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sábado, 6 de junio de 2026

La sombra del árbol más alto

 

La política española se parece a veces a esos viejos bosques donde todos creen conocer el origen de cada sombra y, sin embargo, nadie ha visto jamás el instante exacto en que una rama comenzó a proyectarla. Cada cierto tiempo surge un escándalo que sacude la conversación pública. Entonces los ciudadanos levantan la vista y señalan el árbol más alto. Es humano. Y es que, cuando una tormenta arranca tejados, nadie se fija en los arbustos; todas las miradas buscan la copa que domina el horizonte. Así ocurrió con el rey Juan Carlos I. Durante años, al aflorar informaciones sobre su patrimonio o su vida privada, millones de españoles nos preguntamos cómo era posible que familiares, colaboradores, empresarios, políticos y periodistas no supieran nada. La duda parecía razonable. A ojos de la opinión pública, resultaba difícil imaginar que un círculo tan próximo permaneciera ajeno a aquello que, con el paso del tiempo, terminaría ocupando portadas y telediarios.

 

Algo parecido sucedió con los llamados papeles de Bárcenas. Una parte importante de la sociedad llegó a la conclusión de que determinadas explicaciones resultaban poco convincentes. ¿Era creíble que dirigentes de primer nivel desconocieran ciertos hechos? ¿Era plausible que se ignorase quién era M. Rajoy o que los recuerdos se evaporasen precisamente en los asuntos más comprometidos? Aquellas preguntas siguen formando parte del imaginario colectivo. Y otro tanto ocurrió con la Operación Kitchen. Durante años, ciudadanos de todas las sensibilidades políticas se formularon la misma cuestión: ¿cómo pudo desarrollarse una trama de semejante dimensión sin que los máximos responsables estuvieran informados? La sospecha era poderosa porque apelaba al sentido común. Sin embargo, los indicios y conjeturas no son una prueba. Los tribunales trabajan con evidencias; la opinión pública, con probabilidades. He aquí el corazón del problema.

 

La Mañana

La democracia moderna descansa sobre una tensión permanente entre lo que parece evidente y lo que puede demostrarse. Los ciudadanos contemplamos el paisaje desde la cima de la montaña; el juez lo examina grano a grano, como quien analiza cada piedra del camino. Ambos observan la misma realidad, pero utilizan instrumentos distintos. Esa diferencia resulta especialmente relevante en los momentos de máxima polarización. El magistrado José Antonio Martín Pallín ha advertido en numerosas ocasiones sobre los riesgos de sustituir las pruebas por las convicciones y de convertir la sospecha en sentencia anticipada. Del mismo modo, Baltasar Garzón, en su reciente reflexión La democracia amenazada, nos advierte sobre las peligros y desafíos que acechan a las democracias contemporáneas, insiste en la necesidad de preservar las garantías jurídicas incluso cuando la presión mediática o política empuja hacia conclusiones aparentemente obvias. Porque el Estado de Derecho fue concebido precisamente para protegernos de nuestras certezas más apresuradas. Y es aquí donde la actualidad de estos días vuelve a plantear un viejo dilema. Si durante años se ha sostenido que no era posible atribuir automáticamente a un jefe del Estado el conocimiento de todas las actuaciones de su entorno; si se ha defendido que no podía presumirse que un presidente del Gobierno conociera necesariamente todo cuanto ocurría en su partido; si se ha argumentado que la proximidad política no constituye por sí sola una prueba jurídica, entonces el mismo principio debe aplicarse a cualquier otro dirigente, con independencia de las simpatías o antipatías que despierte. Las reglas del juego democrático no pueden cambiar según el color del acusado.

 

Quizá resulte verosímil pensar que un líder sabe más de lo que admite. Quizá también resulte plausible lo contrario. Pero entre ambas posibilidades existe una frontera que ninguna democracia puede permitirse borrar: la que separa la conjetura de la prueba. La historia está llena de palacios donde los reyes ignoraban intrigas gestadas en habitaciones contiguas. Está atestada de presidentes sorprendidos por actuaciones de ministros de confianza. Está repleta de empresarios que descubrieron demasiado tarde lo que ocurría en despachos situados a pocos metros del suyo. Y hasta en el entorno familiar, es abundante que esposas o maridos sean ignorantes de las infidelidades del otro cónyuge. Porque la proximidad física o política no garantiza el conocimiento. A veces lo favorece; nunca lo demuestra. Por eso conviene desconfiar de las conclusiones automáticas. Sin embargo, en estos últimos tiempos, la política contemporánea se ha acostumbrado a juzgar antes de investigar y a condenar antes de escuchar. Pero la democracia no se fortalece cuando se sustituye la evidencia por la intuición. Se fortalece cuando exige para todos la misma vara de medir.

 

Y es que, al final, el árbol más alto seguirá atrayendo todas las miradas. Es inevitable. Lo importante es recordar que una sombra, por extensa que sea, nunca constituye por sí sola una prueba de quién encendió la luz ni de quién apagó la lámpara.

 

 

 

 

25 comentarios:

  1. Como de costumbre, genial. Me ha gustado mucho. ¡Enhorabuena!

    Antonio Puig

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  2. Muy bien.
    Sólo falta nombrar a Sánchez como árbol más alto sobre el que recaen todas las miradas, acusatorias.

    Un abrazo,
    Pepe Pascual

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  3. Tienes toda la razón. Es una lástima que la gente no vea más que lo que quiere oír.

