El culto a los muertos es casi tan antiguo como la especie humana. Según la Paleoantropología, los primeros homínidos sapiens de los que se tiene certeza de realizar prácticas mortuorias son nuestros lejanos parientes los neandertales. Esta especie que vivió y ocupó amplias zonas de Europa, Próximo Oriente y Asia Central hasta hace unos 40 000 años, ya mantenían unos determinados rituales con sus difuntos, como lo prueban los diversos enterramientos y sepulturas adornados con cantos rodados y ofrendas; así como la posición fetal con la que enterraban los cadáveres. En consecuencia, este singular hecho permite aventurar unas creencias en una plausible vida más allá de la muerte.
Unas muertes y unos rituales que, aun estando hoy en día generalizadas tan ancestrales costumbres, no se conmemoran en todos los países ni lugares del mundo del mismo modo ni de manera simultánea. De hecho, la tradición occidental de celebrar el Día de Todos los Santos y el Día de los Difuntos los días 1 y 2 de noviembre se debe a razones vinculadas con el cristianismo. Mientras que, por ejemplo, en China, veneran a sus fallecidos quince días más tarde del equinoccio de primavera, limpiando las tumbas y quemando dinero falsificado y en la ciudad de México, recorriendo en bicicleta determinados lugares frecuentados por el fallecido y disfrazados con la Calavera Garbancera, una máscara llamada La Catrina.
Escribió Vicente Aleixandre en su poema a la muerte que la vida del hombre es “entre dos oscuridades, un relámpago”; es decir, un ir de la nada a la nada. Y es que, en el fondo, todas las muertes se resumen a lo mismo, a los elementos de una naturaleza surgida de las estrellas que se extingue; pero que, sin embargo, aun habiendo tenido un mismo origen cada una es diferente. Tal vez por ello y a pesar de ser conscientes que al nacer iniciamos un trayecto sin estar al tanto de cuánto carburante transportamos en nuestro singular depósito, la muerte siempre nos coge desprevenidos. Seguramente, porque es lo peor y más dramático que nos puede pasar en la vida y, por consiguiente, no pensamos o no queremos pensar en ella.
Creo que todos, en mayor o menor medida, tenemos miedo a la muerte. Una muerte que con la pandemia muchas personas han visto y sentido muy cerca. Y, quizá por esta razón, los letales efectos de la Covid19 han conseguido que nuestros mayores y no tan mayores se hayan tomado un tiempo para recapacitar sobre ella. De hecho en una reciente encuesta sobre el tema, una de cada cuatro personas de más de 70 años, manifestó haber sentido preocupación y temor pensando que podría morir. Probablemente, porque en nuestra cultura occidental judeo-cristiana, no nos enseñan ni preparan para este inevitable acontecimiento y aprender a morir sea nuestra asignatura pendiente. Y es que verdaderamente, la naturaleza humana se fundamenta en una inexorable dualidad: la de vida y la muerte. Una naturaleza que nunca descansa y nunca se para; pues tras la muerte de unos, la vida sigue para otros. En este contexto y pensando en el hecho inexorable de esta noria, no me parece que la vida sea menos cruel que la muerte, ni tampoco que la muerte sea un absurdo final. De manera que, en estos próximos días, se hace necesario poder hablar de ella sin tristeza recordando a los seres queridos que regresaron a las estrellas. Y hacerlo, sobre todo, para perder ese miedo atávico que le tenemos, descargándola de la sombra de silencio que la rodea
Nadie ignora que cada día nos morimos un poco y, sin embargo, la muerte sigue siendo una enigmática odisea. Tal vez porque como nos dejó escrito el genial Francisco Gómez de Quevedo, “La muerte está tan segura de ganar que nos da toda una vida de ventaja”. Ante este irrefutable aforismo, la muerte se convierte en el alimento del cerebro cada día. Pensar o no pensar en ella, esta es la cuestión; pues la muerte no es más que un sueño y un olvido.



