La más pretérita e incuestionable certeza
de vida en la Tierra hasta nuestros días, la representa una bacteria que vivió
en una chimenea hidrotermal en el fondo del océano, hace unos 4.000 millones de
años. Su nombre es LUCA, sigla que
significa Last Ultimate Common Ancestor; es decir, “último antepasado
común definitivo” y su descubridor fue William Martin, jefe de un equipo de
investigación de la Universidad alemana Heinrich Heine de Düsseldorf. Según el
informe que el citado equipo publicó en la revista norteamericana Nature
Microbiology en el verano de 2016, los 355 genes que secuenciaron en LUCA indican que fue un organismo muy
sencillo que podía subsistir sin oxígeno, ya que conseguía la energía necesaria
para vivir sobre la base del dióxido de carbono, hidrógeno y otros gases
calientes emitidos y depositados por la citada chimenea en el fondo marino.
Descubrieron, además, que LUCA tenía
una enzima que le facultaba para poder subsistir a temperaturas muy altas y que
la hacía supeditada a determinados elementos químicos metálicos como el hierro,
lo que la permitía prescindir de la luz y el oxígeno para sobrevivir. Un hecho
que, hasta que se produjo ese descubrimiento, era contrario a la creencia
científica que pensaba que todas las formas de vida necesitaban imperiosamente
esos dos factores citados anteriormente para poder vivir. La Mañana 14.12.2021
En este contexto del nacimiento de la vida, y partiendo de la base de que LUCA es, pues, el organismo del que descendemos todos los seres vivos de la Tierra. Y de que los virus, científicamente hablando, no pueden ser considerados como seres vivos, ya que no cumplen las leyes básicas que rigen la biología: nacer, crecer, alcanzar la capacidad para reproducirse y morir, cabe preguntarse ¿qué son los virus? En este sentido y tomando en cuenta las consideraciones del mundo científico, los virus se definen como unos agregados moleculares y proteínicos carentes de vida propia. O sea que, de acuerdo con la biología, se les considera como microorganismos constituidos por material genético en su interior que puede contener ADN o ARN en el que van impresas las instrucciones para formar nuevos virus, una cápsula proteica y una membrana lipídica; pero que están desprovistos de vida propia, ya que necesitan la célula de otro ser vivo para sobrevivir y para multiplicarse, pues no se pueden replicar por sí mismos.
Dicho esto, la siguiente pregunta que cabe hacerse es ¿de dónde proceden los virus? Realmente no se sabe cómo surgieron, ni su origen evolutivo y es un enigma para la ciencia que ni siquiera se pone de acuerdo sobre si estas partículas son seres vivos o no. Según explican algunas teorías científicas, se desarrollaron a partir de células parásitas que se corrompieron hasta quedar convertidas en unos cuantos genes recubiertos por proteínas. Otras, afirman que evolucionaron de fragmentos de material genético escapado de los genes de algún organismo. Y para algún otro, como es el caso del astrofísico británico de origen cingalés Chandra Wickramasinghe, los virus proceden del espacio exterior. En este sentido, el citado científico afirma que el coronavirus SARS-CoV2 llegó a China en un meteorito que cayó en la región de Wuhan en octubre de 2019. Sea como fuere su procedencia, los virus son las entidades biológicas más abundantes en la biosfera y todas las especies biológicas son susceptibles de ser infectadas por algún tipo de virus. Y, en efecto, así es y cada especie animal está asociada a unos virus característicos. Así, por ejemplo, el Covid19 a los murciélagos, el VIH a los simios, la gripe a los patos; especies que son y actúan como los reservorios virales, ya que no afectan a los citados animales, pero que sí son el vehículo de transmisión para nuestra especie; un hecho que se conoce con el nombre de zoonosis.
Básicamente, los virus, para replicarse primero interactúan con el receptor celular, una vez conseguido se introducen dentro de la célula. Acto seguido liberan su genoma viral y a continuación realizan la producción de copias del genoma viral y la síntesis de las proteínas virales y finalmente realizan el ensamblaje de nuevas partículas virales y ejecutan la liberación de las mismas. Es por ello, por lo que la variante Ómicron ha generado una enorme preocupación al mundo científico y puesto en alerta a todos los países, ya que es la variante del coronavirus SARS-CoV2 que más mutaciones tiene. Y es que el elevado tamaño de la población humana, su concentración en grandes ciudades y con el añadido de que habitamos en un mundo hiperconectado, tenemos la ecuación perfecta para favorecer la dispersión y transmisión de éste y otros virus. En consecuencia, debemos protegernos de los agentes patógenos a través de las vacunas, pues vivimos en competición evolutiva con estos y otros microorganismos y no hay ninguna garantía de que nosotros vayamos a ser los supervivientes.

