Transcurría el año 33 del siglo I de la Era Cristiana. En las afueras de Jerusalén se celebraba la pascha, que en griego significa paso; es decir, el tránsito del invierno a la primavera. Un paso que ese año se convertiría en el “paso” de Jesús de Nazaret de la muerte a la vida. Ocurrió en el mes de Nisán, al amanecer de un fresco e inestable día de primavera que todavía no se llamaba domingo, sino el primer día después del sábado, cuando Jesús comenzó a desceñirse las vendas. Lentamente, como si las despegaran unas manos acariciantes, como si al mismo tiempo alguna madre le estuviera abrazando, se quitó la última y contempló su cuerpo desnudo. Su palidez le recordó el cetrino color del desierto y a la memoria le vino una lejana infancia que, en aquel momento, no supo saber si era la suya. Miró el sudario, sobre el que había reposado su cabeza, sus bronceadas manos y los blancos lienzos arrebujados en un rincón del sepulcro con los que alguien, no recordaba quién, hacía tres noches le había amortajado. Era tan agradable la temperatura de aquella tumba excavada en la maciza roca, que allí podría estarse, casi eternamente, dejando que los ojos reposasen de la luz que entraba por su apertura, mientras saboreaba el frío de la inerme mañana.
Se sentía cansado y como resistiéndose a algo vertiginoso que llegaba y llegaba…Y en aquel momento fue cuando se preguntó si todavía era hombre. Sus pies le cosquilleaban tras el largo sueño. La corta barba y escasa melena parda estaban húmedas. Y aquella luz que permitía ver sus manos, le hacía pensar que eran manos de hombre, manos usadas, manos aún encallecidas por el duro trabajo, manos en las que, extrañas, florecían dos rosas de sangre. Y, sin embargo, notaba que algo era distinto.
Dudaba y se preguntaba si ser hombre era en esencia existir en un cuerpo mortal de necesidad. ¿Por qué Él, recién despertado de una especie de reposo, nada sabía de la muerte? ¿Por qué se sentía como un recién nacido en otra dimensión o en algún remoto rincón del universo? ¿Por qué miraba aquella estancia como desde otra orilla, no reencarnado, pero sí supervivo, como un ser extraordinario? Miró las vendas con compasión, como si fueran una reliquia de sí mismo. Y las contempló como mira un anciano los libros de cuentos de su lejana infancia. Olían a perfume; pero, más que al bálsamo de nardos, desprendían el olor de las amorosas manos de la mujer que lo había extendido sobre su cadavérica espalda. Y, de pronto, tuvo como miedo de continuar. Había comenzado ya a conocer la enorme aventura de ser hombre y Dios al mismo tiempo. Una extraña y desgarradora mezcla. Todavía titubeaba, ¿tendría ahora, al resucitar y posteriormente ascender al cielo, como estaba previsto, que ser Dios Hijo, Dios Padre y Espíritu Santo y todo conjuntamente, de manera simultánea? Incluso para Él esto era demasiado. No porque fuera realmente excesivo o desmedido, sino porque Él no sabía ser nada si no era entregándose de corazón, amándolo infinitamente. ¿Y cómo se puede ser al mismo tiempo mortal e inmortal, perecedero y eterno? ¿Cómo se puede estar en el otro lado, allí donde la muerte y el tiempo son simplemente un insignificante conjunto de la misma realidad, y seguir siendo hermano de las almas cimentadas con sentimientos fortalecidos con pena, dolor y llanto? Por unos instantes, tuvo miedo de haberse separado de ellos demasiado pronto, de haberse adentrado excesivamente en lo eterno, estando en aquel monte de los Olivos desde el que ni sus omnipotentes ojos divisaban todavía la muerte. Sí, se lo reprochó, había tenido demasiada prisa en salvarles y había concluido demasiado pronto. Solo tenía treinta y tres años y medio y había actuado como un niño que devora un helado y llora luego sobre sus vacías manos. ¿Cómo se atrevería ahora a volver ante los suyos subido, ya para siempre, en el mágico halo de su resurrección? Ya no podría evitar que su cuerpo resplandeciera ante ellos. ¿Y si nunca llegaran a entenderle del todo? ¿Qué pensarían ahora de su sacrificio como Hijo de Dios, siendo Dios mismo?
Por eso se había quitado las vendas lentamente. Como si no quisiera terminar de resucitar, como si estando muerto intuyera que continuaba estando más cerca de ellos. Cada venda retirada, había caído a sus pies como un gran bloque de tiempo infinitamente fragmentado. Comenzó a ser consciente que iba entrando en el transparente bosque de la inmortalidad. Sentía crecer la música de su sangre, notaba que su alma ya no cabía en su alma. No, no habría podido soportar tanta vida, ni tanto sacrificio de no haber sido Dios. Antes de salir de aquella estancia tan agradable, se preguntaba, incluso, si no debería dejar su cuerpo en el sepulcro para que lo recogieran los ángeles del cielo. No, no fueron necesarios; la gran piedra que cubría la entrada de la sepultura se había abierto porque Él, ya no cabía dentro.
Era muy temprano, apenas había salido el sol, amanecía…



