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martes, 21 de julio de 2020

Razonando la Razón

Razón, según la RAE, en su primera acepción, es la facultad de discurrir. Y emoción, también, según la RAE, es la alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática.

Dicho esto, es convenirte  aclarar que los seres humanos somos una amalgama de percepciones y de todas las emociones, sentimientos y pensamientos que tenemos. Todos estos elementos conforman una unidad y esa unidad da como resultado una forma de ser y de actuar en el mundo. Así, pues, podemos decir que somos “razón y emoción.”

Y ¿para qué nos sirve la razón? Según el glosario de filosofía, nos ayuda, en general, para, utilizando la facultad de discurrir, alcanzar el conocimiento discursivamente; esto es, partiendo de premisas para poder llegar a alguna conclusión, o conclusiones que se derivan de aquellas.
Citando a tres reconocidos filósofos, para Sócrates, la razón no es un hecho abstracto, sino una actividad mental que afecta a todo el cerebro y que implica, además a la voluntad. O sea es la capacidad que tenemos para comprender y un ver con claridad una determinada acción. Según Aristóteles, la razón es todo aquello que se mueve en nuestro entendimiento y que es movido, a su vez, por una causa. Y, finalmente, para Kant, en un sentido general, la razón es la capacidad formuladora de principios. Unos preceptos que dividía en una fase teórica y otra práctica. Dicho en otras palabras, en su uso teórico, según Kant, la razón genera los juicios y en su uso práctico, los imperativos o mandatos.

Sentadas estadas bases filosóficas sobre la “razón”, y teniendo en consideración que, de hecho, nuestra especie no deja de ser más que un animal más de los miles que hay en la naturaleza, cabría preguntarse ¿piensan o razonan el resto de los animales, incluyendo a nuestro pariente más cercano: el chimpancé…? Evidentemente,  y mientras la ciencia no nos demuestre lo contrario, NO. Sin embargo, si es constatable que los animales, sobre todo, los mamíferos, tienen “emociones”. En este sentido, cualquiera que haya tenido un animal de compañía, lo ha experimentado sobradamente.

Los homo sapiens, desde hace siglos, somos esclavos de nuestras propias “emociones”. Desde mi punto de vista lo que nos ha ocurrido como especie es que hemos querido avanzar de un “modo racional” demasiado tiempo y nos hemos olvidado de nuestra evolución emocional, fundamental para nuestra existencia. Y hoy en día, creo que necesitamos dar ese paso adelante con más urgencia que nunca. De hecho, el verdadero progreso consiste en encontrar nuevas maneras de pensar y de “sentir” si queremos ser libres y felices. Y para ello, hemos de adentrarnos en el complejo mundo de la “psicología”.
Pero…,  lamentablemente, existe un profundo desconocimiento del dinamismo interior de la psicología humana. La psicología experimental desarrollada en la actualidad se ha centrado en la conducta externa y en las manifestaciones afectivas exteriores de los individuos, en los datos y en las estadísticas. Sabe explicar detalladamente cómo siente y se conduce el hombre en determinadas circunstancias y según determinados parámetros, pero no sabe claramente por qué siente y se conduce de una determinada manera. En general, la psicología experimental explica la conducta humana desde ciertos instintos básicos y patrones de comportamiento. Razón por lo que, muchas veces, la libertad de pensar viene a ser, para la intención explicativa de las ciencias, un gran escollo. En contraste, la sabiduría antigua, en concreto, la filosofía de la Grecia clásica e incluso de la Edad Media, presenta un conocimiento bastante exhaustivo y unificado del dinamismo interior humano, explicado causal y esencialmente y en armonía con la libertad del razonamiento. Entre los pensadores medievales que presentan análisis penetrantes de la psicología humana, destaca de manera eminente Tomás de Aquino, filósofo y teólogo, que supo asumir, sintetizar, reformular y elevar lo mejor de la sabiduría occidental hasta su época. Sus análisis de la mente por un lado y de la conducta humana por otro, en su obra Interacción entre la razón y las emociones en el ser humano, constituye uno de los estudios más brillantes, coherentes y sumamente apegado a la experiencia humana

