Subtítulo: El silencio donde nacen las preguntas
Después de haber escrito los tres artículos anteriores, he llegado al final de estas páginas con una certeza inesperada. No he comprendido la eternidad. Pero he comprendido algo esencial sobre nosotros. Al comenzar este trabajo creía que intentaba escribir acerca del tiempo. Más tarde pensé que escribía sobre la muerte. Después descubrí que el verdadero protagonista era el asombro. Ahora sé que me equivocaba: he estado escribiendo sobre la condición humana. Porque la eternidad existiría aunque nosotros nunca hubiéramos nacido. La muerte seguiría cumpliendo su silencioso oficio. Las galaxias continuarían alejándose unas de otras. Las estrellas seguirían encendiéndose y apagándose en la inmensa oscuridad del cosmos. Todo permanecería igual. Excepto una cosa: nadie formularía la pregunta sobre la eternidad. Y fue entonces cuando comprendí que esa diferencia, aparentemente insignificante, era quizá la más extraordinaria de todas.
Siempre hemos imaginado la inteligencia como un instrumento para dominar el mundo. Hemos medido su éxito por las ciudades que levantamos, las enfermedades que vencimos, las máquinas que construimos o los planetas que algún día podremos visitar. Tal vez nos equivocamos. Quizá la inteligencia no sea la culminación del universo, sino la confesión de su propia humildad. Porque sólo quien sabe que ignora necesita preguntar. Las estrellas no preguntan. Las montañas no preguntan. Los océanos no preguntan. Nosotros sí. Y acaso sea precisamente esa fragilidad la que nos convierte en algo irrepetible. De hecho, cuanto más envejezco, menos me interesan las respuestas absolutas. He conocido demasiadas personas convencidas de poseer la verdad, y nunca me parecieron sabias. La sabiduría no consiste en eliminar el misterio, sino en aprender a convivir con él. Hay preguntas que no fueron hechas para ser respondidas; creo que fueron hechas para impedir que nuestra inteligencia se adormeciera. Quizá por eso la eternidad no deja de alejarnos de cualquier conclusión definitiva. Cada vez que creemos haber llegado a su orilla, descubrimos otra más lejana, como aquel horizonte casi infinito que, siendo joven, contemplé en el Sáhara. Nunca podremos alcanzarlo. Pero gracias a él sabemos hacia dónde caminar.
He releído muchas veces la pregunta de Leibniz: “¿Por qué existe algo en lugar de nada?”. Es una pregunta tan inmensa que casi humilla al pensamiento. Sin embargo, hoy me atrevería a añadir otra: si alguna vez existiera una respuesta definitiva, ¿seguiríamos siendo humanos? Sospecho que no. Porque nuestra especie no se define por las respuestas que posee, sino por las preguntas que se niega a abandonar. Y entonces comprendí algo que me reconcilió con mi propia ignorancia. Quizá la eternidad nunca fue un tiempo infinito. Quizá nunca fue un lugar. Quizá ni siquiera sea una realidad que aguarde al final de la muerte. Tal vez la eternidad sea ese silencio inmenso donde las preguntas permanecen vivas mucho después de que quienes las formularon hayan desaparecido. Sócrates murió. Murió Platón. Murieron Séneca, San Agustín, Dante, Cervantes, Pascal, Kant, Einstein y Borges. Sus voces se apagaron. Sus preguntas no. Continúan respirando y, mientras alguien vuelva a pronunciarlas, habrá algo de ellos que seguirá derrotando al tiempo. Tal vez ha sido al formularme esa pregunta anterior —¿seguiríamos siendo humanos?— cuando entendí que quizá nosotros también aspiramos a eso sin confesarlo. No a vivir para siempre, sino a dejar una pregunta que sobreviva a nuestra ausencia. Porque toda respuesta concluye donde termina una explicación. Una gran pregunta, en cambio, comienza una conversación que puede durar siglos. Tal vez ésa sea la forma más humilde de inmortalidad a la que un ser humano puede aspirar.
He llegado al punto final de este ensayo, si es que puede llamarse así al conjunto de los tres artículos anteriores. Si a través de ellos he conseguido que un solo lector levante alguna noche la vista hacia las estrellas y permanezca unos segundos más de lo habitual en silencio, entonces habrán cumplido su misión. En este sentido, podría también cerrarlo con una conclusión. Pero traicionaría cuanto he escrito. Prefiero terminar con la misma incertidumbre con la que el primer ser humano levantó la vista hacia el cielo en una noche remota. Porque sospecho que, desde entonces, nada esencial ha cambiado. Seguimos habitando un pequeño planeta perdido en un rincón cualquiera del universo. Continuamos sin saber qué había antes del principio. Desconocemos qué habrá después del final. Seguimos llamando eternidad a nuestra ignorancia más luminosa. Y quizá eso baste. Porque puede que el mayor privilegio que el universo haya concedido a nuestra especie no sea el de existir, ni siquiera el de pensar, sino el de poder detenerse un instante, mirar al infinito y preguntarle por qué existe y quién es. Y quizá —ésta es la intuición con la que deseo despedirme— el día en que desaparezca el último ser capaz de formular esa pregunta, no será el hombre quien habrá muerto definitivamente. Será el universo quien, por primera vez desde el origen del tiempo, volverá a quedarse completamente solo.
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