Existen sentencias que se presentan como auténticos razonamientos jurídicos, mientras que otras parecen redactadas desde la ironía. La dictada ayer por la Sala Segunda del Tribunal Supremo en la conocida causa de las mascarillas pertenece, para muchos observadores, entre los que me encuentro, a esta segunda categoría. Pues el fallo de tan alto tribunal condena con extraordinaria severidad a quienes ocuparon posiciones de poder público y recibieron las dádivas, mientras reserva un tratamiento significativamente más benigno para quien, según los hechos declarados y probados, habría desempeñado el papel de corruptor. Lo cierto es que José Luis Ábalos ha sido condenado a más de veinticuatro años de prisión; Koldo García, a casi veinte, y Víctor de Aldama, por el contrario, recibe una pena muy inferior cuya ejecución queda suspendida gracias a su colaboración con la Justicia.
Desde una perspectiva estrictamente legal, según expertos juristas, la decisión encuentra amparo en instituciones perfectamente reconocidas por nuestro ordenamiento: la confesión, la colaboración eficaz y la contribución al esclarecimiento de los hechos. En este sentido, nadie discute que el Derecho penal moderno debe incentivar que quienes participan en una organización criminal ayuden a desmontarla. Sin embargo, a mi modo de ver, una cosa es premiar la colaboración y otra muy distinta transmitir la sensación de que quien encendió la hoguera sale del incendio apenas perfumado por el humo.
A este respecto, la corrupción es un mercado de dos caras. No existe corrupto sin corruptor, del mismo modo que no existe comprador sin vendedor. Forman las dos piezas que integran una misma tijera. Por eso resulta inevitable que muchos ciudadanos contemplemos con perplejidad una resolución en la que el peso del castigo parece caer casi íntegramente sobre quienes aceptaron el soborno mientras quien lo ofreció encuentra una puerta de salida extraordinariamente amplia. La sentencia evoca un naufragio en el que el capitán y la tripulación son obligados a remar encadenados durante años, mientras el propietario de la embarcación accede a un lugar privilegiado en el bote de rescate por haber indicado posteriormente el origen de la avería.
Naturalmente, el Tribunal considera que la colaboración de Aldama ha sido decisiva para el descubrimiento de los delitos y para la obtención de pruebas relevantes. Ese es el fundamento jurídico de la atenuación. Pero la cuestión que inevitablemente surge no es jurídica, sino institucional: ¿hasta qué punto puede rebajarse la respuesta penal sin erosionar la percepción de justicia material? El Derecho no vive únicamente de artículos y códigos. También se alimenta de legitimidad social. Y esa legitimidad se resiente cuando el ciudadano percibe que la balanza pesa con intensidad sobre una mano mientras parece volverse ligera con la otra. Y no menos relevante es la reflexión acerca de la imagen de imparcialidad que deben proyectar los tribunales en los asuntos de máxima trascendencia política. La Justicia no solo debe ser independiente; debe parecerlo. En una sociedad polarizada, cada sentencia que afecta a figuras públicas es examinada con una lupa ideológica que busca confirmar prejuicios previos. De ahí que unos vean en este fallo la prueba de que el Estado de Derecho funciona, mientras otros encontrarán argumentos para sostener que existe un rigor especialmente intenso cuando los acusados pertenecen a determinadas esferas políticas.
Quizá por ello el verdadero problema de esta sentencia no resida tanto en sus fundamentos técnicos como en la narrativa que inevitablemente genera. El mensaje que muchos ciudadanos extraerán de ella es sencillo: el corruptor que motivó la corrupción habla, obtiene indulgencia y, además, no ha de reembolsar los 3,7 millones de euros que se embolsó con las mascarillas, mientras que los corruptos que callan reciben todo el peso de la ley.
La corrupción no es una obra de teatro con héroes y villanos perfectamente diferenciados. Es una danza oscura en la que todos los participantes conocen la música que están bailando. Cuando el telón cae, la justicia debe distinguir responsabilidades, pero también evitar que la escena final deje la impresión de que quien repartía las monedas sale del escenario con menos cicatrices que quienes las recogían. Porque el Derecho puede permitirse muchas cosas, pero no debería permitirse parecer injusto. Y hay ocasiones en que la apariencia, aunque no invalide jurídicamente una sentencia, termina convirtiéndose en la parte más duradera de su legado.
Seguramente, la sentencia es impecable desde el punto de vista jurídico, no lo dudo, y la ley puede explicar la diferencia de trato; pero lo que resulta mucho más difícil es convencer a la sociedad de que esa diferencia satisface plenamente la idea intuitiva de justicia. Y cuando la distancia entre legalidad y percepción se agranda, las sentencias corren el riesgo de ganar en técnica lo que pierden en autoridad moral. Ya nos lo advirtió Cicerón hace más de dos mil años al afirmar; “summum ius, summa iniuria”; esto es, que la aplicación más rigurosa y extrema del Derecho puede desembocar, paradójicamente, en la más profunda sensación de injusticia. No porque la ley haya sido vulnerada, sino porque su resultado termina alejándose de aquello que los ciudadanos esperan de ella.