Decía al final del segundo párrafo que somos “razón y emoción.” Es decir, somos una amalgama de percepciones y de todas las emociones, sentimientos y pensamientos que tenemos. Todos estos elementos conforman una unidad y esa unidad da como resultado una forma de ser y de actuar en el mundo.
Nuestra mente es extraordinariamente poderosa y hábil para dirigir nuestra conducta, tanto para hacer el bien como para hacer el mal. Gracias a ella realizamos todos los procesos de “pensamiento racional”; pero…, también en ella, se dejan sentir unas fuerzas extraordinariamente poderosas: las emociones. Es por esta razón por la que podemos decir que somos razón y emoción. Fuerzas que en ocasiones apuntan hacia el mismo lugar, pero que en otras se enfrentan y nos obligan a tomar una decisión concreta. O sea, que tenemos la opción de seguir a nuestro corazón o de hacer caso a la lista de pros y contras que se supone formulamos con la razón. “Cuanto más abiertos estemos a nuestros propios sentimientos, mejor podremos leer los de los demás”, nos dice Daniel Goleman, el psicólogo, periodista y escritor estadounidense que adquirió fama mundial a partir de la publicación de su libro Inteligencia Emocional.

“Emoción”, como decía al comienzo, etimológicamente, significa: “movimiento o impulso”; es decir, aquello que me mueve hacia… Dicho de otra forma, las emociones son experiencias subjetivas que inducen a actuar. Nacen básicamente de las percepciones que sentimos frente al mundo, antes que de un razonamiento como tal. Simplemente, algo que se percibe como beneficioso, desata emociones de agrado e, igualmente, incómodas, en caso contrario. Y en efecto, muchas de las conductas humanas dependen de las emociones. Estas, por lo tanto, pueden ser trascendentales o al menos tener un gran peso en las decisiones que tomamos. Es más, por lo general, son determinantes. En consecuencia, se puede afirmar, como nos indican la mayoría de los estudios que han realizado en este proceso de decisión, que, por lo general, en la “batalla” entre la razón y la emoción, de nuestras decisiones, la ganan las emociones. Y esto es así, básicamente, porque la razón ocupa un nivel superior en la escala de elaboración de las experiencias subjetivas. Y, por ello, se necesita más experiencia, más tiempo y un grado mayor de habilidad para construir razones que para dejar nacer nuestras emociones.

Subsiguientemente, ateniéndonos a lo explicitado anteriormente, la razón y la emoción, por separado, se convierten en procesos que pueden perjudicar nuestro futuro por medio de decisiones desacertadas. En este sentido, somos capaces de valorar una decisión, a pesar de su racionalidad, como inadecuada; por ejemplo: “matar a uno para salvar a muchos”. Y también somos capaces de advertir decisiones inadecuadas por lo exagerado de las razones que las motivan, como les ocurre a algunas personas con su miedo a volar. En definitiva, nos valemos de un equilibrio entre lo racional y lo emocional para decidir de manera correcta, proceso éste que se ha ido conformando gracias a nuestra experiencia vital.

En esta realidad en la que vivimos, ¿qué es una decisión acertada? En principio la respuesta parece fácil: sería aquélla que mayor beneficio nos aporta. Pero esta cuestión no siempre está clara. Aclaratoriamente, pongo otro ejemplo, cuando nos enamoramos las emociones toman el mando y dirigen nuestras decisiones y una vez hemos salido de ese estado de “ensimismamiento” nos preguntamos cómo es posible que actuáramos así, sin tener en cuenta más opciones que las que dictaba nuestro corazón. Y muchas veces y en muchas ocasiones, incluso, desatendiendo los consejos de personas que apreciábamos y/o teníamos en alta estima. De hecho, frases tan populares como “el amor es ciego” nos advierten del poder que las emociones tienen sobre estas cuestiones, pero no ha sido hasta fechas recientes que la emoción se ha considerado un elemento determinante en los procesos racionales.

