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miércoles, 11 de diciembre de 2024

La Realidad bifurcada: entre lo tangible y lo virtual

 

A veces, no sé muy bien porqué, al leer un artículo científico en la prensa, me siento atraído por quienes demuestran con una fórmula algo que funciona en la teoría, pero no en aquello que llamamos realidad. Tal vez sea porque a mi memoria llegan algunos recuerdos de cuando terminé el Preuniversitario y comencé a estudiar Químicas en la universidad, aunque al cabo de dos años, inicié otra cosa que, con el paso de los años, se transformó en mi cotidiana realidad y medio de vida. Y esa realidad que mi fascinada ignorancia de entonces no entendía, flota ahora dentro de mí algunas veces cuando escribo y construyo historias sobre algún acontecimiento ocurrido o vinculado a determinados conocimientos de reflexión y/o filosóficos.

 

Segre 8.02.2025

Y este es el caso de la realidad, esa trama entretejida de sueños y materia, que se despliega ante nuestros ojos como un lienzo infinito. En sus recovecos se ocultan las verdades más profundas y los misterios más insondables. Camina de la mano de la ilusión, desafiando nuestras percepciones y a cada paso nos invita a explorar sus capas, a veces nítidas, otras veces difusas. Y como un espejo quebrado, va reflejando fragmentos de lo que es y de lo que podría ser, recordándonos que entre lo tangible y lo intangible, siempre existe un espacio para la maravilla y la contemplación. Sin embargo, la realidad, con las nuevas tecnologías, podría quedar para siempre atrapada en un bosque virtual donde todo sería, a la vez, real y ficticio, verdadero y falso, bueno y malo. Un entretenimiento fascinante y perverso, manejado con las manos, pero sin opción de regresar a la realidad tangible.

 

A este respeto y dadas las circunstancias actuales, creo que la realidad está cada vez más definida por el uso de las nuevas tecnologías. Nuestra relación con los demás y con el mundo pasa por ellas, y nos amoldamos sin chistar a su lógica perversa: la previsible muerte de la realidad habitual y cotidiana que conocimos Ahora, con la realidad tecnológica, nada permanece, todo es consumido de inmediato. No hay elaboración, reflexión, autonomía, tiempo. Tampoco queda apenas lugar para la memoria que tuvimos, la cual, en un contexto como éste, se convierte en algo casi potencialmente subversivo. Pues la memoria real, entendida en un sentido amplio, la que poseemos de nuestras familias, pero también la de los libros, las películas, las pinturas y, en general, la del arte, la cultura, el folclore y el pensamiento, alberga modos distintos de mirar y vivir que parece tiende desaparecer. Mientras que la tecnológica “Realidad Aumentada” ha dejado de ser una distopía, ya que Apple, hace casi un año, ha empezado la comercialización de las gafas Vision Pro, y ya se ve a personas abstraídas y concentradas en su mundo mientras se desplazan en el metro o atraviesan un paso de peatones. Una RA que, con la creación de avatares, parece que va a ser el próximo hype en cuanto a las expectativas generadas artificialmente alrededor de las personas o productos construidos a partir de la sobrevaloración de sus cualidades. En este contexto, según David Lindlbauer, profesor del Instituto de Interacción Humano-Computadora de la Universidad Carnegie Mellon (Pittsburgh, EE UU), la RA nos brinda o brindará la oportunidad de mejorar nuestras vidas al permitirnos hacer cosas que pueden resultar difíciles, como comunicarnos con seres queridos que están lejos; compartir contenido de manera divertida; ser productivos, estar menos estresados, y/o aprender cosas nuevas más fácilmente.

 

No obstante, a pesar de ese supuesto mundo fascinante que nos presentan, la realidad clásica es terca y, después de tanto anhelar e imaginar la tecnológica, continúa apareciendo a diario en los informativos tras los cristales traslúcidos del coche en el que viaja para mostrarnos la real y casi enigmática naturaleza humana, trayéndola hasta nuestros ojos con los horrores de las guerras de Gaza, Ucrania o Siria alimentadas por el infinito afán del poder que alimenta el dinero. Y es que a esa realidad tradicional le pasa lo mismo que le ocurriría a Sigmund Freud, que le daría algo si tuviera que formular su famosa tesis sobre el principio de placer y el principio de realidad, que, según el afamado neurólogo austriaco, rigen el funcionamiento mental, dado que la ancestral realidad común es algo cada vez más resbaladizo. Pues, redondeando la paradoja, lo cierto es, creo yo, que hoy día, junto a personas muy brillantes, coexiste y se topa uno cada vez más con un borreguismo creciente que considerándose muy especiales, libres e individualistas, se mueven en realidad en masa y sin criterio propio por raíles infinitos en los que pescan los Trump, Bolsonaro, Orban, Abascal y hasta Alvise.

