Uno de los muchos recuerdos que guardo de mi primera adolescencia en el internado Marista en la meseta, en el que estuve dos largos cursos escolares sin ver a mis padres, es que la época del frío empezaba en la primera quincena de octubre, tras las fiestas de San Mateo, patrón de la ciudad. El tórrido verano dejaba aquellas tierras al baño maría, los campos segados, la vegetación reseca, el poderoso y prepotente río que atraviesa la ciudad con un mermado caudal de agua y las caras de las gentes ablandadas de tanto calor. Y era en esas fechas, cuando de improviso, una tarde de un día cualquiera, a esa hora entre dos luces en que la tierra y el cielo se confunden en el horizonte, sentíamos un escalofrío al tiempo que una oscuridad neblinosa que subía desde La Esgueva traía nubes moradas y un aire polvoriento cargado de electricidad y silencio. La sacudida de ese estremecimiento era el aviso de que la temporada del calor tenía los días contados y que la época del frío llamaba a la puerta. Procedente de Galicia, padecíamos el primer temporal de lluvias a la manera de un punto y aparte definitivo del estío. En el colegio, pasábamos de golpe a sacar la ropa de invierno para soportar el incipiente frío. Y los domingos, cuando salía a dar un paseo por la ciudad con los compañeros, comenzábamos a percibir el olor a carbón y leña quemada que inundaba la capital, al tiempo que los humos de las chimeneas empedraban de hollín el cielo.
Parece que hable de un tiempo que no es el nuestro y de un territorio extraño o un país lejano, pero esto sucedía hace, tan solo, sesenta y pico años. Hoy, lo que los afectados y pedantes llaman la estación de los baños suele comenzar a finales de abril y se prolonga hasta mediados de octubre, fechas en las que todavía se ve a gente remojándose en las playas, si bien son ya pocos. Y es que el cambio climático y el aumento de las temperaturas han desconcertado a la meteorología que aprendimos de pequeños. El cuerpo y la cabeza, fiduciarios y memoria de un tiempo estable y armónicamente dividido en cuatro estaciones del que gozábamos en aquella época, va de capa caída y ha pasado a mejor vida de forma acelerada en estos últimos años.
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| La Mañana 23.10.2023 |
En aquel entonces, la época del frío más recio llegaba tras pasar la festividad de Todos los Santos y el siempre agradable veranillo de San Martín. A partir de esas fechas, el otoño regaba el país y comenzaba a recluir a la gente en sus casas. Era el preludio de un invierno que sonaba a Navidad mientras la nieve y el hielo congelaban las tierras de la meseta, gran parte del solar patrio y casi Europa entera. Al comenzar el año nuevo, no había nada más confortable que tomar el sol de mediodía durante las calmas de enero que producían las altas presiones atmosféricas. Después, la impredecible primavera, de una manera u otra, nos trastornaba a todos los seres vivos y el verano, casi por antagonismo, acababa con su madurez sepultándola durante el día al compás de las cigarras y de los grillos por las noches. Sin embargo, la actual realidad, si bien aún se muestra esta clásica división, nos indica que el reloj biológico que sincroniza nuestros cuerpos y cerebros con la madre naturaleza de la Tierra, se ha desquiciado y el tiempo se nos presenta como un impertinente catacaldos.
No obstante, a pesar de la certeza de que caminamos de mal en peor, hay matices y presencias que todavía no han cambiado. Me refiero a determinadas particularidades de la naturaleza relacionadas con el movimiento pendular del clima. Una de ellas, que yo uso para no perder la esperanza de que la temperatura media global no supere los 1,5 °C tan temidos que haría el cambio climático prácticamente irreversible, es la presencia de la última mosca. En aquella época de mi internado, cuando llegaba el frío, las moscas se refugiaban en las aulas del colegio y supongo que igualmente en las casas. Aquellas negras moscas, algo torpes, que se estrellaban contra los cristales y que pensaba, de tan gordas que eran, que les costaba volar, constituían y formaban parte de un enjambre del que se iban muriendo y cuyos cadáveres, panza arriba, barría metódicamente cada jornada el Hermano Segundo. Finalmente, al cabo de unos días, solamente quedaba una. La última mosca. Era la más grande y solía zumbar en el marco de la ventana que había junto a la pizarra. La miraba curioso, a veces, hechizadamente embelesado y allí se quedaba hasta que exhausta caía al suelo sin poder levantar el vuelo. Desaparecida la última mosca de muerte natural, quería decir que el invierno había llegado en serio. Por la noche, acostado en el frío y largo dormitorio colectivo del internado, el vaivén de murmullos de la mosca, se imponía, tras las oraciones, a la vigilia de mis pensamientos, hasta inocular el veneno dulce de los sueños en lo más profundo de mi corazón de doce años.



