Un suicidio es siempre demoledor y el silencio solo agrava la situación. Los familiares y más íntimos allegados que rodean a las personas que padecen problemas de salud mental, tampoco saben qué hacer ante estos sucesos. De hecho, cuando salió la noticia de que Verónica Forqué, se había quitado la vida, la información causó una verdadera sorpresa en la sociedad y estupor, de manera especial, en muchos de sus amigos del mundo de la cultura. Y es que la omertà, que casi siempre rodea a estos tristes hechos como si fuera tabú hablar de ellos, produce un profundo agujero en el corazón de las personas más cercanas que, con empeño, intentan encontrar alguna causa o justificación concreta que les permita apartar de sus pensamientos y sentimientos un determinado grado de culpabilidad, por no haber hecho o sabido hacer algo para evitar su muerte. Quizás por ello, generalmente, a los seres queridos del fallecido, el acontecimiento les genera un pozo de tristeza que se instala en sus corazones para quedarse y formar parte permanente de su nueva manera de ser. En este contexto, Robert Redford, en 1980, dirigió su primera película titulada “Gente corriente”. Una película en la que trata cómo el dolor y el sentimiento de culpabilidad de las personas más cercanas, ante la muerte de un ser querido, incontrolablemente puede también arrastrarles al suicidio. Y es que, para ese entorno íntimo del suicida, el dolor por la pérdida no pasa fácilmente; quizás se mitiga un poco o simplemente se aprende a vivir con él. A este respecto, me comentó hace bastantes años una amiga que había pasado por el trance de perder a un hermano, que es un proceso transformador del que se sale convertido en otra persona que ya no es la que se era y que, a veces, no se reconocía. Debe ser una experiencia horrible.
El suicidio se define como la muerte de un ser humano por un acto de violencia dirigido hacia uno mismo con la intención de morir. Por ello, siendo esto así, ¿cómo hacer para que se entienda como una opción natural y normal que una persona decida realizar una acción de esta suerte frente a un problema, una frustración, un dolor insoportable o alguna otra causa que desconocemos? Tal vez de ninguna manera, ya que en nuestra cultura occidental, por valores religiosos, normas sociales, impacto familiar y repercusión en la comunidad, el suicidio se rechaza sistemáticamente y no se contempla como una opción personal del individuo. Cuando en realidad, al final, no se trata de otra cosa que adelantar un suceso inevitable por un tiempo que, en el contexto temporal de la vida en la Tierra, es fantásticamente minúsculo. En contraste, en otras culturas, el suicidio se ve como algo natural, incluso noble u honroso. Y es que, en nuestra civilización judeocristiana y otras similares monoteístas tienen una paradoja; por un lado, mantienen la creencia de poder disfrutar tras la muerte, de una vida eterna y placentera en el más allá; pero, al mismo tiempo, los creyentes, se aferran a cada minuto de esta vida, aunque sea al coste de gran dolor, y quebranto anímico y hasta económico para los que se quedan.
Realmente, el suicidio es un tema muy complejo en el que interactúan múltiples factores de riesgo; por lo que es difícil comprenderlo. Sobre el particular, los psicólogos clínicos y los psiquiatras expertos en la salud mental dicen que la conducta suicida es dinámica y cambiante, lo que la hace difícil de predecir. No obstante, existen variados y determinados patrones de comportamiento que preceden a muchos intentos de suicidio. En este aspecto, a veces, las personas que sufren un proceso de depresión o fuerte angustia les parece que la vida no vale la pena y les cuesta luchar contra esa devastadora corriente destructiva. Y además, con frecuencia, lo van rumiando durante un tiempo porque el sufrimiento que padecen es horrible y se cuestionan si merece la pena el seguir vivos. Es como si se estuviesen torturando psíquicamente durante años de lucha para sacar fuerzas de donde no las tienen y, en consecuencia, quieren acabar con su existencia porque les resulta insoportable seguir viviendo. Otras veces, como indica el psicólogo y psicoterapeuta argentino-español Guillermo Miatello, después de sufrir lo indecible, la idea de suicidio les viene en unos instantes y, como si fueran robots, se preparan unos minutos y lo cometen. Asimismo, ocurren casos en que los suicidios son consumados bajo un estado de enajenamiento, en el que las personas, en el momento de cometer ese acto violento contra ellos mismos, no son conscientes de lo que hacen. Y también existen otros casos en que la decisión se toma fríamente, de forma natural y sin que exista trastorno mental alguno o brutal sufrimiento físico, como el célebre marino y escritor gallego, Ramón Sampedro que, aquejado de tetraplejía desde los 25 años, expresó reiteradamente su profundo deseo de morir, debido a su condición de vida, la cual consideraba indigna.
En conclusión, el suicidio es un problema de salud que nos concierne a todos y afecta directa y profundamente a quienes quedan atrás. Según la OMS, más de 800.000 personas se suicidan cada año en el mundo, con tal vez 20 veces ese número de intentos de suicidio. En España, las cifras oficiales del año 2023 ascienden a 3.952 personas. Es crucial por ello, promover y fomentar la desestigmatización de la salud mental, el diálogo abierto y el apoyo emocional para aquellos que sufren, así como para sus seres queridos. Solo a través de la comprensión y la empatía podremos mitigar el impacto devastador de estos dramas. Es hora de romper el silencio, buscar ayuda y construir una sociedad más compasiva y solidaria. En este sentido, el Ministerio de Sanidad tiene el teléfono de ayuda 024, disponible las 24 horas, todos los días de la semana. Juntos podemos prevenir estas tragedias y ofrecer un futuro más esperanzador a quienes lo necesitan.



