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miércoles, 2 de noviembre de 2022

Día de Difuntos. Hablemos de la muerte, un viaje sin retorno a las estrellas.

Nuestra vida, es ese sincopado viaje entre dos tiempos, el del nacimiento y la muerte. Unos tiempos durante los cuales, en mayor o menor medida, todos tenemos los mismos anhelos, poseemos similares virtudes, escondemos parecidas miserias, detentamos generales consuelos y sufrimos inevitables duelos que inexorablemente terminan con la muerte y el olvido de nuestra propia existencia. Y sin embargo, en nuestras modernas e individualistas sociedades vivimos como si la muerte no existiera. Tal vez, porque al mismo tiempo que la ciencia alarga la vida, nuestra cultura occidental se opone a pensar, asimilar y contemplar la muerte como un hecho inapelable e irremediablemente ineludible. Y es que hace ya muchos años que contemplamos la muerte, de forma más o menos consciente, como parte de una ficción narrativa literaria y/o cinematográfica y, a menudo, hemos hecho tan desmesurado uso y abuso de ella como efecto virtual y dramático, que no ha ejercido casi ningún poder sobre nuestra percepción y aún menos sobre la verdadera conciencia de lo que supone su desenlace

 

La Mañana 2.11.2022

La vida cambia rápido. La existencia transmuta en un instante en ese abreviado y rítmico viaje en el que se desarrolla. Un día, te sientas a cenar y de pronto el trayecto que conoces y que no piensas que tiene fin, se acaba. Y es que no se muere uno solo de vejez, sino por cualquier causa. Y, tal vez por ello, convendría que cambiásemos de paradigma de pensamiento y aceptásemos en no dar nada por sentado para poder hablar abiertamente de la muerte. Pues, entiendo que, compartir el sufrimiento que pensar en ella conlleva, alivia; máxime cuando se trata de algo que nos concierne a todos y, por lo tanto, contribuye a que nos enfrentemos abierta y directamente al miedo que genera. Probablemente sea, ese temor, la razón por la que hemos tardado siglos en comprender que no estamos solos y que hablar de la muerte es necesario. No obstante, como en otras muchas facetas de nuestro comportamiento, no obramos atendiendo al juicio de la lógica y la reflexión y no nos gusta hablar de enfermedades ni de la muerte, siendo ésta la única certeza que tenemos.

 

La muerte es el hecho más trascendental que determina toda nuestra existencia. Casi nadie se quiere morir y cuando la percibimos cerca nos afanamos en retrasarla todo cuanto se pueda. Quizá por eso, la inmortalidad ha sido en el transcurso de la historia de la humanidad un anhelado deseo. Y aunque ya Platón la definió como “un terrible peligro”, vivir para siempre sin temor a enfermedades y/o poder morir cuando uno mismo lo decida, es la ambiciosa pretensión de una inmensa mayoría. Ya que la muerte no es algo que está al final de la vida, sino al principio, como nos explica el genetista del CSIC Ginés Morata, al afirmar que la muerte no es un proceso biológico inevitable, puesto que hay seres vivos que no envejecen, como algunos celentéreos o las medusas, por ejemplo. No obstante, sabemos que a pesar de esforzarnos por permanecer vivos, vamos a morir. Y sabemos también que la vida es breve. Y es tal vez por ello que la ciencia se afana en encontrar la forma en que podamos trascender a la mera existencia biológica. En este sentido, el psicólogo Clay Routledge, en el artículo Uno se siente significativo al sentirse inmortal, publicado en la revista Scientific American en 2014, decía, entre otras cosas, que la conciencia de la muerte hace que nos afanemos por tener experiencias más trascendentales, que aumente nuestra fe y que nuestro paso por la vida no desaparezca con nuestra muerte física. De hecho, Amazon trabaja ya hace tiempo para que un asistente virtual pueda reproducir la voz de los difuntos y alguna otra empresa, como Forever Mortal, gracias a la inteligencia artificial, desarrolla hologramas cada vez más perfeccionados que permiten interactuar con el muerto.

 

La ciencia nos la explica, pero la mayoría de nosotros no comprendemos la muerte y el hecho de que cuando se apaguen las luces de nuestra existencia, entremos en ese espacio infinito del olvido. Posiblemente, para evitarlo, fue por lo que el monje benedictino San Odilón de Cluny, en el año 998 d.C. instituyó un día específico para los difuntos. Siglos más tarde, en el XVI, su idea fue recogida por el Papado de Roma y se propagó al mundo entero. Y, desde entonces, el 2 de noviembre, “Día de los Fieles difuntos”, es el único día del año en que hablamos sin problemas de la muerte y visitamos y recordamos a nuestros seres queridos en el cementerio.

