Es indudable que, desde hace unos años, existe un problema
político en la relación existente entre Cataluña y España. Y es incuestionable
que, de alguna manera, por un mecanismo u otro de los contemplados en las
Normas jurídicas del Estado, tendrá que solucionarse si queremos evitar que se
enquiste aún más en el tiempo y llegue un momento en el que el desencuentro sea
tan profundo que no admita más que una solución emocionalmente trágica para
ambas partes.
En estos pasados días, las manifestaciones de rechazo a la
Sentencia del “Procés” y, en consecuencia, a favor de la libertad de los presos
encausados, han recorrido pacíficamente las principales ciudades de Cataluña.
Unas manifestaciones que han culminado con unas “Marchas por la libertad",
secundadas por más de medio millón personas procedentes de diferentes puntos y
ciudades catalanas. Y que, en un clima pacífico y sin incidentes, confluyeron
el sábado 19 en Barcelona, tres días después de iniciar su camino, para unirse
a la Huelga General programada para paralizar el país.
Obviamente, no dejo al margen, al grupo de radicales que,
una vez finalizadas las reiteradas manifestaciones pacíficas, se han dedicado a
sembrar el caos. Y han producido
actos vandálicos contra el mobiliario urbano en todas las principales ciudades
catalanes y muy especialmente en Barcelona. Y esto ha sido una novedad; pues no
había ocurrido nunca en nueve años de protestas. Han sido hechos
espectaculares, escandalosos y muy mediáticos; pero minoritarios. Noches de
barricadas provocadas por gente muy joven, estudiantes y millennials,
enfrentándose a la policía con tácticas muy bien diseñadas de guerrilla urbana,
que todos debemos condenar con contundencia.
También, durante todos estos días, miembros del Gobierno de
la Generalitat, políticos de diversos partidos políticos, la mayoría de los
medios de comunicación social audiovisuales de Cataluña, una gran parte de la
prensa catalana, algunos otros medios del resto de Estado y los “mass media”
catalanes, como vehículos de expresión y creadores de opinión pública, han
cuestionado he insistido, en mayor o menor medida, en resaltar que España no
es, como Estado, una Democracia homologable a las del resto de Europa.
Obviamente, no seré yo quien afirme o niegue semejante disyuntiva.
En este contexto, con la finalidad de intentar aclarar la
cuestión, conviene, en primer lugar, definir el concepto de “Democracia”. Las
definiciones son variadas. Según la RAE, es la forma de gobierno en la que el
poder político es ejercido por los ciudadanos. En su segunda acepción nos dice
que es la Doctrina política según la cual la soberanía reside en el pueblo, que
ejerce el poder directamente o por medio de representantes. En el Diccionario
Jurídico se la define como la Doctrina política en favor del sistema de
gobierno en que el pueblo ejerce la soberanía mediante la elección libre de sus
dirigentes. Y, en sentido estricto de UE, la Democracia es una forma de
organización del Estado en la cual las decisiones colectivas son adoptadas por
el pueblo mediante mecanismos de participación directa o indirecta que
confieren legitimidad a sus representantes.
Dicho esto, es relevante y admite también exponerlo con
claridad, que la organización no gubernamental con sede en Washington, Freedom
House, que se describe como “una voz clara para la democracia y libertad por el
mundo.”, en su informe Freedom in the World, otorga a España una
puntuación de 94 sobre 100. Otra organización como Varieties of Democracy,
compuesta por un equipo de 30 científicos sociales de todos los continentes y
cuyo propósito es producir indicadores sobre las democracias a nivel mundial, en
su Liberal Democracy Index puntúa a España con 0,74 sobre 1. Por su
parte, The Economist que, como es sabido, es una publicación inglesa que aborda
la actualidad de las relaciones internacionales y de la economía desde un marco
global, considera y evalúa a España en su sección Countries and Regions,
como “full democracy” y la sitúa en la posición 19, con una puntuación de 8,08
sobre 10.
