Hay escenas que permanecen para siempre en mi memoria. No porque me deslumbren por sus efectos, sino porque encierran una verdad que trasciende el tiempo. Una de ellas pertenece a Un yanqui en la corte del rey Arturo, la célebre novela de Mark Twain llevada al cine en inolvidables adaptaciones. La trama es sencilla. Un hombre, acusado de brujo, espera ser conducido a la hoguera. Todo parece perdido. Frente a él se alzan un rey, una corte y un pueblo convencidos de que la ignorancia es una forma de justicia. Entonces, el condenado levanta la mirada hacia el cielo y sonríe. No espera un milagro; espera un eclipse. Conoce el lenguaje silencioso de los astros y sabe que, en unos instantes, la Luna ocultará al Sol. Aprovecha aquel conocimiento para proclamar que hará desaparecer el astro rey si no le devuelven la libertad. Cuando la luz comienza a extinguirse y la sombra invade la tierra, el temor se apodera de todos. Creen asistir a un prodigio y el rey ordena desatar al prisionero. No fue la magia quien lo salvó. Fue el conocimiento.
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| La Mañana 4.08.2026 |
Dentro de unos días, el 12 de agosto, en Cataluña tendremos el privilegio de contemplar un eclipse total de Sol. El mismo fenómeno que durante milenios sembró el pánico entre reyes, sacerdotes y pueblos enteros será recibido ahora con telescopios, cámaras fotográficas, gafas de protección y una expectación compartida, casi festiva. El cielo ofrecerá el mismo espectáculo; lo que ha cambiado es la mirada del ser humano. Y es que hubo un tiempo en que un eclipse era el anuncio de todas las desgracias imaginables. Cuando la claridad del mediodía comenzaba a apagarse, muchos creían que los dioses manifestaban su ira, que el fin del mundo había iniciado su marcha o que un monstruo invisible devoraba lentamente al Sol. Bastaban unos minutos de oscuridad para que el miedo se extendiera con la velocidad de una sombra sobre las conciencias.
Hoy sucede justamente lo contrario. Sabemos con años de antelación el día, la hora, el minuto e incluso el segundo en que comenzará el eclipse. Conocemos el camino exacto que recorrerá la sombra de la Luna sobre la Tierra. Podemos predecir su duración con una precisión casi absoluta. Donde antes había superstición, hoy hay ciencia. Donde antes se alzaban plegarias desesperadas, ahora se levantan miradas llenas de admiración. Y, sin embargo, el misterio permanece intacto. Porque hay instantes en los que el universo parece querer recordarnos que seguimos siendo pequeños habitantes de un diminuto planeta suspendido en la inmensidad. Durante unos minutos, el día se transforma en crepúsculo; el aire adquiere una quietud inesperada; las aves interrumpen su vuelo y hasta el viento parece caminar de puntillas para no romper el hechizo. Es como si el cielo cerrara lentamente uno de sus párpados para invitarnos a contemplar, con humildad, la inmensa belleza de aquello que jamás podremos dominar. Quizá por eso espero este eclipse con una emoción difícil de describir. Mis ojos han visto amaneceres en Larache, Marruecos, cuando el Sol nacía sobre el Atlántico africano convirtiendo el mar en una inmensa lámina de cobre líquido. Han contemplado la luz vertical de Bata, en Guinea Ecuatorial, donde el día parecía caer a plomo sobre la tierra bajo la intensidad del sol tropical. Y también guardan la memoria de los atardeceres infinitos de Villa Cisneros, en el entonces Sahara Español, donde el desierto confundía el horizonte con un océano de arena dorada. Han conocido igualmente la serenidad de los largos días del verano canadiense y la luz casi interminable de Grímsey, la pequeña isla islandesa situada ya dentro del Círculo Polar Ártico, donde el Sol se demoraba en el cielo como si se resistiera a despedirse del mundo. He conocido cielos distintos, horizontes lejanos y luces diversas en África, Europa y América; pero siempre era el mismo Sol quien acompañaba silenciosamente cada etapa de mi vida, como un viejo amigo cuya fidelidad nunca reclama reconocimiento. Tal vez por eso, cuando dentro de unos días la Luna lo oculte durante apenas unos minutos, no sentiré que el Sol desaparece. Sentiré que el tiempo hace una pausa. Que el universo escribe una breve coma en el interminable relato de la creación para recordarnos que incluso aquello que creemos eterno conoce el instante efímero de la penumbra.
