Tras constatar el colapso del orden internacional basado en reglas y la naturalización del abuso de poder como forma de gobierno, como señalaba en el anterior artículo, queda por abordar una cuestión más profunda y menos visible. No se trata solo de la vulneración de normas o tratados, sino de la transformación del marco moral que permite justificarlas. Ya que, cuando la transgresión deja de presentarse como excepción y comienza a asumirse como virtud, el problema ya no es únicamente jurídico o político, sino civilizatorio.
La desigualdad económica, el egoísmo feroz y el adoctrinamiento moral están acabando con nuestra civilización. Sin embargo, lo verdaderamente inquietante no es la constatación de esta realidad ni la fragilidad del derecho internacional —algo ya conocido—, sino la naturalidad con la que su suspensión empieza a presentarse como un acto de higiene moral. En este nuevo relato, la fuerza deja de requerir legitimación jurídica y se reviste de una supuesta superioridad ética. Y es que, cuando la intervención se ampara en nociones difusas como “civilización”, “orden” o “seguridad”, el adversario deja de ser un actor político con derechos para convertirse en un residuo a eliminar. En ese punto se produce el desplazamiento decisivo: no se vulnera solo una norma, sino el lenguaje mismo que permitía distinguir entre poder y legitimidad.
Este desplazamiento no se produce de manera espontánea ni accidental. Requiere una pedagogía constante, un relato simplificado y emocionalmente eficaz que reduzca conflictos complejos a dicotomías morales elementales. En ese proceso, los medios de comunicación afines, las plataformas digitales y las redes sociales desempeñan un papel central, no tanto por la información que difunden como por la forma en que estructuran la percepción de la realidad. La reiteración de consignas, la deslegitimación sistemática del disenso y la exaltación de la fuerza como virtud política contribuyen a crear un clima en el que la excepción deja de percibirse como anomalía y pasa a ser entendida como necesidad.
Y así, cuando este marco se consolida, el derecho ya no aparece como garantía frente al abuso, sino como obstáculo para la acción. La legalidad se asocia a debilidad, la deliberación a ineficacia y el pluralismo a desorden. De este modo, la suspensión de normas fundamentales no solo se tolera, sino que se celebra como signo de determinación y coraje. El daño más profundo no reside entonces en la infracción puntual, sino en la erosión de los criterios mismos con los que una sociedad distingue entre autoridad legítima y dominación arbitraria. La excepción deja de escandalizar y pasa a convertirse en método.
Este desplazamiento del derecho y del multilateralismo hacia formas de poder personalizadas no es una abstracción teórica, sino una dinámica ya visible en propuestas políticas concretas. Así, de hecho, Donald Trump ha propuesto la creación de un nuevo organismo internacional destinado a sustituir a las Naciones Unidas, al que se ha referido como la “Junta de Paz” o “Board of Peace” Esta iniciativa la ha presentado en el Foro Económico Mundial de Davos, el pasado jueves 22 de los corrientes, y surge como una crítica directa a lo que Trump considera la lentitud e ineficacia de la ONU para gestionar y mediar en los conflictos globales. Según lo expuesto, el objetivo principal de la “Junta de Paz” sería actuar como un ente internacional más ágil y eficiente en la resolución de crisis internacionales y, para ello, se plantea una estructura mucho más reducida que la de la ONU. A diferencia del modelo multilateral tradicional, los miembros de este organismo no serán elegidos por votación entre los Estados, sino invitados directamente por Trump, que, además de autoproclamarse presidente de la organización, exige a los países interesados a pagar mil millones de dólares en efectivo para garantizar un puesto permanente dentro del consejo. En conjunto, se trata de una propuesta a la que no cabe otra opción que interpretarla como un intento de debilitar o desmantelar el multilateralismo tradicional que representa la ONU, sustituyéndolo por un sistema centralizado y controlado desde una sola figura de poder, la de Donald Trump.
En este contexto, la historia demuestra que estas mutaciones no debilitan únicamente a quienes son atacados, sino al sistema que dice defenderse. Los órdenes políticos que aceptan sacrificar sus principios en nombre de su preservación acaban perdiendo ambos. Y, Europa, lejos de ser una víctima colateral de este proceso, actúa con frecuencia como testigo complaciente, aceptando implícitamente que las reglas solo rigen mientras no incomoden al poder. Esa resignación, presentada a menudo como pragmatismo, constituye en realidad una renuncia consciente a la autonomía política y moral.
