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miércoles, 8 de julio de 2026

250 años del gran mito americano

 

Hay países que construyen su historia con piedra. Otros la levantan con palabras. Y algunos, como los Estados Unidos de América, consiguen el prodigio de convertir las palabras en un inmenso decorado donde la realidad apenas logra abrirse paso entre los focos.

 

Digo esto, porque existe en la ciudad de Charlottesville, en el estado de Virginia, una histórica colina llamada Monticello en la que se alza una hermosa mansión rodeada de jardines, columnas y una biblioteca capaz de despertar la admiración de cualquier amante de la cultura. En sus estanterías descansaban los grandes pensadores de la libertad, de la razón y de la dignidad humana. Todo parecía anunciar que aquel lugar había sido el taller donde se forjó una de las más nobles aspiraciones del ser humano: el derecho de todos a ser libres. Sin embargo, al abandonar la biblioteca bastaba recorrer unos pocos metros para descubrir que las páginas de aquellos libros no habían atravesado el umbral de la casa. Más allá de las ventanas comenzaban los campos donde cientos de hombres y mujeres seguían siendo mercancía. La libertad terminaba exactamente donde empezaban los intereses de su propietario.

 

La Mañana 21.07.2026

A este respecto, no deja de resultar significativo que los Estados Unidos hayan celebrado este pasado 4 de julio el 250. aniversario de la Declaración de Independencia y de su libertad. Aquel texto, aprobado en 1776, fijó el nacimiento de una nación y, gracias a la prosa inspirada de Thomas Jefferson, regaló al mundo una de las afirmaciones más luminosas de la historia política: que todos los hombres nacen iguales y están dotados por su Creador de derechos inalienables. Es difícil imaginar una escena de mayor grandeza. Pero quizá exista otra aún más reveladora. Jefferson dejó la pluma con la que acababa de escribir aquellas palabras, salió de la estancia, cruzó el umbral de su casa y volvió a una plantación donde centenares de hombres, mujeres y niños seguían siendo de su propiedad. Le bastó recorrer unos metros para que el ideal universal de la libertad se transformara en la realidad cotidiana de la esclavitud. La distancia entre ambas no era un océano ni un siglo, sino apenas el camino que separaba su escritorio de sus campos. Allí, en esos pocos pasos, quedó al descubierto la primera gran contradicción de la nación que acababa de nacer.

 

La historia ofrece, además, episodios de una ironía casi insoportable. Y es que Thomas Jefferson, un hombre capaz de concebir algunos de los textos políticos más admirados de la modernidad, convivió durante décadas con una mujer esclavizada por él mismo. Compartió su intimidad, tuvo hijos con ella y, sin embargo, jamás fue capaz de romper las cadenas jurídicas que él mismo mantenía sobre la madre ni sobre aquellos niños. Eran suficientemente libres para llevar su sangre, pero no para disponer de su propia vida.

 

Pero, además, aquella contradicción no fue un accidente biográfico de Jefferson. Tampoco una excepción, puesto que una parte muy importante de quienes alumbraron aquella nación participaba del mismo sistema. Redactaban proclamas sobre la igualdad mientras administraban plantaciones sostenidas por seres humanos privados de ella. Defendían la libertad como un derecho inalienable, siempre que no afectara a la rentabilidad de sus propiedades. Es la metáfora perfecta de un país que aprendió muy pronto a proclamar principios universales mientras reservaba numerosas excepciones a la hora de aplicarlos. Y es que las naciones, como las personas, suelen preferir los espejos que embellecen a aquellos que reflejan las arrugas. Es entonces cuando comprendemos que muchas veces el decorado era magnífico, los discursos memorables y la iluminación perfecta. Sin embargo, al apagar los focos, solo quedaban unas tablas, unos andamios y una vieja pregunta que sigue esperando respuesta. Y quizá ahí resida una de las mayores habilidades de las grandes potencias: dominar el relato. Ningún imperio sobrevive únicamente por la fuerza; necesita también una historia que contar. Y pocos países han sabido construir un relato tan poderoso como Estados Unidos. Hollywood convirtió sus victorias en epopeyas, sus errores en accidentes, sus intereses en causas universales y sus intervenciones en cruzadas por la libertad. Y Occidente terminó consumiendo aquella narración con la misma naturalidad con la que contempla una superproducción cinematográfica, donde los decorados parecen ciudades auténticas y el cartón piedra adquiere apariencia de mármol. Y este engaño, tal vez esa sea la lección más incómoda de todas. Porque las civilizaciones no se miden por la belleza de sus proclamas, sino por la coherencia entre las palabras que escriben y las vidas que permiten vivir.