Existe una hermosa ironía en todo ello. Aquel mecánico e inventor práctico, llamado Hank Morgan, imaginado por Mark Twain salvó la vida porque comprendía el movimiento de los astros. Hoy, millones de personas acudirán a contemplar ese mismo fenómeno precisamente porque también lo comprenden. La ciencia que un día fue confundida con hechicería es la misma que ahora nos permite emocionarnos sin miedo ante uno de los espectáculos más sobrecogedores de la naturaleza. Y ahí reside, quizá, una de las mayores conquistas de la humanidad. No en haber conquistado el cielo, sino en haber aprendido a leerlo. Porque conocer las leyes del universo no disminuye su belleza; la engrandece. Saber por qué ocurre un eclipse no le arrebata ni una sola brizna de poesía, del mismo modo que conocer la partitura jamás ha restado emoción a una sinfonía de Beethoven. Al contrario. Solo quien comprende la armonía puede admirar en toda su profundidad el milagro de la música.
Es por ello que, cuando el próximo 12 de agosto la sombra de la Luna avance silenciosamente sobre nuestra tierra y el día vista, durante unos instantes, los colores del crepúsculo, millones de personas levantarán la cabeza hacia el cielo. Algunos contemplarán un fenómeno astronómico. Otros buscarán la fotografía perfecta. Habrá niños que lo descubrirán con el asombro de quien abre por primera vez un libro maravilloso, y ancianos que recordarán otros cielos contemplados a lo largo de sus vidas. Yo, en cambio, preferiré pensar que estoy asistiendo a un diálogo antiguo entre el Sol y la Luna, una conversación iniciada mucho antes de que existiera el primer ser humano y que continuará cuando nosotros ya seamos apenas un recuerdo perdido en la memoria del tiempo. Porque, en realidad, el eclipse no apaga el Sol. Lo que apaga es nuestra soberbia. Nos recuerda que existen fuerzas infinitamente mayores que nosotros y, al mismo tiempo, nos revela que la inteligencia humana ha sido capaz de comprenderlas sin destruir su misterio. Quizá ese sea el mayor privilegio de nuestra especie: mirar al cielo con la misma emoción que nuestros antepasados, pero sin el peso del miedo; cambiar la superstición por el conocimiento sin renunciar al asombro; descubrir que la ciencia y la poesía no son enemigas, sino dos maneras distintas de pronunciar una misma palabra: admiración. Y cuando la sombra se retire y la luz vuelva a inundar la tierra, el Sol seguirá brillando exactamente igual que lo ha hecho desde el origen de los tiempos y los que habremos cambiado, una vez más, seremos nosotros.

¡Qué fenómeno estás hecho!. me ha encantado.
ResponderEliminarAntonio Puig
Gracias.
ResponderEliminarElena Novo
De superstición a conocimiento,
ResponderEliminarLeer el cielo sin conquistarlo, diálogo. Sol luna, emoción y poesía. Gracia.
Muy bueno.