Por ello, conviene recordar la célebre reflexión de Karl Popper sobre la intolerancia, formulada en La sociedad abierta y sus enemigos. Popper advertía que la tolerancia ilimitada conduce a la desaparición de la tolerancia misma, pues si una sociedad no se defiende frente a quienes son intolerantes, termina siendo destruida por ellos. De ahí que reivindicara, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes. Ignorar esta advertencia no es un gesto de prudencia ni de moderación, sino una claudicación. En un contexto en el que la fuerza se reviste de moralidad y el abuso se normaliza, renunciar a la defensa activa de los principios democráticos equivale, sencillamente, a facilitar su desaparición.

Gracias por este extenso y gran artículo de análisis, Juan Antonio.
ResponderEliminarMuy oportuna la referencia al pensamiento de Karl Popper tras todas las consideraciones previas. En este contexto tan desconcertante y preocupante ha surgido una voz que ha dicho en su discurso en Davos:
“Si la ley no te protege, hay que dotarse de protección (…) además de la fuerza de los valores, hay que fijarse en el valor de la fuerza”. Mark Carney, primer ministro de Canadá.
Un abrazo,
Miguel Ángel Cerviño
Muy bien.
ResponderEliminarEs inexplicable que esta criatura haya llegado, por votación popular mayoritaria, a donde ha llegado. ¿No se dan cuenta los propios republicanos que este señor se va a convertir en el cachondeo del planeta? ¿No han hecho el mínimo balance da la unión de nuestra fuerzas contra lo que tiene?
No creo que acabe el mandato. Afortunadamente ya está viejo. Y cuando a los grandes plutócratas les toquen el bolsillo, ya se arreglarán para quitárselo de en medio. Y una última cosa. ¿No te parece el personaje algo simplón?
Un abrazo.
Jaime Martínez
Hola, Juan Antonio, muy buenas noches
ResponderEliminarEnhorabuena por tu segundo artículo "El fin del orden internacional basado en reglas". A mi lo que me preocupa es que la semilla de Trump ha germinado a nivel mundial y cuando hablas de intolerancia (magnífico el final del artículo con la referencia a Karl Popper) yo pensaba en España en VOX y una parte, no tan pequeña como sería de desear del PP. Al margen de Europa y de la misma OTAN se oyen voces, como la del presidente del Canadá en Davos que creo que un poco de mella hizo en Trump. Por eso te comento que la semilla ya ha germinado y con o sin Trump la intolerancia está ya reinando
Un abrazo.
Ramón Morell
Hola Juan Antonio.
ResponderEliminarSe siente tanta rabia y tanta impotencia... Y cuanta más historia sabemos, más cuenta nos damos de que, nada ha cambiado...aunque haya mejorado para muchos...
Gracias por tu fantástico artículo.
Un abrazo
Magda Díez
Texto, como siempre, con rico contenido y adecuada expresión. No sé cómo puedes pensar tantas cosas y tan bien.
ResponderEliminarEnhorabuena
Pepe Pascual
Un artículo inmejorable. Eres un fenómeno.
ResponderEliminarFelicidades
Antonio Puig
Buenas noches,
ResponderEliminarMe ha parecido muy interesante tu artículo sobre la actual situación mundial, que realmente es muy preocupante.
Un abrazo
Anna García
Buenas noches,
ResponderEliminarComo siempre tú artículo es impagable por lo bien documentado y didáctico motivo por lo que te estoy agradecida.
Mi enhorabuena !
Pili Obre
Magnífico análisis. Has puesto palabras a algo que muchos percibimos de forma intuitiva: no solo se están rompiendo normas, se está rompiendo el marco moral que las hacía necesarias. Lo más inquietante es esa idea de que la excepción ya no escandaliza, sino que se aplaude.
ResponderEliminarAbrazos
Javier Morales
Me ha impactado especialmente la parte sobre el lenguaje. Cuando dice que el adversario deja de ser un actor político para convertirse en un “residuo”, ahí está la clave de muchas barbaridades históricas. Primero se deshumaniza con palabras, luego se actúa.
ResponderEliminarLaura Fernández
Muy lúcido el vínculo que establece entre medios, redes y simplificación moral. No es tanto lo que se informa, sino cómo se encuadra todo en buenos y malos absolutos. Así es imposible pensar en términos jurídicos o políticos complejos.