 

Y quizá sea ahí donde se derrumba el mayor de los mitos. No bajo el peso de las guerras ni de las crisis, sino bajo la evidencia de su propia incoherencia. Porque ningún pueblo puede erigirse en conciencia moral del mundo cuando los cimientos de su grandeza fueron levantados sobre cadenas y cuando la libertad que proclamaba terminaba exactamente donde comenzaban sus intereses. Hace veinte siglos, Séneca dejó escrito que “lo que las leyes no prohíben, puede prohibirlo la honestidad”. La ley permitió la esclavitud; la honestidad jamás debió consentirla. Entre ambas transcurre la distancia que separa la propaganda de la verdad. Esa honestidad y esa dignidad fueron ajenas al 3º presidente de los Estados Unidos, Thomas Jefferson, y cabe preguntarse si esa misma coherencia moral y ética tiene acomodo en el liderazgo estadounidense actual, representado hoy por el 47.º presidente, Donald Trump. Porque esa distancia, por muchos decorados que levante Hollywood o por mucha épica que fabriquen los vencedores, acaba siendo el tribunal más implacable de la Historia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

28 comentarios:

  1. ¡Genial! Has quitado la careta a los yanquis.

    Abrazos
    Antonio Puig

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  2. Qué bien escribes, es un placer leerte y al mismo tiempo poder una cultivarse.

    Besos
    Cecilia Silva

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  3. Como dice el refrán: No es oro todo lo que reluce y lo de predicar con el ejemplo. ¡Enhorabuena!

    Magda Sellarés

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  4. Gracias, J A. Insuperable.
    USA ha compuesto el relato. Y el mundo se ha postrado bajo las historias creadas por Hollywood.

    Un abrazo
    Pepe Pascual

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  5. Muy bueno. Eres un fantástico narrador.

    Saludos
    Josep Porta

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  6. Buenos días tío, que chulada de articulo. Acabas de reflejar la hipocresía más grande de la humanidad que son los yankis… son lo peor de lo peor.

    Besos
    Nacho Valero

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  7. Sí, Juan Antonio, 250 años que cierran el ciclo con la pérdida del papel de Estados Unidos en el mundo y con un liderazgo irresponsable y ridículo.
    Así lo afirman las declaraciones del escritor y editor Tom Engelhardt, así lo sentenció Mark Carney para que lo escuchase todo el mundo.
    Un abrazo,
    Miguel Ángel Cerviño

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  8. Buenos días, acabo de leer el escrito sobre el mito americano, reconozco que conocía muy poco de Jefferson, entre otras cosas, esa fama de ser el padre de las libertades americanas. Como confío plenamente en tus conocimientos históricos sobre “el peculiar” personaje, da la impresión que la mayoría de los presidentes USA están cortados por el mismo patrón, lo defines muy bien, en una frase que me ha encantado de tú artículo “Y es que las naciones, como las personas, suelen preferir los espejos que embellecen a aquellos que reflejan las arrugas. No hay nada más que añadir.

    Un abrazo
    Santiago Fernández

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  9. Bona tarde Juan Antonio. Me ha gustado mucho tu artículo. Un gran alegato sobre la falta de coherencia, realidad palmaria en la nación americana y que también podríamos aplicar a políticas y políticos de allá y de aquí.

    Manel Pulido

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  10. Hola J.A.

    Sobre tu excelente artículo: "Dicho lo dicho", agradecerte que hayas compartido tus conocimientos sobre la historia de los EE.UU. y algunos de sus presidentes (si no de todos), de lo cual y de los cuales yo desconocía.
    Esclavistas, lo han sido siempre!!

    Muchas gracias
    Un abrazo
    Magda Díez

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  11. Hola Juan Antonio, veo que fustigas nuevamente al imperio americano, como paradigma de todas las falsedades por cuando toda su historia contradice su discurso que nos presenta a los Estados Unidos como la panacea de la libertad y la democracia, al cotejar los discursos grandilocuentes de los padres fundadores de la patria, como el admirado 3er Presidente Thomas Jefferson, que entra en flagrante contraste con la explotación de esclavos que el mismo practicaba en su propiedad de Monticello. No tengo la suerte de conocer dicho lugar, pero si en cambio he estado en Mount Vernon situado en el mismo estado de Virginia donde tenía su hacienda el 1er Presidente George Washington y donde también se muestran las estancias destinadas a los esclavos y esclavas por separado. Que dan fe de que la libertad que predicaban y predican, estaba destinada a una minoría de ciudadanos blancos con bienes raíces, que dijeron que ellos eran los legítimos dueños de las riquezas del país al que habían emigrado, siendo estos los únicos beneficiarios de la democracia.
    Es cierto que la evolución y ampliación de las libertades y derechos se ha alcanzado progresivamente en medio de altos y bajos, por el influjo de nuevas ideas sociales, que siempre han encontrado resistencia para avanzar y los EEUU no eran una excepción en el panorama internacional.
    La cuestión radica en que dicha nación logro expandirse por todo un continente que le facilito el acceso a innumerables recursos, permitiendo una abundancia de bienes inusitados en la vieja Europa, que les facilito el dominio industrial, tecnológico y armamentístico y que inclino la balanza del poder a su favor a partir del siglo XX con lo que forjo su imperio, expandiendo la libre empresa y la democracia liberal para favorecer los intereses de sus holdings capitalistas. En contraposición al imperio soviético, guiado por la economía planificada, y el principio teórico de la igualdad.
    Realmente los EEUU gracias a su abundancia y al no sufrir su país los daños de la guerra, pudieron mediante el Plan Marshall primero, y con una fuerte presencia mediática industria cinematográfica incluida , fomentaron el “American Way of Life”, como un modelo a imitar, todo ello edulcorado hipócritamente con un discurso de unos valores, que no concuerdan con su comportamiento político, sin duda es un imperio fomentado la incoherencia ética.
    Un cordial saludo
    Jordi Testar