Pepe Pascual
Excepcionalmente, he leído el artículo nada más llegar a mi correo, los nietos aún siguen en los brazos de Morfeo. Ha sido un placer su lectura y creo que sería conveniente remitirlo al Gobierno para que publique un Real decreto donde se obligue a todos los españoles su lectura obligada y que las casas del pueblo, las universidades, los videoclubs, los clubs ciclistas, las parroquias, en fin, todo aquel que “pueda hacer, que haga”, para que todos esos "pringaos-cuñados" que pululan en nuestra sociedad, comprenderán que la Ciencia mediante la observación, el estudio y el razonamiento podamos comprender el funcionamiento de nuestro planeta y sus alrededores. Esto tiene algo negativo, te has echado encima a todos los negacionistas de este planeta.
ResponderEliminarBuen día.
Santiago Fernádez
¡Fantástico...!
ResponderEliminarAbrazos
Mirta Pristisimone
Gracies per compartir, Juan Antonio. Com sempre, ha estat un plaer llegir l’article i et felicito per descriure magníficament l’eclipsi solar amb aquest estil teu que ajuda al lector a veure els fets des d'una visió àmplia.
ResponderEliminarRealment, serà un privilegi poder admirar aquest fenomen únic de la naturalesa i gaudir de la poesia que faran el sol i la lluna
Ton Solé
Buenos días. Me ha gustado mucho, como siempre, un estupendo artículo.Sí me ha chocado un poco que te refieras únicamente al privilegio de Cataluña de ver el eclipse cuando en otros lugares como Castilla y León, Aragón, Galicia y otros puntos también se va a poder contemplar muy bien.
ResponderEliminarFátima Sánchez-Cantalejo
Hermoso, Soberbio, y entrañable tu artículo titulado.
ResponderEliminarAl calificar de entrañable tú artículo, pienso en el relato del sabio a punto de ser ejecutado y la ciencia le salvó la vida.
La tuya, es envidiable, por la suerte de vivir y conocer cielos distintos, gozar de otros eclipses y fenómenos climáticos en varias partes del mundo en que tus ojos se han recreado.
Sé de tú interés y agrado por todo lo que a constelaciones y astros se refiere, y que sabes un montón de esta ciencia, es por ésto que te agradezco poder leerte con todo mi interés que por otra parte puedes imaginarte que es limitadísimo.
Gracias y ¡Enhorabuena!
Pili Obre
Buenas Tío, este chulo el articulo eres reflexivo hasta con un eclipse ...que lo disfrutes.
ResponderEliminarBesos
Nacho Valero
También muy bueno. Pero hubiera sido mejor si lo hubiese leído algo más separado en el tiempo que el anterior. Pero los dos como las fiestas del domingo: de guardar.
ResponderEliminarun abrazo.
Jaime Martínez
Gran artículo, como siempre.
ResponderEliminarEste verano te has propuesto hacernos reflexionar, si o si.
Gracias.
Un abrazo.
Magda Díez
Hola Juan Antonio, un artículo muy oportuno y de tremenda actualidad, hace ya un tiempo que el eclipse del próximo día 12 nos proporciona múltiples comentarios, conferencias y artículos, pero sin duda con tu estilo literario consigues dar una dimensión lírica a un acontecimiento que forma parte del ciclo astronómico, por el obscurecimiento repentino que percibimos en algún segmento de nuestro planeta al situarse la trayectoria órbital de la Luna, justamente frente a la Tierra en su traslación alrededor Sol. Y dado que muy esporádicamente a lo largo del corto periodo de una vida humana lo podemos percibir, siempre ha suscitado miedo y temor, en tanto no hemos comprendido las leyes que rigen dicho proceso de un modo racional y científico, por lo que tienes razón en que que quizás este conocimiento nos hace estar más expectantes al cercano evento, sin perder por ello ni un ápice de la fascinación que siempre ha suscitado.
ResponderEliminarUn cordial saludo
Jordi Testar
Juan Antonio, tu artículo hace que uno piense un poco en el acontecimiento que el próximo día 12, se va a poder ver en algunas regiones de España, pero seguro que lo podrás ver, en los diversos telediarios de medio mundo, estés donde estés.
ResponderEliminarUn cordial Saludo.
Miguel Soto.