Citado lo expuesto en el párrafo precedente y con el objetivo de aportar
algo más de luz a la cuestión que nos ocupa, me parece importante mencionar
algunos datos que pueden servir de análisis comparativo con otras democracias
europeas de nuestro entorno fuertemente asentadas. Y son los siguientes: Que el
demócrata Reino Unido, suspendió cuatro veces la Autonomía del Ulster. La
primera vez en febrero de 2000, durante tres meses, por el entonces ministro
Peter Mandelson. Y por cuarta y última vez, en octubre de 2002 y hasta el 2007,
siendo Primer Ministro Tony Blair. Que tras la Guerra de la Independencia
Irlandesa, que se libró entre 1919 y 1922, El Reino Unido ocupó el Ulster y se
negó a cederlo a Irlanda basándose en la mayoría protestante de sus habitantes.
Que se critica y, quizás, con razón, que no existe una verdadera independencia
entre el Poder Judicial y el Poder Político, ya que El Consejo General del
Poder Judicial , compuesto por 20 miembros, llamados vocales, son elegidos por
las Cortes Generales (Congreso y Senado) y nombrados por el Rey, entre jueces y
juristas de reconocida competencia; ues bien, en Alemania, una “Verdadera
Democracia”, los Jueces, son elegidos a dedo por los partidos políticos, que se
los reparten. Que siguiendo con Alemania, es bueno aclarar que, El Tribunal
Constitucional de dicho país, en el 2017, negó a Baviera un referéndum
independentista. El dictamen judicial advirtió de que la Ley Fundamental
Alemana impide a los “Lländers” separarse de Alemania. Que Holanda, el pasado
año, suspendió la Autonomía de isla de Curazao que quería independizarse y la
decisión, tomada por el gobierno del primer ministro, se apoyó en los artículos
43 y 51 del Estatuto holandés, que facultan al Ejecutivo central con la
competencia de disolver Parlamentos regionales y convocar elecciones. Que en la
democrática y avanzada Monarquía Belga, El Rey nombra a los Jueces y también
nombra y revoca los nombramientos de los fiscales ante los órganos
correspondientes. Que en Francia la única lengua oficial es el francés, ninguna
lengua regional es co-oficial. Que solo hay 3 países de los 193 reconocidos por
la ONU que contemplan en su Constitución la secesión y son: Liechtenstein,
Etiopía y el Estado Federal insular caribeño, denominado San Cristóbal y
Nieves. Que la Carta Magna de las dos Repúblicas españolas proclamaban
claramente la indivisibilidad de España. Que Alemania, Francia y Portugal,
entre otros países, o no permiten en sus Constituciones los partidos
regionalistas, o si los permiten es únicamente mientras no amenacen la unidad
nacional. Que Francia imposibilita poder modificar la Constitución, ni por
mayoría ni por nada, para permitir una secesión. Que siendo Alemania un sistema
federal, concede menos competencias a sus correspondientes Länders que España a
las Autonomías. Que Italia es indivisible, y se quitará del cargo a todo
Presidente Regional que realice actos contrarios a la Constitución.
Estos anteriores ejemplos que he puesto, para muchos
lectores, probablemente, serán objeto de polémica. Y es que en el día a día, pasamos gran parte de nuestro
tiempo discutiendo. Intentando, mediante la palabra y acciones, convencer a los
demás de nuestra verdad. Es la realidad de nuestra vida cotidiana. En este
sentido, consideramos que el problema es el desacuerdo, la discrepancia, y, en
cambio, el conflicto es vida, es una dialéctica sobre distintas y opuestas
maneras y actitudes de ver la realidad e intentar influenciarla.
Como nos dejó dicho Winston Churchill: “La democracia es la necesidad de doblegarse de vez
en cuando a las opiniones de los demás”. Así pues, aunque conseguir un
pensamiento libre en la sociedad actual es difícil, porque la democracia está
pervertida y secuestrada por el capitalismo más salvaje, espero que cada uno
pueda juzgar, según su libre opinión, si España es o no una verdadera
democracia.


