rosa.piro@telefonica.net

domingo, 26 de julio de 2026

Cuando el universo aprendió a mirarse

 

Hay una pregunta que me persigue desde hace años y cuya sencillez resulta casi insultante. Si no hubiera existido jamás ningún ser consciente... ¿Habría existido el tiempo? La física responderá, con razón, que sí. Las galaxias seguirían alejándose unas de otras. Las estrellas nacerían y morirían. Los átomos continuarían organizándose según las leyes de la naturaleza. Todo sucedería exactamente igual. Pero yo no me refiero a ese tiempo. Me refiero al tiempo vivido. Al tiempo recordado. Al tiempo que sabe que está pasando. Porque existe una diferencia inmensa entre que algo ocurra... y que alguien sea consciente de que está ocurriendo.

 

Durante casi trece mil ochocientos millones de años el universo fue un inmenso escenario sin espectadores. La materia obedecía dócilmente las leyes de la física. Las galaxias giraban con una elegancia indiferente. La gravedad construía mundos mientras la luz atravesaba el vacío sin encontrar unos ojos capaces de admirarla. Todo existía. Pero nadie lo sabía. Y entonces ocurrió algo extraordinario. En un rincón insignificante de una galaxia corriente, sobre un planeta absolutamente vulgar, la materia comenzó lentamente a hacerse preguntas. Primero fue la vida. Después apareció la inteligencia. Mucho más tarde surgió algo infinitamente más raro. La conciencia. Y con ella nació un acontecimiento cuya importancia quizá todavía no hemos comprendido. Por primera vez, el universo dejó de ser únicamente existencia para convertirse también en experiencia. Por primera vez alguien pudo contemplar una estrella sabiendo que era una estrella. Por primera vez alguien lloró la muerte de otro. Por primera vez alguien sintió nostalgia del ayer y esperanza del mañana. Y por primera vez...el tiempo tuvo memoria.

 

Hay una tendencia muy humana a creer que somos el centro de todo. La ciencia nos ha ido recordando, una y otra vez, que no lo somos. Ni ocupamos el centro del universo, ni pertenecemos a una especie privilegiada, ni habitamos un planeta excepcional. Somos extraordinariamente pequeños, casi insignificantes. Pero quizá confundimos tamaño con importancia. Una partitura de Mozart pesa apenas unos gramos. La fórmula de la relatividad cabe en una hoja de papel. El ADN de un ser humano puede guardarse en un volumen diminuto. Y es que lo verdaderamente importante rara vez necesita ocupar mucho espacio. ¿Por qué habría de ser diferente la conciencia?

 

A veces imagino el universo como una inmensa biblioteca escrita durante miles de millones de años en un idioma que nadie podía leer. Hasta que aparecimos nosotros. No porque fuéramos los autores del libro. Sino porque fuimos sus primeros lectores. Y entonces comprendí algo que me estremeció Tal vez llevamos siglos haciéndonos la pregunta equivocada. Nos preguntamos si estamos solos en el universo. Quizá la cuestión verdaderamente importante sea otra. ¿Está el universo solo sin una inteligencia que pueda comprenderlo? No afirmo que la conciencia otorgue sentido al cosmos. Sería de una gran arrogancia por mi parte. Lo que sospecho es algo mucho más humilde. Quizá la conciencia no cambie el universo. Pero cambia radicalmente la existencia del universo para sí mismo. Porque una montaña no sabe que es hermosa. Una galaxia ignora su propia magnificencia. Un agujero negro desconoce que desafía nuestra imaginación. La belleza necesita una mirada. El misterio necesita una inteligencia. Y el tiempo...quizá necesitó una memoria.

 

Por eso, todo ello me lleva a pensar que la inteligencia no fue un accidente improbable de la evolución. Fue una posibilidad inscrita en ella desde el principio. No para dominar la naturaleza. No para conquistar el universo. Ni siquiera para sobrevivir. Sino para que, después de miles de millones de años de silencio cósmico, pudiera formularse por fin la pregunta que llevaba esperando desde el origen de todas las cosas. ¿Quién soy? Quizá ésa sea la pregunta que el universo llevaba trece mil ochocientos millones de años intentando pronunciar. Y nosotros... nosotros sólo hemos puesto la voz. Pero aquí aparece una paradoja todavía más inquietante. Si el universo tuvo un comienzo, todo parece indicar que también tendrá un final. Las estrellas agotarán su combustible. Las galaxias se apagarán. La materia se transformará. Hasta el propio tiempo podría dejar de existir si el espacio desapareciera con él. Entonces... ¿qué quedará? Ésa es la frontera donde la ciencia baja la voz. Y donde la filosofía vuelve a empezar. Porque si el universo muere... ¿muere también la eternidad? ¿O será precisamente entonces cuando descubramos que la eternidad nunca perteneció al universo, sino a esa realidad más profunda de la que el universo nació como nace una ola del mar? No lo sé. Y quizá ahí resida la mayor lección de todas.

