En sentido amplio, un
escritor es la persona que, en calidad de autor, escribe cualquier obra impresa
en el soporte que sea. Y en sentido estricto, el término designa a los
individuos que practican la escritura a un nivel profesional; es decir, que
dedican su vida a ella. Pues bien, dicho esto y ciñéndome a las definiciones del
vocablo, yo no soy escritor en el sentido preciso de la palabra, aunque haya
personas que gastando su tiempo y su dinero, amablemente lean mis artículos.
Escribo porque me gusta escribir y al hacerlo soy consciente de que detrás de
las palabras se esconden y cruzan mis emociones, según el día y/o el momento.
“La gente se resiste a la
idea, pero la vida es solo química”, nos decía no hace mucho en una entrevista
en El País el eminente premio Nobel
de Química, Roger Kornberg. Una química que es capaz de generar pensamientos,
realizar reflexiones y razonar. Esto es o dicho de otra manera, establecer
relación entre ideas o conceptos distintos para obtener conclusiones o formar
un juicio que sea capaz de justificar una respuesta, una opinión, un hecho,
etc., mediante determinados argumentos… Y, sin embargo, muchos de los
razonamientos que hacemos diariamente, y a lo largo de nuestra vida, son
erróneos. ¿Cuál es la causa?, creo que es muy simple, todos esas laboriosas y
concienzudas cavilaciones, todos los procesos filosóficos que enjuiciamos y
consideramos, todas las ideas que estudiamos, analizamos y valoramos pasan,
inevitablemente, por el tamiz de nuestras emociones.
Llegados a este punto, la
inevitable pregunta es ¿de dónde salen las emociones? Creo que nadie de la
comunidad científica ha encontrado todavía la
repuesta. Parece ser que nuestros pensamientos y emociones son un fenómeno
neurológico; es decir, que dependen de una serie de relaciones electroquímicas
complejas que se producen en el cerebro. Y, según la ciencia, todos y cada uno
de nuestros impulsos, sin excepción, se generan de dicha manera. Unos
pensamientos y unas emociones que se forman en nuestra mente; ese lugar mágico
que habita en algún lugar de nuestro cerebro, pero que nadie sabe dónde está y
ni siquiera qué es. De tal forma que, cuando escribo, lo que hace mi mente es desarrollar
ideas que transforma en palabras; o sea, en unas unidades léxicas constituidas
por unos sonidos o conjunto de tonos, voces y acentos articulados que tienen un
significado fijo y una categoría gramatical según quién la escribe y, quizá a
veces o con frecuencia, otro diferente, según quién las lee e interpreta. Pues
bien, en ambos casos, las citadas palabras, frases o párrafos, están, reitero,
atravesadas por las emociones que genera la mente de cada uno.
Para mí, escribir, es una forma de
terapia que me ayuda a escapar de esa melancolía que es inherente a “mi
condición humana” y que tantas veces impregna lo que redacto, trascribo, expreso
y publico. En este sentido, afronto siempre el hecho de escribir como un acto
de compromiso personal que uno genera en soledad y que reúne dos alegrías:
hablar solo y hablarle a los posibles lectores. No obstante, escribir, como
indico al principio, no es para mí una profesión, sino una afición que surgió
en mi adolescencia. Concretamente cuando estudiaba el sexto curso de Bachillerato
Superior en el instituto Abyla de Ceuta, en el que comencé a redactar mis
primeros artículos en la revista Hacer
que se editaba mensualmente. Pocos meses después empecé a cooperar , en una
sección titulada “Página 3” , en el diario El
Faro de Ceuta y, desde entonces, me di cuenta que al escribir un artículo,
lo que hacía era, de alguna manera, posicionarme en una determinada actitud de
estar en el mundo proyectando mis pensamientos. Y para que esos pensamientos,
como acto de comunicación, pudiera transmitirlos como mensaje al receptor, utilizaba,
obviamente, el canal de la escritura. Lo malo venía a continuación, porque, mis
palabras, según el tema del que se tratase, podían ser analizadas por rayos X y
traspasar y/o violentar al receptor. Y quizás por esta razón, cuando escribo, fundamentalmente, lo hago para mí,
por el puro placer de ver plasmado en un texto la sociedad o el mundo que unas
veces siento y otras imagino, sin pretender que ningún lector apruebe lo que
digo y se muestre de acuerdo conmigo. O, en todo caso, a lo único que aspiro es
a reivindicar algunas certezas que puedan animar a vivir y ayudar a los demás a
mirar la sociedad y el mundo con otro prisma. Y es
que aunque no lo queramos asumir, desde el consciente y el subconsciente, estamos
dominados permanentemente por nuestro mundo emocional, ese juez implacable que
rige y dirige nuestros pasos durante toda la vida.
Dice Jorge Bucay, el escritor
y psicoterapeuta argentino que, “No somos responsables de las emociones, pero
sí de lo que hacemos con las emociones”. En este sentido, convendría no olvidar,
como decía anteriormente, que las pequeñas y grandes emociones son los
capitanes de nuestras vidas y las obedecemos sin siquiera darnos cuenta. Y es que en realidad, entender
el cerebro y la mente, la mente y el cerebro, es, sin duda, uno de los mayores
retos que tiene planteados la ciencia actual. De momento, seguimos sin conocer ni comprender cómo el cerebro genera la
mente y quien diga lo contrario es un ignorante o miente. De hecho, la neurociencia, solamente ha podido demostrar la llamada
Hipótesis de Alcmeón de Crotona; es
decir, que el cerebro es la sede de la mente y que en algún lugar concreto de
dicho órgano es dónde reside la consciencia; pero seguimos sin saber en qué consiste la naturaleza humana. Tal vez…, no falte tanto para llegar a ello. No obstante, mientras tanto,
deberíamos ser conocedores y consecuentes de que ¡somos
emociones!, amigo lector. Nihil magis,
nihil minus; esto es, ¡Nada más, ni nada menos…!