 

Decía Goethe que toda la teoría está en la realidad y que no hay que buscarla fuera. Tal vez opinara así, porque lo más difícil de aceptar es probar que la realidad es una mentira.

 

 

martes, 3 de diciembre de 2024

Ganó Trump, venció el populismo demagógico.

 

Lo indescriptible, lo incomprensible, el miedo al abismo, ha ganado. Y lo ha logrado democráticamente gracias a la ignorancia, al fervor religioso de sus seguidores y la retórica incendiaria del odio. Ingredientes de la receta milagrosa, además de la lejía para curar el COVID, de Donald Trump, el nuevo salvador de la patria americana, la democracia y el mundo occidental. Y es que ese citado trinomio que lleva siglos utilizándose con enorme éxito en todo el mundo, ha sido también ahora inoculado como un virus ideológico a millones de personas de la sociedad americana, haciendo que muchos cerraran los ojos ante la realidad y abrazaran un discurso de odio y miedo. Solamente así, se puede entender que un personaje racista, sexista, fascista, mentiroso y casi viejo, pueda atraer a las gentes latinas, negras, asiáticas, mujeres, obreros con y sin cualificación, creyentes en la verdad y en la mentira y hasta a cientos de miles de jóvenes. Y creo que, únicamente de esta manera, es posible comprender que su atractivo y éxito como candidato a la Casa Blanca, haya cautivado también a la mayoría de los electores de raza blanca no hispana de ciudades y pueblos, a empleados de gasolineras, de supermercados, a abogados, jueces, escritores, periodistas y…hasta poetas que lo han aceptado y apoyado como referente para presidir los EE.UU, el todavía país más poderoso del planeta.

 

La Mañana 3.12.2024

Esto conlleva a considerar que la sociedad de los EEUU está enferma. Y no es de ahora. Los referentes sociales y políticos no son más que el espejo de la ignorante y distópica sociedad americana. Trump es la anécdota, solo el síntoma de estos turbulentos tiempos que vivimos y si no hubiera estado él, habría sido otro igual. De hecho, es una realidad aterradora que el país más poderoso del mundo esté retrocediendo de manera tan alarmante a unos niveles de deterioro ético y social nunca conocidos. Hasta el punto de que un supuesto desequilibrado, ególatra y supremacista, procesado y condenado, instigador del asalto al Capitolio desde el despacho oval de la Casa Blanca, volverá a detentar ese inmenso poder porque el sistema electoral de EE.UU. es anacrónico y escasamente democrático, al igual que su entramado institucional. Y todo ello, ocurre en un país en el que hay más armas que población y en el que la hiperpolarización contempla al adversario como un enemigo. Un hecho incompatible con la democracia, propio de una sociedad enferma y violenta que ha puesto su futuro en manos de un supuesto psicópata, peligroso y mentiroso que puede llegar a convertirse en un tirano. Nos dice Platón en sus Diálogos que los demagogos son esclavos de la masa; es decir, sugería que eran prisioneros de la muchedumbre porque se dejaban llevar por las opiniones populares en lugar de buscar la verdad y el bien común. Y es a esa “masa enfurecida” a la que Trump busca, necesita, quiere y se dirige. La misma que le exige que le digan esas estupideces descomunales, esas mentiras tan clamorosas que es imposible que nadie con dos dedos de frente se las crea, excepto ella. Esta es la base social de los EE.UU, la que solo cree en las armas y en el dinero. Los republicanos se dieron cuenta y se aplicaron a darle gusto en todo. De ahí su triunfo electoral. Y lo peor de semejante individuo, encarnación de la maldad y del desprecio a los demás, es que logra que, de mi lado más oscuro y el de muchos ciudadanos, aflore una animadversión y antipatía cerval hacia todo lo que representa. Consiguiendo que aborrezcamos su egolatría, su xenofobia y su racismo. Despreciemos sus modos y sus actitudes machistas, su afán de destruir a quienes no adoran sus patrañas, sus mentiras. Odiemos su odio. Y nos aterre la animadversión que es capaz de suscitar su barbarie delirante, susceptible de llevar a su país a una nueva guerra civil.

