Netanyahu fracasó a la hora de vigilar la seguridad de su país, como había perdido antes a la hora de salvaguardar su democracia. El intento de someter a la justicia con su reforma intervencionista mientras era objeto de investigaciones por corrupción desató protestas masivas que parecen ya quedar atrás ante el actual conflicto bélico. Y ha naufragado también por la forma en que ignoró un informe detallado sobre los propósitos de Hamás, tal y como han relatado los periodistas Ronen Bergman y Adam Goldman en el The New York Times, el pasado 1 de diciembre, sobre el hecho de que Israel "sabía de los planes de Hamás hace más de un año”. Será su responsabilidad con la historia y tal vez también la de los EEUU, UE y Occidente por ofrecerle el incondicional apoyo que se le está otorgando.
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| La Mañana 19.12.2023 |
Si se calcula que la bomba de Hiroshima causó 66.000 muertes el primer día, una atrocidad que nunca lograremos digerir, sobre todo el pueblo japonés, el inmisericorde bombardeo de Gaza sigue caminando con firmeza rumbo a la lista de esos grandes hitos de matanzas de civiles que nos avergüenzan como humanidad y en la que se pueden incluir Dresde, Vietnam, Camboya, Ruanda o Irak. Y si además se hacen declaraciones como las del ministro israelí Amichai Eliyahu, el pasado 5 de noviembre, que admitía el hecho de que arrojar una bomba atómica sobre la Franja de Gaza era “una de las posibilidades” que se barajaba en el Gobierno, aunque posteriormente fuera desautorizado por ello, se puede afirmar que de seguir el curso de la guerra por los cauces que va, el resultado probablemente será el mismo. Ya que si la primera fase de la guerra ha dejado más de 16.800 muertos, el 70% de ellos mujeres y niños, en esta empezada segunda fase y en pocas semanas, la cifra de muertos supera ya los 19.000; por lo que, en consecuencia, podemos tener medio Hiroshima sobre la mesa de los informativos, en pocos días. Es verosímil.
Que Hamás es un grupo terrorista es más que evidente y que Occidente debe proporcionar a Israel una firme alianza ante cualquier agresividad externa es cierto, pero ambos hechos no conllevan otorgarle carta blanca al Gobierno de Netanyahu para que haga lo que está haciendo. No puede serlo. Y es que la respuesta que está efectuando Israel contra la totalidad del pueblo Palestino, además de ser de una inhumana crueldad, resulta impropia de un Estado que se autodefine y se le define internacionalmente como una “democracia”. No, no lo es, quitémonos y quitémosle la careta. Y fundamento mi opinión en conceptos tan básicos como los siguientes: ¿Qué democracia incumple impune y reiteradamente las resoluciones de la ONU? ¿Qué democracia detiene a niños y menores de edad, sin permitirles el ineludible derecho internacional a un defensor?, ¿Qué democracia juzga sistemáticamente a niños y adolescentes en tribunales militares, según UNICEF? ¿Qué democracia maltrata y asesina deliberadamente a menores detenidos? ¿Qué democracia “resuelve” un puntual atentado terrorista con una masacre convertida en genocidio, en vez de realizar una oportuna investigación, con la correspondiente acción policial y la de los tribunales de justicia? ¿Qué democracia mata deliberadamente a periodistas para evitar que se puedan saber las atrocidades que se están cometiendo, como ha denunciado Reporteros sin Fronteras en la actual guerra de Gaza?, ¿Qué democracia ataca y destruye deliberadamente Hospitales civiles en plena guerra, como han confirmado las propias fuentes militares israelíes diciendo que han asaltado por tierra el complejo del hospital Al-Shifa, el mayor que había en Gaza? ¿Qué democracia bombardea escuelas de la ONU dejando cientos de muertos civiles, la inmensa mayoría mujeres y niños, que se habían refugiado en ellas? ¿Qué democracia realiza detenciones arbitrarias de la población civil palestina? ¿Qué democracia efectúa restricciones a la movilidad y/o traslados masivos de la población bajo amenazas, tal y como informan Organizaciones de Derechos Humanos y de Naciones Unidas presentes en la Franja de Gaza? ¿Qué democracia, en el siglo XXI, mantiene una política de colonización permanente en Gaza y Cisjordania? ¿Qué democracia impide la llegada de ayuda humanitaria a las gazatíes para evitar que ocurra una gigantesca catástrofe humanitaria? ¿Qué democracia provoca que la mitad de la población de Gaza se esté muriendo de hambre y 9 de cada 10 personas no pueden comer todos los días, según ha advertido el Programa Mundial de Alimentos de la ONU? ¿ Que democracia alienta a los colonos ultraortodoxos para que se organicen con la idea de entrar en Gaza, arrasarla y repoblarla con 300.000 judíos? ¿Qué democracia ataca, bombardea y destruye mezquitas y hasta cementerios? Y podría seguir enumerando más…. No, dejémonos de engaños, el actual Estado de Israel “No es una Democracia”. Un Estado democrático no es solamente aquel donde los ciudadanos ejercen el poder político a través de sus representantes, elegidos mediante el voto, en elecciones libres y periódicas. Sino que es algo más, al menos para los europeos. Un país democrático es aquel que además de todo lo anterior, cumple lo que indica el Artículo 1 de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión Europea, en el que se plasma que: “La dignidad humana es inviolable. Será respetada y protegida”. Un hecho fundamental que el actual Gobierno de Israel de Netanyahu ni cumple, ni acata, ni observa. Por todo ello, no comprendo por qué la “presión internacional” debe reducirse a sugerir a Israel que mate mejor y un poco menos y no a, por ejemplo, romper relaciones con Israel hasta que acate las resoluciones de la ONU y cumpla las normas que establece una verdadera democracia. Claro está que contando con el inquebrantable apoyo de los EE.UU. que mantienen todavía a más de 30 prisioneros en un limbo legal en Guantánamo, la mayoría sin cargos o a la espera de un juicio militar, se entiende todo.