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  12. Juan Antonio,
    Tu artículo es, a mi entender, una profunda y certera reflexión sobre un hecho real y el abismo que separa la teoría de la práctica. Unas leyes magníficas que no se aplicaban, ni creo que se apliquen en su totalidad y menos en la actualidad.
    Continúa haciéndonos reflexionar sobre temas de actualidad.
    Un abrazo para ti y para Rosa.
    Pilar Barrabés

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  13. Un gran artículo, Toño. Una pena que los intereses económicos y el afán de poder sea lo que prevalezca sobre la honestidad, la honradez, la decencia, la justicia, la equidad y demás valores, principios, virtudes o como se quieran llamar que a muchos mandatarios ni les suena.

    Un abrazo
    Fátima Sánchez-Cantalejo

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  14. Gracies per compartir Juan Antonio. L’article es una magnifica lliçó de historia social. Veig que la descarada incoherencia del Jeferson ha tingut els seus seguidors. Tinc la impressio que visc en una societat on la coerencia està molt amagada, serà que em faig vell.
    Un abrazo
    Ton Solé

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  15. Me ha gustado mucho, muy acertado.

    Saludos
    Elena Novo

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  16. Me ha gustado mucho tu artículo. Me ha parecido muy interesante.
    Gracias por compartirlo

    Anna García

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  17. Magnífico artículo. Me ha gustado especialmente cómo contrapone el ideal de la libertad con la realidad de la esclavitud en la figura de Jefferson. Es un texto que invita a reflexionar sin caer en el panfleto.

    Javier Moreno

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  18. Muy bien documentado y, sobre todo, muy bien escrito. La metáfora del decorado y Hollywood me parece brillante. Hacen falta artículos así para cuestionar los relatos oficiales.

    Carlos Benítez

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  19. Confieso que desconocía muchos de los detalles sobre Monticello y la relación de Jefferson con Sally Hemings. Su reflexión sobre la distancia entre los discursos y los hechos es demoledora.

    Laura López

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  20. Un análisis valiente. A menudo se idealiza la historia de Estados Unidos y se olvidan contradicciones tan evidentes como las que usted expone. Me ha parecido una lectura muy enriquecedora.

    Miguel Ángel Rivas

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  21. He disfrutado leyendo el artículo. La referencia a Séneca al final es un cierre magnífico y resume perfectamente la idea central del texto: la honestidad está por encima de la legalidad.

    Alicia Caballero

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  22. Más allá de la crítica a Estados Unidos, creo que este artículo habla de algo universal: la facilidad con la que los poderosos construyen relatos para justificar sus intereses. Excelente reflexión.

    Luisa Herrera

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  23. Da gusto encontrar artículos que combinan rigor histórico y calidad literaria. La descripción de Jefferson pasando de su escritorio a los campos de esclavos es una imagen que difícilmente se olvida.

    Saludos,
    Ricardo Sánchez

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  24. No sé si todos compartirán las conclusiones, pero es innegable que el artículo obliga a pensar. Eso, en estos tiempos, ya es un gran mérito.

    Alberto Domínguez

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  25. Me ha parecido uno de los mejores artículos que he leído sobre este tema. Sin estridencias, desmonta un mito muy arraigado apoyándose en hechos históricos difíciles de rebatir.

    José Manuel Vega

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  26. Excelente artículo. La última comparación entre Jefferson y el liderazgo estadounidense actual deja una pregunta muy pertinente. Enhorabuena por un artículo tan sólido, elegante y provocador a la vez.

    Francisco Javier Gil

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  27. Muy bueno. No sabía que conocías tantas cosas sobre Jefferson. Yo, desde luego, ignoraba casi todo.
    Mi hija estuvo en USA en una estancia de preparación de su doctorado. Cuando volvió nos dijo que no volvería más. ¡Y eso que no estaba Trump! El tema de la libertad es muy escurridizo. Proclamar el derecho a ser libre debería ir seguido del "siempre y cuando que esa libertad se utilice para aprovecharse de otros". No sé dónde leí que en el Sermón de la Montaña, una Bienaventuranza la dejó a medias. Completa era: "Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra, siempre y cuando después de poseerla sigan siendo mansos".
    En fin.
    Un abrazo.
    Jaime Martínez

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  28. Me acabo de leer tu artículo y no conocía, en los extremos que tu hablas, las andaduras de Thomas Jefferson, todo lo que siempre había leído eran elogios y halagos. Creo que la historia está lleno de grandes constituciones, declaraciones y principios, donde lo que se dice nada tiene que ver con la realidad. Aquí en pleno siglo XXI tenemos una Constitución en la que se dice que todos somos iguales ante la ley y ya sabes que ocurre con nuestro rey emérito. Haces muy bien de hablar del lado oscuro de grandes personajes, yo no sabía nada de todo lo que cuentas.

    Ramón Morell

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Gracias por tus comentarios.