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lunes, 15 de marzo de 2021

Palabras, solo palabras

 

Las palabras son unidades lingüísticas dotadas de forma y significado. No transmiten un argumento; antes bien, describen muchos por sí mismas. Y es que las palabras son las herramientas que dan fortaleza y estabilidad al sistema del lenguaje. Pero, de igual forma, pueden convertirse, y de hecho así ocurre, en el arma mortal que lo derribe. Sobre todo, en una época como la actual en la que los ciudadanos más jóvenes se han visto fortalecidos para hablar como quieran y a quien quieran sin licencias, concesiones ni permisos.

Y es que hay palabras que semejan vivir en otro mundo. Uno distante y alejado del tiempo cotidiano al que han llegado cargadas de matices y de modas. Son como escaparates sin cristales, sin marcos ni maniquíes. Unas letras, un espacio nada más en la expresión y habla de un idioma. Un agujero en la secreta intimidad de una frase. Son vocablos que han surgido en las redes sociales, en los medios de comunicación y que circulan por las calles de ciudades y de pueblos sin saber muy bien por qué ni desde cuándo. Palabras que precisan, resuelven y explican bien el no-lenguaje. Eso ocurre ahora con algunas como random, mainstream, crush o stalkear, por citar varias del glosario de vocablos, voces o expresiones que utilizan los millennials. Y es que cada generación tiene su jerga y ellos, adaptan y otorgan nuevos significados a palabras reales o inventadas.

Las palabras están hechas de polvo de galaxias, de fuego eterno, de hierro duro. No tienen destino ni caducidad, porque no dependen ni del espacio ni del tiempo. El mismo universo está lleno de palabras que suenan como un tintineo de campanas, en ese concierto sinfónico sin  partitura definida. Y es que las palabras son la clave de todo, son la configuración acústica de las ideas, tienen música dentro y con ellas se labra el aire. Y, a pesar de todo ello, hay palabras que mueren, que se oxidan o que se deprecian a fuerza de utilizarlas en vano; sobre todo, si se usan fuera de contexto. Tal vez por eso, cada vez que escribo, escojo aquellas que considero que se ajustan más al concepto que quiero expresar; aunque, no siempre lo consigo.

La Mañana 15.03.2021

No existen evidencias concretas que indiquen cómo, por qué, cuándo y dónde el Homo Sapiens comenzó a utilizar un lenguaje. Aunque sí hay teorías que sitúan el origen de su andadura hace unos 50.000 años, en algún rincón de África, con varias palabras sueltas. Desde entonces, el lenguaje ha ido evolucionando, adaptándose y creciendo a medida que creamos las palabras. Y, de hecho, es asombroso el notable torrente de palabras que hoy en día, desde la mañana a la noche, vertimos las personas formando una tejida selva, compleja y enmarañada en la que uno debe despejar el camino a machetazos para no perecer asfixiado. Pues, las palabras, son vibraciones del aire que se originan en diversas partes del cuerpo de quien las pronuncia y, a veces, nos ahogan.

Las palabras son como los seres vivos, nacen, se reproducen y mueren y algunas hasta resucitan. Es decir, no llegan a nuestra lengua completamente formadas ni en su estado final. A este respecto, hay palabras que me enseñaron en la escuela, como almiar, várgano o beldad, que hoy día están obsoletas porque apenas nos sirven para nada. Otras, se acumulan en forma de sedimentos y de pronto un movimiento modernista las vuelve a situar nuevamente en candelero; eso ocurre ahora con algunas como procrastinar o resiliencia, por citar algún ejemplo. Hay, también, palabras que se encierran en sí mismas, retroceden o se niegan, porque poseen excesivo significado para nuestros oídos, cansados de palabras. Y, algunas otras, a las que yo llamo las fantasmas, son los duendes de un indeleble y sutil lirismo que, sin leerse, circulan entre líneas y poseen vida propia. Son esos silencios que aparecen de vez en cuando en mis escritos. Unos silencios que están llenos de mensajes y en los que busco los matices de todas las noches de un día. Con ellos, persigo y voy al encuentro de esas figuras literarias que vengan a llenar el vacío de las palabras; aunque tampoco siempre lo consigo. Quizá, porque conforme avanzan los años, la vida de uno se va convirtiendo, también, en un montón de palabras desfasadas. Y es que la vida no deja de ser más que la ficción de una realidad que articula el pensamiento a través de las palabras.