Gracias por el artículo, Juan Antonio, que como siempre resulta pedagógico y esclarecedor.
ResponderEliminarOpino como tú que hay un problema enorme en la lectura del mensaje, en la percepción de la ciudadanía, y suscribo la frase sobre el Derecho: "esa legitimidad se resiente cuando el ciudadano percibe que la balanza pesa con intensidad sobre una mano mientras parece volverse ligera con la otra".
Un abrazo,
Miguel Ángel Cerviño
Buenaaassss tío, un artículo con algo de ironía nunca está de más, lo que es lamentable, es lo de la justicia en este país…. que no se sancione al inductor a la corrupción.
ResponderEliminarComo decimos aquí en mi tierra es de locos¡¡¡¡¡¡¡¡…… yo no entiendo nada y a los jueces con esta manía persecutoria a la izquierda tampoco …En fin es lo que quieren pues me va a encantar ver al frente del gobierno que viene con el PP y VOX al mando…
Nacho Valero
Muy bueno. Estoy totalmente de acuerdo contigo. Lo de los jueces de este país, no tiene nombre.
ResponderEliminarAntonio Puig
Superacertado. En ideas y en expresión. Con muy buenas imágenes.
ResponderEliminarSolo faltaría añadir el permanente comportamiento antisánchez de Aldama, en numerosas manifestaciones y en el propio juicio.
Gracias, Juan Antonio.
Pepe Pascual
Totalmente de acuerdo. Esta mañana he leído este comentario de Jordi Basté, que va en la misma linea. Y creo que unos cuantos nos hemos quedado estupefactos con la sentencia.
ResponderEliminarMagda Sellarés
Es tan indignante el método aplicado en esta sentencia, que quien tendría que dimitir en pleno, serían todos los que apoyan a "el que pueda hacer que haga"; que ya sabemos que son los que están limpios de toda culpa. Qué vergüenza la actitud de esta gente en el Congreso...
ResponderEliminarTodo esto, no quiere decir que el partido socialista no tenga que ponerse las pilas y si ha de hacer limpieza, que la haga y ya.
El Supremo, también tendría que ser cambiado ya.
El Ábalos, que haga autocrítica antes de hablar.
Gracias J.A.
Un abrazo.
Magda Díez
Excelente reflexión. Has sabido distinguir con claridad entre la legalidad de una sentencia y la percepción de justicia que genera. Muchas veces olvidamos que los tribunales también deben preservar la confianza de los ciudadanos. Un artículo brillante.
ResponderEliminarManuel Ortega
Me ha gustado especialmente la metáfora de la tijera y la del naufragio. Explican de forma muy gráfica una cuestión jurídica compleja. Aunque comprendo los argumentos legales de la sentencia, comparto que deja un cierto sabor de desequilibrio.
ResponderEliminarCarmen Llorens
He leído el artículo dos veces porque invita a pensar. No cae en el insulto fácil ni en el partidismo. Se limita a plantear una duda que seguramente muchos españoles nos hacemos al conocer el contenido de la sentencia.
ResponderEliminarPilar Sánchez
Como abogado, creo que la colaboración con la Justicia debe premiarse, pues de otro modo muchas organizaciones criminales serían imposibles de desmantelar. Dicho esto, el artículo plantea una cuestión incómoda pero necesaria: ¿hasta dónde puede llegar ese premio sin que el ciudadano perciba una injusticia?. Enhorabuena, por hacernos pensar.
ResponderEliminarSaludos
Javier Muñoz
No comparto del todo la conclusión. Si la ley prevé atenuantes por colaboración, el Tribunal Supremo está obligado a aplicarlas. Otra cosa es que la ley pueda reformarse. En cualquier caso, agradezco un análisis sereno y bien argumentado.
ResponderEliminarRicardo Benavente
Vivimos tiempos en los que todo se interpreta en clave política. Precisamente por eso artículos como este ayudan a centrar el debate en el Derecho y no en las siglas. Enhorabuena por la elegancia con la que expones tus argumentos.
ResponderEliminarAntonio Gallego
La cita final de Cicerón resume perfectamente el fondo del artículo. El Derecho puede ser impecable desde el punto de vista técnico y, sin embargo, dejar una profunda sensación de injusticia. Esa diferencia entre legalidad y legitimidad merece una reflexión mucho más amplia.
ResponderEliminarElena Ferrer
No soy jurista, pero como ciudadana me cuesta entender que quien inicia un mecanismo de corrupción pueda terminar siendo el más beneficiado por la sentencia. Gracias por explicar con un lenguaje accesible una cuestión tan compleja.