Llegados a este punto, cabe preguntarse y preguntarnos, ¿para qué nos sirven las emociones? ¿Consisten solamente en la experiencia de procesos corporales o corresponden a valoraciones involuntarias? En este sentido, para el filósofo y psicólogo americano de la universidad de Harvard, William James, “las emociones eran sentimientos que acompañaban a ciertos cambios corporales: no lloramos porque estemos tristes, sino que estamos tristes porque lloramos”. Sin embargo, el cognitivismo se mostró contrario a la teoría de James, pues según este enfoque, las emociones siempre presentan su referente; es decir, el miedo evalúa el peligro, la tristeza valora una pérdida. Quizá por esta última causa que cito, la nueva teoría de las emociones busca reconciliar la hipótesis de las sensaciones y el cognitivismo; ya que las emociones no se reducen ni a sentimientos ni a juicios de valor.

Así, pues, lo que parece incuestionable es que “las emociones” celebran desde hace tiempo un renacimiento científico, tanto en la filosofía como en otras disciplinas: desde la neurociencia pasando por la psicología, hasta las ciencias económicas y las sociales. El filósofo canadiense Ronald de Sousa considera que una razón central de tal interés radica en “un narcisismo de la especie, una suerte de búsqueda infantil de una dignidad especial de la existencia humana”. Según De Sousa, en una época en la que la competencia de las máquinas nos parece una amenaza, recordamos que no somos seres intelectuales puros. Pero, sin embargo, nos distinguimos porque poseemos emociones; hecho éste que, en cambio, resulta discutible que puedan existir algún día máquinas emocionales. Esto, a mi modo de ver, significa que los humanos, como seres emocionales, debemos caracterizarnos por nuestra razón. En consecuencia, las emociones, habría que considerarlas hoy en día, también, como racionales.

Siguiendo estos argumentos que intento explicar, es frecuente y común escuchar que cuando tomamos decisiones importantes lo hacemos de manera fría y racional. Y que actuamos así, para evitar que nuestras emociones afecten al juicio que hacemos. Asimismo, cualquiera de nosotros, cuando pensamos en un líder político, deseamos que sepa controlar sus emociones y no dejarse llevar por ellas. Y, tal vez pensemos así, porque, en general, tanto las emociones positivas como las negativas parecen no tener una buena reputación al momento de tomar decisiones políticas que afecten a nuestras vidas. Sobre todo, porque estas visiones pueden hacernos considerar los sentimientos y la razón como dos entes independientes, y tal mismo parece que actuaran en competencia. La razón nos ayuda a tomar buenas decisiones, a menos que sea nublada por las emociones. Sin embargo, hay una corriente dentro de la psicología que argumenta que la razón y los sentimientos van de la mano; que no compiten, sino que se complementan entre sí, tal y como defiende el médico y neurólogo de origen portugués Antonio Damasio.

Finalizo. Decía el filósofo Blaise Pascal que, "El corazón tiene razones que la razón desconoce”
Esto quiere decir que el ser humano, con su capacidad de razonar, es capaz de abrir su corazón a esta capacidad que él la llamó pensamiento y que hoy en día los neurocientíficos denominan subconsciente. Actualmente, con los últimos avances y descubrimientos en esta compleja materia, sabemos que el cerebro humano, nuestro querido cerebro, utiliza, únicamente, el 2% de su energía en la actividad consciente, el resto, es trabajo del subconsciente. Así pues, no somos razón sino, “sinrazón”. No somos conscientes de lo que somos. La cultura, la lengua, la procedencia de la gente. ¿En qué medida afectan estos rasgos al subconsciente y a la razón de nuestro ser consciente? Aquí lo dejo…, razonen.