 

La inteligencia nos ha permitido descubrir cómo nacen las estrellas, medir la edad del cosmos y escuchar el eco remoto del Big Bang. Pero cuanto más se ensancha el círculo de nuestro conocimiento, más se aleja el horizonte del misterio. Tal vez ése sea el destino de la condición humana. No conquistar definitivamente la verdad. Sino caminar hacia ella sabiendo que siempre permanecerá un paso más allá. Y, sin embargo, nunca me había parecido tan hermoso ignorar una respuesta. Porque empiezo a sospechar que el mayor milagro del universo no fue el nacimiento de la materia. Ni siquiera el nacimiento de la vida. El verdadero milagro ocurrió el día en que una pequeña criatura levantó la vista hacia las estrellas y comprendió que también ella estaba hecha de la misma materia que intentaba comprender. Aquel día, quizá por primera vez desde el origen de los tiempos, el universo dejó de contemplar únicamente su inmensidad. Y comenzó a contemplar su misterio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

27 comentarios:

  1. He terminado de leerlo con la sensación de haber estado mirando las estrellas desde otra orilla. La idea de que el universo haya necesitado miles de millones de años para encontrar unos ojos capaces de contemplarlo me parece sencillamente fascinante. No sé si es filosofía, poesía o ciencia llevada hasta su última pregunta. Probablemente sea un poco de las tres. Un magnífico artículo.

    Javier Montoro

    ResponderEliminar
  2. Bona tarda Juan Antonio,
    Muy bonito y, sobre todo, muy sugerente. Nos hace pensar en una idea fascinante: quizá no somos el centro del universo, pero sí una parte del universo que ha llegado a tener conciencia de sí misma.
    Cuando miramos las estrellas, de alguna manera es el propio universo intentando comprenderse a través de nosotros. Y quizá la grandeza del ser humano no esté en tener todas las respuestas, sino en seguir haciéndose preguntas.
    Una reflexión para leerla despacio y dejarla reposar.
    Saludos

    Salvador-Ramon Pané

    ResponderEliminar
  3. Hay artículos que informan y otros que hacen pensar. Este pertenece a la segunda categoría. Me ha impresionado especialmente la imagen del universo como una biblioteca escrita durante miles de millones de años hasta que aparecimos nosotros como sus primeros lectores. Es una metáfora preciosa y, al mismo tiempo, inquietante. Después de leerlo, cuesta volver a mirar el cielo de la misma manera. Me ha gustado mucho.

    Elena Rivas

    ResponderEliminar
  4. Lo que más me ha gustado es que no intentas dar respuestas definitivas. Al contrario, conviertes la duda en el verdadero protagonista del artículo. Quizá ahí esté precisamente la grandeza de la inteligencia: cuanto más sabemos, más conscientes somos de todo lo que ignoramos. La última reflexión, sobre el universo contemplando su propio misterio, me parece extraordinaria.

    Saludos
    Carlos Ferrer

    ResponderEliminar
  5. Ya sabes que soy bastante escéptico con este tipo de reflexiones cosmológicas, pero reconozco que el artículo me ha atrapado. Precisamente porque no presentas tus intuiciones como verdades científicas, sino como preguntas. Y quizá ésa sea la mejor manera de acercarse a asuntos que todavía están mucho más allá de nuestro conocimiento. Ciencia y filosofía dándose la mano sin confundirse.

    Saludos cordiales
    Andrés Valcárcel

    ResponderEliminar
  6. Me ha hecho pensar en algo que nunca había planteado así: puede que las estrellas hayan estado ahí durante miles de millones de años, pero necesitaban que alguien pudiera mirarlas y preguntarse qué eran. La materia convertida en pensamiento es una idea que produce vértigo. Un texto muy bello, profundo y, sobre todo, muy humano.

    Mª Teresa Soler

    ResponderEliminar
  7. La frase que más me ha quedado resonando es esa de que “el tiempo tuvo memoria”. Es una de esas expresiones que parecen sencillas y, sin embargo, contienen un universo entero. Me ha gustado mucho esa manera de convertir conceptos científicos en emociones sin quitarles profundidad. Es un artículo para leer despacio y volver a él.

