Hay una pregunta que me persigue desde hace años y cuya sencillez resulta casi insultante. Si no hubiera existido jamás ningún ser consciente... ¿Habría existido el tiempo? La física responderá, con razón, que sí. Las galaxias seguirían alejándose unas de otras. Las estrellas nacerían y morirían. Los átomos continuarían organizándose según las leyes de la naturaleza. Todo sucedería exactamente igual. Pero yo no me refiero a ese tiempo. Me refiero al tiempo vivido. Al tiempo recordado. Al tiempo que sabe que está pasando. Porque existe una diferencia inmensa entre que algo ocurra... y que alguien sea consciente de que está ocurriendo.
Durante casi trece mil ochocientos millones de años el universo fue un inmenso escenario sin espectadores. La materia obedecía dócilmente las leyes de la física. Las galaxias giraban con una elegancia indiferente. La gravedad construía mundos mientras la luz atravesaba el vacío sin encontrar unos ojos capaces de admirarla. Todo existía. Pero nadie lo sabía. Y entonces ocurrió algo extraordinario. En un rincón insignificante de una galaxia corriente, sobre un planeta absolutamente vulgar, la materia comenzó lentamente a hacerse preguntas. Primero fue la vida. Después apareció la inteligencia. Mucho más tarde surgió algo infinitamente más raro. La conciencia. Y con ella nació un acontecimiento cuya importancia quizá todavía no hemos comprendido. Por primera vez, el universo dejó de ser únicamente existencia para convertirse también en experiencia. Por primera vez alguien pudo contemplar una estrella sabiendo que era una estrella. Por primera vez alguien lloró la muerte de otro. Por primera vez alguien sintió nostalgia del ayer y esperanza del mañana. Y por primera vez...el tiempo tuvo memoria.
Hay una tendencia muy humana a creer que somos el centro de todo. La ciencia nos ha ido recordando, una y otra vez, que no lo somos. Ni ocupamos el centro del universo, ni pertenecemos a una especie privilegiada, ni habitamos un planeta excepcional. Somos extraordinariamente pequeños, casi insignificantes. Pero quizá confundimos tamaño con importancia. Una partitura de Mozart pesa apenas unos gramos. La fórmula de la relatividad cabe en una hoja de papel. El ADN de un ser humano puede guardarse en un volumen diminuto. Y es que lo verdaderamente importante rara vez necesita ocupar mucho espacio. ¿Por qué habría de ser diferente la conciencia?
A veces imagino el universo como una inmensa biblioteca escrita durante miles de millones de años en un idioma que nadie podía leer. Hasta que aparecimos nosotros. No porque fuéramos los autores del libro. Sino porque fuimos sus primeros lectores. Y entonces comprendí algo que me estremeció Tal vez llevamos siglos haciéndonos la pregunta equivocada. Nos preguntamos si estamos solos en el universo. Quizá la cuestión verdaderamente importante sea otra. ¿Está el universo solo sin una inteligencia que pueda comprenderlo? No afirmo que la conciencia otorgue sentido al cosmos. Sería de una gran arrogancia por mi parte. Lo que sospecho es algo mucho más humilde. Quizá la conciencia no cambie el universo. Pero cambia radicalmente la existencia del universo para sí mismo. Porque una montaña no sabe que es hermosa. Una galaxia ignora su propia magnificencia. Un agujero negro desconoce que desafía nuestra imaginación. La belleza necesita una mirada. El misterio necesita una inteligencia. Y el tiempo...quizá necesitó una memoria.
Por eso, todo ello me lleva a pensar que la inteligencia no fue un accidente improbable de la evolución. Fue una posibilidad inscrita en ella desde el principio. No para dominar la naturaleza. No para conquistar el universo. Ni siquiera para sobrevivir. Sino para que, después de miles de millones de años de silencio cósmico, pudiera formularse por fin la pregunta que llevaba esperando desde el origen de todas las cosas. ¿Quién soy? Quizá ésa sea la pregunta que el universo llevaba trece mil ochocientos millones de años intentando pronunciar. Y nosotros... nosotros sólo hemos puesto la voz. Pero aquí aparece una paradoja todavía más inquietante. Si el universo tuvo un comienzo, todo parece indicar que también tendrá un final. Las estrellas agotarán su combustible. Las galaxias se apagarán. La materia se transformará. Hasta el propio tiempo podría dejar de existir si el espacio desapareciera con él. Entonces... ¿qué quedará? Ésa es la frontera donde la ciencia baja la voz. Y donde la filosofía vuelve a empezar. Porque si el universo muere... ¿muere también la eternidad? ¿O será precisamente entonces cuando descubramos que la eternidad nunca perteneció al universo, sino a esa realidad más profunda de la que el universo nació como nace una ola del mar? No lo sé. Y quizá ahí resida la mayor lección de todas.
La inteligencia nos ha permitido descubrir cómo nacen las estrellas, medir la edad del cosmos y escuchar el eco remoto del Big Bang. Pero cuanto más se ensancha el círculo de nuestro conocimiento, más se aleja el horizonte del misterio. Tal vez ése sea el destino de la condición humana. No conquistar definitivamente la verdad. Sino caminar hacia ella sabiendo que siempre permanecerá un paso más allá. Y, sin embargo, nunca me había parecido tan hermoso ignorar una respuesta. Porque empiezo a sospechar que el mayor milagro del universo no fue el nacimiento de la materia. Ni siquiera el nacimiento de la vida. El verdadero milagro ocurrió el día en que una pequeña criatura levantó la vista hacia las estrellas y comprendió que también ella estaba hecha de la misma materia que intentaba comprender. Aquel día, quizá por primera vez desde el origen de los tiempos, el universo dejó de contemplar únicamente su inmensidad. Y comenzó a contemplar su misterio.
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