 

 

jueves, 18 de febrero de 2021

Yo, mí, me, conmigo

 

 

YO, soy uno de los muchos a los que la pandemia provocada por la Covid19 nos ha convertido en un estado de ánimo y cada día que pasa me aumenta la rareza de esta situación en que vivimos. Y es que la más sombría realidad nos hace ver y comprobar que, más de un año después de que brotara y a pesar del innegable avance que han supuesto las vacunas, no hay cura para ella. Soy persona de riesgo y tengo miedo. Tal vez por eso, he tenido una temporada en la que apenas he salido de casa para evitar contagiarme; pero, he dicho basta y he vuelto a planificar algunas salidas del hogar. Hace un par de semanas fui al auditorio Enric Granados a la audición de La Patética, última composición del genial compositor ruso Txaikovski, que fue tocada por la Orquestra Sinfónica del Gran Teatre del Liceu de Barcelona, dirigida por Marc Minkowski, director de la Ópera Nacional de Burdeos. Estuvo sensacional y el público que abarrotábamos la sala, con las oportunas medidas de prevención, aplaudimos largamente la interpretación. El concierto actuó como un reencuentro conmigo mismo, a pesar de que fue una salida de ida y vuelta, pues a esas horas prácticamente no puede uno ni tomar un café, y de regreso a casa notaba que me encontraba mejor. Y es que soy consciente de que estas actividades culturales me generan bienestar.

 

MI carácter no es de tendencia pesimista pero, a medida que voy traspasando los días sin ver un final plausible, la situación que me provoca la pandemia, se me hace más cuesta arriba. Y esta situación que largamente padecemos me está llevando a no seguir, con el interés que se merecen, ciertas noticias políticas. De todas formas, estoy cansado de leer en la prensa, oír en las emisoras de radio y de ver en las  cadenas de televisión, lo mal que se están haciendo todos las cosas y lo bien que lo harían ellos .Claro, sobre el papel. Y, como dicen, el papel resiste todo. No quiero con ello decir que tengan que desaparecer los tertulianos, analistas y politólogos. Son fundamentales para, en ocasiones, abrir nuestras mentes y ver que hay más de un punto de vista sobre la misma cuestión. Pero…, no soporto a esos sembradores de furias y borrascas sin que en su discurso aparezca ni una sola propuesta o, peor aún, escucharles planes e ideas irrealizables porque la ronda no la pagan ellos, sino otros ciudadanos.

 

La Mañana 18.02.2021

ME duele lo mal que lo están pasando los del gremio de la restauración. Una colectividad que, en este país, aglutina a cientos de miles de pequeños auto empleadores; porque no les llamaría ni siquiera pequeña empresa. Reclaman ayudas directas, llamémoslo por su nombre: sueldo. Creo que eso es lo que piden y es posible que debieran percibirlas. No obstante, yo les preguntaría sobre su declaración de impuestos, como autónomos, en los pasados tiempos de bonanza: ¿han pagado ustedes lo que tenían que pagar o si han podido se han escaqueado? Ya sabemos que la trampa y picaresca es un deporte nacional y que si no entra, no sale, pero… Y lo mismo haría en otros muchos sectores; pues, además del fraude y tradicional truhanesca pillería, la queja es, también, otro deporte nacional en este país.

 

