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viernes, 27 de septiembre de 2024

El terror de los ‘buscas’ y ‘walkie talkies’ golpea el Líbano

 

Eran las tres y media de la tarde del pasado martes 17 de septiembre, cuando los “buscas” comenzaron a sonar simultáneamente. Algunos de sus propietarios estaban en casa, otros en el supermercado, en el trabajo, en la calle, paseando, o conduciendo coches o motocicletas. Después de unos segundos de pitidos que permitieron a algunos acercar el dispositivo a sus ojos para leer el mensaje, el aparato explotó. Al final del día, al menos una docena de personas habían fallecido y más de 2.700 heridos saturaron los hospitales en Líbano. Una verdadera barbarie y tragedia. Pero la operación terrorista cometida supuestamente por el ejército de Israel no finalizó ese día. Sino que, al siguiente, pese a la experiencia previa ejecutada sobre los “buscas”, realizó un ataque aún más letal sobre los ‘walkie talkies’ que portaban los miembros de Hizbulá. Unos aparatos de comunicación que son casi tres veces más pesados que los buscapersonas que estallaron el día anterior y que, por eso, contenían una mayor cantidad de explosivo. Y, aunque las detonaciones no fueron tan generalizadas como con los “buscas”, provocaron incendios mayores, ya que hasta calcinaron vehículos. Israel aún no ha confirmado ni desmentido su responsabilidad en el ataque, que ha sido uno de los que ha ocasionado un mayor número de víctimas mortales desde el comienzo de los enfrentamientos el 8 de octubre de 2023. Y, por otra parte, al menos oficiosamente, tampoco ha generado la condena de ningún país occidental. En este contexto, los dispositivos electrónicos que se accionaron para explotar los “buscapersonas” del martes y los “walkie talkies” del miércoles, fueron preparados por la Unidad 8200 dependiente de las Fuerzas de Defensa de Israel en colaboración con el Mossad, el Servicio de la Inteligencia israelí, según han confirmado fuentes de seguridad al The New York Times. Estos agentes habrían usado al menos tres empresas tapaderas para encubrir la operación, entre ellas, la húngara BAC Consulting que supuestamente distribuyó los dispositivos a Hizbulá bajo la firma de la empresa taiwanesa Gold Apollo.

 

Segre 21.10.2024

Sin embargo, los citados hechos, sí han sido condenados rotundamente por la ONU que los ha calificado como una violación del Derecho Internacional Humanitario; ya que el uso de objetos civiles como armas explosivas está prohibido y constituye un crimen de guerra. Por su parte, muchos medios y analistas han descrito estos eventos como actos terroristas, porque su objetivo principal es generar miedo y caos en la población civil. A este respecto indico que, tal vez porque ya tengo cierta edad, no me sorprende casi nada el proceder del Estado de Israel. No obstante, estoy atónito y perplejo con el ataque terrorista efectuado contra el Líbano. Los “buscas” los llevaban miembros de Hizbulá, sí; pero también muchas personas y profesionales que no tienen absolutamente nada que ver con el partido político y grupo paramilitar musulmán chií libanés. Y, a pesar de ello, han hecho explotar casi tres mil aparatos en diferentes ubicaciones. Sin importarles que fueran personas las que reventaban o saltaban en pedazos por los aires al lado de sus hijos, esposas, padres, amigos o compañeros de trabajo. Y todo esto ocurría en los bazares y mercados de Líbano, en lugares públicos atestados de personas.

 

Un escalofrío nos atraviesa directamente el corazón al pensarlo, dejándonos sin aliento a cualquier individuo humanamente sensato. Y es que Israel ha convertido los sistemas de comunicación del enemigo en herramientas mortales para sus usuarios. Parece ciencia ficción y es sorprendente. Pero, a la vez, ingenuamente me pregunto si con el grado de sofisticación que Israel ha desarrollado para intervenir las comunicaciones de sus enemigos, no habría podido hacer lo mismo con los miembros de Hamás, que tienen todavía retenidos a un centenar de ciudadanos israelíes. Y otra cuestión que planteo, cómo es posible que esa secreta y fantástica Unidad 8200 del ejército de Israel que supuestamente ha realizado la planificación técnica y el desarrollo de los explosivos insertados en los dispositivos de los “buscas” y “walkie talkies” y la no menos extraordinaria y magnífica Agencia de Inteligencia del Mossad, no hubiesen previsto los acontecimientos del 7 de Octubre de 2023. O, tal vez, lo sabían y esperaban esa justificación para comenzar la guerra total contra Gaza con el objetivo de apoderarse de su territorio. En este sentido, tal vez, convendría no olvidar que el sionismo sigue defendiendo y en la práctica llevando a cabo su teoría del Gran Israel. Un Lebensraum o espacio vital que abarca las políticas y prácticas de colonización de territorios, como en su día realizaron en la Alemania nazi. Unos espacios que incluyen todas las tierras palestinas, más el sur del Líbano y algunas pequeñas partes de Siria, Jordania y Egipto. Y no cejarán en su empeño a menos que alguien los pare, pero… ¿quién? De momento, nadie. El Israel sionista de Netanyahu juega con el tiempo y los hechos consumados. Se percata que el 5 de noviembre debe tener terminada su misión, pues en esa fecha EE. UU. puede empezar a plantear objeciones, sea quien fuere el ganador de las elecciones. Hasta entonces, Netanyahu sabe bien que nadie le pondrá freno