Es un texto muy bien escrito, con un tono elegante y reflexivo. Destaca por enlazar la literatura, la historia, la astronomía y la experiencia vital para transmitir una idea poderosa: el conocimiento no elimina el misterio, sino que nos permite admirarlo con mayor profundidad. El cierre, al afirmar que el eclipse no apaga el Sol sino nuestra soberbia, resume con acierto el mensaje central y deja una reflexión que invita a mirar el cielo con humildad, curiosidad y gratitud.
ResponderEliminarSaludos,
Salvador R. Pané
Salvador-Ramon PANÉ i SOLÉ
Muy bien Juan Antonio, explicas perfectamente lo que supone el conocimiento en general para superar supersticiones, manías y misterios. Te has comprado ya las gafas? Yo si, me falta escoger el sitio, tanto el campo de futbol de els Mangraners como la Seu Vella estarán repletos, iré a la Cerdera o al aeródromo de Alfés. Me da un poco de pereza ir a Almatret donde el eclipse total pasará del minuto contra los 25 segundos de Lleida. Os quedaréis en Cambrils o irás a algún municipio cercano?
ResponderEliminarRamón Morell
M'ha agradat molt "El hombre que amenazó con apagar el sol".
ResponderEliminarLa ciència, la superstició i el misteri es donen la ma sense ser incompatibles, formant part de les contradiccions humanes!!
Felicitats!!
Joana Companys
Me ha gustado mucho tu último artículo. Como siempre sabes sacar la poesía que tienen las cosa, las personas y los fenómenos como el eclipse por muy científicos y racionales que sean. Gracias.
ResponderEliminar¿Como estás?, espero que esos rebeldes intestinos te den una tregua si es posible definitiva.
Buenas y placidas noches.
Un abrazo.
Manolo Pulido
Una vez más consigue algo que no es fácil: hablar de ciencia sin perder la emoción y hablar de poesía sin abandonar la razón. Me ha gustado especialmente esa idea de que conocer cómo ocurre un eclipse no le quita misterio, sino que nos permite admirarlo todavía más. Un magnífico artículo.
ResponderEliminarCarlos Fernández
Me ha encantado la historia del hombre que amenazó con apagar el Sol. Pero, sobre todo, me quedo con la reflexión final: nuestros antepasados miraban al cielo con miedo y nosotros podemos hacerlo con conocimiento y asombro. Qué hermoso sería que aplicáramos esa misma lección a tantas otras cosas de la vida.
ResponderEliminarMª Luisa Ortega
Me ha gustado mucho esa mezcla tan suya de recuerdos personales, historia, ciencia y poesía. Larache, Bata, Villa Cisneros, Canadá, Islandia... Al final parece que el Sol no solo acompaña a la Tierra, sino también a la propia vida del autor. Un artículo para leer despacio.
ResponderEliminarAna Beltrán
Hay artículos que se leen y se olvidan, y otros que dejan una pequeña luz encendida. Este es de los segundos. La imagen del eclipse como una “coma” en el relato de la creación me ha parecido preciosa. Esperaremos al 12 de agosto mirando al cielo de otra manera.
ResponderEliminarJavier Moreno
Me ha gustado mucho esa mezcla tan tuya de recuerdos personales, historia, ciencia y poesía. Larache, Bata, Villa Cisneros, Canadá, Islandia... Al final parece que el Sol no solo acompaña a la Tierra, sino también a la propia vida del autor. Un artículo para leer despacio.
ResponderEliminarAna Beltrán
Qué paradoja tan interesante: durante siglos la humanidad tuvo miedo de los eclipses porque no comprendía lo que estaba viendo y ahora los esperamos precisamente porque sabemos qué va a suceder. Quizá el verdadero progreso no consiste en dejar de hacernos preguntas, sino en aprender a hacérnoslas sin miedo.
