Hay una escena que nunca hemos presenciado y, sin embargo, pertenece a la historia más importante de la humanidad. No sabemos cuándo ocurrió. Ignoramos el lugar, el nombre y el rostro de quienes la protagonizaron. Pero debió de suceder hace decenas de miles de años. En este sentido, imagino a un pequeño grupo de seres humanos alrededor del cuerpo inmóvil de uno de los suyos. Hasta entonces habían visto morir animales. Habían contemplado cómo las estaciones secaban los árboles y cómo la noche engullía la luz del día. Pero aquella vez ocurrió algo distinto. Por primera vez comprendieron que el que yacía en el suelo no era únicamente otro. Eran ellos. No asistían sólo a una muerte. Estaban contemplando la suya.
Creo que ése fue el instante más decisivo de nuestra historia. Tal vez, mucho más que el descubrimiento del fuego, de la rueda o de la agricultura. Porque aquel día nació el miedo. Pero también nació la inteligencia. Hasta entonces el ser humano luchaba por sobrevivir. Y desde aquel momento comenzó, además, a preguntarse para qué sobrevivía. A mi modo de ver, toda la historia de la civilización puede leerse como una inmensa respuesta a aquella escena. La filosofía intentó comprenderla. La religión quiso consolarla. El arte se empeñó en vencerla. Y la ciencia decidió investigarla. Cada una eligió un camino diferente, pero todas partían de la misma herida. La conciencia de la muerte.
Tal vez por eso nunca he entendido a quienes consideran la muerte un asunto exclusivamente biológico. Morir no es sólo dejar de respirar. Morir es el acontecimiento que otorga significado a la vida. Imaginemos, por un momento, que fuéramos inmortales. ¿Qué valor tendría entonces una tarde cualquiera? ¿Nos emocionaría un abrazo sabiendo que disponemos de una eternidad para repetirlo? ¿Lloraríamos una despedida si pudiéramos reencontrarnos dentro de diez mil años? ¿Existiría siquiera la palabra “urgencia”? Sospecho que no.
La muerte es la que pone precio al tiempo. Es ella quien convierte un beso en irrepetible, una infancia en inolvidable y un atardecer en un regalo. No es nuestra enemiga. Es la silenciosa artesana que da forma al valor de las cosas. Sé que esta idea puede resultar incómoda. A mí mismo me cuesta aceptarla. Como todos, he despedido personas a las que habría querido retener un poco más. He sentido el vacío que deja una silla que ya nadie ocupará y he comprobado que existen silencios capaces de hacer más ruido que cualquier palabra. Pero los años me han enseñado que el dolor y el amor hablan el mismo idioma. Sólo sufrimos por aquello que ha merecido la pena. Acaso por eso ninguna civilización ha podido resignarse a pensar que todo termina en una tumba. Los egipcios imaginaron una vida más allá del Nilo. Los griegos poblaron el Hades. El cristianismo habló de resurrección. El islam abrió las puertas del Paraíso. Las grandes religiones orientales imaginaron el incesante ciclo de las reencarnaciones. Distintos caminos. Una misma esperanza. No creo que esas creencias nacieran únicamente del miedo a desaparecer o de la ingenuidad. Creo que nacieron, sobre todo, de la imposibilidad de aceptar que el amor pudiera extinguirse para siempre. Porque el ser humano acepta con más facilidad su propia muerte que la desaparición definitiva de quienes ama. Tal vez ésa sea la verdadera raíz de todas las religiones. No el miedo. Sino la resistencia a creer que el amor pueda ser derrotado por el tiempo.
La filosofía siguió otro sendero. Los estoicos aconsejaban no temer a la muerte porque forma parte de la naturaleza. Epicuro afirmaba que jamás coincidiríamos con ella. Montaigne escribió que filosofar era aprender a morir. Heidegger dio un paso más: dijo que no vivimos a pesar de la muerte, sino hacia ella. Siempre me impresionó esa idea. No caminamos por una carretera cualquiera. Caminamos por una carretera cuyo final conocemos desde el primer paso. Y, sin embargo, seguimos plantando árboles cuya sombra no disfrutaremos. Seguimos escribiendo libros que leerán otros. Seguimos teniendo hijos. Seguimos construyendo catedrales. Seguimos enamorándonos. ¿No es extraordinario?