 

Y una última pregunta dirigida al silencio del viento que nos lleva, ¿cuánto tiempo los ciudadanos del mundo permitiremos que nuestros dirigentes apoyen a un país terrorista que llama operaciones antiterroristas a sus actos de terror?. El ataque terrorista de Hamas no justifica lo que estamos viendo en Gaza y ahora también en el Líbano. Y es que Israel es, en este momento, supuestamente un estado terrorista al que nadie se atreve a llamar por su nombre. Si alguna vez pensamos que sería imposible ver otro régimen tan cruel, inhumano y genocida como el de los nazis, es evidente que nos equivocamos.

 

 

lunes, 16 de septiembre de 2024

Atardecer en Bata, el susurro del océano

 

En ese ir y venir de mi memoria, aparece en estas fechas una estampa: Bata, Guinea Ecuatorial. De aquel verano recuerdo casi todo: el ruido de unos niños guineanos jugando en la plaza de la catedral de Santiago Apóstol y Nuestra Señora del Pilar; la vista de la Playa de Utonde, con su arena blanca y aguas cristalinas; los atardeceres en el Paseo Marítimo, que ofrecía vistas panorámicas del océano Atlántico, donde el sol se sumergía en el horizonte creando un espectáculo de colores vibrantes; el Casino Militar español, ubicado cerca del puerto, que era un punto de encuentro social y recreativo para los jefes y oficiales del personal militar español y sus familias destinados en aquel paraíso; la terraza de mi casa en la Plaza del Reloj, en la que mitigaba el calor con un refresco mientras contemplaba la luz anaranjada que llenaba el cielo, al tiempo que el sol desaparecía lentamente por el oeste. Y es que los veranos son, a veces, solamente esto: sensaciones indelebles que guardamos en el arcón de la memoria toda la vida.

 

La Mañana 16.09.2024

Se asegura que África embruja, que te inocula un elixir contra el que no existe antídoto y cuyo efecto dura para siempre, eternamente... Y creo que es cierto. Yo quedé atrapado por él desde mi primera llegada a Marruecos y mis posteriores estancias, aunque breves, en Guinea y el Sáhara Español. En aquellos años y a esa juvenil edad, mi desarrollo vital estaba en plena expansión, por lo que no debió de ser casual mi avidez por descubrir y asimilar todo lo que me rodeaba en aquel entorno absolutamente inigualable. Desde el primer momento me consideré un ser afortunado por ello y así lo sigo valorando hoy día, después de más de medio siglo de mi estancia en aquél paraíso guineano. Recuerdo, curiosamente, que el reencuentro con mi padre, al que no veía desde hacía algo más de dos meses, pasó a un segundo plano, en comparación con mi interés por el lugar y su efecto detonante en mi interior, desde el momento en que me sentí feliz y seguro en aquellas tierras.