 

Ha ganado Trump las elecciones, ha ganado su palabra y el populismo demagógico empleado como si fuera una nueva ideología. Un populismo en el que la propagación de la mentira dirigida hacia los ciudadanos más frágiles de la sociedad americana, ha sido su bandera. Y ha vencido porque ha tenido a su lado a Elon Musk, Jeff Bezos, Peter Thiel y tantos otros líderes tecnológicos de Silicon Valley. Y es que ellos disponen de la materia prima más deseada de nuestro tiempo: los datos. Por eso, cuando ellos han escogido el bando republicano, nos indicaban qué es lo que iba a ocurrir. Los demás éramos ciegos.

 

Su triunfo es la autodestrucción de los valores humanista que han construido nuestra civilización. Algo estamos haciendo mal en nuestras sociedades occidentales desarrolladas cuando no somos capaces de formar individuos con espíritu crítico frente a los charlatanes y demagogos, sean éstos de la tendencia política que sean. Y es que erradicar, prácticamente, la filosofía de la enseñanza, como se ha hecho, cuyo fundamento y base reside en la búsqueda de la verdad, el conocimiento y la profunda comprensión de la realidad, la esencia y la existencia, tiene sus consecuencias

 

 

jueves, 21 de noviembre de 2024

Netanyahu y el sueño bíblico del Gran Israel.

 

“Recordad lo que Amalec os ha hecho, se nos ha ordenado”. Este breve texto se cita en la Biblia, en el Antiguo Testamento. La referencia específica proviene del Primer Libro de Samuel, capítulo 15, versículo 3. El pasaje habla de la orden dada por Dios a Saúl a través del profeta Samuel para destruir completamente a los amalecitas, un pueblo considerado enemigo de Israel. La citada orden de referencia bíblica, textualmente dice: “Ahora id, atacad a Amalec y destruid todo lo que tienen, sin perdonar a nadie; matad a hombres y mujeres, niños y lactantes, bueyes y ovejas, camellos y asnos”. Y esta referencia la realizó Benjamin Netanyahu en un discurso el 28 de octubre de 2023, como parte de su justificación para la ofensiva militar en Gaza contra Hamás, tras el ataque terrorista de dicha organización el 7 de octubre del mismo año; aunque históricamente los palestinos ni son descendientes, ni tienen nada que ver con los amalecitas. Creo que el hecho, habla por sí solo para comprender razonablemente bien la ofensiva y supuesto genocidio que el Gobierno sionista de Israel está cometiendo en Gaza.

Netanyahu explicando en la ONU su proyecto

 

Se preguntará ahora el lector ¿Y cuál es la justificación de Israel para atacar ahora Líbano? El objetivo de Israel en Líbano es, destruir el país. Destruir a sus principales líderes populares, Destruir infraestructura y su capacidad de defensa. Convertir al Líbano en un zombi y llevarlo al mismo estado de humillación y despojo de Gaza. Y es que los sueños húmedos en el horizonte mesiánico del Estado profundo de Israel, siguen siendo la tentadora idea del "Gran Israel" del rabino Menachem Mendel Schneerson, líder del movimiento Chabad-Lubavitch, que alentaba y decía antes de fallecer un 12 de junio de 1994 en Nueva York: “ante la perspectiva del nuevo orden mundial, se actuará urgentemente para el establecimiento de nuevas conquistas, ahora que no existen línea rojas para el estado de Israel”. Y es lo que estamos viendo a través de la fuerza de los hechos. Un sueño territorial del “Gran Israel” que se refiere a la idea de que debería expandirse para incluir todos los territorios históricamente asociados con las antiguas tribus de Israel, según las descripciones bíblicas. En otras palabras, cumplir la promesa contenida en Génesis 15:18, donde Dios asegura a Abraham y sus descendientes una tierra que se extiende "desde el río de Egipto hasta el gran río, el Éufrates". Lo que incluiría áreas que hoy forman parte, además de Israel, de Jordania, Líbano, Siria, Egipto y posiblemente también de Arabia Saudita e Irak.

