Nuestra vida, es ese sincopado viaje entre dos tiempos, el del nacimiento y la muerte. Unos tiempos durante los cuales, en mayor o menor medida, todos tenemos los mismos anhelos, poseemos similares virtudes, escondemos parecidas miserias, detentamos generales consuelos y sufrimos inevitables duelos que inexorablemente terminan con la muerte y el olvido de nuestra propia existencia. Y sin embargo, en nuestras modernas e individualistas sociedades vivimos como si la muerte no existiera. Tal vez, porque al mismo tiempo que la ciencia alarga la vida, nuestra cultura occidental se opone a pensar, asimilar y contemplar la muerte como un hecho inapelable e irremediablemente ineludible. Y es que hace ya muchos años que contemplamos la muerte, de forma más o menos consciente, como parte de una ficción narrativa literaria y/o cinematográfica y, a menudo, hemos hecho tan desmesurado uso y abuso de ella como efecto virtual y dramático, que no ha ejercido casi ningún poder sobre nuestra percepción y aún menos sobre la verdadera conciencia de lo que supone su desenlace
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| La Mañana 2.11.2022 |
La vida cambia rápido. La existencia transmuta en un instante en ese abreviado y rítmico viaje en el que se desarrolla. Un día, te sientas a cenar y de pronto el trayecto que conoces y que no piensas que tiene fin, se acaba. Y es que no se muere uno solo de vejez, sino por cualquier causa. Y, tal vez por ello, convendría que cambiásemos de paradigma de pensamiento y aceptásemos en no dar nada por sentado para poder hablar abiertamente de la muerte. Pues, entiendo que, compartir el sufrimiento que pensar en ella conlleva, alivia; máxime cuando se trata de algo que nos concierne a todos y, por lo tanto, contribuye a que nos enfrentemos abierta y directamente al miedo que genera. Probablemente sea, ese temor, la razón por la que hemos tardado siglos en comprender que no estamos solos y que hablar de la muerte es necesario. No obstante, como en otras muchas facetas de nuestro comportamiento, no obramos atendiendo al juicio de la lógica y la reflexión y no nos gusta hablar de enfermedades ni de la muerte, siendo ésta la única certeza que tenemos.
La muerte es el hecho más trascendental que determina toda nuestra existencia. Casi nadie se quiere morir y cuando la percibimos cerca nos afanamos en retrasarla todo cuanto se pueda. Quizá por eso, la inmortalidad ha sido en el transcurso de la historia de la humanidad un anhelado deseo. Y aunque ya Platón la definió como “un terrible peligro”, vivir para siempre sin temor a enfermedades y/o poder morir cuando uno mismo lo decida, es la ambiciosa pretensión de una inmensa mayoría. Ya que la muerte no es algo que está al final de la vida, sino al principio, como nos explica el genetista del CSIC Ginés Morata, al afirmar que la muerte no es un proceso biológico inevitable, puesto que hay seres vivos que no envejecen, como algunos celentéreos o las medusas, por ejemplo. No obstante, sabemos que a pesar de esforzarnos por permanecer vivos, vamos a morir. Y sabemos también que la vida es breve. Y es tal vez por ello que la ciencia se afana en encontrar la forma en que podamos trascender a la mera existencia biológica. En este sentido, el psicólogo Clay Routledge, en el artículo Uno se siente significativo al sentirse inmortal, publicado en la revista Scientific American en 2014, decía, entre otras cosas, que la conciencia de la muerte hace que nos afanemos por tener experiencias más trascendentales, que aumente nuestra fe y que nuestro paso por la vida no desaparezca con nuestra muerte física. De hecho, Amazon trabaja ya hace tiempo para que un asistente virtual pueda reproducir la voz de los difuntos y alguna otra empresa, como Forever Mortal, gracias a la inteligencia artificial, desarrolla hologramas cada vez más perfeccionados que permiten interactuar con el muerto.
La ciencia nos la explica, pero la mayoría de nosotros no comprendemos la muerte y el hecho de que cuando se apaguen las luces de nuestra existencia, entremos en ese espacio infinito del olvido. Posiblemente, para evitarlo, fue por lo que el monje benedictino San Odilón de Cluny, en el año 998 d.C. instituyó un día específico para los difuntos. Siglos más tarde, en el XVI, su idea fue recogida por el Papado de Roma y se propagó al mundo entero. Y, desde entonces, el 2 de noviembre, “Día de los Fieles difuntos”, es el único día del año en que hablamos sin problemas de la muerte y visitamos y recordamos a nuestros seres queridos en el cementerio.
Pienso en la muerte, tal vez porque a mi edad es un hecho inevitable. Y aunque procuro no tenerla presente en mi cabeza demasiado, soy conocedor de que la muerte piensa en mí. Me tiene en su lista y me impresiona. En todo caso, como afirma Declan Donnellan, director de cine británico, “hay algo peor que la muerte, la conciencia de saber que puedes no haber nunca sucedido”. Y es que el miedo a la muerte no es nada comparado al de no haber existido.
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