sábado, 11 de julio de 2020

Sigamos votando…



Escribo estas líneas sin acritud. A escasas cuarenta y ocho horas de antelación del 12 J. Una nueva cita electoral en la que los esclavos modernos de Galicia y El País Vasco, se creerán ciudadanos por el hecho de poder depositar su voto en una urna. Este próximo domingo, los electores de ambas comunidades históricas, de camino al colegio electoral, supondrán que van a decidir libremente por un partido e imaginarán votar autónomamente por aquellos candidatos que les van a representar. Y lo pensarán como si hubiera todavía alternativas. Quizá, sea una forma de conservar una ilusión. Pero…, no seamos ingenuos, ¿quién se cree todavía que existe una diferencia fundamental, referida a la elección del tipo de sociedad en la que quisiéramos vivir, entre las propuestas de los partidos políticos de izquierda, de centro, liberales, conservadores, nacionalistas, independentistas, de derechas o de extrema derecha que se presentan? Es lo mismo que creer que hombres y mujeres como los que depositan su voto, adquirirán súbitamente, al tintineo de una sonata, la virtud de saberlo todo y de comprenderlo todo. De ser capaces de legislar sobre todas las cosas, desde las cerillas a los barcos de guerra, del podado de los árboles a la exterminación del coronavirus…, gracias a que sus inteligencias crecen en razón y proporción de la inmensidad de sus tareas.

Nuestra memoria es frágil y olvidamos pronto que la historia nos enseña que ocurre lo contrario. El poder siempre ha desconectado del pueblo y en los parlamentos, los debates invariablemente han resultado inútiles porque la palabra es mitad de quien la pronuncia y mitad de quien la escucha. Y, quizá por eso, en las asambleas soberanas, como la actual, la mediocridad prevalece fatalmente. 

En la actual configuración política y dominado el poder económico por “los mercados” y el capitalismo financiero, no existe ninguna alternativa, ya que los partidos políticos dominantes, sean del color que sean, están de acuerdo en lo esencial; es decir, en la conservación del dominio y hegemonía de la presente sociedad mercantil. No existe partido político susceptible de acceder el poder que ponga en entredicho el dogma del mercado y del salvaje capitalismo y son esos partidos, con la complicidad de la mayoría de los medios de comunicación, los que monopolizan todo en nuestra sociedad. Es por ello, que tras el 12J, con su voto, el pueblo nombrará y otorgará el poder a sus señorías que están más allá de las leyes; puesto que, ellas, se encargarán de redactarlas y, después, su misión será la de hacérnoslas obedecer a la ciudadanía.

En los hemiciclos de cada Parlamento, estos profesionales de la política, montan un teatro dentro del teatro, con el fin de ocultar el verdadero debate: la elección del modelo de sociedad en el cual la ciudadanía quisiera vivir. Y así, conseguido el objetivo, la apariencia y la futilidad dominan sobre la profundidad del enfrentamiento de las ideas necesarias para modificar la sociedad. En consecuencia, toda esta impostura y representación, desde mi punto de vista, no se parece en nada, ni de cerca ni de lejos, a una democracia real.

La auténtica y soberana “democracia” se define, en principio y ante todo, como la forma de gobierno en la que el poder político es ejercido por los ciudadanos; o sea, con y por la participación masiva de los ciudadanos en la gestión de los asuntos del pueblo, ciudad, comunidad autónoma y/o de la nación. Debe de ser directa y participativa y tiene su expresión más autentica en las asambleas populares y en el diálogo permanente sobre la organización de la vida en común. Por el contrario, la actual forma representativa de parlamentarios que disfrutan el usufructo del poder en nombre de la democracia, limitan la soberanía de los ciudadanos al simple derecho al voto; esto es, a la nada, pues la elección entre un gris claro o un gris oscuro, no es una elección verdadera. La realidad, siempre tozuda, nos muestra que los escaños parlamentarios están ocupados, en su gran mayoría, por la clase económicamente dominante o por sus representantes. Y da lo mismo que sean éstos de derechas, centristas, de izquierdas, republicanos, socialistas o cristiano-demócratas, etc...