 

Pienso en la muerte, tal vez porque a mi edad es un hecho inevitable. Y aunque procuro no tenerla presente en mi cabeza demasiado, soy conocedor de que la muerte piensa en mí. Me tiene en su lista y me impresiona. En todo caso, como afirma Declan Donnellan, director de cine británico, “hay algo peor que la muerte, la conciencia de saber que puedes no haber nunca sucedido”. Y es que el miedo a la muerte no es nada comparado al de no haber existido.

 

 

 

sábado, 22 de octubre de 2022

Tiempos de incertidumbres.

 

La confianza es el pegamento tradicional que mantiene en pie a la sociedad. Cada vez que pagamos en una tienda, en un restaurante o en una gasolinera con la tarjeta de crédito o en efectivo, estamos realizando un acto de confianza; ya que consideramos que ese trozo de plástico proporcionado por una entidad bancaria o los billetes de papel de colores emitidos por la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre del Estado sirvan y tengan un determinado valor, y la empresa o persona que nos cobra cree en lo mismo. Cada vez que leemos una noticia y la damos por buena, estamos estimando en que un medio de comunicación y/o un determinado periodista nos cuentan la verdad. Cada vez que tomamos un medicamento confiamos en la ciencia y la industria farmacéutica. Y cuando tras un proceso electoral, dejamos los asuntos públicos en manos de los políticos esperamos que los gestionen, al menos y como mínimo, con honestidad; aunque este razonable deseo no siempre ocurre. Y es que, de hecho, aunque no reparemos en ello, la confianza, como decía anteriormente, es el pegamento invisible que mantiene en pie a la democracia y más o menos unida a la sociedad y hasta a la propia familia. Pero lamentablemente vemos que esta confianza, en estos tiempos que corren, se va desmoronando un poco más cada día. Y este hecho es gasolina para aumentar los miedos y las tensiones sociales.

 

La Mañana 22.10.2022

Algo está fallando y aunque la crisis de confianza ya se notaba antes, sobre todo desde la gran inestabilidad económica iniciada en 2008 y concluida en el año 2014, la pandemia la ha empeorado y la actual guerra existente en el corazón de Europa le ha dado la puntilla. Hay, en estos momentos, una gran desafección de los ciudadanos hacia todas las instituciones, y todos los valores que han venido sosteniendo la cohesión benéfica en nuestra sociedad. Y esa incertidumbre y desconfianza que la pandemia y la guerra han acelerado, esta ocasionada en gran medida por la brutal, salvaje e irracional desigualdad que se está produciendo entre las grandes fortunas del planeta y las familias más vulnerables, entre las diversas capas y clases altas de la sociedad respecto a las más desfavorecidas e incluso entre los países más ricos del norte y los más pobres y frágiles del sur de Europa; así como entre las naciones que componen el mundo occidental desarrollado y las más pobres y vulnerables del orbe. En este sentido, tengo la sensación de que vamos con paso firme y decidido hacia la catástrofe mundial, cuando la solución es teórica y relativamente sencilla. Ya que si solo tomásemos una pequeña fracción de los beneficios de las multinacionales y del patrimonio de los milmillonarios y se redistribuyesen equitativamente a todos los países con perentorias necesidades para que dichos recursos económicos se invirtiesen fundamentalmente en educación y en la salud, supondría aumentar por diez las actuales ayudas internacionales y la pobreza de ellos desaparecería en poco más de un par de décadas. Por el contrario creo que de no hacerlo, el actual sistema nos estallará en la cara.

 

La incertidumbre es estructural a la condición humana. Y en estos últimos tiempos no ha dejado de crecer. El futuro siempre se ha llenado de esperanza, pero ésta ahora ha desaparecido como consecuencia de la sorprendente transformación ocurrida en los últimos años y las clases medias afrontan asustadas la realidad actual. Como dice el sociólogo Zygmunt Bauman, hoy día todo es líquido y la precariedad de las relaciones que construimos es una de las señas de identidad de la vida moderna. Estamos rodeados de una incertidumbre radical que nos invade desde muchos frentes: el personal, el laboral, el financiero de ahora con la inflación y su enorme repercusión en la cesta de la compra y las hipotecas y hasta con una más que probable catástrofe nuclear sin precedentes anunciada por Rusia. Todo puede pasar, incluyendo el cambio climático que ya es un hecho constatable y las temperaturas se elevan a medidas históricas, como ha sucedido este pasado verano.

