Desde que el hombre aprendió a preguntarse por qué existía el mundo, comenzó también a inventar respuestas. No sabía de dónde venía el trueno, pero imaginó dioses que habitaban el cielo. No comprendía por qué el Sol desaparecía cada noche, pero creó historias sobre su viaje por las entrañas de la oscuridad. No sabía qué había después de la muerte, pero imaginó paraísos, infiernos, ríos que separaban dos mundos y dioses que pesaban las almas. No tenía las respuestas. Pero tenía algo que hoy parece habérsenos extraviado por el camino: imaginación.
El Homo sapiens ha sido, antes que nada, un animal capaz de inventar aquello que no podía conocer. Durante miles de años, cuando una pregunta se alzaba ante él como un muro, no retrocedía necesariamente ante su ignorancia. Saltaba el muro con la imaginación. Y así nacieron los mitos, las religiones, las leyendas, los dioses y aquellas maravillosas historias con las que nuestros antepasados intentaron convertir el misterio en algo habitable. No eran respuestas científicas. Naturalmente que no. Pero eran respuestas. Y aquí comienza nuestra paradoja.
La ciencia nos ha permitido conocer cosas que aquellos hombres ni siquiera podían imaginar. Hemos descubierto que la Tierra no es el centro del universo, que las estrellas son otros soles, que existen galaxias a miles de millones de años luz, que la materia está hecha de partículas, que el tiempo puede dilatarse y que nosotros mismos somos el resultado de una historia evolutiva que comenzó mucho antes de que existiera nuestra especie. Hemos ensanchado el territorio de lo conocido hasta límites que nuestros antepasados jamás hubieran podido concebir. Pero también hemos hecho algo extraño: hemos dejado cada vez menos espacio para inventar respuestas. Y, así, ante determinadas preguntas, nuestra respuesta actual es: No lo sabemos. Y añadimos, prudentemente: Todavía no tenemos una respuesta. Es una respuesta intelectualmente impecable. Y, sin embargo, hay algo profundamente humano que parece haberse perdido en ella. Porque nuestros antepasados tampoco lo sabían. La diferencia es que ellos se atrevían a imaginarlo.
Nosotros hemos aprendido a distinguir admirablemente entre lo que sabemos y lo que no sabemos. Pero hemos olvidado que, entre ambas cosas, existe un territorio inmenso llamado imaginación. ¿Qué había antes del universo? No lo sabemos. ¿Por qué existe algo en lugar de nada? No lo sabemos. ¿Tiene el universo un sentido? No lo sabemos. ¿Es nuestra conciencia algo que desaparecerá completamente cuando muera nuestro cerebro? No lo sabemos. ¿Estamos solos en el universo? No lo sabemos. Y desde el punto de vista científico, esa es, efectivamente, la respuesta correcta. Pero ¿por qué debería impedirnos imaginar? La ciencia hace bien en no convertir una hipótesis en una certeza. Nosotros, como seres humanos, podemos permitirnos una segunda respuesta: no lo sabemos, pero podemos imaginarlo. No propongo regresar a los tiempos en que el trueno era la voz de un dios o una enfermedad era el castigo de una divinidad. No se trata de sustituir la ciencia por la superstición. Se trata de preguntarnos si, al conquistar el conocimiento, hemos terminado desterrando la imaginación. Porque una cosa es afirmar que una historia es verdadera y otra muy distinta imaginar que podría serlo. Imaginar no significa engañarse. Imaginar es explorar.
Durante milenios, el hombre creó relatos para explicar lo inexplicable. Hoy poseemos una herramienta extraordinaria para descubrir qué es verdad y qué no lo es: el método científico. Pero hemos cometido el error de pensar que aquello que la ciencia todavía no puede responder debe quedar, simplemente, en blanco. Y no. Entre la certeza y la mentira existe un espacio maravilloso: la posibilidad. Y tal vez sea ahí donde debería vivir la imaginación. La ciencia es el barco que nos permite navegar por el océano de lo desconocido. Pero la imaginación es quien dibuja, antes de zarpar, las tierras que podríamos encontrar más allá del horizonte.
No es que hayamos dejado de imaginar: llevamos demasiado tiempo utilizando la imaginación para fabricar objetos y demasiado poco para fabricar respuestas. Y tal vez por eso resulta llamativo que las grandes religiones que todavía siguen proporcionando respuestas trascendentales a millones de seres humanos nacieran hace muchos siglos. El cristianismo lleva dos mil años hablando de salvación; el islam, casi mil cuatrocientos; el budismo de Siddhartha Gautama asoma ya desde hace dos mil quinientos, el judaísmo cerca de tres mil años y el hinduismo se pierde todavía más atrás, en un tiempo que supera los tres milenios. Después han aparecido nuevos movimientos religiosos, sí, pero rara vez han alcanzado la capacidad de construir una gran explicación universal comparable a aquellas antiguas narraciones. Y mientras tanto, la ciencia no deja de formular nuevas preguntas. Cada respuesta abre otra puerta. Cada puerta conduce a otra habitación. Y al fondo de cada habitación vuelve a aparecer una pregunta.
Lo verdaderamente extraordinario no es que no tengamos respuestas para todas ellas. Lo extraordinario es que, después de haber sido durante decenas de miles de años una especie que inventaba historias para enfrentarse al misterio, ahora parezcamos conformarnos con levantar los hombros y decir: No lo sabemos. Necesitamos recuperar aquella antigua facultad que hizo posible que un primate mirara hacia las estrellas y se preguntara qué eran. Porque la imaginación no nació para competir con la verdad. Nació para ir a buscarla. Y quizá, mientras la ciencia continúa avanzando hacia las respuestas, alguien debería seguir haciendo lo que nuestros antepasados hicieron durante miles de años: mirar hacia la oscuridad y atreverse a imaginar qué puede haber al otro lado.
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