 

El sueño bíblico del Gran Israel

Y para ello, una vez arrasada, sepultada y conquistada Gaza por la fuerza de las bombas y la crueldad del ejército de Israel, cuyo máximo responsable es el Ministro de Defensa Yoav Galant, toca ahora Líbano, con la justificación de destruir al otro enemigo territorial que supone Hezbolá, una organización política y militar chií con sede en Líbano que fue fundada en 1985 con el apoyo de Irán y que está activa en la política libanesa desde entonces. No obstante, conviene aclarar que Hezbollah no existía antes de los sucesos en Sabrá y Chatila; unos hechos que ocurrieron entre el 16 y 18 de septiembre de 1982, durante la Guerra Civil Libanesa. Estos dos sucesos citados, fueron dos campos de refugiados palestinos en Beirut, Líbano, donde se llevó a cabo una masacre de civiles palestinos y libaneses por milicias cristianas libanesas, principalmente la Falange Libanesa, con la colaboración y apoyo directo del Ejército de Defensa de Israel, que controlaba el área en ese momento. Se estima que entre 800 y 3.500 personas fueron asesinadas en esos ataques. La masacre fue condenada internacionalmente y se llevaron a cabo investigaciones sobre la responsabilidad de las fuerzas israelíes y sus aliados. El hecho es uno de esos eventos verdaderamente oscuros de la historia del que, por ser perpetrado por nuestros aliados, nunca más se supo…

 

En este contexto de actuación de Israel en el territorio de un país soberano como es Líbano, el Gobierno supuestamente genocida de Netanyahu, ha buscado como unos de sus más inmediatos objetivos el asesinato de Hassan Nasrallah. Un clérigo y político libanés que desempeñó el cargo de secretario general del partido político y cuerpo armado chií Hezbolá desde 1992 y que convirtió a dicha organización en una de las fuerzas paramilitares más poderosas de Medio Oriente, hasta su reciente asesinato en Beirut el 27 del pasado septiembre, tras un ataque  aéreo israelí. Sin embargo, su muerte, no ha traído ni traerá la paz al Líbano, sino todo lo contrario, una escalada de tensiones. Ya que Hassan Nasrallah fue un líder carismático que no llegó a ser presidente del Líbano, porque la constitución del país lo impide. En ella, el Presidente tiene que ser obligatoriamente un cristiano maronita, el Primer Ministro un musulmán sunnita y el Presidente del Parlamento un musulmán chiita. Si las elecciones a Presidente de la República del Líbano hubiesen sido como en nuestros sistemas occidentales tradicionales, no cabe la menor duda de que Nasrallah habría sido Presidente del Gobierno de la República del Líbano, por una amplia mayoría y consenso entre la población. Y es que, durante el liderazgo de Hassan Nasrallah, la milicia de Hezbollah fue asumiendo responsabilidades de Estado, que el propio Estado de Líbano era incapaz de asumir; entre ellas, la seguridad de sus fronteras y la soberanía del país. Dado que, el ejército libanés, llegó a solicitar a Hezbollah que se desplegará en la frontera con Israel, después del conflicto de 2006. Y esta petición hecha realidad, dejó en papel mojado la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, efectuada por la destacada diplomática estadounidense Victoria Nuland, que fue adoptada en 2006 para poner fin a la guerra entre Israel y Hezbolá. Y entre cuyas disposiciones clave se encontraban las siguientes: El cese total de las hostilidades, la retirada de fuerzas israelíes, el despliegue de la UNIFIL, el desarme de grupos armados y el control gubernamental de todo el territorio del Líbano.Unas disposiciones que ninguna de ellas han cumplido ninguna de las partes en conflicto. Y así sigue la historia, Irán financiando a Hezbolá y los EEUU, con la complicidad del Reino Unido, Francia y el conjunto de la UE, haciendo lo propio con Israel.

 

 

 

jueves, 7 de noviembre de 2024

El suicidio, un silencio devastador.

 

Un suicidio es siempre demoledor y el silencio solo agrava la situación. Los familiares y más íntimos allegados que rodean a las personas que padecen problemas de salud mental, tampoco saben qué hacer ante estos sucesos. De hecho, cuando salió la noticia de que Verónica Forqué, se había quitado la vida, la información causó una verdadera sorpresa en la sociedad y estupor, de manera especial, en muchos de sus amigos del mundo de la cultura. Y es que la omertà, que casi siempre rodea a estos tristes hechos como si fuera tabú hablar de ellos, produce un profundo agujero en el corazón de las personas más cercanas que, con empeño, intentan encontrar alguna causa o justificación concreta que les permita apartar de sus pensamientos y sentimientos un determinado grado de culpabilidad, por no haber hecho o sabido hacer algo para evitar su muerte. Quizás por ello, generalmente, a los seres queridos del fallecido, el acontecimiento les genera un pozo de tristeza que se instala en sus corazones para quedarse y formar parte permanente de su nueva manera de ser. En este contexto, Robert Redford, en 1980, dirigió su primera película titulada “Gente corriente”. Una película en la que trata cómo el dolor y el sentimiento de culpabilidad de las personas más cercanas, ante la muerte de un ser querido, incontrolablemente puede también arrastrarles al suicidio. Y es que, para ese entorno íntimo del suicida, el dolor por la pérdida no pasa fácilmente; quizás se mitiga un poco o simplemente se aprende a vivir con él. A este respecto, me comentó hace bastantes años una amiga que había pasado por el trance de perder a un hermano, que es un proceso transformador del que se sale convertido en otra persona que ya no es la que se era y que, a veces, no se reconocía. Debe ser una experiencia horrible.