 

Estamos viviendo un tiempo fascinante, lleno de contradicciones, y la única certeza hoy es la incertidumbre. Antes la COVID y ahora la guerra de Ucrania y sus consecuencias, nos han hecho comprender lo vulnerables que somos. Tal vez, como nos ha dicho recientemente Mario Vargas Llosa, “la incertidumbre es una margarita cuyos pétalos no se terminan jamás de deshojar”.

 

 

 

jueves, 1 de septiembre de 2022

Agosto se agosta, fin de vacaciones.

Con los termómetros de toda España al rojo vivo, la única manera posible de aguantar el insoportable calor padecido este verano era permaneciendo frente a un aire acondicionado o siguiendo rítmicamente el compás de un ventilador mientras se aproximaban las ansiadas vacaciones. Tal vez por ello, cuando llegó el esperado mes de agosto una larga veintena de millones de españoles salieron de estampida de sus casas y se tiraron de cabeza hacia las playas del litoral Mediterráneo con el único objetivo de combatir la infernal canícula en la orilla del mar. Y lo han hecho con un ímpetu tan salvaje que la mayoría de los hoteles, apartamentos y campings han colgado el letrero de completo.

 

Unos cuantos de ellos iniciaron el viaje en pos de unas noches sin mañana, otros muchos en busca de un cuidado personal de cuerpo y mente y la mayoría simplemente, solos o acompañados, yendo al encuentro del merecido descanso. Y es que tras dos años de restricciones por la pandemia, este mes de agosto, España entera se fue de vacaciones. En cualquier caso y a pesar de todo, como es habitual en este mágico mes del verano habrá habido insospechadas aventuras, noches de jaleo, soplos de paz, tal vez relámpagos de amor y seguramente algunas broncas, habrán existido instantes de placer llenos de hedonismo e irremediablemente habrán ocurrido accidentes y acaecido algunas muertes, aunque esta inexorable realidad nunca la pensemos antes de salir de casa.

 

La Mañana 1.09.2022

No hay vacaciones de verano con relojes, pues el reloj nos obliga a madrugar a la misma hora de costumbre y este hecho nos impide alcanzar ese estado alterado de conciencia en el que uno se siente incapaz de interpretar si es martes por la tarde o recordar si ya ha saboreado la paella en el chiringuito. Sin embargo, este agosto extraño, las sucesivas olas de calor y las severas temperaturas padecidas, ineludiblemente nos han apremiado a ser conscientes del presente y nos han creado la certidumbre de que estamos asistiendo al amanecer de un fatal cambio climático que generará una nueva era. Está claro que de seguir así los próximos veranos, los hombres del tiempo anunciarán los escasos intervalos de temperaturas soportables entre unos y otros ardorosos bochornos.

 

Pero no han sido solamente las temperaturas de horno sufridas las que nos han alterado el descanso durante este mes de agosto del verano. Sino que, a causa de ellas, han aparecido las tormentas secas y los incendios producidos por humanos y por rayos, han hecho mella en el solar patrio y, además de las 290.000 hectáreas calcinadas, han generado situaciones lamentables y desdichadas como la del tren sorprendido entre las llamas en Bejís. Y es que no deja de asombrarme la capacidad humana de inventar aparatos como el telescopio espacial James Webb que nos faculta observar lugares tan lejanos como los orígenes del universo y, sin embargo, no seamos capaces de girar dicho telescopio hacia la Tierra y poder contemplar cómo la estamos destruyendo fruto de la industrialización salvaje y la ineptitud de los gobiernos.

 

Agosto se agosta en estas fechas, aunque el gran guateque de vacaciones celtibérico se prolongará hasta el último momento, hasta que los cuerpos y las almas regresen, resignados en unos casos, aliviados en otros, a la oficina, al despacho, a la cadena de montaje o simplemente retornando a la rutina cotidiana. Yo, aprovecho el día para dar mi penúltimo paseo. Hoy ha salido el sol a las 7h21 y su descarga luminosa ha sido la misma para todo el mundo. Para los que exhaustos abandonaban las discotecas después de una larga noche de juerga veraniega, para los que a esa temprana hora salían de su casa, del apartamento o del camping a realizar algún deporte y para los que enfilaban el camino hacia la playa a tomar el primer baño de un nuevo y anunciado caluroso día. Clareaba y en los espigones que cierran la orilla todavía quedaban algunos rezagados pescadores que largaban los sedales con las plumas y anzuelos en un último intento de que picase alguna herrera, anjova o dorada y no irse de vacío para casa. Estaba amaneciendo y la luz del sol era tan dulce como lo era mi inocencia de pequeño. Y es que si uno toma la vida como una representación, puede imaginar que esa luz del sol que hoy recibo en esta avanzada madurez es la misma que doró mi infancia y, en consecuencia, hay que aceptarla como un regalo. Fin de vacaciones. Tal y como proclama el Eclesiastés, todo tiene su hora bajo el cielo.