    Besos
    Mª Jesús González

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  4. Cuánta razón Juan Antonio !
    Malos tiempos !
    Enhorabuena por tu formidable artículo y Buenas noches !

    Un abrazo
    Pili Obre

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  5. Muy bien, me ha parecido un artículo muy objetivo y de poca o nula opinión. Lo describes muy bien, una cosa es la intuición, lo que parece evidente y otra la demostración. Pero ya sabes la ideología de aquellos que en España tienen que demostrar, así nos va. Felicidades

    Un abrazo
    Ramón Morell

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  6. Me ha encantado la metáfora del bosque. Resume perfectamente cómo funciona la opinión pública: vemos sombras y creemos conocer su origen, aunque no tengamos pruebas. Un artículo necesario en tiempos de juicios rápidos.

    Juan Pérez

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  7. Qué importante lo que señalas sobre la diferencia entre sospecha y evidencia. A veces olvidamos que la democracia se sostiene precisamente en esa distancia. Gracias por recordarlo con tanta claridad.

    Saludos
    María Soler

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  8. Me ha encantado la metáfora del árbol más alto. Resume perfectamente cómo funciona la opinión pública: miramos siempre hacia arriba, aunque las raíces del problema estén en otra parte. Un artículo muy necesario en estos tiempos de ruido.

    Javier Montes

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  9. Lo que planteas sobre la diferencia entre sospecha y prueba debería enseñarse en los colegios. Hemos normalizado juzgar antes de entender, y eso es peligrosísimo para cualquier democracia.

    Saludos cordiales
    Álvaro Sanz

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  10. Interesante reflexión. Me gusta cómo recuerdas que la cercanía no implica conocimiento. A veces damos por hecho que todo el mundo sabe todo, y la realidad es mucho más compleja.

    Abrazos
    Ricardo Beltrán

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  11. Tu artículo me ha hecho pensar en cuántas veces hemos condenado a alguien solo por intuición colectiva. La política española vive demasiado de eso, y lo pagamos todos.

    Saludos
    María Lafuente

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  12. Muy acertado lo de que “la sombra no demuestra quién encendió la luz”. Qué gran frase. Y qué bien define la tendencia actual a buscar culpables antes que hechos.

    Ernesto Vidal

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  13. Me gusta que no caiga en el partidismo fácil. Recordar que las reglas deben ser iguales para todos, gobierne quien gobierne, es algo que muchos olvidan cuando les conviene.

    Tomás Requena

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  14. La comparación entre la mirada del ciudadano y la del juez es brillante. Dos perspectivas sobre la misma realidad, pero con herramientas completamente distintas. Eso explica muchas frustraciones colectivas.

    Lucía Palomar

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  15. Creo que su texto pone el dedo en la llaga: confundimos verosimilitud con certeza. Y en política, esa confusión se convierte en arma arrojadiza demasiado rápido.

    Ignacio Ferrer

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  16. Gracias por traer a colación a Martín Pallín y a Garzón; soy del gremio. Sus advertencias sobre el deterioro de las garantías jurídicas deberían escucharse más, especialmente ahora.

    Mª Eugenia Castaño

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  17. Magnífico cierre. La sombra del árbol más alto siempre será tentadora, pero no por eso debemos dejar de exigir pruebas. Ojalá más voces recordaran esta obviedad tan olvidada.

    Héctor Lozano

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  18. Tu reflexión sobre la diferencia entre sospecha y prueba me parece fundamental. Mucha gente confunde ambas cosas, sobre todo en redes sociales. Me gustaría que más lectores profundizaran en esa idea de garantías democráticas porque es clave para entender lo que planteas.

    Saludos
    Daniel Corral

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  19. Lo que dice sobre cómo la política actual juzga antes de investigar es tristemente cierto. Hemos convertido la intuición colectiva en un veredicto automático. Ojalá hubiera más voces que defendieran la presunción de inocencia con la claridad con la que usted lo hace.

    Mª Luisa Herrera

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  20. Me ha gustado especialmente la comparación entre el ciudadano que mira desde la cima y el juez que examina piedra a piedra. Resume muy bien la distancia entre percepción y realidad. Creo que este artículo invita a pensar en la responsabilidad mediática que a veces olvidamos.

    Adriana Mínguez

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  21. Su texto me recuerda que, en política, lo verosímil no siempre es lo verdadero. Y que la cercanía no implica conocimiento. Es un mensaje que deberíamos repetir más, sobre todo cuando se habla de corrupción política sin matices ni contexto.

    Óscar Llamas

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  22. Magnífico artículo. Me quedo con la idea de que las reglas del juego democrático no pueden cambiar según quién esté en el punto de mira. Esa coherencia es la que más falta nos hace. Sería interesante debatir más sobre doble rasero político porque está muy presente en la conversación pública.

    Mateo Ríos

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  23. Buenos días tío …como siempre un gran y reflexivo artículo.

    Besos
    Nacho Valero

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  24. Hola, Juan Antonio,
    Defiendo la misma tesis que tú en el artículo. Gracias.
    Es ardua tarea estar obligado a defender aquello que es obvio en cuanto a la administración de justicia y en lo referente a las varas de medir, pero también es una pedagogía necesaria.
    Pedagogía necesaria para no caer ante la barahúnda y la tramoya que las instancias de poder manejan cada día.
    Un abrazo,
    Miguel Ángel Cerviño

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  25. El artículo es pura filosofía política. Está muy bien y muy puesto en razón.
    Un abrazo.
    Jaime Martínez

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