ResponderEliminarIsabel Montero
La lectura deja una pregunta inquietante: si el corruptor sabe que colaborando puede obtener un beneficio tan importante, ¿no corre el sistema el riesgo de transmitir un mensaje equivocado? Un artículo muy oportuno y muy bien escrito.
ResponderEliminarFernando Roca
Más allá del caso concreto, me quedo con una idea: la Justicia no solo tiene que ser justa, también debe inspirar confianza. Cuando esa confianza se resquebraja, el problema trasciende a los propios condenados. Un texto profundo y muy recomendable.
ResponderEliminarLaura Paredes
He encontrado en este artículo algo que escasea hoy: una crítica razonada. No pretende desacreditar al Tribunal Supremo, sino abrir un debate sobre las consecuencias que determinadas decisiones judiciales tienen en la confianza de los ciudadanos. Muy interesante.
ResponderEliminarMiguel Ángel Prieto
Es un placer leer un texto jurídico escrito con tanta calidad literaria. Las imágenes del incendio y del escenario final ayudan a comprender una realidad que, de otro modo, resultaría demasiado técnica. Enhorabuena por el equilibrio del artículo.
ResponderEliminarSaludos cordiales
Rosa María Cifuentes
Quizá el problema no sea la sentencia, sino la legislación que permite diferencias tan acusadas entre unos condenados y otros. En cualquier caso, el artículo pone el dedo en la llaga: cuando el ciudadano no entiende una resolución judicial, algo falla en la comunicación de la Justicia.
ResponderEliminarCarlos Esteban
La frase "el Derecho puede permitirse muchas cosas, pero no debería permitirse parecer injusto" me parece una de las mejores conclusiones que he leído sobre este asunto. Resume con precisión la diferencia entre aplicar la ley y convencer a la sociedad de que esa aplicación ha sido verdaderamente justa.
ResponderEliminarJosé Ignacio Ferrer
Comparta o no todas sus conclusiones, este artículo obliga a reflexionar. Echo de menos análisis como este, alejados del ruido político y centrados en los principios que deberían inspirar el Estado de Derecho. Muy bueno.
ResponderEliminarBeatriz Moreno.
Tienes la gran virtud escribiendo de que cuando te dedicas a explicar un determinado acontecimiento lo haces tan bien que el que lo lee queda perfectamente informado. Te felicito
ResponderEliminarLa sala segunda del Tribunal Supremo es un tribunal de ferias y exposiciones, fue el que derogó por su cuenta la Ley de Amnistía, una norma aprobada por el Congreso. De un plumazo se cargó la soberanía parlamentaria. Muy buen artículo.
Ramón Morell
Buenos días Juan Antonio, hace un tiempo me remitiste el presente artículo en referencia a la sentencia emitida en el juicio a Abalos, Koldo y Aldama y la diferente vara de sancionar las responsabilidades probadas. Soy lego en el sistema procesal y jurídico, pero percibo también que la justicia permite múltiples interpretaciones, ya que no es una ciencia empírica, y depende de la capacidad probatoria y la habilidad de los togados al elaborar un guion de los hechos, bajo los que el Tribunal valora y emite sentencia, todo este proceso por garantista que sea, esta sometido al cuerpo legal vigente, pero es indudable que como cualquier acto humano existe un poso de subjetividad, máxime cuando en un caso de significativa connotación política como este, permite impregnar ideológicamente unos argumentos jurídicamente bien fundamentados
ResponderEliminarSin duda la ejemplaridad del servidor público tiene que ser impecable, y no pueden admitirse veleidades en su conducta, pero cabría suponer que esta norma universal también debería sancionar a quien manipula y utiliza con fines de lucro personal comprando ilícitamente su servicio. Por lo que el delito del corruptor inductor, tendría que considerarse en su gravedad, con la salvedad de los posibles atenuantes no puedan alterar en modo sustantivo su responsabilidad.
Y cuando esto no se produce como es el caso, socialmente se tiene la percepción de que la Justicia no actúa con equidad e imparcialidad y permite interpretaciones muy diversas que minan la confianza hacia el Sistema Legal, porque se observa una dicotomía entre Justicia y Derecho, cuando deberían ser cuestiones convergentes. Supongo todo ello generado por la lentitud en encontrar respuestas jurídicas de acuerdo con la evolución de las casuísticas sociales que van surgiendo constantemente y ante la dificultad de elaborar leyes sin resquicios legales, muchas veces por la inacción o el bloqueo premeditado por motivaciones ideológicas en el juego de equilibrios entre las fuerzas políticas que deberían promocionarlas y aprobarlas.
Gracias como siempre por inducir a una nueva reflexión sobre la realidad cotidiana.
Un cordial saludo
Jordi Testar
¡Se me había pasado el artículo!
ResponderEliminarA mí me pasa lo que a ti. También me quedé sorprendido con lo de Aldama. Ni lo entendí ni ahora lo entiendo. Me parecen acertadas tus consideraciones.
Un abrazo.
Jaime Martínez