En poco menos de dos meses y medio han muerto más de 21.000
personas en Gaza y unas 55.000 han sido heridas. Niños, una tercera parte. Los
hospitales, desde el comienzo de la guerra han sido un objetivo fundamental de
los ataques y bombardeos de Israel al alegar que albergaban a miembros de Hamás;
de hecho, de los 36 con que contaba la Franja de Gaza al comienzo de la
contienda, funcionan
parcialmente trece de ellos, totalmente colapsados, sin apenas energía ni
material sanitario y con escaso personal médico. Gaza territorialmente está prácticamente
destruida, su devastación alcanza a más de la mitad de los edificios y a la
mayoría de las instituciones, centros culturales, escuelas, mezquitas e
iglesias que han quedado convertidos en ruinas y escombros. Según datos de la
ONU, de los 2,4 millones de habitantes con que contaba la Franja, 1,8 millones;
es decir, alrededor del 80% de su población total, han sido obligados a
trasladarse al sur por orden de Israel. En consecuencia, las condiciones de
vida de dichos desplazados, es de total hacinamiento y desesperación. Como
ejemplo, basta decir que prácticamente no pueden moverse y su alimentación depende
totalmente de la ayuda humanitaria. Las condiciones de vida, ante la falta de
agua y de saneamiento, son extremadamente precarias; ya que hay un retrete para
cada 1.000 personas y una ducha para cada 5.000. Lo que unido al nulo sistema
de prevención, conlleva un alto riesgo de contraer enfermedades infecciosas como
el cólera y el sarampión y otras crónicas, provocadas por virus y bacterias. Y
a esta situación hay que añadir los abrumadores casos de atención de salud
mental; una circunstancia que afecta, sobre todo, a las personas más
vulnerables: niños y ancianos. 
La Mañana 15.01.2024
Y todo ello, sucede como una catástrofe natural,
sin que nadie se haga responsable de nada. ¿En dónde se encuentran las personas
de origen árabe y de religión islámica? ¿Dónde están todos los defensores de
los derechos humanos de Europa y Occidente? ¿Por qué la superpotencia mundial,
EE UU, protege a su aliado israelí? ¿Qué hace Naciones Unidas, más desunidas que
nunca? ¿Por qué la comunidad internacional permite a Israel la salvaje e
injusta barbarie que está perpetrando contra el pueblo palestino que vive a la
intemperie, en condiciones infrahumanas y desprotegido? Y es que a estas
alturas de la guerra, cada día quedan menos dudas sobre la diáfana realidad del
objetivo que desde el principio se sospechaba: conseguir la total desaparición
del pueblo palestino de la Franja de Gaza. Ahora es Gaza, luego tal vez será
Cisjordania. Un futuro incierto, en cuyo momento presente del conflicto
toman sentido las declaraciones del ministro de Defensa israelí, Yoav Gallant,
ante el secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, tras una
reunión del gabinete de guerra en Tel Aviv, a finales de octubre del pasado año:
“Esta será una guerra larga, el precio será alto, pero vamos a ganar, por
Israel, por el pueblo judío y por los valores en los que creemos”. ¿Serán
quizás esos valores en los que cree el Gobierno de Israel los que figuran en los
Protocolos de los sabios de Sión, la
obra supuestamente escrita por Matvei Golovinski en 1903 como una acción de
propaganda antisemita, que ahora se están convirtiendo en realidad?
Sea como fuere, es difícil interiorizar todo el sufrimiento y dolor que llevan padeciendo los palestinos desde hace casi tres meses, infligido por un ejército israelí que practica con saña crímenes de guerra bajo el mando supremo de Netanyahu. Me aterra el carácter ejemplificante que tan atroz disciplina tiene para la inmensa mayoría de desposeídos del planeta: la economía extractivo-acumulativa tiene sus reglas y sus objetivos, y cuando estos no llegan, se aplica para conseguirlos la fuerza bruta perfectamente organizada alrededor de la industria militar, las más efectiva de todas las industrias posibles y gran motor del desarrollo tecnológico y acaparador del planeta. Quizá por ello, ahora, aunque se han alzado voces a favor, ya casi nadie habla, como posible solución al conflicto, de los dos estados de 1948, ni siquiera de los dibujados en verde en 1967, ni del mutuo reconocimiento entre Israel y la OLP, alcanzado en Oslo 1993 entre Yasir Arafat e Isaac Rabin, pues la existencia del pueblo palestino está amenazada por la violencia de una de las fuerzas militares más fuertes del planeta, respaldada por las naciones dominantes de la “cultura occidental” de raíz judeocristiana. Y tras su Estado desaparecerán los palestinos mismos, masacrados, sacados a la fuerza de sus casas y obligados renunciar a todo lo que no sea la mera subsistencia allá dondequiera que acaben su destino, en una “nakba” inevitable y sin vuelta atrás. Y es que, desde mi punto de vista, casi peor que el genocidio que están perpetrando los israelíes, es la actuación cobarde e interesada del resto del mundo civilizado, si es que nos podemos calificar así. Para la posteridad quedarán estos crímenes, este horror y quedarán para siempre, como quedó el Holocausto; pero con la diferencia existente entre ser la víctima o el ejecutor. El crédito que consiguieron los judíos en gran medida lo han dilapidado. Han acreditado ser, aparentemente, buenos alumnos de "aquellos” asesinos nazis, demostrando que también ellos son capaces de lo peor.