Hay algo profundamente heroico en esa obstinación. Somos la única especie que sabe que perderá la partida y, aun así, juega con entusiasmo. Quizá ahí resida nuestra verdadera grandeza. No en haber vencido a la naturaleza. Sino en haber sido capaces de crear belleza mientras sabíamos que todo era provisional. A veces pienso que una catedral, una sinfonía o un poema no son otra cosa que pequeñas rebeliones contra el olvido. Maneras de decirle al tiempo: "No podrás llevártelo todo." Y, sin embargo, cuanto más reflexiono sobre ello, más sospecho que ni la muerte ni la inmortalidad constituyen el verdadero misterio. Porque ambas siguen perteneciendo al tiempo.
La gran pregunta continúa esperándonos un escalón más arriba. ¿Qué es el tiempo? ¿Es una realidad objetiva? ¿O es simplemente la forma en que nuestra conciencia percibe el cambio? Porque si el tiempo no fuera más que una propiedad del universo... ¿Qué ocurriría si un día el propio universo dejara de existir? ¿Desaparecería también el tiempo? ¿O descubriríamos, demasiado tarde, que la eternidad nunca fue un tiempo infinito, sino la ausencia absoluta de tiempo? No lo sé. Pero empiezo a sospechar que, para acercarnos a la eternidad, primero tendremos que atrevernos a dudar de aquello que creemos conocer mejor. El tiempo. Porque quizá no sea el reloj quien mide nuestra vida. Quizá sea nuestra vida la que, durante un brevísimo instante, le permite al tiempo saber que existe.
Cuántas ideas.
ResponderEliminarLa muerte pone precio al tiempo.
Magnífico.
Pepe Pascual
Un articulo fantástico lleno de metáforas y cargas de profundidad filosóficas. Me ha gustado mucho. ¡Enhorabuena!
ResponderEliminarAntonio Puig
Querido Juan Antonio, qué interesante es este artículo de hoy, que has titulado, "El día en que descubrimos que íbamos a morir."
ResponderEliminarInteresante y difícil, yo no sé ni plantearme esta cuestión, y tú lo haces tan bien... Por eso te agradezco que lo pueda leer y reflexionar sobre el tema, y llegar a la conclusión que todos sin excepción algún día tenemos que irnos como ya vimos marchar a nuestros padres y abuelos, y a las personas que significaron mucho en nuestra vida el tiempo que convivimos a su lado. Personas que hemos querido a cada cual con una fuerza e intensidad distinta, según el trato que tuvimos.
Hasta aquí es todo lo que llego a pensar sobre el tema que poco o nada tiene que ver con la profundidad que lo tratas tú y que yo valoro muchísimo. Tú estás tan magníficamente arriba... !
Un abrazo y Gracias.
Buenas noches.
Pili Obre
Francamente es un tema que no me preocupa ni me quita ninguna hora de sueño. Comparto lo que dices que es mas difícil de entender la muerte de un ser querido que el saber que algún día nos tocará a nosotros, porque al morir un ser cercano morimos un poco con él.
ResponderEliminarEn todo caso, como decía Hemingway no preguntes por quién doblan las campanas....doblan por ti!
Magda Sellarés
Bon dia
ResponderEliminarIncluso la frase " no podrás llevártelo todo " es temporal, todo tiene cierto grado de efímero, no creo que nada sea eterno incluyendo, quizá, el invento de los dioses, tanto es así que el bosque, la calle, el paraje, el paisaje o el rio, y también las personas con diferentes y particulares caracteres , son cambiantes por diferentes motivos, el paso del tiempo altera sin remisión las cosas, a veces para bien. Es obvio que cuando llevamos tiempo sin estar en un lugar concreto en el que pasamos nuestra juventud y volvemos años después, lo vemos muy diferente, no solo por que físicamente haya cambiado, sino tambien por que nuestra perspectiva visión es diferente.
