten al juicio que hacemos. Asimismo, cualquiera de nosotros, cuando pensamos en un líder político, deseamos que sepa controlar sus emociones y no dejarse llevar por ellas. Y, tal vez pensemos así, porque, en general, tanto las emociones positivas como las negativas parecen no tener una buena reputación al momento de tomar decisiones políticas que afecten a nuestras vidas. Sobre todo, porque estas visiones pueden hacernos considerar los sentimientos y la razón como dos entes independientes, y tal mismo parece que actuaran en competencia. La razón nos ayuda a tomar buenas decisiones, a menos que sea nublada por las emociones. Sin embargo, hay una corriente dentro de la psicología que argumenta que la razón y los sentimientos van de la mano; que no compiten, sino que se complementan entre sí, tal y como defiende el médico y neurólogo de origen portugués Antonio Damasio.

Finalizo. Decía el filósofo Blaise Pascal que, "El corazón tiene razones que la razón desconoce”
Esto quiere decir que el ser humano, con su capacidad de razonar, es capaz de abrir su corazón a esta capacidad que él la llamó pensamiento y que hoy en día los neurocientíficos denominan subconsciente. Actualmente, con los últimos avances y descubrimientos en esta compleja materia, sabemos que el cerebro humano, nuestro querido cerebro, utiliza, únicamente, el 2% de su energía en la actividad consciente, el resto, es trabajo del subconsciente. Así pues, no somos razón sino, “sinrazón”. No somos conscientes de lo que somos. La cultura, la lengua, la procedencia de la gente. ¿En qué medida afectan estos rasgos al subconsciente y a la razón de nuestro ser consciente? Aquí lo dejo…, razonen.