    Pilar Navarro

    ResponderEliminar
  8. Después de leerlo he salido al balcón y me he quedado unos minutos mirando el cielo. Creo que ésa es la mejor prueba de que un artículo funciona: cuando consigue que uno levante la mirada y vea lo cotidiano de otra manera. Somos diminutos, sí, pero también somos materia que ha conseguido preguntarse de dónde viene. Y eso, por sí solo, ya resulta extraordinario.
    Miguel Ángel Ortega

    ResponderEliminar
  9. Me ha parecido especialmente sugerente la pregunta sobre si el universo está solo sin una inteligencia capaz de comprenderlo. No sé cuál sería la respuesta, pero estoy convencida de que la pregunta merece ser formulada. Quizá la consciencia sea una de las cosas más misteriosas que existen, precisamente porque es el propio universo intentando comprenderse a sí mismo.

    Ana Beltrán

    ResponderEliminar
  10. Hay una paradoja muy hermosa en todo el artículo: cuanto más conocemos el universo, más grande se vuelve aquello que desconocemos. Pensamos que la ciencia iba a acabar con el misterio y ocurre justamente lo contrario. Cada respuesta abre nuevas preguntas. Me parece una reflexión muy necesaria en una época en la que confundimos con demasiada facilidad conocimiento con certeza.

    Fernando Ruiz

    ResponderEliminar
  11. Un artículo que empieza preguntándose si existiría el tiempo sin seres conscientes y termina hablando del destino del universo y de la eternidad. Y, curiosamente, el viaje no resulta excesivo, porque todo está unido por una misma idea: nuestra necesidad de comprender. Me quedo con la imagen final: una pequeña criatura hecha de estrellas mirando las estrellas y descubriendo que también ella forma parte de aquello que intenta comprender. Precioso.

    Rosa Mª Vidal

    ResponderEliminar
  12. Hola Juan Antonio,
    Impone mucho llevar tan lejos nuestras inquietudes sobre los enigmas del universo, sobre todo porque comparto contigo el pensamiento de que "cuanto más se ensancha el círculo de nuestro conocimiento, más se aleja el horizonte del misterio".
    Un abrazo,
    Miguel Ángel Cerviño

    ResponderEliminar
  13. Hay artículos que uno termina de leer y pasa a otra cosa. Y hay otros que obligan a quedarse unos minutos en silencio. Este es de los segundos. Me ha impresionado especialmente esa idea de que el universo existió durante miles de millones de años sin nadie que pudiera contemplarlo. Nunca había pensado que la conciencia pudiera ser, de algún modo, la manera que tiene el universo de mirarse a sí mismo. Una reflexión preciosa.

    Javier Morales

    ResponderEliminar
  14. Me ha encantado la imagen de la biblioteca escrita durante miles de millones de años hasta que aparecieron los primeros lectores. Es una metáfora sencilla, pero encierra una profundidad enorme. Quizá eso sea precisamente lo que somos: lectores de un libro que no hemos escrito y cuyo final desconocemos. Gracias por hacernos pensar..

    Carmen Valdés

    ResponderEliminar
  15. He leído el artículo dos veces. La primera con la cabeza y la segunda, creo, con algo más difícil de explicar. Me quedo con una frase: «Por primera vez... el tiempo tuvo memoria». Quizá porque al cumplir años uno empieza a comprender que el tiempo no es solamente lo que pasa, sino también aquello que queda dentro de nosotros después de haber pasado.

    Miguel Ángel Serrano

    ResponderEliminar
  16. Hay una frase que me ha acompañado después de terminar la lectura: "La belleza necesita una mirada". No sé si desde el punto de vista filosófico puede sostenerse literalmente, pero emocionalmente me parece incontestable. Una puesta de sol existe sin nosotros, por supuesto. Pero cuando alguien la contempla y siente algo ante ella, ocurre otra cosa. Quizá ahí esté el verdadero misterio de la conciencia.

    Fernando Lázaro

    ResponderEliminar
  17. No estoy completamente de acuerdo con la afirmación de que la inteligencia pudiera estar inscrita en la evolución desde el principio. Quizá sea simplemente una de tantas posibilidades que aparecieron por azar. Pero precisamente por eso me gusta el artículo: porque no presenta sus ideas como verdades absolutas. Plantea preguntas. Y en tiempos en los que todo el mundo parece tener respuestas para todo, eso ya es mucho.

    Elena Rius

    ResponderEliminar
  18. Mientras lo leía pensé en Carl Sagan y en aquella idea de que somos una forma en que el cosmos puede conocerse a sí mismo. Pero tu texto lleva esa intuición hacia otro lugar, mucho más íntimo: el tiempo que recuerda, la nostalgia, la muerte, la pregunta por el sentido. Me ha parecido un artículo científico sin ser científico y filosófico sin resultar académico. Muy difícil de conseguir. ¡Enhorabuena!