CONMIGO, de momento, los partidos políticos que no cuenten. Yo ya cumplí con mi obligación de ciudadano yendo a votar. Ahora que trabajen ellos. Que lo más pronto posible formen Gobierno y sean capaces de ofrecernos alguna esperanza de mejora en  educación, sanidad, dependencia, comunicación, servicios, cultura…, entre tantas vacías promesas de Gobierno.Quizá comienza, también, un nuevo tiempo para ejercer el pensamiento. La crisis y la Covid19 nos confrontan con nuestros propios miedos y ansiedades; pero, también, nos ofrecen grandes posibilidades de reflexión introspectiva. Esta pandemia podría obligarnos a abordar nuestros problemas internos de una forma que antes no hubiéramos considerado. Tal vez ha llegado el momento en el que muchos comiencen a hacerse preguntas fundamentales en las que no hubieran pensado sin la crisis y los confinamientos y, hacerlo, consista en reinventar el mapa mental que, sobre la vida, cada uno tenemos. Una vida consiste en muchas vidas y solamente la perfecta integración de todas ellas, nos permite conocernos mejor. Todo es frágil en la existencia que alegremente arrastramos y ahora todavía un poco más. Creo que, de alguna manera, el malestar actual nos ha hecho débiles y quebradizos, a todos. Vivimos una época complicada y dolorosa y hemos de habituarnos, también, a ser conscientes de lo vulnerables que somos. Recuerdo que mi madre me decía que nací con los ojos abiertos y desde entonces no he dejado de observar el mundo; un mundo que cada vez, me gusta menos. Y es que la vida de ahora está compuesta, más que nunca, por datos masivos de información que necesitan ser procesados y, por ende, entendidos, y con la globalización, resulta que la cosa es cada vez más complicada. Tal vez, el secreto de ella sea no tener nunca una emoción irracional e incomprensible; aunque, para mí, la vida real es aquella que no dirigimos, es la que me ha llevado y me lleva de una quimera a otra y de una batalla a otra, aunque casi siempre las haya perdido.

 

viernes, 29 de enero de 2021

Es tiempo de pensar el tiempo

 

Hay días que parecen repetirse y nos encontramos como atrapados en el tiempo. Son días en los que notamos que nos van pesando los años. Y es que el tiempo es la materia de la que están hechas todas las cosas. Una especie de agujero que chupa y escupe a la vez esa materia y que es, también, la conciencia de que lo podemos perder, de que se nos acaba. Y este hecho hace y nos puede ocasionar que sea muy angustioso o quizás, en determinadas circunstancias, extraordinariamente placentero.

La Mañana 29.01.2021
Hubo un tiempo prehistórico, cuando aún no existían números, ni días, ni calendarios, en el que, si bien el tiempo pasaba, la edad no existía. Sin embargo, en nuestra sociedad, dicha edad, es el factor fundamental que marca el paso del tiempo y la que nos hace ser conscientes de su transcurso por los años que tenemos. Pero no es el único elemento, pues su discurrir tiene también que ver con el tema del trabajo; ya que es referencia y marca de todo aquello que anhelábamos y hemos o no conseguido.

No obstante, el tiempo, como significación absoluta, posee vínculos y sentidos diversos según cada cultura. Realmente, los ingredientes históricos y culturales diferencian la manera en que los individuos experimentan, determinan y computan el tiempo. Y en efecto, mientras en la cultura occidental la idea del tiempo, que proviene de la tradición judía, es lineal, en la cultura hindú, en otras también orientales, y en algunas americanas, el tiempo es circular; pues se repite perennemente y siempre tiende a ser lo mismo. Y, por eso, pueblos como los Aymara, tienen un modo distinto de pensar, sentir y medir el tiempo y el espacio que nosotros, pues todo se imagina y se mueve en torno a un continuo y eterno retorno.

En consecuencia, el paso del tiempo, aunque sea igual para todos, no todos lo percibimos por igual, Y, a medida que nos vamos haciendo mayores, tenemos la sensación de que pasa cada vez más rápido. De hecho los seres humanos somos la única especie que se percata e interpreta la rapidez con la que pasa la vida. Y somos conscientes de ello cuando advertimos que en ese calendario van existiendo cada día menos hojas y obviamente, este acontecimiento y circunstancia, nos inquieta y perturba en la forma de percibir nuestra propia existencia. Y es que la divergencia está en manos de nuestro cerebro, que es el órgano que interpreta la experiencia de lo vivido y la realidad de lo que nos puede quedar por vivir. Un cerebro del que, a pesar de que podamos tener trastornos cognitivos que nos hagan perder la noción del espacio y no sepamos regresar a casa, como ocurre con las personas que padecen alzhéimer, no tenemos certeza de ninguna enfermedad que nos lleve a olvidar la noción del tiempo. Y este singular comportamiento lo realizan un conjunto de neuronas que codifican de forma inclusiva el espacio y el tiempo y que se encuentran ubicadas en el hipocampo, esa estructura embutida en lo más profundo del cerebro.

