Hay algo profundamente conmovedor en contemplar al Partido Popular subir hoy al púlpito de la regeneración democrática con expresión severa de párroco escandalizado porque alguien ha robado el cepillo de la iglesia… mientras todavía asoman por debajo de la sotana los restos de décadas de escándalos. España asiste así a una de las representaciones políticas más extraordinarias de su democracia: el partido más golpeado por casos de corrupción erigiéndose en auditor moral del país. Es como contratar a un tiburón para vigilar un vivero de sardinas.
Porque sí, efectivamente, el PSOE acumula hoy titulares nauseabundos, sospechas, comisiones y un aroma cada vez más intenso de fontanería política. Nadie con un mínimo de honestidad intelectual puede negar que la podredumbre vuelve a filtrarse, en esta ocasión, por las cañerías del poder socialista. Pero lo verdaderamente fascinante es contemplar al PP reaccionando con la indignación de una institutriz victoriana, como si sus propias décadas de corrupción hubiesen sido apenas una travesura juvenil o una confusión contable provocada por el calor. Y ahí aparece Alberto Núñez Feijóo avanzando hacia La Moncloa con solemnidad de cruzado dispuesto a liberar Jerusalén de los infieles de la corrupción socialista. Qué tranquilidad transmite saber que detrás de él se alza esa organización inmaculada que jamás tuvo nada que ver con sobresueldos, mordidas, adjudicaciones amañadas o tesoreros con cuentas en Suiza. El PP parece haberse transformado, milagrosamente, en una congregación de monjes cartujos especializados en ética pública.
Conviene, sin embargo, refrescar la memoria de este país tan propenso a la amnesia selectiva. Ahí están Gürtel, Púnica, Lezo, Taula, Brugal, Palma Arena, Kitchen, Bárcenas, Caja B y tantos otros casos que terminaron convirtiendo el mapa judicial del Partido Popular en una especie de catálogo permanente de corrupción institucional. De todos ellos, Gürtel fue probablemente la gran catedral barroca del soborno: adjudicaciones públicas convertidas en mercadillo privado y una maquinaria tan obscenamente engrasada que el propio Partido Popular acabó condenado como partícipe a título lucrativo. Una expresión jurídica elegantísima para decir que el partido se benefició económicamente de la fiesta.
Después apareció Luis Bárcenas, aquel tesorero de aspecto funerario que custodiaba los célebres papeles manuscritos con sobresueldos y anotaciones misteriosas. Entre ellas, el legendario “M. Rajoy”, criatura mitológica de nuestra política reciente. ¿Quién era exactamente aquel “M. Rajoy”? ¿Un monje trapense? ¿Un vendedor de percebes? ¿Una presencia ectoplasmática que flotaba por Génova repartiendo sobres entre las sombras? Mariano Rajoy siempre pareció poseer una extraordinaria capacidad para la evaporación burocrática: un hombre tan gaseoso que uno tenía la impresión de que podía desintegrarse en partículas administrativas al abrir demasiado rápido una ventana del Congreso. Y llegaron también los discos duros destruidos a martillazos en la sede nacional del partido. Aquella escena memorable donde hombres trajeados golpeaban ordenadores con el fervor de inquisidores medievales intentando expulsar demonios digitales. Faltaban únicamente las antorchas y un monje gritando en latín.
Y, por si todo ello resultara insuficiente, apareció la Operación Kitchen: las cloacas del Estado puestas presuntamente al servicio de la supervivencia política, hoy sentadas en el banquillo. Espiar a Bárcenas para recuperar documentación comprometedora fue una idea tan grotesca que incluso los guionistas de Netflix la habrían considerado excesiva. Y, sin embargo, pese a semejante historial, el PP comparece hoy ante los españoles revestido de pureza moral, señalando al PSOE con el dedo tembloroso de indignación patriótica. Uno escucha ciertos discursos sobre regeneración democrática y tiene la sensación de asistir a una conferencia sobre veganismo impartida por Hannibal Lecter.