Con este escenario, da igual quien ejerza el poder; pues “el voto” hace al ciudadano cómplice de la tiranía que le oprime. El pueblo, sus ciudadanos, no son esclavos porque existan los amos, sino que existen los amos, porque los ciudadanos optan por seguir siendo los esclavos. Nos lo dejó dicho el político estadounidense Abraham Lincoln, “Del mismo modo que no sería un esclavo, tampoco sería un amo. Esto expresa mi idea de la democracia.”. Quizá por eso le asesinaron…

Saludos a todos. Y…sigamos votando.





domingo, 21 de junio de 2020

La individualización de la sociedad.



 A causa de la pandemia, un muro invisible se ha levantado entre las personas y profundiza la individualización. Y los efectos sobre las “categorías del conocimiento” serán inmensos. Para darnos cuenta del cambio, es suficiente un simple ejemplo: contemplar como la educación superior que funcionaba con un modelo de presencia del alumno, a causa del distanciamiento físico, ha quedado obsoleto. ¿Era necesario el virus como pretexto?

Por otra parte, si fijamos nuestra mirada en el aspecto laboral, contemplamos que los asalariados siguen estando confinados y el confinamiento ha traído nuevas técnicas del desarrollo de teletrabajo con una dependencia cada vez más fuerte del ordenador y un acercamiento, por tanto, a la individualización de la sociedad. A mi parecer, creo que ésta, aunque no me guste, es una tendencia imparable. Un proceso que ha acelerado, evidentemente, la pandemia y que, desde mi punto de vista, no tiene ninguna relación con las vaguedades y dudas del Gobierno central a la hora de planificar la desescalada para que la sociedad sepa lo que hay que hacer y lo que no se puede ni debe efectuar.

Y en el mundo sanitario, la única realidad que se percibe, a no muy largo plazo, es que el concepto de la relación médico-enfermo y de la propia medicina, va a cambiar radicalmente. Se va a potenciar la atención telefónica, primero vía atención primaria y enfermería, según que casos. Y se potenciará la telemedicina; o sea, las consultas telemáticas. Quedando la consulta presencial reducida a los casos en que los médicos necesiten explorar al paciente. Y este hecho, traerá problemas, porque los médicos jóvenes saben mucho de informática, pero creo que están a años luz de saber explorar a los pacientes como se hacía antiguamente. En este sentido, recuerdo unas “sabias” palabras del médico de familia que un día, hablando en casa de este tema, le dijo a mi padre: “cuando yo pido una prueba o pruebas a un paciente es para corroborar el diagnóstico que he hecho previamente y no lo contrario, llegar al diagnóstico después de haber pedido pruebas por descarte; pues actuando de éste último modo, cualquiera puede ser médico.”

Evidentemente, la forma de vida anterior es irrecuperable. Lo que no sé es el alcance de la capacidad de comprensión y/o sufrimiento, por parte de la sociedad, para afrontar esta nueva etapa. Soy pesimista, pues la clave está en la calidad y modelo de democracia que se nos avecina. No hay un bosque incierto sino varios que atravesar. Hoy en día, creo que nuestra democracia ha quedado a la intemperie y sus vergüenzas al aire; pero no solamente en nuestro país, sino en todo el mundo occidental. Se intuía. Se sabía de la baja calidad democrática de estas últimas décadas y del modelo imperfecto que se mantenía con la acrobacia y equilibrismos de un titiritero. Y es que este bosque es demasiado intrincado y veremos cómo lo atravesamos, si es que podemos. Pues, tenemos enfrente y estamos en el umbral de unos enormes desafíos para una sociedad infantilizada y más manipulada en sus emociones que nunca. La individualización es un carácter que ha impregnado todas las cosas de nuestra vida, convirtiendo la democracia en una creencia patética; es decir, en la sabiduría colectiva de la ignorancia individual.

Leí hace unos meses El hombre que amaba a los perros, de Leopoldo Padura. Es durísimo y me refrescó la memoria de muchas cosas de las que algo había leído y de alguna terrible escena que presencié en mi niñez. De lo que no cabe la menor duda es de que la "vieja vida” de relaciones despreocupadas entre las personas, está destinada a desaparecer. ¡Lástima…!

