Durante décadas, la hegemonía estadounidense se sostuvo no solo en su capacidad militar, sino también en la pretensión de encarnar algo más que el ejercicio desnudo del poder: un orden basado en reglas, instituciones y consensos. Ese marco ha llegado a su fin. Y, en consecuencia, asistimos hoy, de forma casi cotidiana y bajo una nueva gobernanza mundial dictada por Donald Trump, a la progresiva perversión de las normas que la comunidad internacional fue construyendo durante décadas. Instituciones hasta hace poco respetadas —como la ONU, el Tribunal Penal Internacional, diversos tratados internacionales o incluso órganos legislativos— son ignoradas o directamente vulneradas. El presidente de Estados Unidos actúa política y militarmente al margen del derecho nacional e internacional con desfachatez, impunidad y máxima publicidad. Lo hace ante nuestros ojos, generando, con la indispensable colaboración del Partido Republicano, de medios de comunicación y redes sociales afines o directamente controladas por él, la impresión de que dichas normas, lejos de garantizar valores democráticos, constituyen obstáculos para una acción ejecutiva presentada como eficaz. Sus acciones, ampliamente difundidas y celebradas, consolidan un nuevo orden que desmantela acuerdos fundamentales y degrada el derecho internacional a mera retórica prescindible.
Este proceso no puede entenderse sin atender a la naturaleza del liderazgo que lo impulsa. En los tiempos que corren, ha quedado meridianamente claro que muchos tiranos contemporáneos se legitiman mediante las urnas; no es necesario poner ejemplos, están a la vista de todos. Y, ese aval electoral, en el caso concreto de los EE.UU., ensamblado al inmenso poder económico, militar y tecnológico del país que gobierna, le permite proclamarse soberano absoluto del sistema internacional. Y es que el desprecio de Donald Trump por cualquier principio que sugiera mesura, cooperación o respeto comenzó a manifestarse desde los primeros días de su mandato, mediante ataques sistemáticos a los derechos humanos, a la estabilidad económica, a la limpieza informativa y a los propios fundamentos democráticos. Y de esta manera, la democracia queda así reducida a una carga burocrática, incompatible —según este discurso— con la eficacia del poder. De hecho, Donald Trump actúa como un autócrata y, a la luz del comportamiento del ICE, está allanando el camino hacia una forma de poder abiertamente dictatorial.
Desde esta lógica, su forma de gobernar resulta coherente con una concepción personalista y unilateral del poder. Trump no cuenta con nadie más que consigo mismo y, en algún caso, con su gabinete. Está dispuesto a convertir a los aliados europeos en vasallos, obligados a pagar el “diezmo arancelario” que se les imponga sin respeto alguno por las reglas vigentes. Nadie le marca límites, y tampoco intenta ocultarlo, pues desde su llegada a la Presidencia proclama abiertamente que Estados Unidos es la nación más poderosa del mundo, tanto militar como económicamente. Esa premisa justifica, en su esquema mental, el recurso prioritario a la fuerza —como en el caso de Venezuela— y, posteriormente, a la coerción económica. Como viene realizando mediante presiones sobre Japón, Corea del Sur, la Unión Europea o los BRICS, buscando cortar vínculos con China, generar dependencia y, en última instancia, asfixiar estratégicamente al emergente y poderoso enemigo asiático.
Las consecuencias de esta política ya no son hipotéticas. Si hay una pregunta que atraviesa la historia de las sociedades es cómo se genera la prosperidad. Durante siglos se han ensayado respuestas diversas: la solidez de las instituciones, el papel del mercado, la inversión en capital físico y humano, o los distintos modelos fiscales. Es un debate central de las ciencias sociales y, todavía hoy, lejos de estar cerrado. Sin embargo, frente a esa complejidad histórica y teórica, la Administración Trump ha dejado claro que sus decisiones se sitúan por encima del derecho internacional y que será él quien dicte las reglas a partir de ahora. De hecho, la intimidación se está convirtiendo así en su principal herramienta y, en este escenario, Venezuela parece haber sido solo el primer objetivo, con Cuba en el horizonte inmediato y Groenlandia —rica en petróleo y recursos minerales estratégicos— presentada como un posible siguiente escenario, reducida a un problema de mera apropiación de recursos, pero con la retorica de que es vital para la Seguridad Nacional de EEUU. En este contexto, Europa destaca no por su resistencia, sino por su docilidad, aunque en estos últimos días parece vislumbrarse cierto cambio de actitud. No obstante, de momento, ha aceptado aranceles arbitrarios y agresiones a sus intereses, adoptando una política de apaciguamiento que recuerda inquietantemente a la seguida por Chamberlain frente a Hitler. La agresión contra Venezuela no solo vulnera el derecho internacional, sino que sienta un precedente que puede alentar a otras potencias a actuar del mismo modo en sus áreas de influencia, como Rusia en Ucrania o China respecto de Taiwán. Es por ello que, de persistir esta dinámica, el riesgo de una escalada global deja de ser una advertencia retórica.