El paso del tiempo nos modela, da experiencia a quien tiene capacidad, nos enseña, da aplomo, y a veces paciencia, perseverancia, tacto, quizás una visión mas objetiva i por supuesto una piel distinta con todas sus connotaciones físicas.
Creo que las religiones surgieron para explicar lo que no se comprendía y aunque claramente se han usado con fines políticos y de control poblacional, todas ellas y por mucho tiempo continuaran siendo usadas indefinidamente para ese control de las masas y sus " tiempos" ese control si puede que tenga una duración no se si eterna pero si indefinida, aunque no lo veamos.
Saludos.
Josep Porta
Buenos días Tío, filosofando con tantas preguntas; aunque comparto el articulo contigo y con tus preguntas …
ResponderEliminarBesos
Nacho Valero
He leído el artículo dos veces y las dos me ha dejado pensando. La idea de que el verdadero nacimiento de la humanidad fue el momento en que descubrimos nuestra propia mortalidad me parece de una fuerza extraordinaria. Enhorabuena por un texto que invita a detenerse y reflexionar.
ResponderEliminarFernando Rivas
Pocas veces encuentro un artículo que mezcle filosofía, historia y emoción sin caer en la pedantería. Me ha gustado especialmente el pasaje en el que afirma que la muerte pone precio al tiempo. Es una frase que se queda dando vueltas en la cabeza.
ResponderEliminarLuis Miguel Santamaría
No comparto todas las conclusiones, especialmente las relacionadas con el origen de las religiones, pero precisamente ahí está el valor del artículo: obliga al lector a dialogar con él. Y eso hoy es mucho más difícil de conseguir que arrancar un simple "me gusta".
ResponderEliminarCarla Montero
El final me ha parecido brillante. Comenzar hablando de la muerte y terminar cuestionando la naturaleza del tiempo es un recorrido intelectual muy bien construido. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto leyendo un artículo de este tipo. ¡¡¡Aplausos.!!!
ResponderEliminarJavier Olmedo
Hay una frase que me ha emocionado: "Sólo sufrimos por aquello que ha merecido la pena". Resume en pocas palabras una verdad que muchos aprendemos demasiado tarde. Gracias por escribir con tanta sensibilidad.
ResponderEliminarManuel Cifuentes
Me ha recordado a esas lecturas de Montaigne o de los estoicos que uno vuelve a abrir cada cierto tiempo. Tiene un tono sereno, sin dogmatismos, y plantea preguntas que cualquiera puede hacerse, crea o no crea en una vida después de la muerte.
ResponderEliminarAlberto Navarro
Creo que el gran mérito del artículo es que no pretende dar respuestas definitivas. En una época en la que todo el mundo parece tener certezas absolutas, resulta refrescante leer a alguien que reivindica el valor de la duda como punto de partida.
ResponderEliminarRicardo Gómez
He terminado el artículo con una sensación extraña, mezcla de melancolía y esperanza. Si la muerte es la que da sentido a la vida, quizá también sea la razón por la que intentamos dejar algo bueno detrás de nosotros. Magnífica reflexión.
ResponderEliminarSaludos
Mª Ángeles Serrano
Me parece uno de esos artículos que mejoran con una segunda lectura. Está lleno de ideas que merecen ser subrayadas. La imagen del primer ser humano comprendiendo que algún día él también moriría me ha parecido sencillamente inolvidable.
ResponderEliminarAndrés Valverde
No suelo comentar artículos, pero éste lo merece. Más allá de estar de acuerdo o no con algunas ideas, está escrito con una elegancia poco habitual y consigue algo muy valioso: hacer que el lector cierre la página pensando en su propia vida.
ResponderEliminarJosé Antº Fuentes