    Saludos cordiales
    Beatriz Navarro

    ResponderEliminar
  19. Me ha gustado especialmente el final. «El universo dejó de contemplar únicamente su inmensidad. Y comenzó a contemplar su misterio». Es una de esas frases que parecen sencillas hasta que uno intenta pensar realmente en ellas. Quizá llevemos toda nuestra historia haciendo eso: intentando comprender algo que nos contiene y que, al mismo tiempo, nos resulta incomprensible.

    Antonio Beltrán

    ResponderEliminar
  20. Este artículo me ha producido una extraña sensación de pequeñez y, al mismo tiempo, de importancia. Pequeñez porque somos absolutamente insignificantes frente a las dimensiones del cosmos. Importancia porque, pese a ello, somos capaces de preguntarnos por él. Quizá nuestra grandeza no esté en ocupar un lugar especial en el universo, sino en ser capaces de maravillarnos ante el lugar que ocupamos.

    Laura Fernández

    ResponderEliminar
  21. Hay algo en este artículo que me recuerda que quizá envejecer también consiste en aprender a convivir con preguntas sin respuesta. Cuando somos jóvenes queremos saberlo todo. Con los años empezamos a comprender que algunas preguntas son más valiosas que las respuestas. Me ha gustado mucho esa idea de que cuanto más conocemos, más se aleja el horizonte del misterio. Paradójicamente, cuanto más sabemos, más conscientes somos de todo lo que ignoramos.

    Ramón Iglesias

    ResponderEliminar
  22. Después de leerlo he salido al balcón y he mirado un rato las estrellas. Creo que ese es el mejor comentario que puedo hacer. El artículo consiguió algo que no siempre consigue la literatura ni el pensamiento: modificar durante unos minutos la manera en que uno mira lo que tiene delante. Quizá el universo no necesite que lo comprendamos. Pero qué extraño y maravilloso que, después de miles de millones de años, haya conseguido producir a alguien que quiera intentarlo.

    Isabel Martín

    ResponderEliminar
  23. Buenas tardes de domingo.
    Me ha parecido un artículo muy interesante y profundo con cuestiones que, desde luego, invitan a reflexionar.
    Tengo que decirte que alguno de los artículos, como éste por ejemplo, los releo porque cada vez saco algo nuevo.
    Un abrazo
    Fátima Sánchez-Cantalejo

    ResponderEliminar
  24. Estás llegando a un nivel que... Deben ser los años. Es pura filosofía, sabiduría profunda. Muy bueno.
    Un abrazo.
    Jaime Martínez

    ResponderEliminar
  25. Este tercer escrito de la trilogía que ha escrito Juan Antonio, me parece interesante. Que ahora,en tiempo de vacaciones, tengamos una lectura que con toda seguridad nos hará pensar, es un lujo.
    Un cordial saludo.
    Miguel Soto.

    ResponderEliminar
  26. Hola Juan Antonio,
    Ahora he comprobado que este pequeño comentario quedo pendiente de enviar el día que lo escribí y he decido mantenerlo y enviártelo sin modificarlo.
    Felicidades , has conseguido transmitir con está antológica serie de artículos, los más profundos interrogantes, que nuestra especia es capaz de formular, sin perder un ápice de la trabazón intelectual y literaria que te dignifica.
    Me resulta sumamente destacable tu premisa de que quizás el universo ha proyectado los ensamblajes que han hecho posible en este pequeño y marginal planeta, la aparición de la vida y la aparición de la consciencia en unos seres biológicamente poco dotados, nuestra humanidad, con el fin último de hacernos participes de su grandeza, al dotarnos de un cerebro que nos permite poder vislumbrar parcialmente la belleza de todo el conjunto, es genial, y más al considerar que nuestros avances en el conocimiento de este todo siempre están unos pasos por detrás del conocimiento absoluto para poder aprender algo tan terriblemente complejo y inestable.
    Muchos ante esta nuestra ignorancia conciben, especulan y creen en mitos, religiones y dioses, como principio y fin causal de este todo que supone nuestro universo. Valoro tu omisión voluntaria a cualquiera de estas interpretaciones, porque cualquier modo de rellenar el desconocimiento con la ficción, solo es un obstáculo más en esta permanente busca de esta verdad absoluta tan inasequible, que nos brinda el conocimiento científico matemático y empírico a partir del lento descifrar de meros retazos esquemáticos de un sistema tan complejo en el que estamos inmersos, que por ser infinitamente superior a nosotros es inalcanzable. .
    Un cordial saludo.
    JordiTestar

    ResponderEliminar

Gracias por tus comentarios.