 

Hoy, transitando por este ocaso de mi vida, qué lejos me quedan aquellas vacaciones de aquellos veraneos dilatados, juveniles y propicios para el devaneo y los primeros amores, en los que la medida del tiempo era tan diferente a la de ahora. Añoro aquellas vacaciones de verano… Eran años en los que el ocio ocupaba el tiempo y se adueñaba del espacio y la quietud se convertía en el puro disfrute de unas presencias todavía insólitas para mí. Ver caer el sol como un susurro sobre aquel mar ecuatorial y observar cómo ardían las aguas del océano, cómo mis ojos se enrojecían, no sé si por la luz que despedía el horizonte o porque presenciaba el atardecer más bello del mundo en una completa soledad. Y es que recuerdo como, por un momento, las aguas se tiñeron de un color púrpura que nunca anteriormente había visto. Y luego, lentamente, fascinado por aquel maravilloso espectáculo en el que el astro rey se sumergía perdiéndose en la líquida inmensidad, fueron tomando un tono rosáceo que maravillaron aún más mi absorta mirada. Me sentía hipnotizado ante tanta belleza. Mi corazón biológico latía con tal fuerza dentro de mi pecho que notaba cómo la sangre galopaba por mis venas repercutiendo en mis sienes. En aquellos mágicos instantes, me sentí unido a la naturaleza de una misteriosa forma que solamente he vuelto a percibir, otro verano en otro inmenso mar de arena, en el corazón del Sáhara… Conservo en mi memoria aquel momento tal real en el que, poco a poco, me pareció despertar como de un sueño. El aire estaba tibio, pero paulatinamente comenzaba a enfriarse. Mis pies desnudos se dejaban acariciar por las suaves olas en la orilla. Iba cayendo el día. Una gran paz llenaba mis pensamientos que tomaron los colores tiernos e indecisos del crepúsculo, mientras me abrazaba un silencio ensordecedor. Contemplaba atónito aquel inacabable océano que con celo guardaba todos los secretos, todos los anhelos de aquellos que un día, obligados, partieron de su orilla hacia el horizonte infinito de otros mundos, llevando marcada la sal como un tatuaje en la piel de los enamorados. Historias de una historia que en el instituto me habían explicado.

 

Tantos años después, separado del aquí y del ahora que fue, sigo buscando en cada atardecer una pizca de aquella magia que viví en Guinea. Es un anhelo que me acompaña siempre y que me recuerda que la vida está llena de momentos preciosos que debemos preservar. Y es que, aunque el tiempo pase, la huella y presencias de aquel y otros veranos seguirán brillando en mi corazón como estrellas en la noche más oscura. Tal vez por eso, en estos postreros días de verano, unas veces de manera consciente y otras a través del filtro submarino de los despiertos sueños, vuelve de manera insistente a mi memoria aquel ocaso en el que el sol se despedía con una sonrisa dorada en el horizonte y un silencio nuevo preservaba la intimidad recién alcanzada contra la avidez del tiempo que parecía haberse detenido. Un tiempo presente que fue y ya no es más que el eterno pasado de otro tiempo.

 

jueves, 5 de septiembre de 2024

Fronteras abiertas, corazones cerrados: el dilema migratorio.

 

Una vez más, aunque de manera acentuada en este año al llegar estas fechas, cuando la calma del Mediterráneo acerca África a Europa y en el Atlántico las corrientes son propicias para llegar al Archipiélago Canario, la situación en España con respecto a la llegada de inmigrantes se ha vuelto crítica, y los centros de acogida se encuentran desbordados, especialmente en regiones como Ceuta o las Islas Canarias. Ante estas circunstancias, Pedro Sánchez ha realizado una gira por África Occidental, que ha incluido Mauritania, Gambia y Senegal, centrada en la migración irregular. En este contexto, durante el viaje, el Presidente del Gobierno ha firmado diversos  acuerdos para frenar el éxodo clandestino y promover vías regulares. Sin embargo, la gira ha generado una agria polémica con los partidos de la oposición, PP y VOX, que acusan a Sánchez de provocar un efecto llamada en África, en lugar de combatir a las mafias.

 

La Mañana 11.10.2024

Por otro lado, la Unión Europea se pone a la defensiva sobre este tema y predica que en las fronteras de África; o sea, en los claros límites del mundo desarrollado con el subdesarrollado, justo en ese lugar donde nadie quiere estar, es posible garantizar la seguridad y los Derechos Humanos al unísono para evitar la avalancha de inmigrantes. Una protectora seguridad y defensa de fronteras que, manu militari, ejercen y proporcionan los fieles guardianes de los Estados fronterizos de tránsito, cuya apariencia de legalidad sobre los citados Derechos Humanos la prestan y prestarán las socorridas ONGs. Actividades, ambas, financiadas con fondos europeos, que todo lo pueden, cuando es necesario y preciso a los intereses generales de la UE.