ResponderEliminarMiguel Ángel Ríos
Me quedo con una frase: “No en haber conquistado el cielo, sino en haber aprendido a leerlo”. Resume perfectamente todo el artículo. La ciencia y la poesía aparecen aquí como dos caminos que terminan llevándonos al mismo lugar: el asombro.
ResponderEliminarTeresa Sánchez
Confieso que he empezado a leerlo por curiosidad y he terminado pensando en mi propia vida. Quizá porque todos tenemos nuestros propios amaneceres, atardeceres y cielos guardados en la memoria. El eclipse será cuestión de minutos, pero las emociones que puede despertar pueden durar muchos años.
ResponderEliminarAntonio Vidal
Magnífica reflexión sobre algo que, aparentemente, solo dura unos minutos. Me ha hecho pensar que quizá los eclipses también deberían servirnos para recordar nuestra propia pequeñez. El Sol no desaparece; desaparece, por un instante, nuestra sensación de que todo está bajo nuestro control.
ResponderEliminarFernando Ruiz
Siempre me ha fascinado la relación entre superstición y conocimiento, y este artículo explica muy bien cómo hemos pasado de temer aquello que no comprendíamos a contemplarlo con admiración. Me ha gustado especialmente que no presentes la ciencia como enemiga del misterio. Al contrario: parece que cuanto más sabemos, más grande se hace el universo.
ResponderEliminarCordiales saludos
Elena Márquez
Precioso artículo. Mientras lo leía he tenido la sensación de estar viendo el eclipse antes de que ocurra. Y eso es mérito de quien sabe contar. Me quedo con esa última idea: el Sol seguirá brillando igual cuando todo termine, pero nosotros habremos cambiado un poco después de haberlo contemplado. Gracias por hacernos mirar hacia arriba.
ResponderEliminarIsabel Navarro
La vida nos marca un camino y nosotros lo seguimos sin “rechistar”, tú me dirás que no es así, que esa visión es muy pasiva o resignada de la existencia humana. Pues yo es lo que hago en esto momentos, me dejo llevar por lo que me toca vivir y te puedo asegurar que tampoco estoy muy contento con ello. En fin, veo que tú si lo tienes muy claro y ahora cada semana plasmas en papel tus pensamientos, a veces, muy profundos, eso sí, siempre muy interesantes, esta noche me dormiré con “cuando el universo aprendió a mirarse.”
ResponderEliminarBuenas noches
Santiago Fernández
Buenas tardes de domingo.
ResponderEliminarMe ha parecido un artículo muy interesante y profundo con cuestiones que, desde luego, invitan a reflexionar.
Tengo que decirte que alguno de los artículos, como éste por ejemplo, los releo porque cada vez saco algo nuevo.
Un abrazo
Fátima Sánchez-Cantalejo
Muy bueno, pero difícil texto para mis límites. Te remito al artículo de hoy en El País semanal, entrevista a GARIK ISRAELIAN.
ResponderEliminarUn abrazo
Pepe Pascual
Hola, Juan Antonio, muy buenas tardes.
ResponderEliminarTendré que leer tu artículo un par o tres veces más. Es muy teórico y no está al alcance, leyéndolo como un pasatiempo, para personas como yo que no tenemos una base filosófica mínimamente suficiente. Este es un artículo que debería ser comentado por colegas tuyos. Lo que haré es volver a leer dos artículos tuyos, de hace tiempo y que los guardo, que hablabas de las diferencias entre consciencia y conciencia. No puedo decir nada más, no tengo base suficiente para poder opinar.
Un abrazo.
Ramón Morell
Gracias por el artículo, Juan Antonio,
ResponderEliminarMe sobrecoge tanto este acontecimiento próximo que pienso que simplemente permaneceré mirando hacia algún punto de mi entorno cotidiano viendo como se desvanece la luz y de nuevo se ilumina todo de la mano a mis seres queridos.
Un abrazo,
Miguel Ángel Cerviño