Ya nos lo dijo Einstein cuando afirmó que “el espacio y el tiempo son un conjunto de la misma realidad”. De manera que, si el tiempo y el espacio de esa realidad es una esfera blanca de un reloj sin números ni agujas y porque hubo también un tiempo en el que no había estrellas en el cielo, al despertar cada mañana, deberíamos meditar sobre este hecho y atrevernos a pensar el tiempo. Un tiempo que acaso cabría definir como un espejo móvil de la eternidad…

jueves, 7 de enero de 2021

2021, la esperanza de un año diferente.

 

En casual y momentánea concurrencia con el frío y las borrascas, se nos ha despedido el fatídico 2020. Un año que no hace falta pensar mucho para resumirle en una palabra: SARS-CoV-2. Un término entendible en todos los idiomas globales y globalizados que da nombre al patógeno que ha generado la pandemia. Un nombre en clave, completamente desconocido hasta hace un año para la inmensa mayoría de la población del planeta, y que, en ese lapso de tiempo, se trocó en inolvidable para todos.

El año 2020 comenzó con el letargo de un virus de 2019 que cobró un nuevo e inesperado sentido. Un agente infeccioso microscópico acelular que con el paso del tiempo se convirtió en una angustiosa pesadilla, confirmando esa manida frase de que la realidad supera a la ficción.

Fue un año en el que las relaciones sociales se vieron trastornadas por el maldito virus, con la instauración de las acciones y actitudes barrera de distanciación social: no más besos, no más abrazos, no más apretones de manos, no más palmadas en el hombro. Y en el que experimentamos esa extraña sensación de no controlar nada y, al mismo tiempo, tuvimos que hacer considerables y vastas concesiones sobre nuestras libertades.

La Mañana 7.01.2021
Aún así, en este pasado año 2020, con la pandemia en pleno crecimiento, hemos podido ver el humanismo solidario del colectivo sanitario y la falta de éste en algunos compatriotas. Y es que la pandemia, a nivel de nuestro país y europeo, ha servido, entre otras cosas, de esclarecedor observatorio del comportamiento humano y social de la mayoría de sus ciudadanos. Y, asimismo, también nos ha ofrecido una especial fuente informativa, pues junto con la Covid19 han viajado las fake news, esas falsas noticias que se han propagado con furia entre el ruido narcisista, el autoritario racismo y la manipulación que provenía del otro lado del Atlántico.

Sea como fuere pienso que, puesta en marcha la campaña de vacunación contra la Covid-19 en este recién estrenado 2021, es imperativo apartar de nosotros el miedo, la ansiedad y pesadillas que provocan algunos discursos que replican sin pudor las redes sociales de comunicación. Y, por el contrario, abrir los brazos a unos pensamientos positivos llenos de esperanza, de sosiego y hasta buen humor, si viene al caso.

Por lo, tanto, más allá de esta pesadilla que, junto a longevas nieblas, todavía va a durar muchos días de invierno y primavera, creo que tenemos una magnífica oportunidad para reconectarnos con nuestra identidad profunda, para buscar quiénes queremos ser en el mundo y cómo queremos vivir en él. Quizás porque, como enunció hace décadas el biólogo alemán Ludwig von Bertalanffy en su  Teoría General de los Sistemas, .la crisis provocada por la Covid-19 es una crisis sistémica que generará mecanismos de cambio estructurales contra los que de nada sirve luchar, si pretendemos seguir viviendo como hasta ahora para que no cambie nunca lo de siempre. Es por ello que debemos comenzar nuestra transformación interior para que podamos reinventar el futuro de nuestro viejo planeta.

¡Ojalá! que el 2021 sea el año del triunfo de la ciencia, la luz y la razón que dé sentido a nuestra existencia, y sirva para librarnos de este presente oscuro.

¡Feliz Año Nuevo! y buena salud a todos.