Naturalmente, la corrupción no pertenece en exclusiva a ningún partido. España ha visto desfilar escándalos de distintos colores políticos. Pero existe una diferencia entre una mancha aislada y una estructura repetida durante décadas. Ahí las hemerotecas, las sentencias y los autos judiciales resultan bastante menos ideológicos que muchos tertulianos. Y quizá esa sea la tragedia de fondo. El PSOE tiene motivos sobrados para sentir vergüenza. Quienes llegaron prometiendo regeneración y ejemplaridad terminan hoy atrapados en mecanismos demasiado parecidos a aquellos que aseguraban combatir. Como si toda la historia reciente de España no hubiese servido absolutamente de nada. No obstante, resulta difícil no apreciar cierta comicidad involuntaria en el hecho de que el PP pretenda desalojar a Sánchez de La Moncloa como si fueran los Caballeros Blancos de la Honestidad, cuando en realidad avanzan sobre décadas de sumarios, financiaciones irregulares y corrupción sistémica.
Y así seguimos: atrapados entre unos que parecen no haber aprendido demasiado y otros que, sencillamente, impartieron el curso avanzado.
¡Genial!. Me ha encantado. Debería ser publicado en todos los periódicos.
ResponderEliminarSaludos cordiales
Antonio Puig
Este artículo me parece extraordinario. Y, lo siento, como si al leerlo lo estuviera explicando yo en una conferencia, porque siento lo mismo.
ResponderEliminarSon vomitivos Feijó y atláteres. Se les tendría que caer la cara de vergüenza, en lugar de erigirse salvadores de la democracia y del pueblo español junto a su jefe supremo el impresentable Aznar.
El PSOE, cal que se ponga las pilas ya, para seguir haciendo limpieza, que estamos hasta las narices.
Un abrazo
Magda Díez
Como siempre, tus imágenes, tus pensamientos, tus expresiones, todo "rico, rico y con fundamento" .
ResponderEliminarAhí está, don J.Fernandez Díaz, escuchando a su ángel custodio. Marcelo, indicándole cómo aparcar sus mentiras.
Buenas noches.
Un abrazo
Pepe Pascual
Buenas noches Juan Antonio.
ResponderEliminarComo siempre te he dicho soy apolítica, y me hace mucha gracia de depende de quien cuenta el cuento, se dedica a poner un tupido velo en las tropelias de su partido para que no le caiga la cara de vergüenza y después se dedica a enumerar todo lo que ha hecho el partido contrario para decir y tu más. La época de guarde ria la dejamos atrás hace ya muchos años.....
Yo siento vergüenza de toda esa gentuza que promete honradez y que ellos lo harán mejor, y son tan chorizos, mentirosos y corruptos si pueden mejor y mas que los anteriores.
Continuo diciendo que no quiero saber nada de política, atentan a mi dignidad.
Un abrazo
Anna Extremera
Estupendo!! No se puede decir más ni mejor.
ResponderEliminarAbrazos
Rosa Acebal
Excelente artículo y el titulo le viene como un anillo al dedo, está lleno de muchos momentos de humor, que consigues que un tema tan serio, lo podamos leer sin enojarnos demasiado. Dicho esto y compartiendo totalmente el cinismo del PP, que llegó a extremos increíbles ayer con la declaración ayer del ministro Fernández Díez negando que el conociese nada de la Kictchen y el sublime jeta ,publica un artículo en La Razón contra la corrupción. Está claro que la mayoría silenciosa de la sociedad comparte totalmente el contenido del artículo, no podemos olvidar, que el PSOE tiene mucho que ver con el clima barriobajero que se ha convertido la política española, un partido de izquierdas no se puede permitir el tener en sus filas a Ábalos, Cerdán, Leire y mirar para otro lado, he dejado fuera de momento a ZP; aunque tú ya sabes lo que pienso de él, pero aún así, voy a respetar la presunción de inocencia, corren tiempos convulsos para la gente de bien, tendré que volverme un hjp.
ResponderEliminarAbrazos
Santiago Fernández
Claro, Juan Antonio,
ResponderEliminarPorque si en el teatrillo uno de los títeres quita a otro para ponerse él utilizando la cachiporra sin haberse regenerado antes acabará igualmente su puesta en escena ante el juez mientras el resto de títeres entonarán aquellos versos del cantar del bachiller Trapaza:
La dulzura de tu canto,
las cuerdas de tu instrumento
hechizos son de las almas,
prisiones son de los cuerpos.
Un abrazo,
Miguel Ángel Cerviño