(Continuará)

Hola, Juan Antonio, muy buen domingo
ResponderEliminarAcabo de leer el primero de los dos artículos que me enviaste, con el mismo título, "El fin del orden internacional basado en reglas" y, de nuevo, he de felicitarte. Describes perfectamente como una solo persona puede llevar a un enfrentamiento bélico internacional. Tu final "... el riesgo de una escalada global deja de ser una advertencia retórica." no solo es demoledor, sino que es del todo acertado, tienes toda la razón del mundo. Al Sr. Trump ya no se le puede tener como un loco, sino como un peligro para la paz mundial. Enhorabuena.
Un abrazo.
Ramón Morell
Muy bien.
ResponderEliminarEs inexplicable que esta criatura haya llegado, por votación popular mayoritaria, a donde ha llegado. ¿No se dan cuenta los propios republicanos que este señor se va a convertir en el cachondeo del planeta? ¿No han hecho el mínimo balance da la unión de nuestra fuerzas contra lo que tiene?
No creo que acabe el mandato. Afortunadamente ya está viejo. Y cuando a los grandes plutócratas les toquen el bolsillo, ya se arreglarán para quitárselo de en medio. Y una última cosa. ¿No te parece el personaje algo simplón?
Un abrazo.
Jaime Martínez
Hola Juan Antonio.
ResponderEliminarSe siente tanta rabia y tanta impotencia...Y cuanta más historia sabemos, más cuenta nos damos de que, nada ha cambiado...aunque haya mejorado para muchos...
Gracias por tu fantástico artículo.
Un abrazo
Magda Díez
Buenas noches. Me ha gustado mucho. Al final este Trump acabará mal y no creo que tarde mucho.
ResponderEliminarAntonio Puig
Como siempre tú artículo es impagable por lo bien documentado y didáctico motivo por lo que te estoy agradecida.
ResponderEliminarMi enhorabuena ! Buenas noches.
Pili Obre
Hola Juan Antonio.
ResponderEliminarMe ha parecido muy interesante tu artículo sobre la actual situación mundial, que realmente es muy preocupante.
Un abrazo y buenas noches
Anna García
Texto, como siempre, con rico contenido y adecuada expresión. No sé cómo puedes pensar tantas cosas y tan bien.
ResponderEliminarEnhorabuena.
Pepe Pascual
El artículo pone palabras a una sensación que muchos compartimos: el desmoronamiento silencioso de un sistema que creíamos sólido. Da vértigo pensar en lo rápido que se están normalizando prácticas que antes habrían generado escándalos internacionales.
ResponderEliminarJavier Montes
Me impresiona cómo conecta la deriva actual con la legitimidad electoral de ciertos líderes. Es un punto que suele pasarse por alto: ganar elecciones no convierte automáticamente a nadie en demócrata.
ResponderEliminarRicardo Salvatierra
La comparación con Chamberlain me ha parecido especialmente acertada. Europa parece repetir errores históricos, confiando en que la pasividad evitará conflictos, cuando la historia demuestra lo contrario.
ResponderEliminarEugenia Cebrián
Lo más inquietante es la impunidad con la que se vulneran instituciones que costaron décadas construir. Si los organismos internacionales dejan de tener peso, ¿qué queda para frenar abusos de poder?
ResponderEliminarManuela Ortega
El análisis sobre la coerción económica como arma principal me parece clave. A veces se habla solo de intervenciones militares, pero las presiones comerciales están reconfigurando el mapa geopolítico igual o más.
ResponderEliminarSergio Palomar
Me ha sorprendido lo claro que expone la fragilidad del derecho internacional. Siempre pensé que era un marco firme, pero leyendo esto uno entiende que depende demasiado de la voluntad de quienes deberían respetarlo.
ResponderEliminarTomás Aguilera
La mención a Groenlandia me ha dejado pensando. Es un ejemplo perfecto de cómo los recursos estratégicos pueden justificar cualquier discurso, por absurdo que parezca en un primer momento.
ResponderEliminarHéctor Valdivia
Comparto su preocupación por la docilidad europea. Parece que solo reaccionamos cuando el daño ya está hecho. Ojalá ese “cambio de actitud” que menciona no sea solo un espejismo.
ResponderEliminarDaniela Ferrer
Muy interesante la reflexión sobre cómo se redefine la idea de prosperidad. Si las reglas cambian según convenga a una sola potencia, el resto del mundo queda en una posición extremadamente vulnerable.
ResponderEliminarPablo Herrero
Esperando la continuación. Este tipo de análisis son necesarios para entender que lo que ocurre no son hechos aislados, sino piezas de un proceso mucho más amplio y preocupante.
ResponderEliminarLuis Aranda