 

 

 

jueves, 4 de agosto de 2022

Agosto, vacaciones en tiempo de verano.

Ningún mes tiene una connotación tan grande con las vacaciones de verano como agosto. Representa la vida al aire libre impregnada de una atmósfera que nos brinda poder cambiar la rutina que hemos llevado el resto del año. Durante dicho mes, nos situamos en otro escenario y procedemos a transformarnos en otro personaje distinto al del invierno. La propia vestimenta cambia y no solo ella, sino también el propio lenguaje que utilizamos durante el verano y que desempeña un papel importante; ya que nuestra manera de decir las cosas se transforma, hablamos con satisfacción de los hechos como si interpretásemos una comedia o con cierto dramatismo como si estuviéramos en un teatro y las sutilezas fluyesen de nuestros labios como las olas en el mar. Basta con escuchar algunas frases en el paseo, en el chiringuito o en la playa, para que se active la transfiguración y comprendamos que esas personas que están cerca de nosotros hablan en clave veraniega utilizando unas nuevas formas de expresión. Es, como si se hubieran convertido en los guionistas y directores de una tramoya que, a través de las palabras del nuevo lenguaje del verano, ellos mismos representan.

 

La Mañana 04.08.2022

El verano es también la estación propicia para los ensueños, las ilusiones, los pasatiempos, festejos y hasta para los amores y galanteos. Y además, para desacoplarnos de la rutina y el estrés, para descubrir la belleza que nos rodea y captar la vida como si nada hubiera cambiado y todos los espejos fueran el mismo espejo. Y asimismo, sirve ese mes de agosto del estío para los descubrimientos sobre uno mismo que se manifiestan en las historias de las que somos protagonistas. Fuera de nuestro ambiente habitual, nuestro sentido del espacio también se ve alterado. El verano nos obliga a pensar de manera diferente, nos estiliza y amplifica a la vez y, en ocasiones, nos muestra a la confusión como un revoltijo de desorden y desconcierto, hasta el punto de hacer obvio que la confusión es el estado natural de la vida.

 

Nuestras propias acciones y comportamientos en verano son diferentes, cambiamos de pretextos y exponemos más piel al mismo tiempo que nos escondemos detrás de las gafas de sol y del teléfono. Para camuflarnos, disponemos de diferentes tipos de disfraces y seducciones. Las chicas jóvenes se ocultan parapetadas tras unos minúsculos biquinis, sus cremas y sus sandalias. Los chicos exhibiendo sus bien torneados cuerpos fuertemente trabajados en los gimnasios durante el invierno. Los cuarentones se muestran pletóricos protegidos con sus ungüentos, sombreros y la caña de cerveza y los mayores amparados bajo el protector solar y la sombrilla mirando todo con asombro y añoranza mientras sus nietos juegan con las olas en la orilla de la playa. Todo ello forma parte del vestuario, maquillaje y utilería de nuestras máscaras veraniegas. Son unas conductas y actitudes encarnadas que se aprenden con el tiempo y que se representan a diario públicamente; es decir, son esos actos teatrales fingidos y conscientemente simulados que utilizamos durante el transcurso del verano.

 

Afortunadamente, como en las películas de cine o en las clásicas obras de teatro, el tiempo de nuestra representación es limitado. Y cuando se acaba el verano, finalizan con él las ideas delirantes y los deseos imposibles y prohibidos que soñamos y volvemos a enfrentarnos a lo vernáculo y la real vida que tenemos. Así que quizás, el verano sea solamente el tiempo ejemplar en el que cada año creamos espacios de fluctuación y de sorpresa que rítmicamente renueva la incubadora de nuestra subjetividad. Ese espacio de tiempo en el que se manifiesta, a veces de forma paradójica, lo visible y lo invisible de nuestro yo que día a día, se aclara y oscurece y que es, a la vez, efímero y duradero. Y es que cuando en el escenario de la vida cotidiana se instaura una nueva manera de interactuar, de ver y de decir las cosas, se puede descubrir una teatralidad que antes pasaba inadvertida.

 

La idea central de todo esto es que los humanos, tal vez por empatía, absorbemos los comportamientos de la misma manera que lo hacen las neuronas espejo de nuestro cerebro e imitamos las acciones que inconscientemente llaman nuestra atención y es por eso que durante el verano hay más oportunidades para que se produzcan los encuentros inesperados en los que lo insólito y extraordinario se hace real y lo real se manifiesta como insólito y extraordinario. Un hecho que quizás nos sirva para hacernos meditar sobre el sentido de la vida, si es que ésta tiene algún sentido.