 

 

miércoles, 23 de diciembre de 2020

El despoblamiento rural

 

Mientras en la mayor parte de los países europeos de nuestro entorno se ha realizado, desde el pasado siglo hasta nuestros días, un desplazamiento cauteloso y prudente de la sociedad rural hacia la urbana; generando algo así como una fusión simultánea y armónica de ambas. En nuestro país, en La España vacía que brillantemente nos describe Sergio del Molino y, otro tanto, el periodista Paco Cerdá en Los últimos, con su magnífica crónica realizada a través de un recorrido por la Serranía Celtibérica, la migración del campo a la ciudad ha sido impetuosa y profundamente desequilibrada. Y es que en esa llamada “Laponia española” que nos narra Cerdá, al igual que en otros territorios del medio rural catalán, como es la franja que va desde el Pirineo de Girona hasta el límite con Aragón y gran parte de la Noguera, el Urgell, el Priorat y la Terra Alta, presentan una importante amenaza de abandono y despoblamiento. En estas comarcas, la dureza de la soledad se ha convertido en metástasis extrema de tristeza y fatalidad, debido al intenso cambio operado en ellas por la drástica reducción de jóvenes. Y, además, por la práctica ausencia de unos servicios asistenciales básicos, de unas instituciones formativas adecuadas, de fuentes de empleo y hasta de unas oficinas de correos y bancarias que deja a los habitantes de estos territorios semivacíos sin la posibilidad de poder realizar las mínimas operaciones económico-monetarias en sus respectivas cuentas. Y estos hechos, que las han dejado en unos mínimos indecorosos, unidos al precario acceso a las nuevas tecnologías, han ocasionado en el mundo rural, la imposibilidad de perdurar o vivir de manera racional.

La Mañana 23.12.2020

Son unas zonas y unas comunidades, en las que sus escasos individuos se ven marginados ante el auge de las sociedades urbanas, cuyo apogeo y progreso han hecho más profundo el abismo existente entre ambas. Y ello es debido a que la sociedad rural no solo carece de jóvenes, al menos en la medida necesaria para sobrevivir, sino, también, de unos vínculos sólidos con las modernas corrientes culturales que, junto con las plataformas digitales tecnológicas de masas, les lleve influencias altamente positivas y estimables. Y esta situación no se daría si, como digo anteriormente, dicha sociedad rural, tuviera un fácil acceso a los actuales medios propagadores de la cultura o bien si en esas áreas potencialmente receptoras, sus acaldes y ediles, creyeran en estos medios como auxiliares de la formación y conocimiento y, en consecuencia, los demandaran o acudieran a ellos, con la seria convicción de recibir y proporcionar un importante servicio para su comunidad.

Además, este escenario, se ha visto agravado desde siempre por la tradicional desvinculación que han mantenido los dirigentes políticos de las instituciones del Estado y de las Comunidades Autónomas con el medio rural, al que sistemáticamente han ignorado. De tal forma que esa ausencia de interés, unida al coste económico que ocasiona, les ha llevado a suprimir la mayor parte de de los servicios de transporte ferroviario y por carretera que mantenía cohesionado el mundo agrario con la ciudad. De hecho, la voluntad política de llevar y/o mantener lo público en el medio rural ha sido y es hoy en día, prácticamente inexistente.

No obstante, si bien es cierto que con la pandemia de la Covid19, se ha puesto en duda la imagen de la ciudad como tierra prometida y cada vez más personas, animadas por las posibilidades del teletrabajo, están saliendo de núcleos superpoblados rumbo al campo. Este aparente resurgir del atractivo medio rural, no deja de ser más que el sueño de algunas personas por alcanzar viejas utopías. Pues, la diferencia del estilo de vida entre el hábitat urbano y el campestre es notoria y no tienen nada que ver, respecto al desarrollo personal y otros factores relevantes, el hecho de vivir en un sitio o en el otro. Entre otras razones, porque las ciudades, grandes o pequeñas, disponen de una actividad cultural y vital de la que carecen los pueblos.

Es por ello que, a mi modo de ver, en esa España vaciada, si no se da la respuesta adecuada para revertir dicha situación, ésta se hará irreversible; ya sea debido a la simple voluntad política o a la mano invisible del mercado. Y la antigua dialéctica “medio rural-medio urbano”, no tendrá ninguna justificación a causa de la falta de expectativas y la ausencia de una juventud rural creadora, porque ésta habrá dejado de existir. Y la historia del mundo rural, en un inmediato futuro, sin futuro, será la suma de todo aquello que, siendo evitable, podría haber sido y no fue.