 

Sin embargo, tal forma de ver las cosas olvida que la inmigración es un hecho social muy complejo, protagonizado por seres humanos que tienen capacidades, motivaciones e intereses idénticos a los nuestros, a los que estamos a este lado de la frontera. Los subsaharianos que arriesgan sus vidas navegando en inestables cayucos u otros medios, saben bien que la sociedad consumista a la que quieren llegar acoge perfectamente a los extranjeros africanos ricos que pueden derrochar cuanto quieran y ocupar el lugar que el mercado les tiene aquí reservado. Mientras que a ellos les va a resultar muy difícil hacerse un hueco, porque sólo poseen la riqueza de su fuerza de trabajo al ser mano de obra, sea ésta cualificada o no, y por consiguiente son percibidos como foráneos usurpadores de recursos. Unos indeseables, aunque sean imprescindibles para ese 24% del PIB que producen en la economía sumergida. Y es que, para los inmigrantes estimulados por la globalización, que se dejan la vida en cualquier frontera europea, la duda no es tanto estar arriba o estar abajo, ser más o ser menos, algo que remite a las relaciones económicas y sociales internas, sino estar dentro o estar fuera. Es decir, formar parte de la estructura de producción y consumo dentro del sistema del bienestar o esperar fuera a que éste les incorpore en forma de curiosidad cultural o turística. En este sentido, consolidado el actual y brutal desequilibrio económico-social y planteado tal estado de necesidad de los inmigrantes, creo que resulta muy difícil regular el ritmo de llegada, nadie podrá establecer un sistema de vigilancia que no sea burlado. Por eso España seguirá siendo un faro de arribo y/o puente de tránsito para la inmigración, sea o no circular ésta. Además, a este respecto, conviene no olvidar, que la emigración es un derecho humano. En concreto, el Artículo 13 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, firmada por todos los países del mundo en París en 1948, establece que: 1º Toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado y 2º. Toda persona tiene derecho a salir de cualquier país, incluso del propio, y a regresar a su país. Entender esto es básico para hablar del resto.

 

Es por ello que, desde mi punto de vista, el mensaje que ha transmitido el Presidente del Gobierno desde Mauritania, considero que es oportuno, correcto y quizás el único que aporta alguna solución, pues la inmigración es precisa e ineludible para nosotros y para Europa, aunque también nos traiga algunos problemas que habrá que saber gestionar sin caer en el racismo, la xenofobia y la falta de humanidad. De hecho, aunque la necesidad de inmigrantes en España es un tema complejo y multifacético, según el Banco de España, se estima que el país necesitará cerca de 25 millones de inmigrantes en edad de trabajar hacia el año 2053 para afrontar el envejecimiento de nuestra población y resolver los desajustes en el mercado laboral. En este sentido y tal vez por ello, el Gobierno ha insistido en destacar que la migración debe incluir mecanismos de cooperación, como, por ejemplo, los programas de “migración circular” que, en el transcurso del citado viaje, se han abordado y discutido con el objetivo de alcanzar acuerdos. Unas iniciativas diseñadas para gestionar la migración de manera ordenada y segura y que permiten la contratación de trabajadores en sus países de origen para que realicen trabajos temporales en España en sectores como la agricultura, el textil y el turismo y, una vez finalizado el periodo de trabajo, los inmigrantes regresen a sus países de procedencia. Crucemos pues los dedos para que la iniciativa puesta en marcha sea un éxito y dejemos de ver tanta muerte inútil, miseria y dolor.

 

 

 

 

sábado, 17 de agosto de 2024

Relato: Días de verano

 

A veces, uno sale y se aleja de un lugar, pero solo se distancia el cuerpo. Eso me ocurre a mí cada año cuando comienzo las vacaciones de verano. Y es que al llegar a mi destino habitual, meto la mano en la cápsula del tiempo y sin saber bien de dónde vienen, se presentan ante mí los veranos de mi infancia y juventud. Conocí el mar recién llegado del Madrid de la postguerra cuando aún no había cumplido cuatro años. Fue en la bonita y acogedora ciudad atlántica de Arcila, Marruecos, en la que viví escasos meses. Recuerdo bien aquel primer día en el que tras caminar un buen rato cogido de la mano de mi madre, por un enjambre de callejones repletos de casas blancas y azules recién pintadas que casi deslumbraban cuando el sol se posaba sobre ellas, llegamos a la playa y contemplé la inmensa masa de agua que seguía más allá de lo que mis ojos alcanzaban a ver en el infinito horizonte. La mente de aquel niño, no entendía nada, tampoco por qué era salada aquella agua. Cerca de mí, había un chico con una gorra azul jugando en la orilla con las olas. A su lado, una señora rubia y pintada de rojo la boca y las uñas de sus pies y manos, no perdía detalle de lo que hacía el pequeño, mientras hablaba con mi madre. Quizás era su hijo. Son recuerdos de aquella perdida y dorada inocencia...