ResponderEliminarMarta Salgado
Excelente reflexión. La asociación entre legalidad y debilidad es algo que vemos cada día en el discurso político. Parece que respetar reglas te convierte automáticamente en ingenuo, y saltárselas en alguien “decidido”.
ResponderEliminarCarlos Ortega
El paralelismo histórico que sugiere es inquietante. Muchos sistemas han caído no por un ataque externo, sino por aceptar pequeñas renuncias internas “por necesidad”. Ese “pragmatismo” del que habla suele ser el principio del fin.
ResponderEliminarAndrés Molina
Me parece muy acertada la referencia a Popper. Hoy se usa la tolerancia casi como excusa para no hacer nada frente a quienes quieren destruir las propias bases democráticas. Tu artículo recuerda que eso también es una forma de irresponsabilidad.
ResponderEliminarElena Rubio
Lo de sustituir el multilateralismo por estructuras personalistas disfrazadas de eficacia es una tentación recurrente en tiempos de crisis. La historia demuestra que esa “agilidad” suele pagarse muy cara en derechos y estabilidad.
ResponderEliminarDiego Llorente
Brillante cuando señala que el derecho empieza a verse como obstáculo. Ese giro mental es peligrosísimo, porque convierte cualquier límite en algo sospechoso. Sin límites, lo que queda ya no es política, es dominación.
ResponderEliminarSergio Caballero
Tu texto deja una sensación incómoda pero necesaria. No estamos ante un simple deterioro institucional, sino ante un cambio cultural profundo sobre cómo entendemos el poder. Eso es mucho más difícil de revertir.
ResponderEliminarUn fuerte abrazo
Isabel Martín
Artículo valiente y muy bien argumentado. Ojalá más análisis que huyan de la inmediatez y vayan a las raíces morales y culturales de lo que está pasando. Sin ese nivel de reflexión, solo reaccionamos, pero no entendemos.
ResponderEliminarPatricia Gómez
¡Enhorabuena por la publicación! Es un artículo profundo que toca fibras sensibles sobre la realidad geopolítica actual. El análisis sobre la "moralización" de la fuerza y la propuesta de la "Junta de Paz" de Trump son puntos que, sin duda, generarán debate.
ResponderEliminarSaludos
José Antonio Jiménez
Brillante análisis, especialmente cuando señala que el problema ya no es solo jurídico, sino civilizatorio. Me preocupa enormemente cómo hemos normalizado que la fuerza no necesite legitimación siempre que se vista de 'superioridad ética'. Estamos perdiendo el lenguaje común que nos permitía denunciar el abuso, y como bien dices, cuando la excepción se vuelve método, la democracia queda herida de muerte."
ResponderEliminarRicardo Valdés
Lo de la 'Junta de Paz' presentada en Davos suena a distopía, pero es una realidad tangible. Sustituir el multilateralismo de la ONU por un club privado de "pago por asiento" de mil millones de dólares es la culminación del pragmatismo feroz que menciona. Gracias por poner luz sobre cómo se está desmantelando el orden internacional para convertirlo en una transacción comercial personalizada.
ResponderEliminarSergio Montesinos
Me quedo con la reflexión sobre la 'pedagogía constante' de los medios y redes sociales. Es cierto que ya no se busca informar, sino estructurar una percepción donde el disenso es deslegitimado de entrada. Si no somos capaces de distinguir entre autoridad legítima y dominación arbitraria, estamos condenados a aceptar cualquier tiranía que se presente como necesaria.
ResponderEliminarIgnacio Garmendia
Excelente artículo. Me duele especialmente la crítica que hace usted a Europa como testigo complaciente. Es frustrante ver cómo, bajo el disfraz del pragmatismo, nuestras instituciones renuncian a su autonomía moral. Si permitimos que las reglas solo rijan cuando son cómodas, entonces es que ya no hay reglas, solo intereses.
ResponderEliminarBeatriz Aldanza
La referencia a Karl Popper es el cierre perfecto para este gran artículo. A veces confundimos la tolerancia con la pasividad, y tu artículo es una llamada de atención necesaria: defender los principios democráticos no es una opción, es una obligación de supervivencia. No podemos permitir que el abuso de poder se naturalice como 'higiene moral'."
ResponderEliminarSaludos
Elena Rius