El aspecto más triste del individualismo de la vida actual es que la ciencia gana en conocimiento más rápidamente que nuestra sociedad neoliberal en sabiduría. Y es que, dicha sociedad, amparada y animada por el capitalismo internacional, no acaba de comprender que no puede haber una sociedad floreciente y feliz cuando, a causa de esta pandemia, una gran parte de sus miembros, casi de la noche a la mañana, se convierten en pobres y desdichados.

Como nos dejó dicho el académico francés Nicolas de Chamfort en el siglo XVIII, en su obra Elogio de lo ético, “La sociedad sería una cosa hermosa si se interesaran los unos por los otros. Ya que sin un desarrollo humano más igualitario entre Norte y Sur estamos abocados a una catástrofe sin precedentes a nivel global”. Camino vamos de ello…, y el individualismo de la sociedad es el comienzo.

miércoles, 3 de junio de 2020

Educación y enseñanza o viceversa.



El triste y penoso choque entre Cayetana Álvarez de Toledo y Pablo Iglesias en el Pleno del pasado día 27 en el Congreso y el posterior, protagonizado por el propio Pablo Iglesias, vicepresidente segundo del Gobierno, y el portavoz de Vox, Iván Espinosa de los Monteros, en la Comisión de Reconstrucción en el Congreso de los Diputados, del día 28, ha originado un aluvión de reacciones. Y es que el hecho de que tres políticos brillantes intelectualmente, como son los citados, empleen sus energías para insultarse en el santuario de la democracia, creo que demuestra que la sociedad de este país y los políticos, que son sus genuinos representantes, tiene, entre otros, un grave problema que se llama “Educación”.

Está claro que la educación es el resultado de un proceso que comienza en la cuna, en la familia, se continúa en los centros educativos y termina en la escuela de la vida. En este sentido y desde mi punto de vista, el principal problema en la actualidad es que en todos y cada uno de los eslabones de este encadenamiento, se introducen en la mente de los niños, de los adolescentes y los adultos, una serie de grumos pringosos ideológicos que les privan de la facilidad de pensar a través de la fluidez de las neuronas, aniquilando y corrompiendo el entendimiento y contaminando desvergonzadamente la parte cognitiva del ser humano, cuya consecuencia es la pérdida de la libertad de pensar y del sentido crítico. Esta contaminación del pensamiento, constituye, a mi modo de ver, el principal escollo que tiene la educación.


Para poderlo aprender y comprender, se me hace necesario emplear de nuevo la genealogía, es decir, buscar ¿de dónde viene, qué es lo que lo produce? El tema es de difícil disquisición, pues desde su origen, la educación esta atenazada entre dos antítesis: el pasado y el futuro o a la inversa.
La Mañana 03.06.2020
Me explico, la educación no está al servicio de los niños, como se dice casi siempre, sino al servicio del tipo de adultos que quieran y deban devenir en la previsión del futuro. Es por ello, que creo que nos equivocamos si consideramos que la educación debe inventar el futuro, ¿con qué derecho los padres y pedagogos, que están a cargo de la educación, pueden escoger el futuro de los niños en lugar de ellos mismos?

Estoy convencido de que la verdadera función de la escuela no es inventar el futuro, sino transmitir el pasado para aprender de él. Esto ya lo había visto Hannah Arendt en su artículo La crisis en la cultura: El conservadurismo, tomado en el sentido de transmisión, es la esencia de la educación... Es precisamente para preservar lo que es nuevo y revolucionario en cada niño, que la educación debe ser conservadora “. También lo había visto así el filósofo Alain Renaut en Propósitos sobre la educación: “La enseñanza solo debe ser absolutamente retardataria. No retrógrada, todo lo contrario. Es para caminar en la buena dirección, que se da un paso atrás; porque, si no te colocas en el momento pasado, ¿cómo sobrepasarlo? “. El progreso supone la transmisión. Y es que del pasado, no se debe hacer tabula rasa.