 

Hoy, regreso al presente desde aquellos tiempos de la infancia y aunque llevo aquí solo unas horas, ya me parece que vivo hace días en esta Dorada Costa. Debe ser que, en tan escaso trecho, he tenido el tiempo suficiente para librarme del calor, ajetreo y bullicio de Lleida. He llegado al Baix Camp con el cansancio que a mi edad ocasiona conducir escasamente hora y media en el coche. Y con los ojos colmados por los paisajes del Segriá, ahora gradualmente frutícolas y llenos de vida y antes agrestes y solitarios, y los desmontes semiáridos salpicados de almendros, olivos y pistachos de Les Garrigues, que atraviesan la autopista. Al llegar a nuestro destino, el sol estaba ya muy bajo. Salió a nuestro encuentro de entre unas lejanas nubes y un resplandor rojizo pareció incendiar el horizonte de la tarde. Fue un momento mágico.

 

La Mañana 2.09.2024

Entramos en casa. Deshicimos la pequeña maleta. Sacamos los cojines que colocamos con cuidado en el tresillo de la terraza y nos sentamos a descansar. Desde el porche, gozando de una refrescante cerveza, contemplábamos las palmeras, las adelfas, los rosales, la buganvilla, el esquelético limonero, los cuatro tomates que cultivo en una especie de huerto, al tiempo que nos acariciaba la olorosa fragancia del jazmín y el de la hierba recién segada. A lo lejos se oía el murmullo del mar que llegaba hasta la terraza. Entre sorbo y sorbo, aproveché el tiempo para ordenar los pensamientos que asaltaban mi cabeza en esos momentos de plácida calma. Pues el tiempo, es esa materia de la que está formada la vida.

 

A esa hora del atardecer surge una extraña brisa, casi secreta, que llaman la marinada y que incluso en los días de más calor circula sin norte por esta Costa Dorada. Y es a esa hora, cuando las sombras alargadas por los altos pinos empiezan a cubrir las calles y caminos y los vencejos surcan el cielo como aviones de caza, que el Paseo Marítimo nos invita a pasear. Salimos, pues, de casa. La suave animación del crepúsculo, el murmullo de la gente y el tintineo de los vasos en el chiringuito cercano a la orilla de la playa, junto al bullicio festivo de los niños en el parque del camping, creaban una atmósfera única y especialmente agradable.

 

Con esa luz ya tibia pero que todavía no declina totalmente, las cosas se ven con mucha precisión desde la escollera del espigón de la riera, a la que nuestro caminar nos ha llevado. Y esa concreción y exactitud visual es idéntica a la que tienen los sonidos que hasta nosotros llegan. Cada uno aislado y completo en sí mismo, cubriendo a veces una larga distancia, de modo que una voz distante o el silbido de un pájaro escondido en un lejano tamarindo, parecen estar muy cerca, pero son invisibles, como también los es el motor lento de un coche que oímos pero que tampoco vemos. Echamos una última ojeada al viejo búnker contra el que chocaban con fuerza las olas y cogidos de la mano, regresamos despacio, saboreando el misterio del ocaso. La brisa marina, cargada de sal y nostalgia, acariciaba mi rostro y, por unos instantes, me transportaba de nuevo a aquellos interminables días de juegos infantiles y risas sinceras. Las luces del paseo marítimo se encendieron reflejándose en el agua como luciérnagas atrapadas en un sueño. Y sin decir nada me acogí al silencio, que tiene una pureza cóncava como de interior de aljibe, y en ese lento caminar, a pesar de mi sordera, iba oyendo los pasos sobre el enlosado pavimento del paseo. Lo que íbamos viendo, camino ya de casa, mientras caía la tarde e iba llegando la noche, lo dice mejor que yo Antonio Machado en la penúltima estrofa del poema Yo voy soñando caminos: “La tarde más se oscurece/y el camino que serpea/ y débilmente blanquea/ se enturbia y desaparece”. Llegamos finalmente a nuestra morada cuando la luna se asomaba con cautela, el cielo se teñía de un azul profundo y comenzaba a salpicarse de tímidas estrellas que emergían una a una, como si fueran los recuerdos que, al caer la noche, despertaran.