Según afirma la física y doctora en Neurociencia Sara Teller, la última evolución de nuestro cerebro tuvo lugar hace unos 100.000 años, cuando nuestra especie, el Homo Sapiens Arcaico, estaba aún en el Paleolítico y vivíamos de la caza, de la pesca y de la recolección de frutos silvestres. Pero… ¿por qué tenemos el cerebro que tenemos? ¿Qué ha pasado en la historia de la evolución humana para que el cerebro funcione como funciona? A este respecto, cuando la inmensa mayoría de nosotros nos preguntamos por qué aumentó de tamaño y se desarrolló nuestro cerebro, la respuesta más lógica y recurrente es contestar: para poder pensar y desarrollar la inteligencia más y mejor. Así pues, es habitual presuponer que nuestro cerebro se va haciendo más grande y evoluciona porque razonamos, convirtiendo este hecho en el súper poder de nuestra especie. Pero, como sostiene la citada científica, la realidad es que el cerebro no evolucionó para pensar, sino para sobrevivir. Para entenderlo, nos dice, hay que regresar unos cuantos millones de años atrás y situarnos en el período en el que las líneas evolutivas de los seres humanos y de los chimpancés se separaron y en el cual aparece algo nuevo y muy significativo para nuestra evolución: la caza como actividad. Se supone que, de alguna manera, una criatura de nuestros ancestros más remotos, pudo percibir la esencia de otra criatura de su especie y se la contó con su primigenio lenguaje al resto del grupo. Y como, por otra parte, ellos habían presenciado ya que unos animales se comían a otros, debieron de comprender que eso era algo bueno. De hecho, para cazar, en sí mismo, no era necesario poseer un gran cerebro; pero, en un hábitat en el que había muchos depredadores de nuestros más lejanos antepasados, su cerebro si tuvo que evolucionar para no ser comidos y evitar los peligros a los que estaban expuestos. Y, en consecuencia, esas criaturas comenzaron a desarrollar complejos procedimientos y técnicas de caza en aquel mundo que resultaba tan competitivo y peligroso y en cuyo nicho ecológico desplegaban su existencia. Es decir, desarrollaron habilidades para poder comer y no ser comidos y, además, sistemas de localización para ubicar y descubrir a sus presas. En resumidas cuentas, esas criaturas que podían percibir mejor su entorno y que habían ampliado métodos de movimiento más sofisticados tenían más posibilidades de sobrevivir. No obstante, también tenían que ser muy eficientes porque si perseguían una presa y se desplazaban demasiado por el entorno, otro depredador podía detectarlos y llegar antes que ellos al lugar en el que estaba la presa y comérsela. Y, por otro lado, si gastaban mucha energía en su actividad de caza cuando no era necesario, podrían verse en peligro al sentirse amenazados en otro momento y no tener suficientes fuerzas para correr y poder salvar sus vidas. O sea, que ser eficaces energéticamente fue clave para la supervivencia de la especie. En síntesis, en aquella época evolutiva, las criaturas que tenían un buen sistema de prevención sobrevivieron y las que no lo tenían desaparecieron. De manera científica, en biología, este proceso se conoce con el nombre de “Alostasis” y dicha alostasis, para su correcto funcionamiento necesitaba un cerebro eficaz. De hecho, nuestro actual cerebro, supervisa de manera eficiente más de 600 músculos de nuestro cuerpo, equilibra docenas de hormonas distintas, bombea sangre a un ritmo de 7.600 litros diarios, regula la energía de miles de millones de células, elimina los desechos de nuestro organismo y combate enfermedades, entre otras cosas, y todo esto de manera ininterrumpida a lo largo de nuestra vida.
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| La Mañana 11.07.2022 |
En este marco, volviendo al comienzo sobre el por qué evolucionó nuestro cerebro de homo sapiens, aunque todavía no hay una respuesta contundente, sí se supone que el motivo más importante no fue la racionalidad, ni la imaginación, ni la creatividad o la empatía, sino que la causa más trascendente, parece ser que fue la de gestionar nuestro cuerpo eficazmente y predecir la eficiencia energética para poder sobrevivir. Y es que los 1.400 gramos de nuestro cerebro, que es su peso aproximado, dedican su principal función a ahorrar la energía necesaria para poder subsistir, ya que dicho órgano consume él solo el 20% de nuestra energía corporal. Y consecuentemente, para ello, era imperioso y obligado, a la vez, que nuestro cerebro pudiera aprender. A este respecto, según explican los neurobiólogos, la curiosidad fue y sigue siendo el motor fundamental que utiliza nuestro cerebro para promover el aprendizaje, motivar la investigación y suscitar la exploración de lo desconocido. Es decir, hemos llegado hasta aquí con todo nuestro desarrollo científico y tecnológico, gracias, al aspecto emocional de dicho órgano. En otras palabras, nuestro cerebro aprende gracias a esa energía que viene programada genéticamente en todos los organismos y que llamamos emoción. Y es la raíz y fundamento, conjuntamente con la explicada anteriormente, de la supervivencia de nuestra especie. Por lo tanto, es vital instruirse y asimilar; lo cual, lo que comporta y consigue en el fondo es hacer agrupaciones de acontecimientos que causan trasformaciones en las neuronas y sus relaciones con otras neuronas, tejiendo conexiones que se desarrollan y crecen a lo largo de muchas zonas del cerebro.
Sintetizando, el cerebro no es algo aislado e inmutable, sino todo lo contrario. De hecho, hoy en día, gracias a los avances de la neurociencia, sabemos que existe la neuroplasticidad; es decir a la capacidad que poseen las células nerviosas y sus conexiones de adaptarse rápidamente a estímulos provenientes del exterior e interior. Ya nos lo sugirió el escritor griego Plutarco cuando dijo que “El cerebro no es un vaso por llenar, sino una lámpara por encender”.