Sin embargo, en materia de educación, se ha hecho diametralmente lo opuesto. Ya que sobre el efecto de una presión cada vez más fuerte, provocada por la mundialización y globalización liberal conservadora, durante el siglo XX, se han destrozado la gran mayoría de las transmisiones generacionales, como las herencias culturales y patrimonios de valores. Obviamente, este es un fenómeno tan sorprendente como inquietante, que conlleva infinitas consecuencias, especialmente en el nivel pedagógico. Así como se han demolido las reglas tradicionales del arte; o sea del cine, música, literatura, etc., el siglo XX ha sido el siglo de la deconstrucción de los valores tradicionales, incluso en el sistema escolar. Y, en su lugar, se ha implantado en las mentes, una especie de esquizofrenia colectiva. Por un lado, se ha instaurado una emancipación de los individuos que arrancan los grilletes tradicionales y son más libres y, por otro, sus resultados son catastróficos; pues lo malo es que esa libertad, a menudo, va acompañada de una falta de preocupación, de respeto del y por el otro y de un sin número de incivilidades, mandando al vacío todo proyecto colectivo.

Para no extender al infinito este tema, dejaré de lado otros males, como son el analfabetismo social, la masificación, el habitual bajo nivel intelectual y formativo de los profesores, salvo excepciones, los nefastos métodos educativos, la autodestrucción del saber, sus desilusiones, la deplorable TV y sus incidencias, etc.… Me limitaré pues, a dos interrogantes significativos de la contradicción cultural en el universo de la globalización tecnológica, política, social y cultural que han impuesto los poderosos oligarcas del capitalismo liberal conservador internacional a escala mundial: ¿queremos un mundo de niños bien educados inteligentes y cultos? o ¿queremos fabricar una población de niños que se limiten a consumir, para que las empresas vendan lo que tienen a la venta? Esta es la disyuntiva que ya se planteaba Rousseau en su Emile o la Educación  ¿qué es mejor hacer?: “quant, au lieu d’élever un homme pour lui-même, ¿on veut l’élever pour les autres?

En este contexto, considero que hay que hacer distingos entre enseñanza y educación. Ya que, para una gran mayoría de familias, hoy en día, por desidia, por falta de tiempo, por desuso o porque lo consideran insignificante, descargan sus deberes de educación, sobre los profesores.
La “enseñanza”, en su esencialidad, está constituida por profesores, alumnos, un lugar público y un establecimiento escolar. Y la “educación “, con todo lo que conlleva, es o debería ser, más bien un asunto de los padres, que debe estar dirigido no hacia los estudiantes, sino hacia los hijos, en un marco privado, que constituye la familia. Ello, no impide, evidentemente, que los padres puedan enseñar y los profesores educar, pero estas tareas no se confunden, y por lo general de los profesores depende la enseñanza y de los padres la educación.

Aunque este hecho, es evidente y, por supuesto, es sabido. Hago este comentario y encima insisto, porque me parece imperativo hacer hincapié en él. Pues, muy a menudo, las familias confunden ambos términos y depositan sus responsabilidades de educación sobre los docentes. Y esto tiene consecuencias catastróficas en la enseñanza, pues la cruda verdad demuestra que, si los alumnos no están relativamente educados, si no tienen adquiridos principios de civismo mínimos, cuando entran en la escuela, la instrucción resulta prácticamente imposible. Y es que, en consecuencia, tenemos una tenaza con sus dos mordazas, una que impide la transmisión de los valores y sus herencias de la enseñanza por un lado y, por el otro, la mordaza generacional que se despreocupa de una educación en valores desde el marco de la familia. Creo que son las causas principales del desastre social que en muchos sentidos tenemos actualmente y que desembocan en un sin número de anomalías que, así mismo, son susceptibles de dar respuesta a toda la serie de interrogantes que algunos nos hacemos cuando vemos determinadas imágenes por televisión o leemos y vemos determinados hechos que ocurren al lado mismo de nuestra propia casa e incluso en el propio Parlamento de la nación.