 

La Mañana 7.11.2024

El suicidio se define como la muerte de un ser humano por un acto de violencia dirigido hacia uno mismo con la intención de morir. Por ello, siendo esto así, ¿cómo hacer para que se entienda como una opción natural y normal que una persona decida realizar una acción de esta suerte frente a un problema, una frustración, un dolor insoportable o alguna otra causa que desconocemos? Tal vez de ninguna manera, ya que en nuestra cultura occidental, por valores religiosos, normas sociales, impacto familiar y repercusión en la comunidad, el suicidio se rechaza sistemáticamente y no se contempla como una opción personal del individuo. Cuando en realidad, al final, no se trata de otra cosa que adelantar un suceso inevitable por un tiempo que, en el contexto temporal de la vida en la Tierra, es fantásticamente minúsculo. En contraste, en otras culturas, el suicidio se ve como algo natural, incluso noble u honroso. Y es que, en nuestra civilización judeocristiana y otras similares monoteístas tienen una paradoja; por un lado, mantienen la creencia de poder disfrutar tras la muerte, de una vida eterna y placentera en el más allá; pero, al mismo tiempo, los creyentes, se aferran a cada minuto de esta vida, aunque sea al coste de gran dolor, y quebranto anímico y hasta económico para los que se quedan.

 

Realmente, el suicidio es un tema muy complejo en el que interactúan múltiples factores de riesgo; por lo que es difícil comprenderlo. Sobre el particular, los psicólogos clínicos y los psiquiatras expertos en la salud mental dicen que la conducta suicida es dinámica y cambiante, lo que la hace difícil de predecir. No obstante, existen variados y determinados patrones de comportamiento que preceden a muchos intentos de suicidio. En este aspecto, a veces, las personas que sufren un proceso de depresión o fuerte angustia les parece que la vida no vale la pena y les cuesta luchar contra esa devastadora corriente destructiva. Y además, con frecuencia, lo van rumiando durante un tiempo porque el sufrimiento que padecen es horrible y se cuestionan si merece la pena el seguir vivos. Es como si se estuviesen torturando psíquicamente durante años de lucha para sacar fuerzas de donde no las tienen y, en consecuencia, quieren acabar con su existencia porque les resulta insoportable seguir viviendo. Otras veces, como indica el psicólogo y psicoterapeuta argentino-español Guillermo Miatello, después de sufrir lo indecible, la idea de suicidio les viene en unos instantes y, como si fueran robots, se preparan unos minutos y lo cometen. Asimismo, ocurren casos en que los suicidios son consumados bajo un estado de enajenamiento, en el que las personas, en el momento de cometer ese acto violento contra ellos mismos, no son conscientes de lo que hacen. Y también existen otros casos en que la decisión se toma fríamente, de forma natural y sin que exista trastorno mental alguno o brutal sufrimiento físico, como el célebre marino y escritor gallego, Ramón Sampedro que, aquejado de tetraplejía desde los 25 años, expresó reiteradamente su profundo deseo de morir, debido a su condición de vida, la cual consideraba indigna.

 

En conclusión, el suicidio es un problema de salud que nos concierne a todos y afecta directa y profundamente a quienes quedan atrás. Según la OMS, más de 800.000 personas se suicidan cada año en el mundo, con tal vez 20 veces ese número de intentos de suicidio. En España, las cifras oficiales del año 2023 ascienden a 3.952 personas. Es crucial por ello, promover y fomentar  la desestigmatización de la salud mental, el diálogo abierto y el apoyo emocional para aquellos que sufren, así como para sus seres queridos. Solo a través de la comprensión y la empatía podremos mitigar el impacto devastador de estos dramas. Es hora de romper el silencio, buscar ayuda y construir una sociedad más compasiva y solidaria. En este sentido, el Ministerio de Sanidad tiene el teléfono de ayuda 024, disponible las 24 horas, todos los días de la semana. Juntos podemos prevenir estas tragedias y ofrecer un futuro más esperanzador a quienes lo necesitan.