El tiempo forma parte de nuestra cotidianidad. Es suficiente con abrir una agenda, mirar cada día las horas de un reloj o ver sus efectos sobre nosotros mismos o los demás, para percibir el proceso de envejecimiento y constatar el paso del tiempo. Un tiempo que transcurre sin poderlo precisar como concepto; pero que, efectivamente existe. No obstante, cuando se trata de determinar o concretar el tiempo, la ciencia encuentra un límite; pues es un concepto, siempre y cuando lo sea, muy complejo y difícil de fijar. Y, quizá por eso, nos encontramos con infinitas dificultades para definirlo. Ya lo señalaba San Agustín cuando decía “Si nadie me pregunta qué es el tiempo, lo sé, pero si me lo preguntan y quiero explicarlo, ya no lo sé”. Y es que el tiempo es una percepción que no se deja coger ni empuñar y, al mismo tiempo, es la más fundamental y más inmediata certeza cotidiana. ¿Qué hacer? ¿Cuál es la verdadera esencia del tiempo? Según nos expresa Kant en su obra Crítica de la razón pura, el tiempo es condición necesaria para todo lo que conocemos, un a priori sin el que nada sería posible. Ser es ser en el tiempo.
En todo caso y en mi opinión, todo lo que vivimos, en principio, lo pasamos en el presente. No obstante, el problema es que todo aquello que acontece, en cuanto sucede, ya hace y forma parte del pasado. En consecuencia, el presente es algo que se nos escapa, no podemos capturarlo; pues en el momento que lo aprehendemos, lo relegamos al pasado; es decir, ya no es. Pero, a su vez, lo ocurrido, que alojamos en la cámara del pasado, ya tampoco existe; pues ha dejado de ser lo que ha sido y solo forma parte del tiempo en la medida que lo tengamos en la memoria en forma de recuerdo. Y este hecho, me parece importante resaltarlo, ya que la naturaleza del tiempo, es percibida como una experiencia subjetiva de la memoria, donde el recuerdo es la traza de lo ocurrido en un tiempo pretérito. Así pues, la memoria es una conservación, un pasaje del pasado en el presente; puesto que el concepto tiempo es sobre todo un tránsito, un fenómeno por el cual atravesamos de un instante a otro. Y dicha memoria recoge en nuestra mente los diferentes momentos, etapas y coyunturas de nuestra historia y que han desembocado en lo que somos en el presente. De hecho, si de golpe perdemos toda la memoria, no sabremos quiénes somos y habremos olvidado hasta nuestra propia identidad; pues es la conservación en la memoria de los recuerdos de todo lo que hemos vivido, lo que nos permite saber quién somos y lo que somos. Y es que la memoria es el cimiento de nuestra consciencia, sin ella no tenemos identidad, no somos nada.
Ahora bien, aun así, aunque sin ella no seamos nada y aunque no tengamos acceso a saber con certeza lo que es el tiempo, la articulación entre el pasado y el presente, me parece que es interesante; ya que conlleva nuestra propia conservación de una realidad acontecida. Proust, en su novela En busca del tiempo perdido , una de las más grandes creaciones literarias del siglo XX, nos dice, precisamente, que el tiempo perdido es el pasado, cuando nada queda, y, también es tiempo perdido, cuando el presente es vivido como única expectativa de futuro. No obstante, nos indica, asimismo, que ese tiempo perdido es real y existe y está, de una manera inconsciente, en la memoria. Y, para preservar su desaparición y el olvido de las experiencias y recuerdos del pasado aniquilado por el tiempo, nos hace saber que en la memoria, el tiempo se revela de la forma más pura, en su verdad. Pues es aquí, en la memoria, donde el presente y el pasado son uno, ya que cuando hacemos aflorar los recuerdos vividos los traemos al mismo presente, convirtiéndose en la vida verdadera, descubierta y aclarada. La vida vivida que cambia y, a veces, degrada y aniquila a las personas, pero que, anclada en la memoria, también evita la destrucción que el tiempo ocasiona en nosotros al resucitar el pasado y poder revivirlo nuevamente en el presente, a través del recuerdo.
¿Y el futuro? El futuro no existe Siempre es falso el futuro. Nunca está escrito, pues no lo hemos vivido y tampoco depende de nosotros. Y es que los tiempos del tiempo son una paradoja, una contradicción difícil de resolver. Una falacia imaginaria y, a la vez, un anhelo permanente escondido en algún lugar ignoto de nuestro cerebro y/o nuestra mente. Ya nos lo advirtió Einstein cuando nos dijo que “la diferencia entre el pasado, el presente y el futuro es sólo una ilusión persistente”.




